Una quimera autóctona: el fascismo en Euskadi

Galde 26. 2019/otoño. Iñaki Fernández Redondo.-

No me arriesgo mucho señalando que la inclusión de los pasados fascistas ha sido uno de los elementos de más difícil encaje en la articulación de las narrativas públicas nacionales. Podría argüir ejemplos, algunos incluso con nombre propio, como la Historikerstreit o el síndrome de Vichy[1], pero la actualidad del asunto en la agenda pública española, con polémicas recientes en torno a cuestiones como la definición del franquismo, los hacen innecesarios. El del País Vasco tampoco es un caso excepcional. Si nos atenemos a las representaciones socialmente predominantes sobre la Guerra Civil y el régimen franquista el fascismo vasco se ve reducido a la categoría de criatura mitológica en cuanto que nunca existió. Sin embargo, la disciplina histórica nos dice otra cosa: el fascismo en el País Vasco no solo existió sino que se constituyó en una pieza fundamental del desarrollo del conjunto del fascismo español.

Al calor de las hondas transformaciones sociales que se estaban experimentando desde finales del siglo XIX se produjo en Europa una actualización progresiva de los principios ideológicos de la derecha que algunos autores han bautizado como la revolución conservadora. Siguiendo esta corriente renovadora determinados círculos intelectuales y artísticos bilbaínos fueron abrazando nuevos principios, como el vitalismo, la irracionalidad o el organicismo de la nación que, ya a partir de la década de 1920, posibilitaron su tránsito al fascismo. Eran escritores y periodistas como Ramón de Basterra, Rafael Sánchez Mazas o Pedro Mourlane Michelena, que agrupados en torno a la tertulia del café Lyon d’Or y a la difusa Escuela Romana del Pirineo, configuraron un estilo y unos preceptos que acabarían formando parte imprescindible del núcleo articulador de la ideología y el estilo de Falange Española, que si bien no fue la primera sí que fue la más exitosa manifestación orgánica del fascismo español. Es difícil sobreestimar sus contribuciones. Su influencia se puede rastrear tanto en el corpus doctrinal de Falange como en sus símbolos y su retórica, tan caros a los movimientos fascistas, grandes cultivadores de la estetización de la política (composición del Cara al sol, con música del guipuzcoano Juan Tellería; el canon de la retórica arcaizante y clasicista de las publicaciones falangistas se debía en buena medida a Sánchez Mazas; se pueden rastrear los ecos de Basterra en la fórmula nacionalista del destino común en lo universal).

Pero la relación del fascismo con el País Vasco no se agotó con estos círculos intelectuales. Diferentes organizaciones fascistas y fascistizadas se implantaron en el solar vasco. Entre las últimas destacó el caso del Partido Nacionalista Español de José María Albiñana, verdadero vivero de los fascistas vitorianos hasta que dieron el salto a Falange. Entre las opciones netamente fascistas el primer ejemplo que encontramos es el de las JONS, cuya rama local se fundó en Bilbao en octubre de 1933. Falange Española, por su parte, fue el único partido fascista que consiguió asentarse en las tres provincias vascas a partir de 1934. A pesar de ello, su implantación y desarrollo fue desigual entre los territorios, con dos modelos bien diferenciados: el de las provincias costeras, con un número de afiliados muy superior (150-200), despliegue de ramas sectoriales (Sindicato Español Universitario, Sección Femenina…) y asentamientos en localidades más allá de las capitales (Baracaldo, Portugalete, Guecho, Irún, Eibar, Tolosa…); y el Álava, con una militancia mucho más limitada (40) y circunscrita casi en exclusiva a la ciudad de Vitoria.

