La Agenda 2030 en la diana del negacionismo y de la derecha reaccionaria

 

Galde 45, Uda 2024 Verano. Nacho Martínez, Pablo Martínez y Koldo Unceta.-

Desde su aprobación en el año 2015 por la Asamblea General de NN. UU., la Agenda 2030 ha sido objeto de debate en diferentes sectores, discutiéndose su alcance real y su capacidad transformadora, o sus debilidades y fortalezas, entre otros elementos. Sin embargo, en los últimos años, estamos asistiendo al crecimiento de una corriente crítica de distinta naturaleza. Esta no se dedica tanto a discutir aspectos concretos de la Agenda, a debatir la pertinencia de su enfoque, a cuestionar la relación entre medios y fines, a señalar el carácter voluntario de la agenda, o a cuestionar su ambición, elementos todos ellos que forman parte de una discusión legítima y necesaria para afrontar de la mejor manera posible los desafíos planetarios que afronta la humanidad. Por el contrario, la nueva oleada de críticas a la que hacemos referencia plantea ataques frontales hacia esta agenda, tratando de impedir de forma vehemente la necesaria transición hacia un modelo de sociedad más justa, cohesionada y respetuosa con la naturaleza, como al que apunta el contenido de la Agenda.

Los ataques a la Agenda 2030 desde los discursos ultras y reaccionarios.
Algunos de estos ataques han sido lanzados desde posiciones políticas que forman parte de la ola reaccionaria global, que se caracteriza por discursos negacionistas en el terreno de la emergencia climática, de los derechos humanos y de la propia democracia. Ejemplo de ello son las palabras de Javier Milei señalando que “no nos vamos a adherir a la agenda 2030. Nosotros no adherimos al marxismo cultural, no adherimos a la decadencia», o apuntando que es necesario “plantar las ideas de la libertad en un foro (el de Davos) que está contaminado con la agenda socialista 2030 que solo traerá miseria al mundo”.

También aquí más cerca, VOX señala que “no acepta tal Gobernanza Mundial porque es contraria a la democracia, a la libertad y a la soberanía nacional” o que “La Agenda 2030 es la criminalización de la vida en la tierra, o la criminalización de la industria” y “supone el ataque al icono de la clase media, el automóvil”.

Son muchos los ejemplos que podrían ponerse de partidos reaccionarios y de extrema derecha que atacan de forma agresiva y demagógica la Agenda 2030 a la que califican de socialista, marxista, comunista… con ánimo deslegitimador y para situarla automáticamente en la órbita de los “enemigos ideológicos”. No se trata, sin embargo, solo de un uso retórico con implicaciones simbólicas, ya que esta visión también se traslada al plano material, hasta el punto, en ocasiones, de haber condicionado la acción de gobierno, como es el caso de la Junta de Castilla y León en donde el PP –partido que estaba en el gobierno que votó a favor de la aprobación de esta agenda en Naciones Unidas– cedió ante VOX, suprimiendo las referencias a la Agenda 2030 de los programas de Educación Ambiental.

Pero no solo actores de la arena política reaccionaria han sido los encargados de articular estos ataques. También se han producido formulaciones en esta misma línea desde lo que puede denominarse como negacionismo sociológico, desde sectores sociales que abrazan acríticamente los mensajes más reaccionarios, y en los que la extrema derecha política ha encontrado un terreno abonado para la irrupción de la posverdad en un escenario de cambio comunicativo global. Alguna de las expresiones más llamativas las hemos podido observar en las pasadas protestas de los agricultores y sus tractoradas o en diversas pancartas mostradas durante la pandemia, pero estos son solo algunos ejemplos de un fenómeno global, el negacionismo, que se ha hecho eco de esta narrativa “anti Agenda 2030”.

Lo estrambótico de estas posiciones y su alejamiento de la naturaleza y propósitos de una propuesta como la de la Agenda 2030 podría llevarnos a pensar que se trata de visiones delirantes y alejadas de la realidad. Sería, sin embargo, un error pensar de esta manera, pues las mismas responden a una estrategia de deslegitimación y desinformación, de corte “trumpista”.

