La militarización de la Posguerra Fría en el tablero ucraniano

Amnesty International

 

Galde 39, negua 2023 invierno. Alejandro Pozo Marín.-

Nada justifica la invasión rusa en Ucrania iniciada el 24 de febrero de 2022. Nada. Pero debe tener causas, aunque sea difícil identificarlas con claridad. Lo esperable no era una invasión, y de producirse cabía preverla corta. La iniciativa rusa puede encuadrarse en la antipolítica, algo así como dispararse en un pie. Vladímir Putin y su entorno pagarán por ello políticamente. No cabe esperar cariño en quien se bombardea, y la población “rusa” ha sido fuertemente castigada –Mariúpol, por ejemplo, está en el óblast de Donetsk y el 90% es rusófona–, y el renacido nacionalismo ucraniano hará difícil conciliar los intereses rusos. Tampoco es esperable el aplauso interno generalizado en Rusia. Ni su población ni los oligarcas que ejercen influencia quedarán complacidos con unas relaciones internacionales que han minado espacios de confianza, también en el largo plazo.

Buena parte de las obsesiones rusas y ucranianas tienen que ver con la OTAN, pero no es posible cuantificar en qué medida explican la invasión. Sin duda, existe otra buena parte de factores en la ecuación, pero los que se conocen tampoco aclaran mucho. Incluso si el Gobierno ruso percibe Ucrania como de interés estratégico vital (así lo parece), optó libremente por una guerra cuando tenía alternativas para abordar sus conflictos con Kiev/Kyiv y con Washington y sus aliados. Con todo, si por un lado no puede justificarse la agresión, por el otro parece razonable y necesario analizar qué relación tiene con la OTAN, para identificar también cómo evitar más barbarie. Sin embargo, la crítica a la Alianza ha entrado de lleno en lo políticamente incorrecto, y han proliferado respuestas pujolianas que, como ha mostrado Tica Font, advierten que «ahora eso no toca».  Este artículo pretende, precisamente, tocar ese aspecto, y se pregunta por la militarización de la rivalidad con Moscú. Proyecta hacerlo, además, incluyendo también la perspectiva del Gobierno ruso, al menos su posicionamiento público. Según su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, Moscú no considera «la mera existencia de la OTAN como una amenaza, sino la manera en la que la Alianza funciona en la práctica».  La percepción de Lavrov es de largo recorrido, lleva 18 años en el cargo. En ese tiempo, España ha tenido nueve ministros y EEUU once (secretarías de Estado), cuatro de forma interina. También está consolidada la subjetividad de buena parte de la cúpula rusa. Desde 1999 Putin ha alternado la presidencia con la dirección del gobierno, y Serguéi Shoigú es ministro de Defensa desde 2012 (entre 1991 y 2012 fue ministro de «situaciones de emergencia», encargado del servicio militar). Las relaciones con Bielorrusia también son duraderas: Aleksandr Lukashenko es presidente desde 1994. No ha habido otro.

¿Dónde estábamos antes de la pandemia?

Expansión de la OTAN. Los líderes rusos se han referido a la expansión de la OTAN como una traición a las promesas realizadas a Mijaíl Gorbachov. También lo hizo Putin en el discurso del 21 de febrero de 2022 que antecedió a la invasión.  Para algunas voces expertas, Washington nunca dio garantías de que la OTAN no se ampliaría hacia el este. Según Kristina Spohr, de la London School of Economics, se trataría de un «mito».  En realidad, la no expansión en los antiguos territorios del Pacto de Varsovia o de la URSS no podía formalizarse porque ambas entidades todavía existían en febrero de 1990, la fecha a la que se atribuyen esas promesas. El propio Gorbachov ha explicado que la expansión de la OTAN no fue discutida con el secretario de Estado de EEUU, James Baker, y que ningún país, ni de Europa oriental ni de la parte occidental comentó esa posibilidad. El compromiso adquirido habría sido no moverse «ni una pulgada hacia el este», pero en referencia a la RDA tras la reunificación alemana. Según Gorbachov, esta renuncia incluía nuevas estructuras militares de la Alianza en esa parte de Alemania, despliegues de tropas y armas de destrucción masiva, y todo se cumplió. Sin embargo, el último presidente soviético dijo haber calificado desde el principio la expansión de la OTAN como «un gran error», señalando que representaba «indudablemente una violación del espíritu de las declaraciones y garantías que se nos hicieron en 1990».

