Políticas públicas de Igualdad específicas para hombres

 

(Galde 25, uda/2019/verano). Hilario Sáez Méndez y José Ángel Lozoya Gómez.-

La necesidad de incorporar a los hombres a la lucha por la igualdad es un objetivo del movimiento feminista global desde la IV Conferencia mundial sobre la mujer celebrada en Beijing en 1995, en la que se “alienta a los hombres a que participen plenamente en todas las acciones encaminadas a garantizar la igualdad de mujeres y hombres”. Desde entonces han sido muchas las resoluciones y recomendaciones de los organismos internacionales en este sentido. La más reciente es la del Convenio de Estambul que establece que “Las Partes tomarán las medidas necesarias para animar a todos los miembros de la sociedad, en particular los hombres y los niños, a contribuir activamente a la prevención de todas las formas de violencia”.

En nuestro país la Comunidad Autónoma Vasca plantea, en su Plan para la Igualdad de mujeres y hombres de 2006, “medidas para fomentar la implicación de los hombres como un complemento necesario” y crea el Programa Gizonduz, que depende del Instituto Vasco de la Mujer. El Ayuntamiento de Jerez de la Frontera creó en 1999 el Programa de Hombres por la Igualdad que sigue funcionando. Más breve fue el programa de la Diputación de Sevilla entre 2004-2006 y más reciente el Servei de Atenció d Homes (SAH) y el programa Canviem-Ho del Ayuntamiento de Barcelona.

Aunque estas experiencias han demostrado la viabilidad y la conveniencia de trabajar con hombres, y cada vez son más las expertas, técnicas, responsables de políticas públicas y activistas que se plantean la necesidad de políticas feministas para hombres, hay que reconocer que existen resistencias a estas iniciativas, sobre todo por parte de los hombres que siguen temiendo perder privilegios. Algunos sectores del movimiento feminista también muestran reticencias por temor a que puedan significar menos recursos para las mujeres y que diluyan su protagonismo.

Esta falta de interés se ha traducido en recortes de los programas e iniciativas dirigidas a los hombres; recortes que también sufren el resto de las políticas de Igualdad pero que, en este caso, dada la precariedad de la que partían, ha supuesto llevarlas al borde de la desaparición. Un precedente lo encontramos en el servicio telefónico de orientación para hombres que puso en marcha la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género en 2009 y desapareció con el Ministerio de Igualdad. De las 212 medidas que recoge el Pacto de Estado contra la Violencia de Género, solo 11 pueden considerarse específicamente dirigidas a hombres, solo dos de tipo preventivo y ambas dirigidas a jóvenes, mientras que el resto se centran en el maltratador y tienen un carácter punitivo.

No obstante, la reforma de la Ley andaluza de medidas de prevención y protección integral contra la violencia de género de 2018 plantea por primera vez promover “programas y actuaciones de prevención de todas las formas de violencia y desigualdades de género dirigidos específicamente a hombres”. Se trata de la primera vez que un parlamento reconoce por unanimidad la necesidad de este tipo de medidas legislativas y son un valioso precedente para futuras actuaciones que esperamos no se queden en papel mojado.

Para acabar con el patriarcado es prioritario terminar con las desigualdades que padecen las mujeres. Pero también es necesario cuestionar los modelos masculinos hegemónicos, tradicionales y nuevos. Las políticas de igualdad han contribuido a mejorar la vida de las mujeres, pero la experiencia de los países de referencia nos demuestra que no se pueden convertir en políticas centrales ni conseguir la igualdad real olvidándose del cambio de los hombres.

En política los olvidos se pagan caros, y el de los hombres en las políticas de igualdad ha acabado con la unanimidad que acompañó a leyes como la de la violencia de género en 2004, propiciando la aparición de un discurso neomachista que sostiene que las políticas de igualdad discriminan a los hombres.

Lamentablemente ha sido el extremismo de derechas el que ha politizado la cuestión de los retos que la igualdad nos plantea a los hombres utilizándolos como señuelo para apelar a los sectores más populares con un discurso identitario reaccionario que expresa su cada vez más desesperada impotencia frente a los poderes establecidos.

Por el contrario, desde los sectores progresistas y los feminismos institucionales, pese a las iniciativas surgidas con este objetivo o la existencia de un movimiento de hombres por la Igualdad (minoritario aunque no anecdótico), no hemos visto hasta ahora la voluntad política para promover el cambio de los hombres necesario para generar una mayoría social por la Igualdad.