¿A qué responde esta ofensiva? ¿Por qué estos ataques tan virulentos hacia una propuesta como la de la Agenda 2030 que, conviene recordarlo, tiene como sus principales ejes de acción la sostenibilidad ambiental, la lucha contra la pobreza, el hambre y las desigualdades, la construcción de una sociedad más justa y equitativa, o un mejor reparto de responsabilidades entre los actores de la sociedad internacional en la búsqueda de respuestas frente a los problemas globales?

La Agenda 2030 y sus 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible representan el acuerdo al que ha llegado la comunidad internacional a través de la Asamblea General de Naciones Unidas para tratar de dar solución a los graves problemas que amenazan a la humanidad. Parece, desde luego, una apuesta que entronca con valores democráticos y de justicia global. ¿No será ese el problema?, ¿no será precisamente esa la causa de esta agresividad de la derecha reaccionaria hacia los ODS y la Agenda 2030?

Da la impresión de que, detrás de estos ataques, de esta agresividad, hay una combinación de elementos: por un lado, fuertes dosis de ideología reaccionaria y ultraconservadora, pero también, y esto es fundamental, miedo a perder privilegios, poder, a revisar los modos de vida imperial, a cuestionar el modelo sobre el que esos sectores sostienen su hegemonía.

Agenda 2030: disputa, interpretaciones e intereses.
Lejos de asumir un relato simplificador, conviene recordar que la Agenda 2030, más que un sólido consenso internacional sobre la naturaleza de los problemas y sus consecuencias, ofrece un agregado de visiones en torno a una profunda crisis multidimensional y representa un acuerdo frágil, no sin contradicciones, respecto a los medios y los fines para superar dicha crisis. Esta agenda admite, así pues, diferentes lecturas e interpretaciones, entre las que hay significativas diferencias en cuanto a su grado de impugnación de los modelos de desarrollo dominantes y en cuanto a su carácter transformador.

La defensa de las posibilidades transformadoras de la Agenda 2030 en el actual contexto de crisis ecosocial no solo debe llevarnos a desenmascarar las posiciones y planteamientos defendidos desde lógicas negacionistas. Parece necesario, además, preguntarnos sobre la relación entre estas posiciones, radicalmente contrarias a la Agenda 2030, y aquellas otras que, sin negarla frontalmente, tratan de rebajar su contenido, de retrasar medidas que contribuyan a su aplicación, de dificultar la transición hacia otro modelo de vida y de convivencia global.

Nos referimos, en este caso, a visiones de la Agenda 2030 que se reducen poco más que a ejercicios de enunciación y cuya traducción política se concreta en lo que hemos llamado en otros lugares como las visiones continuista. Visiones que de facto ejercen una especie de “retardismo” y que, aunque distintas de las negacionistas, también nos conducen a escenarios incompatibles con la vida. Es cierto que en términos discursivos difieren notablemente de los negacionismos, ya que no cuestionan el consenso científico y democrático a favor de una transición justa. Pero la paradoja reside en el hecho de que, aunque desde lugares distintos, tanto las visiones negacionistas como las retardistas nos conducen, en palabras de José Manuel Naredo, hacia la “ruina civilizatoria”.

La radicalidad de las visiones negacionistas y la suficiencia tecnocrática de las retardistas nos muestran con claridad la importancia de orientar la acción colectiva que propone la Agenda 2030 desde enfoques comprometidos con la justicia ecosocial. Razones de naturaleza cognitiva, democrática y de justicia social así lo reclaman, si lo que nos planteamos es lograr la sostenibilidad de las vidas en condiciones de bienestar y dignidad, dentro de los límites justos y seguros del sistema Tierra.

Oponerse alas visiones negaciones y retardistas es, en consecuencia, imprescindible para hacer de la Agenda 2030 un marco político con capacidad de ofrecer respuestas a una crisis civilizatoria que exige un cambio de paradigma y procesos de transformación profunda en muy diversos ámbitos de la realidad. Ámbitos frente a los que la Agenda 2030 plantea cuestiones de interés, y sobre los que la ciencia hace tiempo que ofrece evidencias cada vez más sólidas.