La Conferencia de Helsinki de 1975 reconoció que cada Estado soberano era libre de escoger sus propias alianzas.  También Putin y Lavrov admitieron ese derecho hace muchos años, pero advirtiendo que también Moscú sacaría sus respectivas conclusiones como Estado soberano.  Ucrania y otros países tienen derecho a ingresar en la OTAN y a instalar misiles de la Alianza en su territorio, pero cabe preguntarse por las consecuencias. En 1962 también tenía derecho la URSS a instalar misiles en Cuba o EEUU de obrar de igual manera en Turquía, pero todo aquello no ayudó a la confianza y pudo ocasionar un riesgo existencial. Hoy, según Putin: «EEUU permanece con misiles en nuestro umbral. ¿Es demasiado pedir no instalar sistemas de choque en nuestra casa? ¿Cómo reaccionarían los estadounidenses si se colocaran misiles en la frontera con Canadá o México?».  Desde 1999, la OTAN ha incorporado a tres repúblicas de la URSS, siete países que pertenecieron al Pacto de Varsovia y otros cuatro de la esfera de influencia soviética en la entonces Yugoslavia.  Y no ha incorporado a nadie más, nadie sin relación con la URSS. En la cumbre de la Alianza de Bucarest, en abril de 2008, se decidió que Ucrania y Georgia también se unirían.  Según John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, no se tomaron entonces medidas concretas por la resistencia de Francia y, sobre todo, Alemania, y citó a Angela Merkel diciendo que agregar a Ucrania y Georgia era una receta para el desastre. Pero no pudieron evitar las presiones de EEUU para añadir la referencia a su adhesión futura en la declaración final, tampoco las numerosas voces estadounidenses que se opusieron, incluso los propios servicios de inteligencia de George W. Bush.  Días después de la cumbre, aumentaron las tensiones en Abjazia y Osetia del Sur que condujeron, en agosto, a la guerra ruso-georgiana.

Lavrov afirmó en 2006 en la Duma que incorporar a Ucrania o Georgia a la OTAN significaba «un cambio geopolítico colosal» y que valorarían cómo afectaría a sus intereses.  Al año siguiente opinó que esa expansión suponía un «regreso a la Guerra Fría».  En 2016 concluía: «en nuestra doctrina de seguridad se indica claramente que una de las principales amenazas a nuestra seguridad es la expansión de la OTAN hacia el este».  Putin lo expresó así en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2007: «Creo que es obvio que la expansión de la OTAN no tiene ninguna relación con la modernización de la propia Alianza ni con garantizar la seguridad en Europa. Por el contrario, representa una grave provocación que reduce el nivel de confianza mutua. Y tenemos derecho a preguntar: ¿contra quién va dirigida esta expansión?».  Estos peligros también han sido señalados durante décadas por primeras figuras del establishment atlantista. George Kennan, el así llamado “arquitecto intelectual de la Guerra Fría” o “padre de la contención”, predijo el desastre: «Se puede esperar que esa decisión inflame las tendencias nacionalistas, antioccidentales y militaristas en la opinión rusa».  Henry Kissinger, secretario de Estado de EEUU en los trágicos años setenta, señaló en 2014 la enorme importancia de Ucrania para Moscú y que la única opción pasaba por no alinearse ni con Rusia ni con Occidente, sino servir de puente entre ambos lados.

No pocas voces han cuestionado que la Alianza haya tenido nunca la verdadera intención de sumar a Ucrania, señalando la poca honestidad que, en este caso, habría mostrado la OTAN al utilizar a ese país (o a Georgia) como un tablero de juegos geopolíticos en su pulso con Moscú. Según Putin en su discurso preinvasión, varios miembros de la OTAN eran escépticos a la entrada de Ucrania y le comunicaron que no sería inmediata. Pero argumentó que «si no pasa mañana, será pasado mañana», y que tanto le daba «desde una perspectiva histórica».  Ucrania ha dado pasos firmes en su apuesta atlántica y la OTAN ha publicitado su abrazo.

