Cataluña: tocando fondo

 

Galde 27, negua/2020/invierno. Antoni Puigverd.-

Cataluña y España tienen un gravísimo problema desde que la sentencia del TC en 2010 alteró gravemente la renovación del Estatut. Por lo tanto, antes de hablar de lo que sucede, hay que hablar de lo que sucedió. El episodio estatutario no es la causa única de la actual situación catalana, aunque sí su detonante.

En su momento, la renovación del Estatut fue criticada, con razón, por no responder a una real demanda de la sociedad y por ser una iniciativa surgida de la competencia entre los partidos catalanes para conquistar la hegemonía moral en Catalunya después de los 23 años de pujolismo, una competencia que tomó forma de subasta al alza: nadie quería quedarse atrás, todos doblaban la apuesta.

Irresponsabilidad política al margen, dicha renovación se hizo siguiendo escrupulosamente los trámites previstos por la ley. Era una operación legal, pero concitó una airada respuesta mediática, comparable a la que ha suscitado el “procés independentista”. El clima mediático avaló la campaña tremendista y agresiva del PP, que incluyó anuncios en Andalucía basados en fake news sobre la supuesta “voracidad catalana”.

El inicialmente perdedor Rajoy no quiso desaprovechar la ocasión. Su ataque al Estatut pretendía debilitar al PSOE de Zapatero, quien (a través del PSC) participaba de la reforma; y contribuyó a aprobarla en el Congreso, no sin recortes, que Alfonso Guerra resumió con una metáfora ambigua y de mal gusto (indicadora de la transversalidad del clima negativo): “cepillar el Estatut”. Aquella campaña tuvo su clímax en las “mesas petitorias” reclamando firmas contra el nuevo texto legal catalán. Un reportaje televisivo recogía frases del tipo “¿Dónde hay que firmar contra los catalanes?”. Cristalizó entonces el clima de odio que parece haberse naturalizado ahora.

Las mesas petitorias del PP son el equivalente a las primeras iniciativas pro-referéndum iniciadas en la población de Arenys de Munt (2009) y que pronto se extendieron por toda Catalunya como preludio de las dos consultas frustradas sobre la autodeterminación de Catalunya. La de Artur Mas (9-N de 2014), inhabilitado por desobediencia y multado por malversación. Y la de Carles Puigdemont (1-O de 2017), quien, después de proclamar teatralmente la independencia, se refugió en Bruselas, y cuyos principales compañeros de Govern (con Oriol Junqueras al frente) han sido condenados a altas penas por sedición (2019).

La irresponsabilidad y el maximalismo presidieron toda aquella etapa del Estatut. Sin olvidar el tremendismo de la prensa, que ya llevaba años ensayando lo que ahora hemos dado en llamar “polarización”. Se estaba preparando el terreno para el gran choque de trenes. Superados los trámites, tuvo lugar el referéndum (2006) que favoreció un primer final grotesco de la aventura del Estatut. ERC, el único partido independentista de aquel entonces, se apartó de la mayoría estatutaria y reclamó el “No” en el referéndum. PP y ERC votaban igual por razones opuestas. Votaban sí PSC, Convergència e Iniciativa (hija del PSUC, predecesora de En Comú-Podem). Resultado: una colosal abstención. Participación del 48,85% (de los que el 73,90% a favor). Pujol, ahora en horas bajas, pero político de fuste resumió la aventura: “Los catalanes nos hemos mirado en el espejo y nos hemos gustado”.

Seguramente el severísimo recorte del TC al Estatut (sentencia 2010) se fundó en aquella abstención. Los magistrados creyeron que la escasa participación demostraba indiferencia, con lo que podían alterar tranquilamente por arriba lo ya refrendado democráticamente por abajo.

Durante dos años, después de la manifestación unitaria (2010) presidida por Montilla. pareció que no pasaba gran cosa, si exceptuamos las consultas iniciadas en Arenys de Munt, que seguían multiplicándose. El statu quo parecía inmutable. Nada presagiaba el gran cambio de rasante. Convergència, con Mas, recuperaba la Generalitat. Rajoy recuperaba España para el PP. Había llegado la crisis económica y lo del Estatut parecía un mal sueño, ya pasado. En realidad, de manera soterrada, se estaba produciendo una mutación en las bases nacionalistas. Seguí como cronista algunas de las consultas mencionadas: me sorprendió la cantidad de voluntarios y la energía que destilaban. Y llegó el 11 de setembre de 2012, que maravilló por su fuerza oceánica. Más de un millón de personas. Familias enteras. Alegría, ilusión: las clases medias catalanas gritaban “independencia”.

