Sobre el nuevo Gobierno de Colombia

Gustavo Petro y Francia Márquez tras ser investidos como Presidente y Vicepresidenta de la República de Colombia.

Galde 38, udazkena 2022 otoño. José Ignacio Lacasta-Zabalza.-

Salomón Kalmanovitz es uno de los intelectuales más acreditados de Colombia, historiador de su economía, quien editó hace poco unos Ejercicios de memoria (Debate, 2022) que guardan el máximo interés. Allí se ven a lo crudo los escollos, a veces la imposibilidad, que tenía la vida de las personas pensantes de la izquierda que no comulgaban con la lucha armada ni “con todas las tácticas de lucha” predicadas por las diversas guerrillas en liza.

De esas contradicciones habidas en el seno de la izquierda colombiana, del escarpado rechazo progresivo de la violencia y una apuesta decidida por la paz, nace la formación política Pacto Histórico y el difícil triunfo electoral del actual Presidente de la República Gustavo Petro.

Con todo, Kalmanowitz, quien ha recomendado el voto a Petro, no ha dejado de criticar algunas de sus ideas económicas. Pero, más que nada, no ha cesado de advertir en su columna de El Espectador el peligro que supone para la nueva actividad gubernamental la herencia enorme y gravosa que deja el Gobierno saliente, el del uribista y nefasto Iván Duque.

Con la salvedad de cierta política pragmática para enfrentar la pandemia del Covid, el legado de Duque no puede ser más negativo. El déficit fiscal alcanzó el 6, 8% del PIB, el más alto de toda la historia del país. La deuda pública se incrementó del 36% al 57% del PIB entre el año 2019 y el 2022. Ese despilfarro tiene que ver con las ansias de quedar bien cuando todo se hizo mal, pero también con la corrupción. Que ha aumentado según Transparencia Internacional; incluso está por dilucidar la apropiación indebida de 500. 000 millones de pesos que debieron destinarse a la implementación de los Acuerdos de Paz.

Con ese fardo y con la inflación mundial tiene que apechugar el nuevo Gobierno de Petro, cuyas promesas y la propia realidad social colombiana exigen un camino en dirección contraria o en certeras palabras de Kalmanovitz: “una política expansiva del gasto público y bajas tasas de interés.”

Este factor económico no se puede obviar, sino que se ha de solventar. Y las dificultades han de ser removidas por otro factor no menos relevante, el político y gubernamental. Donde se tiene que desentrañar la actitud del liberalismo patrio ante el nuevo Gobierno. En el viejo Partido Liberal existe desde siempre una corriente de neta derecha, como la que hoy encabeza su máximo dirigente César Gaviria. Pero también se da una tendencia de izquierda como la numerosa que ha apoyado a Petro de manera explícita, ya sea en la primera o en la segunda vuelta, durante las elecciones presidenciales.

Es más, la composición del actual Gobierno puede explicarse de modo simple como una alianza entre el Pacto Histórico y ese liberalismo con conciencia social. El ministro de Hacienda, cargo decisivo, es un socialdemócrata oriundo de dicha dirección liberal. José Antonio Ocampo, discípulo y colaborador de J. Stiglitz, es partidario de la reindustrialización y de la intervención del Estado en las tareas económicas. Lo mismo o parecido que la prestigiosa y brillante Cecilia López, ministra de Agricultura, proclive -en sus palabras- a llamar a la reforma agraria por su nombre. Del extinto Gobierno de Juan Manuel Santos provienen ministros como el de Educación Alejandro Gaviria; y así mismo el afrodescendiente Luis Gilberto Murillo, hoy designado para la muy importante embajada de Colombia en los USA.

Un puesto crucial es el de Roy Barreras, presidente del Senado y encargado de tejer las imprescindibles alianzas parlamentarias para sacar adelante la legislación prometida. Barreras, de una estirpe familiar de exiliados republicanos españoles, fue santista, pero su papel no se comprende si no se tiene en cuenta su protagonismo persistente en la defensa todos estos años de los Acuerdos de Paz.

