Empar Pineda “Nombrarme lesbiana fue un antes y un después en mi vida y en mi manera de entender el feminismo”

(Elo Mayo)

La rabia puede ser un motor, pero para construir algo duradero también hace falta pensar y debatir”

Activista histórica del feminismo y del movimiento por los derechos de las lesbianas en el Estado español, Empar Pineda ha sido una de las voces que más claramente han defendido la visibilidad, la libertad sexual y el pensamiento crítico dentro del movimiento feminista. En esta conversación repasa su trayectoria, los debates que marcaron los primeros años del feminismo y reflexiona sobre los desafíos actuales, desde la visibilidad lésbica hasta las nuevas fracturas dentro del feminismo.

Realizamos esta entrevista vía zoom, acompañadas por su compañera de vida, Cristina Garaizabal, con quien ha compartido gran parte de su trayectoria política, sus debates y sus convicciones. Una presencia que recuerda que la historia de una difícilmente puede entenderse sin la de la otra.

Empar Pineda (Hernani, 1944) inició su militancia durante el franquismo en el movimiento estudiantil antifranquista. Expulsada de la Universidad Complutense por su actividad política, terminó Filología Románica en Oviedo. Militante del Movimiento Comunista, pasó un tiempo en la cárcel de Martutene por su lucha contra la dictadura.

En los años 70 participó activamente en la Assemblea de Catalunya, organismo unitario de la lucha antifranquista cuyo lema “Llibertat, Amnistía i Estatut d’Autonomía” arupó buena parte de las movilizaciones de aquella época contra la dictadura franquista.

En los años setenta se incorporó al movimiento feminista y participó en las Primeres Jornades Catalanes de la Dona (mayo de 1976), siendo después cofundadora de la Coordinadora Feminista de Barcelona y participante en la primera manifestación por los derechos LGTBI celebrada en Barcelona en 1977.

En los años ochenta fue cofundadora del Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid y de la Comisión por el Derecho al Aborto. Ha seguido implicada en iniciativas feministas y por la diversidad sexual, como Alianzas Rebeldes, y ha recibido reconocimientos como la Creu de Sant Jordi (2008), los Premios Empar Pineda de la UPV/EHU (2019) o la Medalla de Honor de l’Ajuntament de Barcelona (2022).

  • Empar, cuando miras hacia atrás y haces un recorrido por tu trayectoria vital y política, desde la militancia antifranquista hasta el feminismo y la lucha por la visibilidad lesbiana , ¿qué momentos dirías que te marcaron en este camino?

Antes incluso del feminismo, lo que estaba presente en mi vida era la lucha política en general, la oposición al franquismo. Pero en mi caso el gran punto de inflexión llegó en 1976, con las Jornades Catalanes de la Dona. Aquello fue un tirón de orejas colectivo que nos obligó a cuestionar muchas cosas, especialmente la situación de las mujeres. A partir de ahí hubo un antes y un después para mí y para otras tantas mujeres.

Cambió la forma de estar en la calle y también la manera de mirar la realidad: reconocer que las mujeres no estábamos en igualdad. Ni entre nosotras mismas ni, por supuesto, respecto a los hombres. El feminismo nos permitió entender que esa desigualdad no era algo individual, sino una cuestión política y social.

  • En tu caso, además, el feminismo estuvo muy ligado al proceso de reconocerte como lesbiana. ¿Cómo fue el momento de “poner nombre” a algo que durante mucho tiempo había permanecido sin palabras?

Siempre había tenido relaciones muy intensas con amigas. Digamos que siempre había una amiga “más amiga” que las demás. Pero en aquellos años la palabra lesbianismo ni se conocía.

Cuando fui a Madrid en el 64, en la facultad vi un cartel enorme con mujeres que se presentaban a las elecciones de un sindicato democrático y al lado de uno de esos nombres alguien había escrito “Puta, zorra, comunista”. Lo mejorcito. Y pensé: “Esta mujer la tengo que conocer, porque me identifico con lo que le están haciendo”. Cuando hablamos, le conté mi vida: esa sensación de que siempre había una mujer por encima de todas. Y me cortó y me dijo: “Mira, tú eres una lesbiana de tomo y lomo”. Para mí fue un hallazgo tremendamente positivo: ponerle nombre a lo que yo sentía y que llevaba ocultando, porque tampoco sabía lo que era. Me sentó divinamente. Fue una tranquilidad enorme.

