V Jornadas feministas de Euskal Herria

 

Galde 27, negua/2020/invierno. Norma Vázquez, Elo Mayo.-

Salda Badago… ¿De qué sabor?

¿Se puede discutir algún tema en profundidad entre tres mil mujeres en dos horas? Es evidente que no, que en ese tiempo y con esa metodología lo único que se puede hacer es apenas un trazo grueso de las preocupaciones que tienen los grupos que en ese momento detentan la palabra. Lo sabemos de siempre, aunque siempre nos puede la tentación de probar a ver si esta vez lo logramos; entonces nos hacemos un guion de 5 puntos que, entre la presión propia y el reloj que corre, acaban siendo 2, y los mencionamos deprisa y corriendo en un marco de interacción con el auditorio basado exclusivamente en aplausos, que nunca acabamos de saber si son una aprobación del argumento, del estilo de quien lo expone o de ánimo porque se empatiza con la ansiedad de la ponente.

Pues bien, esta fue la tónica general de las mesas centrales realizadas en las V Jornadas Feministas de Euskal Herria, en las que se lanzaron temas que iremos rumiando en los próximos años y que quizás en las próximas jornadas merezcan un taller, realizado con más tiempo y una metodología que posibilite darle más de una vuelta a la propuesta de algún grupo. Así pues, haríamos bien en entender, para no ser injustas cuando valoremos la profundidad con que fueron abordados por las valientes que se atrevieron a hablar ante tan multitudinario auditorio, que los debates planteados en las mesas son puntos de llegada en algunos temas y de partida en otros

Los temas de las mesas centrales nos remiten a tres preocupaciones recurrentes en el feminismo, algunas de ellas planteadas de manera novedosa: en primer lugar, ese “poner la vida en el centro” (alguien dijo que el centro se nos iba a congestionar con tanto tema a poner ahí) que no es otra cosa que plantar cara a un sistema que no se ocupa de la supervivencia ni menos aún del cuidado de las personas, que lleva a un feminismo urgido por las necesidades cotidianas de las mujeres más precarias a enfrentar el capitalismo patriarcal, el sistema que nos violenta a diario el cuerpo y la vida.

El segundo tema recurrente del feminismo trata sobre los cuerpos y sobre estos se habló mucho en las jornadas, tanto en la mesa central correspondiente como en un tercio de los talleres y debates. Siendo un aspecto central del feminismo desde su nacimiento, en la última década han abundado los debates sobre la diversidad de los cuerpos y experiencias corporales, sobre la violencia ejercida contra aquellos que rompen las normas establecidas sobre el deseo, la identidad, el color, la capacidad y la edad, los moldes de la estética y de la ética, los mandatos procreadores…, contra quienes se rebelan contra la violencia sufrida y celebran el deseo.

Así como hay acuerdo en luchar contra las violencias machistas, pero es posible que tengamos diferencias en cómo hacerlo, hay también acuerdo en celebrar la diversidad de los cuerpos, no sólo respetarla, pero los corsés con los que ha ido gestándose el feminismo se ven superados por la realidad y no sabemos cómo eliminarlos, por ejemplo, aunque se tenga voluntad y convicción, nos pueden desconcertar experiencias corporales que respondiendo al estereotipo de masculinidad, reivindican su identidad de mujer. Ciertamente, quizás este formato de jornadas no es el marco más adecuado para compartir y debatir sobre estos desconciertos que quedan silenciados para dar paso al debate racional: “¿Y si le ponemos un asterisco para no invisibilizar esa experiencia de mujeres*?”, dicen unas. “No!, dicen otras, el asterisco nos marca y no queremos más marcas”. Conclusión: pensaremos sobre el mujeres*, sobre qué quiere decir esto de ampliar el sujeto del feminismo en la práctica e iremos aprendiendo a gestionar nuestra diversidad en el día a día…

Una de las mesas centrales se dedicó a abordar la diferencia basada en la racialidad, a la que se tituló “decolonialidad”, que no es lo mismo. Aquí las reflexiones parten de la experiencia vivida por cuerpos diferentes en un país, diferencia que surge del color y de la forma del cuerpo, pero que va más allá porque implica una forma de presentarse (el uso del velo) y de insertarse en la sociedad, según la cual un cuerpo normalizado en su origen es exotizado en la sociedad de destino y en consecuencia, privado de derechos.

