Feminismo y salud

 
 
Galde 33 uda/2021/verano. Carme Valls-Llobet.- 

La ciencia médica como muchas otras ciencias, ha sido androcéntrica, y se ha desarrollado pensando que mujeres y hombres son iguales y que no hay diferencias entre la manifestación de las enfermedades o de los factores de riesgo según el sexo de la persona que lo padece.

En el terreno de la investigación de las diferencias en mortalidad y morbilidad entre mujeres y hombres, fue Lois Verbrugge[1] una de las pioneras, que empezó a analizar y a demostrar que existían diferencias en las enfermedades que con más frecuencia afectaban a hombres y mujeres, señalando la mayor prevalencia de enfermedades crónicas y la mayor utilización de los servicios sanitarios de atención primaria entre el sexo femenino. Su mayor contribución fue demostrar que el nivel más pobre del estado percibido de salud entre las mujeres, respecto a los hombres, se debía a riesgos adquiridos y aspectos psicosociales como el sedentarismo, el paro, y el estrés físico y mental, más que a diferencias biológicas innatas.

La ciencia que había postulado que estudiar al “varón” era estudiar al ser humano ha tenido que cambiar sus paradigmas y empezar a reconocer que existen diferencias entre mujeres y hombres en la forma de enfermar, de manifestarse los síntomas, en las causas del dolor, en la prevalencia de determinados diagnósticos, y en la metabolización de fármacos, que tienen formas diferentes de actuar según el sexo biológico o según interaccionan con la fase del ciclo menstrual. En la década de los 90 las mujeres son por primera vez estudiadas como personas, además de cómo seres reproductores, y se hacen “visibles” para la medicina en todas sus especialidades.

Pero en los últimos 10 años hemos evolucionado, y la perspectiva de género ha hecho cambiar el enfoque del trabajo en salud, desde una concepción centrada en la enfermedad, y en la mujer como cuidadora de la salud de la familia y la comunidad en su conjunto, a plantear la salud como satisfactor de las necesidades humanas fundamentales, que concibe las relaciones de poder-subordinación y la división del trabajo como una causa de la desigualdad entre los sexos en el ejercicio del derecho a la salud. Por ello los objetivos no son dar formación a las mujeres para que puedan ser cada vez más cuidadoras de todos, sino facultarlas para la protección, promoción y autocuidado de su salud, con mecanismos de diálogo, concertación y negociación entre las instituciones de salud y las mujeres organizadas. Esta es la nueva perspectiva de género tanto para las actividades comunitarias en atención primaria como en las nuevas formas de hacer cooperación en salud[2].

¿Son las mujeres invisibles para la Medicina?

La invisibilidad de las mujeres en los trabajos de investigación ha sido una forma sutil de discriminación de las mujeres en Medicina.[3]Atendiendo a la definición de la palabra discriminación, como la acción o el efecto de establecer diferencias sociales, raciales, sexuales, segregando y dando trato de inferioridad por dichas diferencias[4]. En la investigación médica los primeros sesgos de género han sido la exclusión de las mujeres de los trabajos de investigación en los que se basa la asistencia y la docencia actual, y la falta de estudio diferencial de los resultados según el sexo incluyendo en los análisis la perspectiva de género. Dado que la asistencia sanitaria, y en concreto la atención primaria, basa su ciencia y actuación en la evidencia científica, la falta de investigación sobre la morbilidad diferencial, y la visión androcéntrica que tiene al varón como norma, ha sesgado la atención cotidiana de las mujeres, a las que se atendía a veces en unidades especializadas en salud reproductiva como si esto significara atención integral a las mujeres. La rigidez de la visión centrada sólo en el hombre ha producido sesgos en el momento del diagnóstico, tanto por considerar que enferman igual hombres y mujeres (cuando hay diferencias) como por considerar inversamente que, como son diferentes, no pueden tener problemas similares, o bien por no tener en cuenta los condicionantes biopsicosociales de las enfermedades[5]. Además de los sesgos en los diagnósticos, también se han producido sesgos de género en los métodos de exploración, en la valoración de la normalidad en los análisis clínicos, y en la aplicación de terapias sin ninguna diferenciación por sexo, ni en dosis ni en vía administrada.

En la década de los 90 un movimiento internacional de investigadoras impulsó la inclusión de las mujeres en los ensayos clínicos y el rigor científico aplicado al estudio de los problemas más prevalentes entre las mujeres

¿Puede ocultar la palabra género a las mujeres y a los feminismos?