El «Partnership for Peace» de la OTAN se autodefine como un programa para promover la confianza en Europa y con el espacio soviético. Todos los miembros de la OTAN otrora en la órbita de la URSS estuvieron en ese programa antes de su adhesión. Ucrania es hoy el participante más antiguo, desde 1994. Las relaciones OTAN-Ucrania se fortalecieron en 1997 y tuvieron un punto de inflexión en 2008 tras la cumbre de Bucarest, con las reformas para la integración. A raíz de lo sucedido en el Dombás y Crimea en 2014, la cooperación se intensificó enormemente e incluyó un paquete de asistencia integral para reformar el sector de la seguridad y la defensa según los estándares de la OTAN. Los 16 programas incluyen la reorganización y modernización de estructuras y capacidades, la interoperabilidad con la OTAN para contribuir a los ejercicios y operaciones que dirige, el apoyo a la reforma de los sistemas de estandarización y logística o la cooperación en defensa y seguridad cibernética.

Ucrania ha contribuido a las misiones militares de la OTAN en Bosnia y Herzegovina, Afganistán e Irak, así como en operaciones marítimas como Active Endeavour u Ocean Shield. Nótese que esta cooperación no cesó con Víktor Yanukóvich en el poder. Quizá la participación más significativa ha sido, durante años, en Kosovo (KFOR). La invasión de Serbia en 1999 fue percibida por Moscú como un acto de agresión (fue contraria al derecho internacional), una amenaza para la gobernanza de la seguridad europea posterior a la Guerra Fría, un desafío para su estatus en el orden internacional y una imposición ostentosa de los intereses de la Alianza disfrazada con motivación humanitaria. Aquella intervención derivó en un abierto apoyo militar ruso a Serbia y la escisión de una parte del territorio.  Si bien cada situación merece analizarse por separado, las similitudes destacan en cuanto a las percepciones (intercámbiese, en las líneas anteriores, Ucrania por Serbia y EEUU/OTAN por Rusia). De hecho, Putin lo relaciona todo, expresamente: «¿Crimea? –preguntó– esto no es nada comparado con lo que vosotros hicisteis en Yugoslavia», y quizá su recurso al argumento del “genocidio” no sea tan casual.

Escudo antimisiles y otros armamentos. Rusia ha percibido siempre la expansión de la OTAN con particular preocupación por el potencial establecimiento de arsenales cerca de sus fronteras. EEUU y Rusia han llegado a distintos acuerdos históricos para mejorar la confianza. En 1972 ratificaron el Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM, del inglés), con la intención de limitar su número con carga nuclear. George W. Bush trabajó la idea del escudo antimisiles (balísticos), y en mayo de 2001 inició una campaña en la OTAN sobre su conveniencia. El Tratado ABM era un problema, porque prohibía el desarrollo de los sistemas antimisiles. Buena parte de los miembros de la Alianza mostraron reticencias, al entender que el escudo promocionaba una carrera armamentística. Sin embargo, los atentados del 11-S proporcionaron a Bush carta blanca en EEUU y la OTAN y anunció la retirada del tratado tres meses después, materializada en junio de 2002. El problema para Rusia era que ese escudo implicaba establecer radares en la República Checa y misiles de intercepción en Polonia, más cerca de sus fronteras (los países bálticos y balcánicos aún no estaban en la OTAN). Putin ha considerado reiteradamente la instalación de elementos del escudo antimisiles de EEUU en el este europeo como «una amenaza a la seguridad nacional» y «factor desestabilizador para Europa», y comparó la situación con la del despliegue de misiles Pershing II y Tomahawk en Europa Occidental en los años 1980s.  Según Putin, justificar ese sistema con la amenaza terrorista (de Corea del Norte o Irán) era «ridículo», y advirtió que tomaría medidas «para garantizar su seguridad nacional», añadiendo que «cualquier otro país haría lo mismo».  Distintas voces en Europa occidental también alertaron de los peligros, en particular en Alemania, aunque Merkel apoyó el plan argumentando, como EEUU, que se trataba de un sistema puramente defensivo no dirigido a Rusia. Sin embargo, al menos dos perspectivas cuestionaban esta idea. La primera, del secretario general de la OTAN, Jaap de Hoop Scheffer, quien criticó el plan de EEUU porque no cubría de manera adecuada a ciertos miembros del sudeste europeo, lo que significaba un doble estándar en la Alianza.  La segunda, de Putin, que señaló en 2007 que ni Teherán ni Pyongyang tenían sistemas o misiles balísticos capaces de llegar a Europa o EEUU, ni los podrían tener en el corto plazo.

¿Qué ha pasado recientemente?

