Entrevista: Dora María Téllez: «Necesitamos la unidad y la solidaridad para la transición democrática en Nicaragua»

«Necesitamos la unidad y la solidaridad para abrir camino a la transición democrática en Nicaragua.»

Galde 41, Uda 2023 Verano. Clara Murguialday entrevista a Dora María Téllez.-

Dora María Téllez fue una protagonista destacada de aquella revolución sandinista que asombró al mundo en los años ochenta y una tenaz opositora a los gobiernos liberales y del FSLN, una vez que Daniel Ortega volviera al poder en 2007. La insurrección cívica de abril de 2018 alteró su vida de historiadora y dirigente política siendo apresada en junio de 2021, como decenas de personas opositoras. En diciembre pasado Dora María recibió el Premio René Cassin de Derechos Humanos 2022 otorgado por el Gobierno Vasco, pero no pudo recogerlo personalmente porque sufría aislamiento carcelario desde hacía 605 días en las celdas del régimen. El pasado 9 de febrero, Dora María fue una de los 222 nicaragüenses que fueron sacados de las cárceles y enviados a Estados Unidos en una operación negociada entre los gobiernos de Ortega y Biden, al tiempo que se les privaba de su nacionalidad. Al igual que un centenar de declarados apátridas, Dora María estrena estos días la nacionalidad española ofrecida por el gobierno español. Mientras se recupera y gestiona las condiciones de su sobrevivencia inmediata, saca un rato para contestar a las preguntas de Galde.

Clara Murguialday.- La revolución sandinista asombró al mundo y llenó de esperanza a millones de personas, pero es evidente que las cosas no han salido como se esperaban entonces. Más allá de la complejidad de causas y razones, y echando la vista atrás, ¿hay algo concreto que te arrepientes de haber hecho, o de haber dejado de hacer? ¿Hay también algo de lo que te sientas particularmente satisfecha u orgullosa?

Dora María Téllez.- Participar en la lucha armada sandinista para contribuir al derrocamiento de la dictadura de la familia Somoza, era lo que me tocaba hacer. Mi generación no tuvo otra opción pues la vía pacífica estaba totalmente cerrada. Yo me integré con la profunda aspiración de hacer un cambio revolucionario que lograra una Nicaragua sin personas en condición de extrema pobreza, sin niñas y niños padeciendo desnutrición; una Nicaragua sin ese elevado grado de analfabetismo que había; sin oportunidades y sin libertades. Me siento muy orgullosa de haber participado en la revolución sandinista, con sus luces y sus sombras. Creo que desaprovechamos la oportunidad de, a la par de mejorar las condiciones de vida del pueblo, en especial en educación y salud, establecer de manera decidida un sistema democrático donde prevaleciera la tolerancia y las libertades individuales y colectivas. Hubo mucha organización social, más que nunca antes: surgieron sindicatos, organizaciones comunitarias, campesinas, de jóvenes y de mujeres. Pero, sin duda, éramos intolerantes con lo que creíamos que eran diferencias con la revolución. No logramos hacer la crítica profunda del modelo autoritario de poder prevaleciente en Nicaragua desde el siglo XIX, que había mostrado el peor de sus rostros con la dictadura somocista; de tal manera que en nombre de la revolución reprodujimos los mismos patrones de conducta.

Por otro lado, los gobiernos que sucedieron al gobierno revolucionario ampliaron el espectro de libertades y democracia, pero descuidaron seriamente el mejoramiento de las condiciones de vida de la mayoría de nicaragüenses.

Has declarado que volverás a Nicaragua a luchar para recuperar todas las libertades. ¿Será volver a empezar, más de cuarenta años después, o esta vez será más sencillo y, sobre todo, más pacífico? ¿Cómo se podría resumir la propuesta de cambio que el pueblo nicaragüense necesita para recuperar la unidad y la ilusión de futuro?

D.M.T. – Frente a una nueva dictadura dinástica familiar, tenemos el desafío de lograr recuperar nuestras libertades, establecer una democracia plena y garantizar la apertura de oportunidades para cada nicaragüense. No es fácil lograrlo, pues el régimen de la familia Ortega Murillo se ha establecido y se mantiene con la represión. Conseguir esos objetivos pasa por el fin del régimen dictatorial mediante la lucha cívica. Hay quienes idealizan la lucha armada creyendo que fue sencilla y rápida; en realidad fue larga y profundamente dolorosa para la sociedad nicaragüense, que vio a miles de muchachas y muchachos sacrificar su vida para derrocar a la dictadura. Ahora se trata de avanzar mediante un cambio pacífico que rompa el círculo vicioso de revueltas armadas, guerra civil o revoluciones y regímenes autoritarios en el que sistemáticamente ha caído Nicaragua a lo largo de su historia.

