¿Tenemos futuro?

 

Galde 38, udazkena 2022 otoño. Ana Carrasco-Conde.-

Y estas serán las respuestas: “negro”, “incierto”, “sombrío”, “desalentador”. Habrá incluso quienes afirmen tajantes que “no hay futuro”. Parece que pocos ámbitos se salvan del tono fatalista (¿realista?) de estos tiempos: el sentimiento de desazón ante un mundo que se derrumba recorre la política, la economía, los estudios de científicos, las reflexiones de filósofos e intelectuales y, por supuesto, las conversaciones más cotidianas. De este modo profecías del fin del mundo y renovado interés por el horóscopo y la carta astral conviven con pronósticos de colapso y con certezas de la insostenibilidad de nuestra forma de vida. Nadie duda al menos de esta última porque, aunque haya quienes “resisten todavía y siempre” a la realidad de la crisis climática, no parece haber todavía negacionistas de la crisis económica vinculada al sistema productivo. Vamos, que no hay para todos. Y así vivimos, con la idea de un futuro negro. Cada generación, aunque se haya engañado con respecto a sus expectativas, ha esperado algo: tenían fines, propósitos y hacia ellos dirigían sus esfuerzos convencidos de que con tesón llegarían a algún lugar o a un progreso de las condiciones presentes. El progreso nos garantizaba que antes o después lo mejor estaba por llegar. Nosotros no somos diferentes de otras generaciones, pero nuestro tiempo parece incrédulo, cuando no desesperanzado ante las posibilidades de cambio. Y no es que no esperemos nada, sino que no esperamos nada bueno. ¿Existe un futuro? ¿tenemos futuro? Quizá la lectura de las primeras líneas de este texto lleve a concluir que reflexionaré sobre un estado de crisis convertido en estado terminal. Un texto (más) sobre catástrofes. Sin embargo las preguntas que he formulado no van dirigidas a reflexionar sobre el colapso sino hacia el modo “negro” de construcción de la forma “futuro” que manejamos.

Como señala Lucian Hölscher en El descubrimiento del futuro (1999), la idea de porvenir no ha de entenderse de forma homogénea porque ni todas las épocas ni todas las civilizaciones han manejado el mismo futuro, ¿qué futuro esperaban las generaciones anteriores? ¿por qué el nuestro está tan negro? Si Paul Veyne reflexionó sobre cómo se escribe la historia para ofrecer un análisis de cómo se (re)construye el pasado, es preciso reflexionar sobre cómo construimos nuestra imagen de futuro o, si se quiere, qué futuro es este que tenemos, lo que implica indirectamente responder afirmativamente a la cuestión que da título a este texto. Claro que tenemos futuro, ¿pero qué forma tiene? Hago mías las palabras de Hölscher: no puede hablarse sin más de un futuro “sin aludir a la específica cualidad temporal que le atribuimos” y responderé “temporalidad acelerada”, y también de Koselleck: “las historias del futuro pertenecen al organon de la interpretación histórica” y hablaré de las consecuencias del derrumbe de la ilustrada idea de “progreso”. ¿En qué marco se inscriben? En la asumida (y fala) correlación de progreso con crecimiento, expansión y extracción. Ya ven, la forma del futuro es también, como su contenido, producto de nuestra historia dado que depende de las experiencias vividas, de los planes, de las esperanzas, de nuestros deseos y de nuestros miedos. No se trata de negar los pronósticos sino de darnos cuenta de que cómo afrontemos el futuro depende del espíritu de los tiempos.

Si ha habido momentos en los que el futuro parecía no llegar porque estábamos presos de un lento presente como indicó Gumbrecht en un ensayo ¡del 2010! que parece haberse quedado obsoleto, ahora el futuro parece ser inminente en un clima epocal en el que todo apunta a que el desastre se encuentra a la vuelta de la esquina. Cuando el presente era lento el futuro parecía no existir, pero ahora está a punto de darnos en las narices. Nuestra época ha pasado de un futuro a otro casi sin darnos cuenta, aunque ya sea por dilatación del presente o por su aceleración, el futuro pasa por sus horas más bajas. Si antes nos sentíamos como ratones en una rueda que corrían pero no avanzaban, en apenas una década seguimos corriendo conscientemente hacia el abismo.En realidad el estrechamiento del futuro o su pérdida es la consecuencia más lógica de la dilatación del presente de la que habla Gumbrecht porque si aquel consiste en aquel espacio temporal en el que se acumulan todas las experiencias hasta sobrecargarse, el futuro se ha convertido en el alud de consecuencias que convertirá nuestro presente en escombrera.