Según la propia OTAN, en septiembre de 2020 el presidente Zelenski «aprobó la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Ucrania, que prevé el desarrollo de la asociación distintiva con la OTAN con el objetivo de ser miembro».  Como parte del programa de reforma para alinearse con los estándares de la Alianza, Ucrania «reemplazó su Doctrina Militar en marzo de 2021 con una nueva Estrategia de Seguridad Militar que se basó en la Estrategia de Seguridad Nacional de 2020».  Esa estrategia incluye la participación en ejercicios bilaterales y multinacionales. Por su lado, Rusia también modificó su Estrategia de Seguridad Nacional, en junio de 2021, muy poco después de la ucraniana. Shahin Jafarli, del Instituto de Investigación de Bakú, aludiendo al apartado «Defensa del país», señala que «intentos de ejercer presión militar sobre Rusia, sus aliados y socios, el despliegue de infraestructura militar de la OTAN cerca de las fronteras rusas, la intensificación de las actividades de inteligencia extranjera y las pruebas del uso de armas nucleares y grandes unidades militares contra Rusia (ejercicios de la OTAN) son amenazas militares para la Federación Rusa».  Un año antes, en junio de 2020, Ucrania se había convertido en el sexto «socio de oportunidad mejorada» de la OTAN, un estatus ofrecido a «participantes en la Iniciativa de Interoperabilidad de Asociación de la OTAN que han hecho contribuciones particularmente significativas a las operaciones de la OTAN y otros objetivos de la Alianza». Funciona como un facilitador, «brindando a Ucrania acceso preferencial a la caja de herramientas de interoperabilidad de la OTAN, incluidos ejercicios, capacitación, intercambio de información y conocimiento de la situación».  Los otros cinco países que gozan de ese “privilegio” son Australia, Finlandia, Suecia, Jordania y, atención, Georgia.

En su discurso previo a la invasión, Putin hizo referencia a esa nueva estrategia militar ucraniana de 2021: «Este documento está dedicado casi en su totalidad a la confrontación con Rusia». Dijo que «establece las líneas de una guerra potencial, que debería terminar (…) “con la asistencia de la comunidad internacional en términos favorables para Ucrania”, así como (…) “con apoyo militar extranjero en la confrontación geopolítica con la Federación Rusa”».  Putin continuó con una retahíla de supuestas amenazas para la seguridad de Rusia: aseguró que «adquirir armas nucleares tácticas será mucho más fácil para Ucrania que para otros Estados», al contar con recursos de la era soviética, y que este país tenía la intención de hacerlo; también destacó la «ostentosa» y fuerte entrada de armas, equipos y entrenamiento desde 2014, sobre todo desde EEUU, así como la presencia «casi constante» de contingentes militares de países de la OTAN «con el pretexto de ejercicios», que calificó de «obviamente antirrusos» y en los que solo el año pasado habrían participado más de 23.000 efectivos y más de mil unidades de hardware. Para Putin, esos movimientos «están diseñados para encubrir una rápida acumulación del grupo militar de la OTAN en territorio ucraniano». Señaló también que la red de aeródromos estaba mejorada con ayuda estadounidense y que el Centro de Operaciones Marítimas construido por EEUU en Ochakov «permite apoyar la actividad de los buques de guerra de la OTAN, incluido el uso de armas de precisión, contra la flota rusa del Mar Negro y nuestra infraestructura en toda la costa del Mar Negro».  Y advirtió que el sistema de control de tropas ucraniano ya se había integrado en la OTAN, y que esta podía dar órdenes directas a las fuerzas armadas ucranianas. Por otro lado, Putin aseguró que el escudo antimisiles había añadido misiles interceptores en Rumanía, además de Polonia, y que podían ser utilizados con fines ofensivos. Además, tras el abandono del Tratado INF habría desarrollado misiles balísticos que, desde Járkov/Járkiv, tardarían entre 7 y 8 minutos en llegar a Moscú (las armas supersónicas, de 4 a 5). En definitiva, defendió que la entrada de Ucrania en la OTAN y el subsecuente despliegue de estructuras de la Alianza –cosas que afirmaba acabarían ocurriendo– supondría un «drástico incremento» del nivel de amenaza militar contra Rusia, «lo multiplicaría».  Desconocemos cuánto hubo de legítima preocupación y cuánto de propaganda oportunista, pero el 17 de diciembre Rusia propuso acuerdos a EEUU y la OTAN sobre garantías de seguridad. Las peticiones que hacía Rusia tenían que ver, precisamente, con evitar una mayor expansión de la OTAN, abstenerse de desplegar sistemas de armas en las fronteras rusas y retroceder la capacidad militar y la infraestructura del bloque en Europa donde estaban en 1997, cuando se firmó el Acta Fundacional OTAN-Rusia. Según Putin, le respondieron con generalidades, desvíos y evasivas.  Sin sentido alguno de proporcionalidad o humanidad, el dirigente ruso justificó su barbarie en Ucrania.