Pero, como observamos a diario, la disputa no es sencilla. En un contexto de deterioro democrático y crecientes asimetrías de poder, los verdaderos obstáculos los encontramos en grupos de poder que se oponen, por la vía del negacionismo o la del retardismo, a los cambios de modelo. Son grupos conscientes de la que la “amenaza democratizadora” que esta agenda incorpora supone el riesgo de una pérdida de privilegios que hagan al tiempo radicalmente sostenibles las reproducciones de las vidas y universalmente inclusivos los derechos.

Así, frente a los retardismos que confían en aplazamientos o en el solucionismo tecnológico para encontrar modelos sostenibles, y frente a la ultraderecha que apuesta por la exclusión de la diferencia, es tiempo y oportunidad de defender el interés colectivo, y de converger en propuestas que pongan en el centro la justicia ecosocial, los derechos y la democracia.

De la disputa por la Agenda 2030 a la fractura en torno al sentido común de época: negacionismos y violencia frente a aspiraciones de justicia global

La crisis civilizatoria a la que nos enfrentamos, constituye un momento histórico de extrema complejidad y gravedad que cristaliza con claridad en los elementos expuestos en torno a las diferentes interpretaciones de la Agenda 2030. Por un lado, la apuesta por articular una acción colectiva democrática, basada en el principio de las responsabilidades compartidas pero diferenciadas frente a los retos planetarios que compartimos todas las sociedades y comunidades políticas. Por otro, las visiones reaccionarias y retardistas que disputan la hegemonía sobre el sentido común de época alejándonos ambas, aunque con distintas estrategias, de lo que nuestro tiempo histórico nos reclama.

En esta encrucijada histórica, tanto defender la Agenda 2030 como disputar su contenido desde una visión transformadora son formas necesarias (y complementarias a otras opciones) de enfrentar la ola reaccionaria que asola Europa y el mundo. Defender la Agenda 2030 como un acuerdo sobre la gravedad de los desafíos comunes y la voluntad de desplegar respuestas colectivas, democráticas y universales. Como defender la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que puede parecer a algunas personas una nimiedad o un ejercicio limitado al plano simbólico pero que, en un momento de violación sistemática y generalizada de los derechos humanos, supone un acto de reafirmación democrática fundamental.

También es preciso entender la Agenda 2030 como un terreno en disputa para articular propuestas críticas con el modelo de desarrollo –extractivista, excluyente, patriarcal, racista…– incompatible con la sostenibilidad de las vidas. De ahí la importancia de disputarla como un marco para la transformación justa, democrática y global, en un contexto de creciente securitización de la agenda política, y de profundas transformaciones geopolíticas que exacerban las respuestas competitivas y la apuesta por la autonomía estratégica. Un contexto, en definitiva, que es terreno abonado para la reproducción y fortalecimiento de la actual ola reaccionaria global que sólo agravará y retrasará los cambios urgentes y necesarios.

Desde la extrema derecha se vierten amenazas cada vez más fuertes y virulentas contra la Agenda 2030. “Vamos a derogar el Pacto Verde Europeo y vamos a borrar de la historia la diabólica Agenda 2030” decían hace unos días desde Vox. Y lo cierto es que, a base de intentar manipular descontentos sociales –como el del sector agrícola–, han conseguido ya algunas victorias, atrayéndose a una parte de la derecha menos extrema y logrando quebrar una parte significativa del Pacto Verde Europeo, con su consiguiente impacto en algunos objetivos de la Agenda 2030.

Por todo ello no solo es compatible, sino absolutamente necesario, disputar el contenido de la Agenda 2030 frente a los sectores tecnocráticos y/o retardistas y, al mismo tiempo, plantear una firme defensa de la misma, como expresión de una apuesta global por la democracia, la sostenibilidad y la justicia global, frente a la derecha reaccionaria y negacionista que trata de impedir, por todos los medios, cualquier posible transición hacia otro modelo de convivencia.

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