  • ¿Cómo fue ese proceso de decirlo, primero en tu entorno cercano y luego en público?

Primero lo fui diciendo en los círculos más cercanos. Era entender que eso era lesbianismo y que el amor hacia las mujeres tenía todo el derecho del mundo a manifestarse. Poco a poco fui aprendiendo a decirlo. Ya en los años 80 fue cuando, explícitamente, no solo no lo ocultaba sino que lo afirmaba: dar a conocer que era lesbiana y que había que hacer algo para romper la invisibilidad, una forma muy clara de ejemplarizar eso de que lo personal era político. Además, en esa época había poca gente —mujeres y hombres— que se atreviera a dar la cara. Y como no había muchas que lo hicieran, cuando me llamaban de medios de comunicación, yo iba.

  • En los medios se popularizó después la expresión “salir del armario”. Tú has contado que al principio te chocaba.

Sí, me chocó una barbaridad. Pensaba: “¿Pero cuál de nosotras se metía en un armario?”. Era una expresión nueva para nombrar algo que en realidad era muy viejo: el miedo, la prudencia, el cálculo. En mi entorno, al principio, había muy pocas personas dispuestas a exponerse. Por eso para mí tuvo sentido salir a los medios cuando me llamaban: no por exhibicionismo, sino porque la visibilidad tenía un efecto político. Me ayudó a mí y podía ayudar a otras lesbianas.

  • ¿Recuerdas alguna escena que te hiciera notar el impacto social de “dar la cara”?

Sí. En un debate televisivo participé con Jordi Petit, que entonces era una persona muy conocida del movimiento homosexual. Estuvimos una hora defendiendo la práctica lesbiana y la práctica gay frente a contrarios, frente a posiciones que seguían patologizandola. Fue un programa muy bueno y explicativo aunque algunas personas no entendieran mucho que implicaba ser gay o lesbiana según las anécdotas que me contó mi madre de diversos comentarios de algunas mujeres de mi pueblo. Aquello era principios de los 80: imaginarte a mujeres en una panadería hablando de lesbianas y de gays en la tele. Fue fuerte, y a la vez muy esperanzador.

  • Tu militancia política también fue una escuela feminista. Has contado muchas veces que dentro del Movimiento Comunista (MC) y de los colectivos de mujeres se aprendió a organizar el feminismo con autonomía. ¿Cómo lo viviste?

Fue un paso adelante tremendo. No solo en el MC, también en otras organizaciones de la izquierda revolucionaria como la LCR. Muchas militantes empezamos a plantear que la lucha feminista no podía quedar subordinada a la agenda general de los partidos, lo que abrió debates internos y obligó a reconocer que la opresión de las mujeres tenía una dimensión propia.

En concreto, en el MC decidimos crear internamente una estructura autónoma de mujeres. Y eso fue fundamental: permitió debatir entre nosotras, elaborar posiciones propias y presionar políticamente dentro de nuestras organizaciones. Aquello introdujo el feminismo en el centro de los debates de la izquierda y obligó a tomarse en serio cuestiones que hasta entonces se consideraban secundarias. Para muchas de nosotras fue una auténtica escuela política.

  • En paralelo, tú impulsaste la organización de las lesbianas dentro del feminismo. ¿Qué suponía organizarse como lesbianas en un movimiento que también se estaba aprendiendo a nombrar la sexualidad?

Era necesario. Existían organizaciones homosexuales, pero la presencia de lesbianas era muy minoritaria y los debates giraban sobre todo en torno a la homosexualidad masculina. Con otras compañeras creamos el Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid para romper esa invisibilidad y abrir un espacio propio dentro del movimiento feminista.