A modo de conclusión: un proceso de militarización en cinco tiempos

Las relaciones entre Rusia y la OTAN en el tablero geopolítico de Ucrania han tenido cinco tiempos clave tras su independencia. El primero fue 1999, punto de inflexión en la militarización de esas relaciones. En marzo, la OTAN amplió sus fronteras por primera vez desde 1982 (España) y segunda desde 1955 (Alemania).  Es decir, con la excepción de España (expansión hacia el oeste), la OTAN no había modificado sus lindes en 44 años. El cambio sucedió, precisamente, en territorio del antiguo Pacto de Varsovia, y fue percibido con humillación en Rusia. Ese mismo mes, la OTAN bombardeó a una aliada de Moscú, Serbia. Un mes después, la OTAN aprobó su Nuevo Concepto Estratégico, que sustituyó al de 1991 y revolucionó sus funciones, al prever su participación en «operaciones de respuesta a crisis no previstas en el Art. 5» (en varios puntos) y «para preservar la paz y seguridad internacionales» (punto 48), y al asignar al Consejo de Seguridad de la ONU una «responsabilidad primordial» en el mantenimiento de la seguridad internacional, pero un menor «rol crucial» en el área euroatlántica (punto 15). Según distintos expertos, esto supuso poder realizar acciones no defensivas, extender su área de operaciones del Atlántico Norte a todo el mundo y no renunciar a actuar al margen del derecho internacional (la cumbre tuvo lugar mientras se bombardeaba Serbia). El año 1999 también marcó el inicio de la segunda guerra chechena, objeto de fuerte condena occidental por su particular e indiscriminada crueldad –Putin ha acusado a EEUU y la OTAN de «apoyar a los terroristas del Cáucaso Norte».  Precisamente, el líder ruso alcanzó la cúspide del poder en Rusia ese mismo 1999.

El año 2004 destacó por la incorporación de siete países a la OTAN, algunos fronterizos o cercanos a Rusia. Los otros tres tiempos están directamente relacionados con Ucrania. La tercera fecha, 2007-2008, abarca el discurso de Múnich, la cumbre de la OTAN en Bucarest y la guerra en Georgia. La cuarta es 2014, año marcado principalmente por la caída de Yanukóvich (para Rusia, con apoyo de la OTAN) y los acontecimientos en el Dombás y Crimea, pero también por la intervención militar en Siria liderada por EEUU y la entrada determinante de Rusia en apoyo del gobierno sirio el año siguiente. La guerra en el Dombás no evitó, sin embargo, exportaciones de armas europeas a Rusia entre 2014 y 2020 valoradas en 491 millones de euros.  Paradójicamente, una cantidad muy parecida a la canalizada en 2022 por la UE a Ucrania a través del fondo europeo de “ayuda a la paz”, 450 millones en material militar.  Finalmente, el último periodo tiene su clímax en la invasión rusa en febrero de 2022, pero abarca también varios meses anteriores.  Aunque no han faltado otros factores y motivaciones, los cinco tiempos han incluido unas mismas consideraciones relacionas con los equilibrios de poder en Europa (y con EEUU) y la configuración de una estructura de seguridad militarizada que en el mejor de los casos no ha considerado lo suficiente a Rusia y, en el peor, al menos en las percepciones, ha estado orientada contra Moscú. Cabe objetar toda equidistancia con el agresor a la hora de asignar responsabilidades, pero también toca hablar de la OTAN. Toca ahora y tocaba hacerlo en el último cuarto de siglo. Quizá se podrían haber reconducido las cosas de otra manera.

Alejandro Pozo Marín es investigador del Centre Delàs y profesor de geopolítica y conflictos armados.
Artículo publicado en la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global Nº 157.

 

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