¿Quedarse en casa, es lo más seguro?

 

Galde 29, uda/2020/verano. Norma Vázquez.-

Se ha escrito ya mucho, aunque nunca será suficiente, sobre el incremento de la violencia machista durante la crisis sanitaria por COVID-19 y, particularmente, sobre su aumento durante la situación de confinamiento. Los datos que hasta ahora conocemos nos señalan dos tendencias importantes: la disminución de las denuncias que abren el itinerario policial-judicial de salida de la violencia y el aumento de las peticiones de ayuda por vía telefónica y virtual; unas peticiones sobre las que no sabemos con exactitud ni qué ayuda pide ni quiénes la piden, ni qué respuestas se les ha dado.

Desde que se estableció el confinamiento empezamos a escuchar la recomendación «quédate en casa», que fue variando de consejo a exigencia. La estrategia para controlar la pandemia se convirtió en una estrategia para imponer un control de la movilidad social que daba por hecho que la casa es (siempre) un lugar seguro para todas las personas que la habitan.

Esta estrategia, sin embargo, excluye a aquellas mujeres y niñas para quienes su casa no sólo no es un lugar seguro, sino que es el sitio donde viven la violencia cotidiana por parte de su pareja, su hijo, su padre, su hermano y otros hombres que abusan sexual, física y psicológicamente de ellas de manera habitual.

Así, de golpe, la crisis sanitaria hizo desaparecer de la preocupación institucional inmediata la consideración de que la mayoría de las agresiones sexistas suceden dentro de las casas y en el entorno familiar. También invisibilizó el hecho de que la violencia cuenta en ocasiones con la complicidad de la familia para que no emerja y quede relegada al ámbito doméstico, como ocurre en los casos de violencia sexual contra niñas y niños. De ahí que el mensaje «quédate en casa» (el implícito era: porque es el lugar más seguro para toda la familia) haya resultado paradójico porque si para alguien ha sido segura la casa durante el confinamiento, ha sido para el agresor.

¿Por qué para el agresor? Las feministas hemos señalado siempre que el control por parte de los agresores está en la base de las agresiones explícitas, sean físicas, sexuales o psicológicas. Control sobre las conductas de las mujeres e incluso sobre sus vidas. Un hombre que controla a su pareja, hija, madre, amiga, lo hace porque considera que está en su derecho e incluso, que es su obligación porque él sabe mejor que ella lo que le conviene; y también sabemos que los controladores se expresan de diferentes maneras, con estilos paternalistas o agresivos.

La situación de confinamiento ha aumentado tanto la sensación de control como la posibilidad efectiva de ejercerlo por parte de los agresores, lo que probablemente haya propiciado cambios en las manifestaciones de violencia. No sabemos, y será fundamental averiguarlo, de qué manera y cuán sostenidos han sido esos cambios a lo largo de las sucesivas cuarentenas. Puede ser que ese (real o sentido) mayor control haya hecho innecesarias algunas conductas explícitamente violentas, por lo que algunas mujeres podrían estar «más tranquilas»; en otros casos, el confinamiento ha podido agudizar alguna necesidad (salir a tomar vinos, socializar con amigos, hacer deporte…), de modo que la sensación de controlar a su mujer resulta insuficiente para frenar su violencia.

Durante el confinamiento el andamiaje institucional y social de apoyo a los cuidados se ha contraído y estos han recaído aún más en los hogares, donde han sido las mujeres quienes los han asumido en mayor medida, en muchos casos añadiéndolos al tiempo de teletrabajo y/o la atención a familiares confinados en otras viviendas. Y lo han hecho conteniendo la frustración, el agobio, la desesperación y demás expresiones emocionales generadas por la limitación de la movilidad física, pero también el miedo al contagio, el duelo por la muerte de personas queridas, la incertidumbre, los rumores…

Así, a lo largo de casi tres meses las mujeres han estado conteniendo a otras personas y autoconteniéndose, respaldadas por el insistente mensaje no oficial, pero sí social de «quédate en casa y resiste».

Los mensajes que reconocían que hay situaciones a las que no se puede resistir han sido marginales, elaborados y difundidos fundamentalmente por feministas. No ha habido mensajes masivamente divulgados que reconozcan la desesperación o el sobre esfuerzo emocional que las mujeres han estado haciendo, ni espacios para el respiro ante tanta presión. No ha habido reconocimiento social al esfuerzo de las mujeres que han estado confinadas y cuidando, por lo que no es impensable que al final del estado de alarma se produzca un efecto rebote y salga a flote todo el malestar contenido durante el tiempo de reclusión en las casas.

Es innegable, por otro lado, que el control vecinal aumentó durante el confinamiento, pero no está claro que este control haya servido de contención en los casos de violencia. A este respecto es importante diferenciar las redes comunitarias que sostienen a las mujeres que sufren violencia, de aquellas otras que ejercen control social dirigido a los agresores. Porque si bien estas últimas han podido cumplir una función de control de conductas agresivas y, en este sentido, haber inhibido algunas conductas extremas de violencia durante el confinamiento, no es evidente que resulten ser siempre un apoyo para las víctimas, a menos de que se lo propongan explícitamente.

Hemos avanzado mucho en la comprensión de la dinámica de la violencia machista, en las estrategias para prevenirla y en la atención a sus víctimas, por eso es importante seguir impulsando salidas que no pasen exclusivamente por la vía policial-judicial, así como ampliar la mirada a las distintas expresiones de la violencia, más allá de sus formas físicas y en el ámbito de la pareja o expareja. Será importante, sobre todo, seguir reconociendo la fortaleza y capacidad de resiliencia de las mujeres que han enfrentado y sobrevivido a situaciones de riesgo, y apoyarlas para que desarrollen otras capacidades que les permitan comprender que la violencia es responsabilidad de quien la ejerce y no de quien se defiende de ella, como puede en cada momento.

Las consecuencias sociales y psicológicas del confinamiento no se van a paliar individualmente, es necesario llevar a cabo actuaciones colectivas de reconocimiento y reparación. El mensaje de que «todo va a salir bien» es mentiroso y voluntarista; la situación mejorará si se hacen las cosas bien.

Hacer las cosas bien supone entender que las mujeres han estado conteniendo la angustia propia y la de otras personas, con un enorme coste para su salud emocional. Para que puedan dejar de hacerlo, sin que ni ellas ni las personas a las que cuidan carguen con las consecuencias de esta decisión, será necesario disponer de recursos y personas que puedan reconocer, acoger y atender los malestares producto de esta contención extrema.

Hacer las cosas bien significa que hay que extender el apoyo a las niñas que han continuado siendo abusadas durante el confinamiento, sin que hayan recibido ningún mensaje que valide su miedo a las agresiones y abusos que han vivido, y siguen viviendo, en silencio. Y también reconocer a las adolescentes que seguramente tendrán miedo de lo que pueda pasar con los mensajes, fotos, confidencias o relaciones que se expandieron por las redes sociales, su única vía de comunicación y relación en el confinamiento.

Hacer las cosas bien implica asumir las consecuencias de abandonar a las mujeres en sus casas y obligarlas a permanecer en ellas sin darles ningún respiro, ningún mensaje de advertencia a los agresores. Y también elaborar narrativas que encuadren la violencia machista en confinamiento no solo en términos de datos y estadísticas, sino tratando de comprender los cambios habidos en sus expresiones y las maneras en que las mujeres las han enfrentado, para adaptar los recursos y servicios de apoyo a esta «nueva» realidad.

 

 

Norma Vázquez

Categorized | Política

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