Sobre historia y memoria: Ecos de la guerra de estatuas

 

La estatua de Sebastián de Belalcázar, un conquistador español del siglo XVI, yace en el suelo tras ser derribada por indígenas en Popayán, Colombia. (Photo by Julian MORENO / AFP)

 

Galde 32 udaberria/2021/primavera. Antonio Duplá.-

En su pasado número de febrero, la muy prestigiosa y nada sospechosa de radicalismo ideológico National Geographic ofrecía un artículo dedicado al intenso movimiento de cuestionamiento y denuncia de estatuas y monumentos relacionados con la Confederación en los Estados Unidos. No solo en dicho artículo («Reclaiming History» en la edición inglesa), sino también en un texto inicial a cargo de la editora Susan Goldberg titulado «Reconsiderando símbolos del pasado», se hacían eco del debate planteado por el movimiento «Black Lives Matter» en su vertiente de denuncia del pasado más oscuro de la historia de los Estados Unidos. La denuncia en este caso no se refería a una necesaria revisión de los libros de texto o los programa de los centros de enseñanza, que también, sino a una dimensión más pública y visible de esa apología del racismo como eran y son toda una serie de estatuas y monumentos diseminados por los Estados Unidos, en particular por los Estados del sureste del país. Se trata en especial de aquellos once Estados que se agruparon en la Confederación y lucharon en 1860-1861 contra los estados del Norte en la Guerra de Secesión y que asociamos tradicionalmente a la economía agrícola sureña basada en la esclavitud. En aproximadamente siglo y medio casi dos mil estatuas, memoriales y otros símbolos se han levantado en espacios públicos, pero solo desde la muerte del afroamericano George Floyd a manos de un policía blanco en Minneapolis en el mes de mayo del año pasado ya se han modificado o directamente retirado más de cien. El hecho de que en el reciente asalto al Capitolio de Washington la turbamulta de seguidores trumpistas exhibiera sin pudor alguno numerosas banderas y enseñas confederadas ha aumentado la presión sobre todos estos símbolos. De todos modos, la muerte de George Floyd se unía a una ya larga lista de afroamericanos muertos a consecuencia de la brutalidad policial y la demasiado frecuente impunidad, que constituye el punto de partida del movimiento Black Lives Matter («las vidas negras importan» o -en wikipedia- «las vidas de los negros y negras cuentan») en 2013.

Posiblemente recordaremos la difusión de este movimiento de protesta en la primavera pasada y sus exigencias de revisión de una historia colonialista y racista en los países occidentales. El capítulo más llamativo y espectacular de dicho movimiento fue precisamente lo que se dio en llamar la «guerra de las estatuas», pues seguidores del movimiento, en particular en Estados Unidos y el Reino Unido, protagonizaron distintos asaltos a diferentes monumentos en algunas de las principales capitales norteamericanas y europeas. Espectacular resultó la acción de Bristol, cuando los manifestantes lograron derribar y arrojar a las aguas del puerto la efigie de Edward Colston, conocido empresario esclavista de la Royal African Company a finales del siglo XVII y cuya estatua se había erigido a fines del siglo XIX, paradójicamente por su faceta filantrópica con la infancia y los mayores. Pero las amenazas llegaron incluso hasta la misma estatua de Winston Churchill en Londres que, para gran escándalo de los sectores conservadores, pudimos ver protegida, escondida en realidad, en una caja metálica que pretendía resguardarla de posibles vandalismos. Y en el Oriel College de Oxford, uno de los más antiguos de aquella universidad, tuvieron lugar encendidos debates a propósito de la estatua de Cecil Rhodes, antiguo alumno de Oriel, el fundador de la antigua Rhodesia (hoy Zambia y Zimbabue). Y en París fue atacada una estatua de Voltaire, algo un tanto chocante, cabe decir. En lo que hace a próceres de la historia patria, española quería decir en este caso, no se libraron de las encendidas protestas en tierras estadounidenses el franciscano Fray Junípero Serra, culpable de la fundación de varias misiones en California y, sobre todo, Cristóbal Colón, cuya estatua ya ha sido retirada de varias ciudades norteamericanas. La ola iconoclasta también llegó hasta tierras hispanas y Fray Junípero Serra fue pintarrajeado en Palma y la icónica estatua de Colón en Barcelona también fue objeto de disputa, aunque finalmente las aguas se calmaron y otros problemas más acuciantes ocuparon como es lógico la agenda política. En nuestro pequeño país Argia trataba el tema a finales de junio en portada («Esklabismoa zuritu? Ez, eskerrik asko!») y en las páginas 9-11 y en el suplemento Larrun 253 recogía el episodio de Bristol y Colston y abordaba el tema de la esclavitud. Se aludía también a figuras locales directamente relacionadas con la conquista americana y en Extremo Oriente o con el comercio y propiedad de esclavos, como Juan Oñate, Andrés Urdaneta (Ordizia), Julian Zulueta (Vitoria), José Matía (San Sebastián), Manuel Calvo (Portugalete) o Cristóbal Murrieta (Santurce).