Si a esto le añadimos la izquierda social y ecológica expresada por la, ya famosa, vicepresidenta Francia Márquez, o por la ministra Susana Muhamad, quien fuera en su día concejala de Bogotá con el entonces alcalde Gustavo Petro y hoy representa la informada lucha contra el cambio climático, ya tenemos descritas las palancas ideológicas que mueven la configuración esencial del nuevo Gobierno. Administración donde desenvuelven importantes empeños afrodescendientes e indígenas, como la actual embajadora amerindia en la ONU, arhuaca de Sierra Nevada, Leonor Zalabata.

El complemento concluyente ha sido el nombramiento del Ministro de Defensa Iván Velásquez. Quien fuera magistrado de la Corte Suprema encargado de la desarticulación judicial del paramilitarismo y la parapolítica (decenas de parlamentarios fueron sancionados por esos motivos). Enemigo declarado de la corrupción, fue jefe de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala. Que costó el cargo al presidente y a la vicepresidenta guatemaltecos; un país que no olvida a Velásquez y su buena labor.

La ultraderecha uribista, que siempre ha visto las áreas de Defensa como una especie de finca suya, ha puesto el grito en el cielo por boca de algunas significadas parlamentarias. Le han llamado a Velásquez (textual) “persona enemiga”. Y han percibido sin duda el doble mensaje del Gobierno nuevo: a) el mando civil sobre el militar es incuestionable, así como la protección prioritaria de los derechos humanos b) la corrupción, muy presente en la organización militar, va a ser perseguida con denuedo.

Este Gobierno plural compuesto por personas competentes tiene un remate, en apariencia paradójico, conservador. Porque del Partido Conservador surge Álvaro Leyva, canciller, de quien nadie en Colombia duda que es el máximo emblema de la lucha por la paz, pues estuvo en todos los intentos de dejación de las armas y conquista de la convivencia de todos los gobiernos colombianos durante medio siglo. Leyva ya tiene en la agenda las conversaciones políticas con el ELN, pero así mismo la negociación sobre el sometimiento a la justicia del Clan del Golfo y las bandas armadas de la ultraderecha y el narcotráfico. Porque cree, como el actual Gobierno, en un destino alcanzable: la paz total.

El día 7 de agosto Gustavo Petro tomó posesión de la presidencia republicana. Una participación popular nunca vista en esos trances llenó la inmensa y bella Plaza de Bolívar. Solo hubo un borrón a cargo de Felipe VI, quien representaba al Estado español. El rey no quiso levantarse, permaneció sentado, ante el paso de la espada de Bolívar escoltada por la Guardia Presidencial. Fue el único jefe del Estado que no le rindió honores ni respetó lo que significa ese símbolo para los pueblos iberoamericanos. Estuvo más cerca del narcisismo imperial de Vox-PP (propio de Menéndez Pelayo) que de Benito Pérez Galdós, Miguel de Unamuno, José María Blanco White y otros liberales españoles que supieron aceptar la grandeza de Simón Bolívar. Por no hablar de la amistad y afinidad de propósitos del Libertador con nuestro Xavier Mina, navarro mártir de la independencia de México, tan bien historiado por Kepa Larrea en la editorial Pamiela de Iruña.

¿Y el futuro gubernamental inmediato? Están muy cavilados los planes políticos y legislativos y sus prioridades: impulsión de los Acuerdos de Paz (congelados cuando no saboteados por Duque), reforma tributaria, medidas urgentes para paliar el hambre y el desempleo…Y en el horizonte el muy ambicioso, para lo que Kalmanovitz recomienda menos alharacas y más pies de plomo, tránsito de una economía extractiva (del petróleo y el carbón) a una economía productiva, en el contexto del combate mundial al cambio climático. Casi nada, pero tienen ganas y cabeza para hacerlo. Hay que desearles el soplo del viento de la suerte. Se lo merecen, porque como decía el adagio latino Audaces fortuna iuvat! En una traducción un tanto libre (que Antonio Duplá sabrá disculpar): la fortuna sólo favorece a los audaces. Y coraje cívico no le falta al nuevo Gobierno de Colombia.

José Ignacio Lacasta-Zabalza.
Observatorio Internacional de la Paz (OBITPAZ).
Chía de Cundinamarca / Colombia, 7 de agosto, día de la Independencia, del año 2022.

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Colombia
Salomón Kalmanovitz: Ejercicios de memoria
(Debate, 2022)

 

 

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