Irrupción de la extrema derecha española

 

DE UNA INDIGNACIÓN A OTRA(S)

Galde 24, (udaberria/2019/primavera). Imanol Zubero.-

En 2018 la revista Letras Libres publicaba un número dedicado a “La era de la indignación”. Pero bajo este epígrafe se abordaba una supuesta deriva hacia la “censura de la corrección política”. Qué diferencia con aquella portada de la revista Time dedicada a “The protester”, elegido personaje del año en 2011, encarnado por participantes en el 15M.¿Qué ha cambiado para que un concepto como “indignación”, que sirvió para dar nombre a un ciclo de protesta política que se extendió prácticamente por todo el mundo, pase ahora a redefinirse en términos de censura?

Aunque Donatella della Porta sostiene que “si bien las protestas anti-austeridad han defendido una soberanía nacional, cuyos/as activistas perciben que ha sido arrebatada por las instituciones financieras (incluidos los bancos) y por los países más poderosos, las campañas han tendido a mantener una concepción inclusiva de la ciudadanía y visiones cosmopolitas”, otros, como Colin Crouch, consideran que el clima de indignación surgido al calor de la crisis y su gestión austeritaria es una variable más que se añade al caldo de cultivo donde se genera la actual ola de xenofobia en Europa.

En efecto, la crisis de 2008 ha actuado como un catalizador que ha impulsado de manera espectacular al populismo de extrema derecha, que elección tras elección ha crecido en casi todos los países. Los casos del Movimento 5 Estrellas, Podemos y Syriza, presentados en su momento como ejemplo de articulación política de la indignación en clave social, inclusiva y cosmopolita, se han visto superados en número y en intensidad por una miríada de organizaciones sociopolíticas capaces de organizarse a partir de potentes movimientos de base que compiten con éxito con las izquierdas en su propio terreno: los barrios, las protestas anti austeridad, la reivindicación de generosas políticas sociales, etc. Entre 2013 y 2018, han surgido más de 70 nuevos partidos y alianzas en los Estados miembros de la Unión, de los cuales 43 han logrado escaños en las elecciones legislativas de los diferentes países. Partidos históricos, sobre todo los ubicados en el espacio de la socialdemocracia, han desaparecido. Y entre los nuevos partidos emergentes, muchos de los más influyentes son populistas de extrema derecha, con un discurso abiertamente euroescéptico y anti-inmigración.

Desde el comienzo de la crisis se ha especulado sobre la “excepción española”: la reacción social contra la crisis encarnada en el 15M y su discurso anticasta y la consolidación en España de un proyecto “populista de izquierdas” a partir del surgimiento de Podemos serían factores esenciales a la hora de explicar la limitación del campo político para la creación de partidos populistas de derechas en España. Y lo cierto es que España ha sido uno de los países de la UE donde, a pesar de la dureza con la que ha golpeado la crisis, en menor medida se expresan opiniones abiertamente xenófobas o se han producido fenómenos de rechazo explícito de las personas inmigrantes.

Hasta la espectacular e inesperada irrupción de Vox en las recientes elecciones andaluzas del 2 de diciembre de 2018 España parecía inmune al contagio de este tipo de partidos políticos. Cuando en 2016 el CIS preguntaba sobre la aceptación que podría tener en España un partido xenófobo, sólo un 3% consideraba que tendría mucha aceptación, aunque, es cierto, apenas una de cada tres personas se mostraba convencida de que no tendría ninguna aceptación. Pero ahora ya está aquí, y es muy probable que, al menos durante un tiempo, su mera existencia normalizada (además de la desmedida atención mediática que está recibiendo) incremente estas cifras de aceptación. En todo caso, es más que probable que a partir de ahora vivamos en nuestro país la misma experiencia que se ha analizado en otros países desde hace años: allá donde los partidos de derecha radical empiezan a tener éxito electoral, introducen en el escenario político temas y formas o estilos políticos hasta ese momento ausentes o marginales, ampliando la que Pippa Norris llama “zona de aquiescencia” al incorporar a la agenda política del resto de partidos las cuestiones que, se supone, han podido movilizar a su electorado: aquello de lo que no se hablaba, o aquellas formas de expresión política que estaban vetadas, empiezan a convertirse en normales. Ya lo estamos notando también en España.

