La nueva guerra fría estalla en Ucrania

 

Galde 36 – primavera/2022. José Luis De Castro Ruano[1]

Esta guerra, como tantas otras, no debía haberse producido. Pero no solo por razones de integridad moral y humanidad, siendo esto lo principal. La política debía y podía haberla hecho inexistente si hubiésemos considerado que los Estados, todos los Estados, los de la OTAN, pero también Rusia y los demás, deben contar con sus garantías de seguridad mutua; “seguridad indivisible”, es decir, la seguridad de unos no puede socavar la seguridad de otros. Ahora ya estamos en otra fase, otras son las urgencias y las prioridades. Empecemos por lo obvio.

Primera afirmación de principio: la invasión de Ucrania por parte de Rusia el 24 de febrero es un ilícito internacional que viola principios fundamentales del Derecho Internacional y valores básicos de convivencia como la igualdad soberana de los Estados, su independencia e integridad territorial y la prohibición del uso de la fuerza (artículo 2.4 de la Carta de Naciones Unidas), solo excepcionalmente permitida en legítima defensa y/o tras autorización del Consejo de Seguridad (artículo 51 de la Carta). De esto no debería haber ninguna duda a pesar de los falaces argumentos pretendidamente justificativos empleados por el Gobierno de Vladimir Putin (inconsistencia histórica de Ucrania como Estado, naturaleza nazi de su Gobierno, genocidio ruso en el Donbás, etc.). Putin ni siquiera es original: las potencias occidentales y la OTAN ya utilizaron argumentos mentirosos para justificar agresiones igualmente ilegales (genocidio en Kosovo para bombardear Serbia en 1999, existencia de armas de destrucción masiva para destruir Irak en 2003, responsabilidad de proteger Libia en 2011, etc.).

Segunda afirmación de principio: Putin solo puede merecer el más duro reproche moral. Semejante al que nos merecen otras agresiones, anexiones y trasgresiones de la legalidad internacional, sea en Ucrania, en Kosovo, en Libia, en Palestina, en Sáhara, en Chipre o en tantos otros lugares. No hay justificación alguna para su comportamiento criminal, carente de la más mínima consideración hacia el ser humano. Frente a la agresiva superioridad militar rusa es imposible no empatizar con la superioridad moral ucraniana. La despreciable agresión del autócrata ruso y sus secuaces no debería quedar sin castigo. Ni ustedes ni yo probablemente lo veamos, aunque haya base jurídica para ello, como tampoco vimos castigo alguno para el “trío de las Azores” ni para otros agresores que en el mundo han sido. Sobran los ejemplos….

Los acontecimientos, por dramáticos y despreciables que sean, se producen en contextos concretos que hay que tratar de entender. Reconocer intelectualmente la realidad no implica reconciliarse emocionalmente con ella.

Rusia viene reclamando desde hace 30 años su cinturón de seguridad vital, como hace cualquier potencia. Desde el final de la guerra fría se ha ido construyendo en Europa una estructura de seguridad no solo al margen de Rusia, sino contra ella. Así, tras la guerra fría la OTAN pudo cantar victoria, había logrado el objetivo para el que fue fundada. Pero paradójicamente, lejos de disolverse tras la disolución previa del adversario, se fortaleció y expandió más y más. Aunque con la reunificación de Alemania, EEUU y la URSS pactaron la congelación de los límites orientales de la Alianza (desde 2017 los documentos están desclasificados y pueden revisarse en el Archivo de la Seguridad Nacional, ya nadie puede decir que no hubo tal promesa), sucesivas ampliaciones en 1999 (Polonia, Hungría, República Checa), 2004 (Bulgaria, Eslovenia, Rumanía, Eslovaquia, Estonia, Lituania, Letonia y Estonia), 2009 (Albania y Croacia), 2017 (Montenegro), 2020 (Macedonia del Norte) la acercaron peligrosamente a territorio ruso. El mundo occidental se aprovechó de la debilidad rusa. La Cumbre de la Alianza Atlántica de Bucarest en 2008 ofreció una perspectiva atlántica a Ucrania –y a Georgia-. Rusia avisó de que su ingreso en la OTAN sería un “casus belli”. ¿Le asiste el derecho para ello? Es obvio que no. Ucrania tiene “derecho” a elegir su propio destino, por supuesto. Pero la geopolítica tiene sus propias normas. Y los Estados las conocen. ¿Aceptaría EEUU que Rusia o China instalasen misiles nucleares o bases militares en Cuba o en Nicaragua? Pregunta retórica, todos conocemos la respuesta. Ninguna potencia aceptaría tener la alianza militar más fuerte del mundo en sus fronteras y a muy pocos kilómetros de su capital. Wang Yi, ministro de Asuntos Exteriores chino afirmaba pocos días antes de la invasión de Ucrania en la última Conferencia de Seguridad de Munich que la OTAN debía preguntarse si su ampliación al Este contribuye a la paz y la seguridad. Todos deberíamos preguntárnoslo. Todas las potencias tienen sus propias líneas rojas en materia de seguridad y generalmente son respetadas porque las potencias, también por eso lo son, se reservan la posibilidad de responder unilateralmente si se rebasan. Todas lo hacen: EEUU en Granada en 1983 y Rusia en Ucrania en 2022. Y lo peor es que, en 2008 ni tan siquiera se ofreció a Ucrania una perspectiva sincera y clara de adhesión a la OTAN. Fue una pura provocación.