Del mismo modo que el futuro antes era objeto de esperanza hoy lo es de angustia. Al hablar de futuro, no me refiero por tanto al tiempo natural que sucederá al momento presente: esta noche, mañana, el plazo de entrega de este artículo, sino al futuro que se entiende inserto en el “devenir” histórico articulado por un sentido que, hasta hace no mucho, creía en la idea de progreso. Ciertamente, difícil tarea es responder a qué es el tiempo o a qué un futuro que como tal no existe, porque cuando es, es presente (Agustín de Hipona), pero quizá no lo sea tanto relacionar la forma del futuro que manejamos con la estructura cultural, social y económica sobre la que se levanta. ¿Qué futuro tenemos o, mejor dicho, cuál es la forma de futuro que manejamos? Hasta hace no mucho el futuro, dentro del marco de los ideales de confianza en la razón humana característicos de la ilustración, se presentaba como el espacio de aparición del progreso. Teníamos todo por hacer. Pero esta concepción es una manera ideológica de considerar el futuro que corresponde a una experiencia presente de desarrollo tecnológico, de despliegue de derechos humanos y de triunfo de la democracia, sin embargo, ya después de Hiroshima Günther Anders sentenció: “la ausencia de futuro ya ha comenzado”. La gravedad de la presente crisis civilizatoria y ambiental, los daños surgidos de las revoluciones tecnológicas que fueron pensadas dentro de un concepto de progreso y que amenazan a todas las formas de vida de nuestro planeta configuran un espacio cada vez más estrecho de futuro. El fin de la ensoñación de progreso al infinito de la humanidad o, si lo prefieren, de crecimiento al infinito, corresponde a una experiencia de fracaso y de decepción: apatía, cinismo, angustia, alarma, negacionismo, desapego, conformismo, todo son modulaciones ante un mismo marco en el que prima la desconfianza en el ser humano.De las profecías que vaticinaban el fin del mundo como algo ajeno a nuestra voluntad hemos pasado a los pronósticos que advierten de una degradación del planeta, pero mientras que la profecía viene “de futuro” al traspasar el horizonte de experiencias calculable, el pronóstico toma como fundamento el análisis del presente y por eso genera la posibilidad de poder actuar en él y cambiar el porvenir. Ahora bien, los pronósticos de colapso comienzan a coincidir con las profecías de apocalipsis, de ahí que una característica de la forma de nuestro futuro no sea tanto la incertidumbre de lo incontrolable, sino la extraña planificación del proceso de degradación y caída en el que la impotencia política no responde o no quiere responder al conocimiento científico. Nuestra noción actual de futuro se caracteriza de este modo por la aceleración con la que éste nos alcanzará; por ser el producto del proceso de degradación, por su tono apocalíptico, por su carácter de “ruina global” puesto que la crisis de la civilización de matriz occidental y capitalista-industrial será la que arrastre a todo el planeta y por la afirmación de la impotencia política.

Entre el desierto ecológico y el infierno sociológico hemos perdido una noción “abierta” de futuro al ser vencida por un pesimismo antropológico de pesados lastres teológicos que ha estrechado el horizonte de nuestras expectativas. ¿No se decía con la pandemia que la naturaleza nos estaba “poniendo en nuestro lugar”? ¿no hemos caído en una “vergüenza de especie” y en una desconfianza en lo que podemos llegar a hacer? Parece, por tanto, que la humanidad es en realidad la catástrofe. No se ha cerrado el futuro, sino ennegrecido nuestra mirada a causa de lo que entendemos como la desaparición objetiva de posibilidades halagüeñas que se derivan de nuestro sistema, de ahí el paralelo movimiento de una mirada entre suspiros a un pasado que se siente como mejor, aunque no lo fuera, o una mirada de autoflagelación o incriminación que no nos ayudará a nada. Si lo piensan hemos despertado del sueño irreal del “crecimiento al infinito”. Lo que percibimos como fracaso es en realidad tomar conciencia del principio de realidad que está basado en la aceptación de los propios límites, en el análisis de nuestro sistema de vida y en asumir que progresar es también aprender a vivir de forma sostenible.

Ana Carrasco-Conde.
Profesora de la Universidad Complutense de Madrid.

Categorized | Dossier, Política

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