El Colectivo permitió organizarnos, compartir experiencias e introducir el debate sobre el lesbianismo en el feminismo. Además editábamos la revista Nosotras que nos queremos tanto, que circulaba entre grupos feministas y ayudó a reflexionar sobre la sexualidad entre mujeres y su invisibilidad. Para muchas lesbianas fue un apoyo importante y, al mismo tiempo, ayudó a que el conjunto del movimiento feminista empezara a pensar más seriamente sobre la sexualidad entre mujeres y sobre la invisibilidad que había existido hasta entonces.

  • ¿Qué significó sostener una revista como Nosotras que nos queremos tanto y mantener una red de lesbianas feministas en aquellos años?

Fue sostener una conversación que casi no existía. La revista circulaba entre grupos, se enviaba por correo, se comentaba en asambleas. Llegaban ecos de lesbianas de otros países y también de aquí, y eso te hacía sentir que no estabas sola ni inventándote nada. Además, dentro de la Coordinadora Feminista de Colectivos de mujeres del Estado Estatal, el material servía para abrir debates que de otro modo se quedaban en susurros. Yo recuerdo charlas de sexualidad donde, gracias a esos textos, ya no se podía hablar solo de heterosexualidad como si fuera “lo normal” y lo demás una nota al pie. No era solo una cuestión “de lesbianas”; sino que nos proponíamos obligar al movimiento feminista a pensar qué significa la diversidad del deseo, qué significa la autonomía y la libertad sexual para todas las mujeres, independientemente de sus preferencias sexuales.

  • En tu trayectoria hay también una insistencia muy saludable en ir “a contracorriente” cuando el debate se polariza. Pienso, por ejemplo, en cómo has defendido siempre que la moral no puede sustituir al análisis político. Un ejemplo fue la creación de un manifiesto colectivo: “Un feminismo que también existe”

Es que si convertimos el feminismo en una moral, perdemos fuerza. El feminismo nació precisamente para cuestionar normas, para pensar críticamente la sociedad, no para sustituir unas normas por otras sin discusión. Habrá posiciones distintas, claro, porque el feminismo nunca ha sido un bloque homogéneo. Pero lo importante es que podamos debatirlas, contrastarlas y pensarlas colectivamente.

El conflicto, si se discute con cabeza, puede ser fecundo. De hecho, muchas de las discusiones que hemos tenido dentro del movimiento feminista han servido para avanzar, para matizar posiciones o para abrir nuevas preguntas. El problema aparece cuando el desacuerdo se convierte en un intento de imponer silencio o de deslegitimar a quien piensa distinto. Eso es lo que empobrece el debate.

Un movimiento político vivo necesita discusión, necesita pensamiento crítico. Si dejamos de pensar y de debatir, y lo sustituimos todo por posiciones morales cerradas, lo que hacemos es debilitar nuestra capacidad de entender la realidad y de transformarla.

  • ¿Está el debate feminista atrapado entre el alarmismo político y la simplificación mediática?

Me inquieta mucho la simplificación. Que se hable como si hubiera un único feminismo legítimo, el que aparece en los medios de comunicación, y todo lo demás quedara automáticamente fuera o resultara sospechoso. El feminismo siempre ha sido un movimiento plural, lleno de debates y de posiciones diferentes, y esa diversidad ha sido precisamente una de sus riquezas y parte de su fuerza. Reducirlo todo a una única voz empobrece el debate y hace invisibles otras experiencias y reflexiones que también forman parte del movimiento.

También me preocupa esa mezcla de alarmismo y fatalismo que se repite constantemente: “viene la derecha”, “vamos a perderlo todo”, “la juventud es cada vez más machista”… Ese batiburrillo acaba creando la sensación de que estamos en una especie de retroceso generalizado. Y la realidad nunca es tan simple. Es verdad que las conquistas pueden retroceder, eso lo hemos sabido siempre, porque dependen de correlaciones de fuerzas políticas, de quién gobierna y de cómo se organizan las resistencias. Pero convertir el análisis en una narrativa de catástrofe permanente tampoco ayuda a entender lo que está pasando. Decir que “todo va peor” muchas veces es una forma de no mirar los matices, las contradicciones y también de no ver los avances y las nuevas formas de resistencias que hoy se dan entre la gente joven.