El proyecto de Tratado de seguridad que presentó el Gobierno ruso a EEUU y la OTAN el 17 de diciembre de 2021 contenía bases suficientes de negociación en sus nueve artículos. Y no todos ellos suponían una demencial deriva geoestratégica del Presidente ruso. Pero no lo tomamos en serio; es incongruente calificar de loco a Putin y no tomarse en serio sus amenazas. La OTAN y EEUU optaron por arriesgar vidas de ucranianos, eso sí, tras asegurar que no habría soldados estadounidenses frente a los soldados rusos en territorio ucraniano. Garantizar la neutralidad y la no adhesión de Ucrania a la OTAN no es un exceso. Lo mismo se hizo en el siglo XX con Finlandia y Austria, por ejemplo, y no les ha ido nada mal. Solicitar la elaboración de un nuevo Acuerdo de Fuerzas Nucleares Intermedias (INF, Tratado que prohíbe -prohibía- desplegar misiles nucleares de alcance intermedio en Europa) sustitutivo del que existía cuando Donald Trump se retiró irresponsable y unilateralmente en 2019 no es un exceso. Establecer medidas de reducción de riesgos limitando las grandes maniobras militares en territorios próximos no es un exceso. La solicitud de retirada de los sistemas de armas occidentales de su entorno geográfico (recordemos que la OTAN tiene armamento nuclear desplegado en Alemania, Italia, Países Bajos, Bélgica y Turquía; y estudia hacer lo propio en Rumanía y Polonia donde ya hay sistemas de defensa antimisiles que pueden revertirse en armamento ofensivo) tampoco parece un exceso. Y los excesos que había en la propuesta de Putin (la retirada de la OTAN a los límites anteriores al inicio a su ampliación al Este, algo que se prometió a Gorbachov en su momento) deberían ser, precisamente, el objeto de la negociación. Y también habrá que negociar la elaboración de un Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas New START, ya que el de 2010 expira en 2026 (se trata del último Tratado que queda para contener a los dos Estados más nuclearizados del mundo). Sentarse a negociar, por difícil que sea, siempre es mejor que perder vidas; aunque sean las vidas de otros, en este caso, de los ucranianos.

¿Y ahora qué? Todo lo que hemos dicho anteriormente no justifica una agresión como la que ha perpetrado el gobierno de Putin, desproporcionada, ilegal, asesina. Digámoslo una vez más. Además, la agresión desencadenada dificulta la negociación de un nuevo orden de seguridad en Europa que le proporcionase su anhelada seguridad. Sus legítimas demandas en materia de seguridad quedan en un segundo plano, aparcadas. La prioridad ahora es otra.

¿Y la Unión Europea, qué? En algún momento deberá recuperar la interlocución con Moscú. Si en el pasado no fuimos capaces de concluir acuerdos sólidos de cooperación con Rusia, el país con la mayor extensión geográfica del continente –y del mundo-, algo hicimos mal. Aunque ahora será más difícil, habrá que buscar la ventana de oportunidad que nos permita negociar un nuevo concierto europeo de seguridad; nos va mucho en ello. Recurrir a EEUU para contener a Rusia no es la mejor opción. No podemos dejar en manos de EEUU la construcción de nuestro propio orden de seguridad como venimos haciendo desde hace décadas, porque lo construirá de acuerdo con sus intereses y no con los nuestros. La UE se enfrenta también a su propio Rubicón en materia de seguridad y defensa. De repente hemos descubierto que no basta con ser una potencia normativa ni posmoderna en un mundo que no lo es. La agresión de Rusia hoy nos da argumentos para desarrollar de una vez por todas nuestras propias capacidades militares.

  1. Profesor Titular de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales (UPV/EHU).

Categorized | Internacional, Política

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