Aún es pronto para valorar el desarrollo futuro que pueda tener una fuerza como estaen el escenario político español. Más interés tienen los perfiles que de sus votantes dibujan diversos análisis, pues a partir de ellos podemos reflexionar sobre las preocupaciones que mueven a sus potenciales seguidores.

Inmigración y unidad de España: estos son, parece, las dos grandes cuestiones que, hoy por hoy, concentran las preocupaciones de una parte de la sociedad española potencialmente dispuesta a apoyar un proyecto político de derecha extrema. Junto con la inmigración y la nación, hay una tercera cuestión (o conjunto de cuestiones) que, si bien no son señaladas por el sondeo de 40dB. como una de las principales razones por las que las y los votantes de Vox eligieron esta opción en las elecciones andaluzas, sí se cita como uno de los fundamentos de los grupos de extrema derecha en Europa: nos referimos a la cuestión de la diversidad sexual y de género. En efecto, la misma reacción frente a las reivindicaciones y las conquistas del movimiento feminista que en 1991 analizó Susan Faludi, desenmascarando y denunciando la “larga, dolorosa e incesante campaña para frustrar los avances de las mujeres”, emprendida en Estados Unidos una década antes, se ha convertido hoy en uno de los ejes fundamentales del proyecto de las derechas radicales.

Todas esas cuestiones están siendo utilizadas para articular e impulsar abiertamente un discurso cultural basado en la defensa de una identidad supuestamente natural (constituida para cada individuo por su sexo biológico-cromosomático y su cultura nacional) que debe ser defendida frente a toda pretensión construccionista que presente la identidad como mera elección o como mezcla: varones inseguros en su masculinidad tradicional que se sienten víctimas de un feminismo supuestamente radical y hegemónico y de la corrección política que pretendería imponer; comunidades que ven amenazadas sus certidumbres y sus modos de vida tradicionales por una globalización que trae lo anteriormente extranjero o extraño (otras lenguas, otras costumbres, otras creencias) hasta el umbral mismo de su puerta; personas consumidas por una sensación de impotencia, de que su voz no cuenta, de que han perdido todo control sobre su presente y su futuro; individuos angustiados por su porvenir material y por el de sus descendientes, que ven cómo el ascensor social se ha detenido para sus hijas e hijos…

Una derecha nueva, no una mera continuación de los viejos fascismos del siglo XX, distinta también del neofascismo nostálgico y revisionista de los Ochenta, que Enzo Traverso prefiere denominar posfascismo, caracterizada por una mezcla (potencialmente explosiva) de nacionalismo, autoritarismo, tradicionalismo, machismo, islamofobia, populismo y antipluralismo, y que se ha mostrado capaz de incorporar a su programa la recuperación de un Estado de bienestar fuerte, sí, pero circunscrito expresamente a la ciudadanía nacional: es lo que se ha denominado “lepenismo de izquierda” o “chovinismo del bienestar”.

Una de las paradojas de nuestro tiempo es que quienes más éxito están teniendo a la hora de sumar “noes” son los partidos (o los proyectos) de derecha radical. Como resume Michel Wiewiorka, estos partidos “dan forma a los temores y a las preocupaciones culturales y también económicas, y resultan atractivos para los perdedores, los excluidos, los olvidados y los marginados por la modernización”. Impulsores de una política negativa (“impolítica” la denomina Pierre Rosanvallon), “expresan simplemente de manera desordenada y rabiosa el hecho de que ya no saben dar sentido a las cosas y encontrar su lugar en el mundo […] deben detestar para tener esperanzas” (Rosanvallon).

Ya están aquí. Además de combatirlo, habrá que preguntarse qué hemos hecho mal para dejar a tanta gente, a tanta de nuestra gente, desamparada.

 

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