La guerra de las estatuas aparentemente se disolvió a lo largo del verano pasado, pero el problema de fondo que se planteaba sigue vigente y tiene indudable interés. Se puede frivolizar y caricaturizar este movimiento de protesta, se pueden criticar sus excesos y su falta de matices (¡¡en San Francisco vandalizaron una estatua de Cervantes!!), se puede señalar, con acierto, que arremeter contra el pasado no mejora necesariamente las deficiencias y carencias del presente. Todo ello es cierto y puede ser aceptado o, cuando menos, abordado en una reflexión seria y reposada. Pero no es menos cierto que los dardos de estas protestas acertaban, quizá en ocasiones con un trazo demasiado grueso, en la necesidad ineludible de revisar nuestra historia, no tanto para denunciarla a la luz de nuestros parámetros actuales (la historia no es un tribunal) sino para interpretarla mejor, para valorar y reconocer a todos sus protagonistas y, en última instancia, para conocer mejor de dónde venimos y cuáles son los procesos históricos a través de los cuales se ha desembocado en la realidad actual. Y ciertamente, en esa historia oficial que se ha reflejado tradicionalmente en estatuas y monumentos de nuestras calles y plazas han faltado muchas personas relevantes, por ejemplo mujeres, y se han obviado muchos aspectos negativos que posiblemente en su momento no fueran significativos, pero que hoy resultan inaceptables y que, en consecuencia, deben ser subrayados. No podemos ignorar casi toda la historia clásica grecorromana porque fuera esclavista, pero ese aspecto no puede ser ignorado y debe ser incluido en nuestro acercamiento a aquel mundo. Muy acertadamente, como siempre, señala el historiador José Álvarez Junco («Y repintar sus blasones-…», EL PAÍS, 12 de julio de 2020): «No debemos borrar el pasado, sino explicarlo bien». Antes había recordado que los monumentos no estaban siendo agredidos por su falta de verosimilitud histórica, sino en relación con su ejemplaridad moral. La polémica sobre el racismo o el machismo de los monumentos y la indignación que puedan provocar, no tiene que ver tanto con el pasado, nos dice Álvarez Junco, sino con el presente. En ese sentido, su pasado como floreciente propietario esclavista de algún ilustre paisano que dedicó una parte de su riqueza a embellecer su localidad natal es hoy una información que resulta importante destacar y no esconder, pues redunda en un conocimiento más completo de nuestra historia. Ese no borrar, sino explicar, nos lleva al tema del destino de esos monumentos que nos hablan solamente de una parte de la realidad y de la necesidad de su resignificación. Se trata de añadir la información que falta y que nos permitiría situar más acertadamente ese episodio o a esa figura en la historia, en la suya entonces y en la nuestra ahora. En Barcelona se planteó precisamente resignificar de alguna manera la estatua de Colón, pero antes, ya en 2018, se retiró de la calle la de Antonio López y López, primer Marqués de Comillas y destacado traficante de esclavos. Un crítico señalaba que con esa iniciativa se había perdido la oportunidad de hacer hablar al monumento de otra forma. Ahí se borró la historia, al menos en el espacio público, y no creo que ganara nadie, sino que perdió el conocimiento colectivo de la historia de la ciudad.

El problema es importante y, por ejemplo, se plantea directamente en relación con una serie de monumentos del reciente pasado franquista. La resignificación en muchos de estos casos no es sencilla, pero habría que explorar todas las posibilidades. Álvarez Junco comenta el tema del Valle de los Caídos. Las voces más radicales abogan por la demolición de este tipo de monumentos, el Valle de los Caídos, o el Arco de Triunfo de Moncloa, en Madrid, o el antiguo monumento a los Caídos, en Pamplona, entre otros. Si se les hiciera caso, puede que algunas personas se quedaran más tranquilas con su conciencia, pero así se contribuiría a borrar la historia y eso no favorece la reflexión, ni la individual ni la colectiva.

Categorized | Internacional, Política

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