Así, los cuerpos racializados (aunque todos lo son, algunos no son leídos como tales porque cumplen con la norma estética local) se funden con las experiencias de las mujeres migradas, sin papeles y sobreexplotadas, para decirles a las feministas vascas de piel blanca que no tienen nada en común con ellas mientras no revisen los privilegios que les otorga su blanquitud en esta sociedad vasca racista porque, como decía la Red de Mujeres Racializadas “sin privilegios no hay opresiones”, porque “somos las subalternizadas, esos cuerpos otres no escuchados por el feminismo occidental” decía el grupo Raíces, porque “el racismo es un monstruo mayor que el patriarcado”, afirmaba el colectivo AMAR… y porque “la blanquitud no se arregla subiendo una negra al estrado ni poniendo una migrada trofeo a llevar la pancarta”, y no quieren ser las otras ni recibir solidaridad, no quieren ser construidas desde el victimismo y la carencia sino hacer puentes que se construyan desde los dos lados, desde los derechos y la igualdad… a pesar de la desigualdad.

Difícil digerir todo esto expresado en un discurso provocador y… paradójico, por ejemplo, la paradoja de reclamar la voz desde una mesa central, o la de reclamar espacios seguros en unas jornadas en las que la seguridad de las mujeres es punto principal de reivindicación, la de hacer un discurso sobre el ser iguales para que desde el público alguien te responda que sí, que vale, que te ha escuchado y toma en cuenta tus reclamos.

Las paradojas y conflictos reflejados en este debate tendrán que digerirse en el próximo futuro, con menos bullicio y aplausos que en Durango y mayor participación de las mujeres racializadas. Las escasas 30 manos que se levantaron cuando alguien preguntó desde la mesa cuántas mujeres racializadas se encontraban en la sala, muestran las dificultades para participar de un colectivo femenino que, quizás, se ha quedado cuidando a amas, aitas o chiquis para que otras pudieran ir a las jornadas.

Estas preocupaciones y debates no son solo preocupaciones internas del movimiento feminista vasco; son reflejo de una sociedad que hasta hace poco tiempo era muy homogénea en sus señas de identidad y sus costumbres, pero que se está haciendo mestiza muy rápidamente y a la fuerza, añadiendo nuevos factores de desigualdad a los que ya existían… Sí, quienes vienen/venimos de fuera tenemos que atravesar un desajuste identitario para ser aceptadas y poder tender puentes hacia las demás mujeres.

Y sí, el discurso es de rabia porque la sobrevivencia material está en juego. “No puedo hacer talleres sobre compresas cuando no tengo trabajo”, dijo una mujer de piel negra. “No puedo estar en todos los debates si soy una bastarda del euskera”, sintieron otras. Pero todo tiene que caber en un feminismo que se desea antipatriarcal, anticapitalista, antiracista, antiheteronorma y ecologista, y tendremos que ver cómo lo vamos haciendo.

Observando las entrañas del movimiento vemos que están revueltas, muy revueltas, pero de un revuelto entusiasta, porque las jóvenes inundaron las jornadas con su desparpajo y su vitalidad, aunque también con su falta de experiencia, y ahí hace falta construir un puente para no empezar de cero, para superar algunos debates que huelen a viejo y que tomarían otros derroteros si se rescataran viejos acuerdos, si algunas escucharan más atentas…

Entusiasta también porque posiciones extremas en temas sensibles, como el de la prostitución y el feminismo, pudieron sentarse a hablar y acordar que el respeto mutuo y la no agresión son las bases para seguir debatiendo.

Entusiasta porque la fuerza del feminismo también se alimenta del calor de los muchos cuerpos reunidos y de eso van las jornadas, porque luego hay que salir a la calle a reivindicar y ganar. Ups! Por cierto, algunos temas del afuera no estuvieron presentes en los debates, como por ejemplo cómo se relaciona el movimiento feminista autónomo con instituciones que financian buena parte de las jornadas (con nuestros impuestos) y a las que hay que reclamar que, como decía el cartel del 25N, “todo está dicho, ahora hay que hacer”.

Los temas de la calle, que son fríos como el tiempo, quedan para el día a día; los tres días de intenso encuentro dieron para coger aire, constatar la fuerza del estar juntas, el estado de los grupos y la capacidad organizativa de un movimiento que salió de las jornadas con la tarea de crear los puentes para trascender las desigualdades que subsisten en su interior.

Categorized | Política

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