Como vemos, terminar con una dictadura no es garantía para que posteriormente no se establezca un régimen autoritario. La única garantía posible es la de una expansión de ciudadanía, de personas con plenos derechos y en ejercicio de los mismos.

Nicaragua necesita urgentemente que se abra el camino a una transición democrática y para ello es esencial la unidad de todas las fuerzas que pretendemos enrumbar al país por una senda democrática y la solidaridad internacional. La dictadura de los Ortega Murillo está profundamente aislada y eso explica su masiva persecución a todo el liderazgo social, político, empresarial, sindical e incluso el religioso. Ha cerrado y confiscado a más de tres mil organizaciones no gubernamentales, cámaras empresariales, movimientos sociales, universidades privadas y medios de comunicación. Los partidos políticos han sido cancelados, el gremio de periodistas ha sido violentamente perseguido. No ha habido un solo día desde las protestas populares de abril de 2018 en que no haya habido un preso político. A la fecha hay 46 personas presas incluyendo el obispo Rolando Alvarez de la diócesis de Matagalpa. La persecución, hostigamiento, amenazas y procesos judiciales ilegales continúan contra toda persona de quien se sospeche sea opositora.

El aislamiento internacional es muy importante. No hay un solo país que pueda alegar ignorancia de las masivas y graves violaciones a los derechos humanos en Nicaragua. En nuestro continente ha habido una respuesta de condena clara y diáfana a esos hechos, al igual que en Europa. Esa solidaridad internacional sigue siendo esencial para nuestro país.

Parece que el régimen de Ortega-Murillo se ha ensañado especialmente en la represión contra las mujeres y las organizaciones feministas ¿cómo interpretas esto?

D.M.T.- El régimen de la familia Ortega Murillo ha manifestado un odio especial contra las mujeres organizadas, contra los movimientos de mujeres y las feministas. Casi sin excepción, todas respaldamos a Zoilamérica Narváez cuando ella introdujo una denuncia por abuso sexual y violación contra Daniel Ortega, considerado dentro de su partido como un caudillo sagrado e intocable. Poco después de regresar al poder en 2006, Ortega ordenó el procesamiento de un grupo de destacadas feministas y el allanamiento y robo de propiedades del Movimiento Autónomo de Mujeres.

Por otro lado, el movimiento de mujeres ha sido absolutamente consistente en la denuncia de la erosión y liquidación de los espacios democráticos, de las graves violaciones a los derechos humanos de la ciudadanía nicaragüense, no solamente en las calles dentro de Nicaragua o en el exilio, sino también en el ámbito internacional. Sus voces han sido de vital importancia para que las feministas de América Latina y Europa se hayan pronunciado por nuestros derechos y denunciado en sus países al régimen de los Ortega Murillo.

Ese odio a las mujeres organizadas es lo que explica que cuatro mujeres, Suyén Barahona, Ana Margarita Vijil, Tamara Dávila y yo hayamos sido las únicas personas sometidas a confinamiento en solitario durante veinte meses en las cárceles de El Chipote, de la Policía Nacional.

Hay una parte de la izquierda, tanto en América Latina como en Europa, que pese a todo lo ocurrido desde 2018 sigue defendiendo al actual régimen nicaragüense. ¿Qué valoración te merece este asunto?

D.M.T. – Yo creo que en la izquierda tenemos que reconocer que el proyecto revolucionario de los años sesenta tenía un contenido de justicia social, de vocación por los más pobres y de ansias de libertad frente a las dictaduras, pero no estábamos comprometidos con la democracia. De alguna manera, el movimiento de izquierda estaba permeado por el modelo de partido único de la revolución cubana a la que reconocíamos enormes avances en materia social, pero ciertamente en un contexto de falta de libertades políticas, de democracia. Una parte de la izquierda, tal vez la más tradicional, estaba aún salpicada de estalinismo, no explícito, pero sí real. En el sandinismo clandestino, debatir estos asuntos era prácticamente imposible, justamente por las condiciones en que se presentaba la lucha armada. Y tampoco hicimos ese debate posteriormente.