  • En los últimos años el debate sobre las identidades ha adquirido un peso muy importante dentro del feminismo. Para algunas personas ha supuesto un avance en términos de reconocimiento y visibilidad, mientras que otras advierten del riesgo de que el debate político se reduzca únicamente a ese marco. ¿Cómo ves tú esta cuestión?

Nombrarse, reconocerse y encontrar palabras para experiencias que durante mucho tiempo estuvieron ocultas ha sido, sin duda, un avance importante. Para muchas personas ha significado poder entender su propia vida y encontrar comunidad.

Sin embargo, cuando las identidades se convierten en el único eje del debate político existe el riesgo de empobrecer la discusión. El feminismo nació como un movimiento para analizar y transformar las relaciones de poder que atraviesan la sociedad, y ese análisis requiere reflexión colectiva, debate y capacidad crítica.

Las identidades pueden ser un punto de partida para organizarse o para reconocerse mutuamente, pero no deberían sustituir al pensamiento político ni al análisis de las estructuras sociales. Cuando el debate se reduce únicamente a identidades enfrentadas, se corre el riesgo de perder de vista las preguntas más amplias sobre cómo transformar la sociedad y mejorar las condiciones de vida de las personas.

Mantener abiertos los espacios de discusión, escuchar posiciones distintas y pensar colectivamente sigue siendo una de las tareas más importantes para un feminismo que quiera seguir siendo transformador.

La rabia puede ser un motor, pero para construir algo duradero también hace falta pensar y debatir.

  • Eres una de las fundadoras del espacio “Alianzas Rebeldes”, .¿Qué necesidad viene a cubrir este espacio y hasta qué punto la respuesta que han tenido sus jornadas confirma que existía un sector del feminismo ,de distintas generaciones, que estaba buscando lugares donde reconocerse y compartir otras posiciones?

Alianzas Rebeldes es un espacio diverso dónde nos reunimos personas de distintas generaciones y trayectorias con una mirada crítica y transformadora. Frente a los discursos que dividen, apostamos por tejer redes desde la reflexión y el deseo de una sociedad más democrática, humana y sostenible, donde los cuidados estén en el centro.

Este espacio responde a una necesidad muy clara: hacer visible que existen otras posiciones feministas que, durante bastante tiempo, parecían no existir en el debate público. Con la fuerza de los medios de comunicación y de las redes sociales se fue instalando la idea de que había una única manera legítima de entender el feminismo. Y quienes pensábamos de otra forma aparecíamos casi como una rareza, como si fuéramos “tres locas” aisladas.

Pero la realidad era otra. Había muchas feministas, de distintas generaciones, hombres, mujeres, no binarios, trans… , que compartíamos inquietudes parecidas, aunque a menudo no se encontraban espacios donde poder expresarlas sin pagar un coste personal o político muy alto. En ese sentido fue muy importante el encuentro con gente más joven, personas que nos veían como una referencia o como parte de una genealogía feminista. Ese encuentro entre generaciones nos dio mucho impulso, tanto a ellas como a nosotras, porque permitió construir algo colectivo que visibilizara ideas que ya existían, pero que individualmente era muy difícil defender.

La respuesta que han tenido las jornadas de Alianzas Rebeldes lo confirma claramente. Ha aparecido mucha gente —jóvenes y no tan jóvenes— que estaba esperando un espacio así, donde poder debatir y compartir posiciones que parecían haber desaparecido del mapa. Incluso hemos escuchado a personas decir que se habían ido alejando del feminismo y que, al encontrarse con este espacio, volvían a reconocerse en él. Eso demuestra que había un hueco real y una necesidad de volver a abrir el debate feminista desde posiciones más plurales.

  • Para terminar, si tuvieras que quedarte con una imagen del feminismo que has vivido, desde los 70 hasta hoy, ¿cuál sería?

Me quedaría con la imagen de mujeres aprendiendo a nombrar: nombrar la desigualdad, nombrar el deseo, nombrar el placer, nombrar la violencia. Nombrar es abrir mundo. Y, a la vez, me quedo con la necesidad de seguir nombrando sin miedo: sin convertir el feminismo en una policía del pensamiento, sino en un movimiento capaz de pensar y de cuidarse mientras discute.

 

 

 

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