Los hombres que estamos por la Igualdad y nos sentimos parte de los feminismos reivindicamos la creación de políticas de igualdad que busquen incorporar a los hombres, vencer las resistencias al cambio y mostrar lo que ganamos con el mismo. La especificidad de estas políticas se basa en el hecho de que, aunque la Igualdad es lo mismo para hombres y mujeres, el camino es diferente porque ambos partimos de posiciones diferentes y desiguales en las relaciones de género.

Como pasó con las políticas de Igualdad dirigida a mujeres, es necesario que estas se basen en medidas legislativas que garanticen su coherencia, sistematicidad y se desarrollen a los niveles estatal, autonómico y local. Para darles visibilidad y tener garantías de su adecuación, es necesario que sean programas centrales, dependientes del ministerio, las consejerías y concejalías competentes en materia de Igualdad.

Además, debe quedar claro, como ya lo hace la ley andaluza antes citada, que “En ningún caso, las cantidades destinadas por la Administración de la Junta de Andalucía a la elaboración, desarrollo, promoción o ejecución de dichos programas podrán suponer una minoración de las que tengan por objeto las actuaciones ya dirigidas a mujeres”.

Los Programas de Hombres por la Igualdad han demostrado que, con pocos recursos, pueden ser una herramienta útil para empezar a plantear a los hombres la necesidad de asumir sus responsabilidades en el cambio, en el ritmo del proceso y su dirección, invitándoles a ser críticos con el lugar que ocupan, personal y colectivamente en la reproducción del sexismo. Programas que hagan reflexionar sobre el dolor que causamos y los altos costes que pagamos por mantener los privilegios. Se trata de un tipo de programa básico que los ayuntamientos deberían incorporar a sus planes de igualdad.

Si de verdad se quiere romper con la imagen de unas políticas de igualdad ajenas a los hombres, además de predicar hay que dar trigo. No podemos quedarnos en la sensibilización y la formación. Hay que plantear intervenciones sectoriales en las que la aplicación de la perspectiva de género con hombres es imprescindible y urgente. Es el caso de la lucha contra las violencias machistas en la que hay que apostar por una estrategia preventiva que pasa por trabajar con todos los hombres, prioritariamente con los más jóvenes y específicamente con los potenciales agresores.

Como plantea la pensadora feminista Rita Segato en la violencia hacia las mujeres hay un componente expresivo (“hacerse hombre”) de construcción de la masculinidad ante los pares que forma parte (consciente e inconsciente) de las estructuras elementales de las violencias machistas. Por ello, además de las desigualdades de género entre hombres y mujeres hay que actuar de forma preventiva sobre las masculinidades tóxicas y la cultura que las reproduce.

Prevenir las violencias machistas no solo es posible, como dice la OMS. A partir de cierto nivel de intervención, es más eficiente abordarlas trabajando sobre las causas estructurales que seguir planteando medidas de protección individual cuyo rendimiento marginal decreciente sirve de argumento a quienes pretenden desacreditarlas.

Todo el mundo coincide en que esta prevención debe empezar por la escuela, pero la política de coeducación apenas tiene en cuenta la necesidad de trabajar sobre las masculinidades. El fracaso escolar tiene cara de chico y sus aspectos académicos y educativos están estrechamente relacionados. Una convivencia basada en el respeto y la confianza mejora el rendimiento académico general y especialmente el de los chicos.

Apoyar el cambio de los hombres con medidas positivas debería ser un objetivo específico de las políticas públicas que, siguiendo el ejemplo de la PPIINA («Plataforma por permisos iguales e intransferibles de nacimiento y adopción»), se puede trasladar a muchos otros campos. Se trata de incorporar la perspectiva de género a los problemas que afectan específicamente a los hombres en educación, salud, trabajo, etc. Existe ya una amplia experiencia de intervención en todos estos campos.

Pero mientras que no haya Política feminista para hombres, no habrá políticas de igualdad con hombres. Veinticinco años después de Beijing, hay que plantear la necesidad de que los feminismos incorporen a su agenda global la necesidad de políticas públicas de Igualdad específicas para hombres.

Categorized | Dossier, Política, Revista

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