La derecha navarra después del 28 de mayo

Javier Esparza, rodeado por toda la ejecutiva de UPN, da a conocer en una rueda de prensa el respaldo unánime de la dirección del partido a ir solos a las próximas elecciones al Parlamento de Navarra y a los ayuntamientos. J.A. Goñi.

 

Galde 40, udaberria 2023 primavera. Ibai Fernandez.- 

Navarra celebra el próximo 28 de mayo elecciones municipales y forales en un escenario que apunta a la continuidad. Falta por ver cuál es equilibrio de fuerzas entre el PSN y Geroa Bai, clave en la formación del nuevo Gobierno. Así el peso de EH Bildu y hasta qué punto lo que pueda ocurrir en con la alcaldía de Pamplona condiciona el marco general. Pero si no hay sorpresas de última hora los 30 escaños que han sostenido de forma directa o indirecta al Gobierno de María Chivite estos cuatro volverán a sumar mayoría en el Parlamento autonómico.

Lo sabe la derecha en su conjunto, y lo asume también UPN, que tras la experiencia agridulce de Navarra Suma ha optado por recuperar sus siglas históricas y presentarse en solitario en su tercer intento por recuperar la presidencia del Gobierno de Navarra. La coalición con PP y Ciudadanos ha servido para aglutinar en el voto y garantizar algunas alcaldías, frenando la irrupción de Vox y facilitando una oposición unitaria. Pero ha dejado a la derecha lejos de cualquier influencia institucional. Algo había que hacer, y la respuesta ha sido volver al marco original.

En busca de un nuevo agostazo

Se trata en cualquier caso de un movimiento meramente táctico, basado en una teoría que evoca al histórico agostazo de 2007 como vía más rápida para recuperar el poder. Creen en UPN que al PSOE no le va a ir bien en las elecciones de mayo. Que el PP va a crecer en muchas comunidades y ayuntamientos hasta el punto de amenazar el futuro de Pedro Sánchez en La Moncloa. Y que en esas circunstancias, con los barones socialistas pagando la factura, en Madrid no van a permitir un Gobierno sostenido por EH Bildu en Navarra.

La teoría es ciertamente rebatible. No está claro que los pactos con la izquierda parlamentaria en Madrid lastren al PSOE. Y mucho menos que eso vaya a implicar un cambio estratégico, al menos mientras el navarro Santos Cerdán siga al frente de la organización socialista. A fin de cuentas, Sánchez va a seguir necesitando a sus actuales socios hasta el final de la legislatura, y muy posiblemente también después si quiere ganar una nueva investidura.

Es sin embargo la única carta que le queda por jugar a Javier Esparza. La última para tratar de mover un tablero que ahora mismo se inclina en su contra. Tras los intentos frustrados de 2015 y 2019, no habrá una cuarta oportunidad para el candidato regionalista.

Es en este contexto en el que hay que entender la ruptura de Navarra Suma. No hay un giro estratégico ni una revisión ideológica en UPN. El regionalismo foral y la derecha española separan sus caminos porque creen que así tienen más opciones de llegar al Gobierno foral. Y pese al cruce de reproches de las últimas semanas, con el fichaje de los diputados Sergio Sayas y Carlos García Adanero como campo de batalla, volverán a unir fuerzas cuando así sea necesario.

Las consecuencias de la división

Pero la ruptura es un hecho y tiene también sus consecuencias. De entrada, implica un reequilibrio de fuerzas en un espacio político en el que UPN siempre ha sido la fuerza hegemónica. El PP nunca ha tenido tradición, discurso, ni estructura propia, y eso ha hecho del regionalismo el lugar de encuentro de toda la derecha navarra. Del Diario de Navarra al Opus Dei, pasando por confederación empresarial y la patronal agraria. Con un antivasquismo españolista camuflado de foralismo como argamasa principal.

Más allá de las expectativas que ha generado la refundación del PP y algunos de sus fichajes, el escenario apenas ha cambiado. UPN sigue jugando con la ventaja de su implantación territorial. Es un partido arraigado que ha sabido vincular los símbolos de todos con los propios y sigue siendo la referencia electoral para su espacio político. Más si cabe cuando el PP parece no haber aprendido de los errores de antaño.

Los populares vuelven a fiar su éxito a la marca popular nacional y al apoyo mediático de Madrid. Una suerte de grandeza divina que en Navarra tiene poco mercado y que les acerca a un nuevo fracaso electoral. Más allá de la influencia que puedan tener las incorporaciones de Sayas y de Adanero, su resultado el próximo 28 de mayo no será muy diferente al que dejaron las últimas convocatorias a las que acudió en solitario (2011 y 2015) y en las que obtuvo cuatro y dos parlamentarios, respectivamente.