Diferenciar las estadísticas por sexos ya ha sido una forma de saber qué es lo que ocurre a mujeres y hombres en determinadas enfermedades, o en relación a condiciones de vida o trabajo concretas. Ha sido un primer paso para visibilizar las diferencias. Pero el análisis de los resultados no siempre se ha hecho teniendo en cuenta la perspectiva de género. El hecho de entender que los roles de género (el papel de las mujeres como cuidadoras o trabajadoras en el ámbito doméstico, con la actual doble o triple jornada para las que trabajan también fuera de casa, y el del varón como suministrador exclusivo de los bienes de la familia) han supuesto una forma de supresión de los deseos y de enmascaramiento de los síntomas de uno y otro sexo.

Sexo y género no son sinónimos, aunque a veces la literatura anglosajona puede sustituir una palabra por otra. La perspectiva de género y la palabra género ha nacido de las ciencias sociales para identificar cómo los estereotipos llegan a condicionar las conductas, y también de las ciencias psicológicas que han comprendido como se han sesgado las construcciones de la subjetividad de mujeres y hombres por los estereotipos en que han vivido, sumergidos en el seno de las familias, de las escuelas y de la sociedad

Pero a veces la palabra género puede encubrir las diferencias, como la violencia doméstica o de género, encubre la violencia contra las mujeres. Género no es igual a mujer, y a veces el concepto de género se convierte en una nueva forma de reclusión de las diferencias en los discursos de algunas personas, y específicamente de algunos políticos y políticas que, sin haberse analizado, creen poder entender de lo que hablan, y sustituyen simplemente la palabra sexo por género, como si de hablar del género gramatical masculino y femenino se tratara. El concepto género puede ser usado precisamente en contra de la visibilidad y participación de las mujeres en la vida social, científica y académica. Todo depende del sentido y de la acción de las investigadoras para utilizarlo, y para que no esconda las diferencias.

¿Se nace o se construye la identidad sexual?

Una reflexión sobre los feminismos y la salud no estaría completa, sin reflexionar, sobre la ya famosa frase de Simone Beauvoir “La mujer se hace, no nace”. Las identidades de mujeres y hombres se construyen principalmente a través de los deseos. Pero la construcción de la identidad, y a partir de ahora prefiero hablar de identidades, no sigue un proceso lineal y voluntario, ni sigue el deseo propio. Desde el momento de la concepción el desarrollo humano tendrá que ver en principio más con el deseo de la madre, de la familia y del entorno, así como de los condicionantes hormonales, medioambientales, culturales que rodeen el embrión en desarrollo.

Las identidades no son construcciones simplistas, sino complejas, y asimilando la propia identidad sólo a un territorio, a un género, o a una patria, se pretende cubrir lo complejo con un estereotipo simple. Ser mujer o ser hombre, nos hace referir casi siempre a modelos imaginarios, que cada cual ha desarrollado en su interior, en función de los modelos, conversaciones, o relaciones, que ha establecido en el mundo familiar, escolar y actualmente en el mundo audiovisual, y virtual.

En los últimos años muchos de los conceptos de masculinidad y feminidad se han visto arrollados por los estudios queer que rompen estereotipos en el terreno del imaginario sexual de lo que significa ser hombre o mujer en abstracto, pero a mi modo de ver, no tienen en cuenta que este sexo y estas diferencias se incardinan en un organismo diferenciado. Existe un sexo biológico, que condiciona la formación del cerebro, el metabolismo del hígado y el funcionamiento diferenciado de múltiples tejidos del cuerpo, que dependen de los cromosomas, y que no cambia por la administración de hormonas. Solo cambia la apariencia. Y existen también los condicionantes sociales, que han marcado durante años las vidas de las mujeres desde el momento del nacimiento. Si pudiera, le explicaría a Simone de Beauvoir, que se nace mujer y también se hace, y que los feminismos diversos deben confluir en la defensa de todos los derechos de las mujeres, incluido el de la salud.

Carme Valls-Llobet.
Profesora de Enfermería y Presidenta de la Liga del Síndrome de la Fatiga Crónica.
Presidenta del CAPS, Centro de Análisis y Programas Sanitarios.

 

NOTAS.-

  1. Verbrugge, Lois M. “Gender and health: An update on hypotheses and evidence” Journal of Health and Social Behavior 1985; 26 (3): 156-182.

  2. Antolín , Luisa; Mazarrasa, Lucía. “Cooperación en salud con perspectiva de género”.Federación de Planificación Familiar de España. 1997.

  3. Valls-Llobet, C. Mujeres invisibles para la medicina, Capitan Swing . Madrid. 2020.

  4. Valls-Llobet,C “Discriminación de las mujeres en Atención Primaria”. Formación Médica continuada 2007; 14(7): 365-368.

  5. Valls-Llobet, Carme. El estado de la investigación en salud y género. En «Perspectivas de género en salud. Fundamentos científicos y socioprofesionales de diferencias sexuales no previstas. Grupo de Salud del Seminario Interdisciplinar de Estudios de la Mujer de la Universidad de Zaragoza. Minerva Ediciones, 2001

 

Categorized | Dossier, Política

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