Aquella manifestación fascinó a Artur Mas, quien, a pesar de contar con una confortable mayoría en el Parlament, empezaba a acusar el peso de los recortes por la crisis (15M). Recogiendo el sentido de la gigantesca manifestación, convocó elecciones anticipadas a la búsqueda de mayoría absoluta. Bofetón: perdió 11 diputados. Reaccionó como si tal cosa: “Los partidarios del “dret a decidir” hemos vencido por mayoría absoluta”. Ligó su destino a ERC y a CUP. Aparecía el bloque independentista, del que, al parecer, ahora ERC quiere zafarse y no sabe cómo.

El procés se inició en 2012 y sigue vigente, aunque mascando la derrota y cambiando alegría por resentimiento, ilusión por resquemor. El bloque independentista condujo a las masas que se manifestaban hacia el sueño de la independencia. El engaño fue de antología. El sueño era descrito como perfectamente posible. Es más: estaba al caer. Cambiar las fronteras de Europa y reducir las de España era lo más natural del mundo. Los catalanes iban a vivir como reyes: sus impuestos revertirían en la propia economía, pues ya no sería necesario pagar los servicios de “la España subvencionada”. Etcétera. No quisiera caricaturizar, pero entre 2012 y 2017 una colosal propaganda daba por supuesto que esto sería coser y cantar, que la revolución no tendría costes, que Europa la apoyaría, que el mundo entero nos contemplaba. La guinda: era un cambio morrocotudo, pero gratis. Sin costes.

Sabemos como acabó la cosa. Un primer intento de referéndum (pactado de facto entre Rajoy y Mas) sirvió de aperitivo: se saldó con coste menor. Puigdemont favoreció otro (1-O), que el estado ya prohibió taxativamente. Reconvenciones del TC, cargas policiales contra los votantes del referéndum, suspensión de la autonomía (155), cárcel preventiva o expatriación de los líderes, sentencia durísima (que en Madrid, a pesar de todo, sabe a poco). Y después: bloqueo político, pesimismo ambiental, terquedad de los independentistas, incapacidad de la élite periodística y política española para entender que, si bien no hay que ceder al “o todo o nada” del independentismo, sí es imprescindible una salida política a la anomalía de un Estatut votado popularmente, pero corregido por magistrados.

Reacción airada después de la sentencia del TC (2019). Primeros conatos serios de violencia callejera. Fracaso de la política. Cronificación de un problema. División interna catalana (si no étnica, sí profunda y muy emocional). Una división que podría llegar a ser irreversible. En este caso, se consolidarían en Cataluña dos comunidades, relacionadas entre sí por el agrio vínculo de la antipatía.

Analistas demoscópicos han demostrado que el gran resultado de VOX en las últimas elecciones está directamente relacionado con los disturbios contra la sentencia. El círculo deja de ser vicioso para ser terrorífico. La tensión que VOX introduce en España complica todavía más una salida catalana sensata. Hace muy difícil una propuesta de salida, porque el gobierno de Sánchez-Iglesias, si cristaliza, tendrá una oposición inmisericorde.

Y, sin embargo, quizás necesitábamos tocar fondo para comprender que solo hay dos salidas al problema: o una imposible camisa de fuerza para Cataluña (que entraría en decadencia económica y social debido a la cronificación del problema y a la división interna); o una solución pragmática, que pasa por compartir al menos el diagnóstico: existe un problema de naturaleza política y hay que pactar una solución, no sólo en beneficio de Cataluña, sino de España en general.

¿Cuál de las dos salidas se abrirá paso? Mi pesimismo racional me dice que la primera, pero el optimismo de la voluntad me impone trabajar por la segunda: una salida pragmática. Y para favorecerla es preciso aplicarse a desinflamar tensiones, a condenar la frivolidad de unos y otros, a luchar contra todo tipo de fundamentalismos, a combatir la mentira de parte, a huir de las consignas y trincheras, a favorecer los lazos de concordia, a fomentar la mutua concesión. Ahora mismo lo más revolucionario en España y Cataluña es ceder. Contra el tópico de “quien resiste, gana”, hay que mutualizar la cesión. Ceder para que ganemos algo todos. Ceder para vencer colectivamente.

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