Estamos por lo tanto ante un escenario muy parecido al de 2008. Cuando el pacto con José Blanco llevó a Miguel Sanz a romper con el PP para facilitar un acercamiento al PSOE. Y que si bien no acabó de funcionar -el Gobierno UPN-PSN solo duró un año (2011-2012)- dejó a UPN como fuerza hegemónica en la derecha, cuadruplicando en votos al PP.

Es muy probable que las urnas vuelvan a dejar un reparto similar en las elecciones de mayo. Y que será más holgado si cabe en ayuntamientos como Pamplona, donde los regionalistas volverán a ser el voto de referencia para tratar de salvar la alcaldía. La capital, por cierto, va a ser uno de los focos centrales de interés tras las elecciones del 28 de mayo.

El día después

Queda sin embargo una pregunta en el aire. Qué hará UPN después del 28 de mayo si, más allá del número final de escaños, vuelve a quedar fuera del Gobierno. 12 años de oposición son muchos para cualquier partido, pero más para quien había interiorizado la gestión del poder en Navarra como algo intrínseco a sus propias siglas. Una reflexión que urge hace tiempo pero que nadie en la derecha navarra se ha atrevido a verbalizar hasta ahora.

El movimiento político que históricamente se ha definido como el partido de Navarra, el del Gobierno y el de la buena gestión, se vino a bajo con la crisis financiera y la desaparición de Caja Navarra. Sigue teniendo implantación y un enorme caudal de votos, pero ya no se traduce en poder ejecutivo. Ni siquiera en los ayuntamientos donde gobierna minoría gracias a la abstención del PSN, incapaz de aprobar presupuestos en medio de una inestabilidad casi permanente.

La frustración que supuso la pérdida del poder en 2015 llevó a UPN en particular y a la derecha en general a una oposición frontal al Gobierno de Uxue Barkos. Una batalla de desgaste permanente que llevó a cabo de la mano del PSN -basta recordar las dos manifestación contra la ikurriña y contra el euskera-. Una polarización identitaria que sin embargo acabaron rentabilizando los socialistas, que hoy lideran el Gobierno de Navarra.

La actitud de la derecha ha sido similar en esta legislatura, pero ya sin el apoyo socialista, lo que ha acabado aislando a UPN en su política de confrontación permanente. Incluso, muchos de los sectores sociales que históricamente se habían alineado con los regionalistas han ido buscando acomodo cerca del PSN, conscientes de que el Gobierno de Chivite es mucho más sólido de lo que aparenta su minoría parlamentaria, y de que resulta más rentable una buena relación institucional que azuzar una polarización tan ruidosa como estéril.

Las dos alternativas

Llegados a este punto, será difícil que UPN pueda dilatar más la respuesta a una disyuntiva que le mantiene atrapado en su pasado. Y ahí solo tiene ya dos alternativas. Puede seguir confrontando con el Gobierno a la espera de un giro socialista en Madrid que permita recuperar las alianzas del pasado. Volver a aglutinar a toda la derecha y aspirar a un gobierno en minoría condenado a la inestabilidad.

O puede hacer enmienda y salir de la dinámica de bloques en la que cada vez tiene menos que ganar. Abrirse a nuevas alianzas, quizá no de Gobierno todavía pero sí de forma habitual en el Parlamento. Tratar de recuperar espacio electoral allí donde llegó a tener importantes alcaldías y hoy es incapaz de sacar una lista electoral. Y ejercer de forma real la defensa del autogobierno ante la visión cada vez más centralista de las derechas españolas.

Pero sobre todo asumir definitivamente que Navarra es plural, el euskera una lengua propia y el sentimiento vasquista parte de nuestra identidad colectiva. Un puerta difícil de transitar tras décadas alimentando la euskarafobia y el antivasquismo, pero que resulta imprescindible si el regionalismo quiere salir de su aislamiento y recuperar la influencia perdida.

No es probable que algo así ocurra, al menos a corto plazo. Los sectores más reaccionarios de la derecha española siguen marcando de cerca cualquier cambio estratégico de UPN, y el mínimo giro será calificado como traición a las esencias de la derecha navarra. Con el riesgo de dar paso a una fractura interna que, esta vez sí, podría dar alas a una alternativa puramente españolista.

La prioridad en cualquier caso sigue siendo las próximas elecciones y recuperar el poder el 28 de mayo. Todo lo demás en este momento resulta secundario. Si eso no ocurre será el momento abrir una reflexión sobre el futuro y quizá entonces surjan voces que empiecen a mirar al medio y largo plazo con la valentía suficiente como para cuestionar los dogmas anquilosados del regionalismo navarro. Empezando por renovar la presidencia de un partido para la que, ahora mismo, tampoco se plantea alternativa.

Ibai Fernandez
Periodista de Diario de Noticias

 

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