El peso relativo del fascismo vasco queda de manifiesto al comparar las cifras de afiliados con otras provincias españolas. Es cierto que la comparación con aquellas provincias que alcanzaron mayor número de falangistas como Santander, Sevilla o Valladolid, que superaron el millar de afiliados, no es muy favorable. Pero no es menos cierto que estos ejemplos fueron las excepciones y que no fueron pocas las provincias donde Falange ni siquiera llegó a fundarse o llevó una vida extremadamente precaria con un puñado de militantes, como Ciudad Real o Córdoba. En este sentido, los niveles de afiliación de las provincias costeras vascas se encontraban en “la zona media de la tabla” a la altura de Asturias, las provincias gallegas o las catalanas. A este respecto hay que tener en cuenta un último factor que guardó una estrecha relación con la capacidad de expansión del fascismo en el País Vasco, la existencia de otro movimiento antisistema derechista sólidamente arraigado en el territorio vasco y profundamente imbricado en las representaciones locales: el tradicionalismo. La presencia tradicionalista y su impugnación de los valores liberales actuó como un cortafuegos cerrando el paso a los espacios que pudiese ocupar el fascismo en tanto que expresión de la insatisfacción con el status quo republicano. Esto lo podemos rastrear en diferentes aspectos. El fascismo en el País Vasco encontró asiento en las áreas urbanas y apenas fue capaz de penetrar en el mundo rural donde el tradicionalismo era hegemónico entre la derecha españolista. De hecho, entre las tres provincias vascas se produjo una gradación de la militancia fascista inversamente proporcional al peso e influencia que tenía el tradicionalismo en cada una de ellas: así, Álava era el territorio con menor presencia de falangistas y Vizcaya el de mayor número de afiliados. Por otra parte, también sabemos que aquellos individuos que se integraron en el fascismo provenían en su inmensa mayoría de una tradición política liberal, siendo los procedentes del tradicionalismo una excepción casi anecdótica.

En base a todo ello restaría plantearse un interrogante: por qué ha desaparecido de la memoria y representaciones colectivas del País Vasco la experiencia fascista si fue una de las cualitativamente más destacadas de toda España. Dejando a un lado las cuestiones compartidas con otros casos europeos, como la incomodidad ante un pasado que por sí solo pone en entredicho las reconfortantes narrativas que establecen una evolución lineal hacia la culminación de los principios de la tradición intelectual occidental, vamos a centrarnos en lo que hay de específico en el caso vasco. El escaso número de los falangistas y la apropiación por el franquismo del aparato simbólico y doctrinal de Falange contribuyó a que se confundiesen ambos actores, diluyendo la personalidad propia de los primeros en el segundo. No se olvide que en 1937 Franco unificó a Falange y al tradicionalismo en Falange Española Tradicionalista y de las JONS. La adhesión mayoritaria del falangismo junto con la larga duración de la dictadura provocó que al final de la misma esta percepción estuviese firmemente arraigada. En estos años finales el avance de la oposición fue extendiendo progresivamente un manto de desprestigio sobre las orientaciones franquistas. Además, el Régimen contestó con medidas represivas indiscriminadas a la actividad de ETA cayendo en la estrategia etarra de acción-represión-acción, contribuyendo a la extensión del desprestigio y haciendo además verosímil a ojos de buena parte de la población el relato nacionalista que consideraba la dictadura como el resultado de una guerra de ocupación española. De esta manera se cerraba el círculo y, ya fuese porque quedaban asimilados a franquistas a secas o porque se transmutaban en invasores foráneos, los falangistas vascos desaparecieron de los relatos de la oposición. Por otra parte, tampoco la memoria de los sectores más o menos vinculados al Régimen garantizó la supervivencia de la de los falangistas vascos. La rápida descomposición franquista y la implantación de un régimen democrático con su propia agenda memorialística limitaron su espacio de reproducción a ámbitos sociales muy concretos. Estos ámbitos irían desapareciendo progresivamente ante el propio avanzar del tiempo, el aislamiento fruto del desprestigio del Franquismo y las campañas que ETA llevó a cabo contra cargos franquistas en los últimos años de la dictadura y contra la derecha vasca en los primeros años de Democracia. De esta manera, con la conjunción de múltiples factores desaparecieron los marcos sociales de la memoria de los falangistas vascos y se quebraron sus canales de transmisión posibilitando su virtual desaparición de las representaciones sobre la Guerra Civil y el franquismo.

Notas:

  1. Historikerstreit o “controversia de los historiadores” hace referencia al debate mantenido por la historiografía alemana en la segunda mitad de la década de los 80 sobre el lugar que había de ocupar el nazismo en la historia alemana. El origen de la polémica se situó en las interpretaciones de algunos historiadores conservadores que entendían que el nacionalsocialismo no se encontraba entroncado en la tradición intelectual alemana sino que constituía un fenómeno extraño, de naturaleza reactiva ante lo que estaba ocurriendo en la Unión Soviética. De esta manera se negaba la originalidad de los crímenes del nazismo y se manifestaba que Alemania no había de purgar una culpa especial. Con “síndrome de Vichy”, título de una obra del historiador Henry Rousso, se alude a las narrativas públicas que hacían hincapié en el fenómeno de la resistencia al nazismo en Francia, construyendo una épica nacional que invisibilizaba el colaboracionismo.

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