Pero ha llegado el siglo XXI y en la izquierda ha madurado un reconocimiento distinto de la realidad social. No se trata ya solamente de los pobres, sino también de los pueblos indígenas, los grupos discriminados o excluidos. La dimensión de los problemas sociales ha cambiado y los sujetos sociales y políticos también. La desaparición de las dictaduras militares en el continente abrió las puertas a la lucha política, cívica y electoral entre la derecha y la izquierda. Hemos visto a fuerzas políticas de izquierda acceder al poder político y también perder el poder político. Reconocemos que las elecciones son el método para dirimir las diferencias ideológicas o políticas en cada país. Ya no estamos ante la izquierda revolucionaria, sino ante una izquierda que actúa en procesos de evolución de las sociedades.

Sin embargo, aún nos encontramos sectores de la izquierda que, en nombre de ideas o recuerdos de luchas pasadas, vuelven a ver hacia otra parte cuando en un país como Nicaragua, un antiguo líder revolucionario, ahora sin ideología alguna, establece un régimen dictatorial y viola masivamente los derechos humanos de los nicaragüenses. No es concebible una izquierda moderna que admita eso. El compromiso esencial de la izquierda, según lo veo, es con la gente, no con quienes pasan de ser el ideal de líderes revolucionarios a ser caudillos tiránicos que cometen todo tipo de vejámenes, persecución, crímenes, encarcelamientos masivos, exilio y destierro forzado, confiscación de bienes, liquidación de libertades.

Yo comprendo el dolor que pueden sentir personas que fueron solidarias con la revolución sandinista y su resistencia a ver lo que sucede y condenarlo. Apelo al sentimiento que los movió a ser solidarios en los años ochenta: una esperanza de libertades y justicia social, no el compromiso incondicional con personas que luego se corrompieron. A quienes participamos de la revolución también nos ha resultado doloroso ver al sandinismo convertido en bandera enarbolada para cometer crímenes y ejercer una brutal represión sobre la mayoría del pueblo. Luchar contra eso es justamente la continuidad del compromiso revolucionario de los años setenta y ochenta.

Una izquierda sin compromiso profundo con la democracia no es una verdadera izquierda, pues los más pobres, los sectores más desprotegidos, discriminados y excluidos son quienes más necesitan la libertad de expresión, de organización, de movilización, la posibilidad de cambiar de gobiernos, de actuar para modificar las políticas públicas. Los que tienen poder de cualquier índole no necesitan tanto la democracia, pues sus voces son escuchadas por su posición y posibilidades.

En nuestro continente no solo la izquierda tiene el dilema de abandonar para siempre el modelo autoritario, también la derecha está forzada a hacerlo, de lo contrario nos veremos en poco tiempo frente a la emergencia de nuevos autoritarismos.

Tras los procesos revolucionarios de los años 70 y 80 y los fuertes retrocesos habidos con posterioridad, ¿cómo ves el presente y el futuro de la izquierda en Centroamérica?

D.M.T. – Centroamérica pareciera estar llegando a una nueva encrucijada frente al establecimiento de un régimen dictatorial en Nicaragua, el autoritarismo populista y la corrupción institucional en otros países. La región es zona de tránsito de drogas que van hacia el norte, lo que corroe las sociedades y eleva la inseguridad ciudadana. Vivimos en una región altamente vulnerable a los fenómenos naturales y con condiciones de incertidumbre. La migración política y económica parece estar en su punto más alto. Con la excepción de Costa Rica, el resto de la región acusa inestabilidad. Creo que, de todas formas, las sociedades centroamericanas avanzan aunque sea un camino sinuoso, con muchas vueltas y giros hacia atrás, que parecen retrocesos pero que no necesariamente lo son.

Si para orientar el camino de las generaciones que ya están tomando el relevo, tuvieras que sintetizar lo aprendido tras una vida de lucha y entrega a la causa de la justicia social y las libertades en Nicaragua, ¿Qué les dirías?

D.M.T. – Realmente no tengo mucho que decirles a las nuevas generaciones que tan brillantemente han levantado el estandarte de las libertades, la democracia, los derechos humanos y las oportunidades para Nicaragua, y que lo han hecho de forma extraordinaria, enfrentando el reto de salir adelante mediante la lucha cívica. Tengo esperanza en que estas generaciones cierren de manera definitiva el ciclo de regímenes autoritarios en el país.

 

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