Con luces largas: Guerra cultural en Madrid

 

Las elecciones del 4M serán un cambio de rasante en la política española, con factores de riesgo para todos los actores

Galde 32 udaberria/2021/primavera. Alberto Surio.- 

Las elecciones autonómicas de Madrid se han convertido en un cambio de rasante en la política española. Se trata de una operación de alto riesgo en el que la voladura de Ciudadanos como espacio político deja abiertos todos los escenarios, e introduce variables de alto riesgo para todos los actores en liza. Arriesga, y mucho, Isabel Díaz Ayuso, la presidenta de la Comunidad, que ha precipitado la convocatoria electoral para absorber al partido que lidera Inés Arrimadas y lograr junto a Vox la mayoría absoluta en la futura Asamblea regional. Una apuesta peligrosa en la medida en la que une su destino al concurso explícito de la ultraderecha. Pan para hoy y, quizá, mucho hambre para mañana.

El principal damnificado de este ‘abrazo del oso’ será, sin duda, Pablo Casado, que ve arruinado su expectativa de abrirse al centro sociológico, en coherencia con la derecha democrática europea, que ha trazado un cordón sanitario frente al populismo de extrema derecha. Díaz Ayuso no sólo une su suerte a Rocío Monasterio y Santiago Abascal sino que, en gran medida, ha comprado su marco mental. Su discurso de un gobierno sin desdibujar su identidad se entronca con la corriente más reaccionaria que ha imperado en el espectro conservador internacional, la que alentó al estratega de Donald Trump, Steve Banon, a dar por muertos a los viejos partidos moderados de centro y fijar un pensamiento iliberal en el espacio público para aprovecharse de los miedos e inseguridades de un sector de la población ante la globalización y sus contradicciones.

Acento reaccionario

El proyecto de ‘guerra cultural’ que impulsa Díaz Ayuso se entronca con esta tradición reaccionaria que ha radicalizado a un segmento del electorado del centroderecha y lo ha deslizado hacia una deriva cada vez más ideologizada y cargada de prejuicios. En este caso, el ecosistema de Madrid alimenta la hipérbole y la sobreactuación, lleva a la estridencia el conflicto y convierte el choque de trenes en un espectáculo de rentabilidad electoral. Al menos a corto plazo, porque, a la larga, esta incursión implica una severa hipoteca que pasará su factura a Casado y le condicionará por completo en su pretensión de liderar una recomposición del centroderecha. Con estos aliados, la operación de refundar el PP se antoja muy complicada. La larga sombra del expresidente José María Aznar se atisba entre bambalinas como gran muñidor de estos movimientos, con la ayuda imprescindible de Miguel Ángel Rodríguez, periodista de cámara de Moncloa durante muchos años y hoy asesor de Díaz Ayuso en su estrategia de polarización.

La derecha parece decidida a vender su alma al diablo después del 4 de mayo aunque jugará hábilmente la baza nacionalista madrileña. Se ha descubierto que el PP explota en esta Comunidad el victimismo más descarnado y reivindica a su manera un ‘secesionismo’ que marca el acento en la diferencia, en el ataque a la igualdad con otras comunidades y en una demonización simplista del adversario político con la que intenta movilizar a su parroquia. Quizá no sea del todo consciente de que la exageración de la gesticulación puede terminar por movilizar al electorado del centroizquierda. Este era un principio que tenía muy interiorizado Mariano Rajoy. Su consiga era, en muchas ocasiones, quedarse quieto cuando arreciaban los problemas y hacerse el ‘muerto’ para no agitar las aguas a sus rivales electorales.

El PP tropieza con el fenómeno Vox, que además explota el ultranacionalismo español hasta llevarlo al territorio preconstitucional y antiautonómico. Pero la ultraderecha intentará sacar partido del sentimiento de malestar contra el establishment político que, después de un año de pandemia y Estado de Alarma, puede comenzar a prender en los sectores más descontentos de la sociedad.

Sánchez también se la juega

El 4 de mayo implica también una cita de riesgo para Pedro Sánchez, consciente de que el actual sistema de bloques puede variar y al que la desaparición de Ciudadanos como socio potencial puede restar margen de maniobra en un futuro. Sánchez intentará apurar la legislatura, y la salida de Pablo Iglesias del Gobierno puede facilitar la misión, pero se encuentra obligado a mantener la entente estratégica con Unidas Podemos a pesar de las discrepancias que han aflorado, y que aflorarán, y que en un marco postpandemia pueden avivarse por presiones del mundo económico y de la Unión Europea. Y sabe que Madrid, con su universo mediático particular, es el baluarte desde el que el PP quiere dirigir la operación ‘reconquista’ de la Moncloa. El primer desenlace de este movimiento ha sido el nombramiento de la actual ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, como vicepresidenta tercera. Unidas Podemos pierde la Vicepresidencia Segunda en favor del equipo económico del Ejecutivo que lidera Nadia Calviño.

Los socialistas, además, sienten una sensación contradictoria con la presentación de Iglesias, cuya candidatura servirá para polarizar y puede dejar un tanto desdibujado a su candidato, Ángel Gabilondo. Es evidente que, frente a esta pinza, al PSOE no le queda más remedio que hacer de la necesidad virtud y reclamar el perfil moderado y tranquilo de Gabilondo como la única garantía de serenidad frente al ruido y la estridencia del enconamiento de posiciones. Está por ver si, en una guerra de desgaste de trincheras tan feroz como la que se avecina, las dotes templadas del catedrático de Filosofía pueden cuajar en una parte del electorado. Pero al PSOE no le queda otra para intentar seducir al electorado centrista y de sesgo socialdemócrata.

Asume riesgos también Pablo Iglesias, aunque quizá el mayor riesgo que corría la candidatura era quedar por debajo del mínimo umbral del 5% y quedarse sin representación parlamentaria. Era un peligro muy alto para la supervivencia de Podemos el quedarse fuera de juego nada más y nada menos que en Madrid, sobre todo porque, en las últimas autonómicas, la marca de Más Madrid le hizo un notable estropicio y le obligó a no presentar listas al Ayuntamiento de la capital, donde Manuela Carmena jugaba las cartas para ser reelegida alcaldesa. El fracaso de la izquierda en la Comunidad fue el resultado de la división y de la consiguiente desmovilización del electorado. Iglesias intenta salvar los muebles de Madrid, porque sabe que la supervivencia del proyecto también pasa por evitar el hundimiento en esta plaza tan sensible. Y a la vez lanza una ‘opa’  contra su antiguo compañero y fundador de Podemos, Iñigo Errejón, al que le obliga a ha emplazado a aceptar la coalición. Pero este último ha decidido presentarse en solitario, convencido de que, por separado, las izquierdas pueden optimizar mejor sus resultados para después sumar la mayoría absoluta.. Decir sí a la alianza hubiera sido, en cierta forma, una enmienda a la totalidad a su propio proyecto nacido por la fractura interna en el núcleo que fundó Podemos.   

Y es que la otra cara de la moneda del 4M va a ser la recomposición de la izquierda, al menos en Madrid, que es todo un laboratorio de ensayo previo de futuras maniobras. Está por ver si, a pesar de la pandemia, se producirá realmente una movilización del electorado progresista, desencantado en las últimas autonómica por la escisión entre Iglesias y Errejón y al que ahora solo un proyecto que se envuelva en la ilusión y la ambición de ganar puede devolverle cierta confianza más allá de la caricatura de eslóganes.. Nada está escrito de antemano y la batalla de Madrid se presenta más abierta que nunca.

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