En la catástrofe… la amenaza y el reto

«Monte Vesubio en erupción», Jacob More, 1780, National Galleries Scotland; con un grabado impreso de Plinio el Viejo, alrededor de 1584, Museo Británico.

Galde 38, udazkena 2022 otoño. Victor Gómez Pin.-

Catástrofes cíclicas.

A fin de asegurar el tipo de equilibrio en el entorno natural que conviene a nuestra especie, la ciencia se esfuerza en llegar a dominar la energía de fusión. Al respecto, los físicos reiteran una y otra vez la importancia de la siguiente pregunta: ¿cuánto tiempo necesitamos para esta transición energética? Y la verosimilitud de que quizás haya que esperar más de medio siglo, abre una perspectiva inquietante: antes de controlar la fusión nuclear y tener operativos reactores, es posible que hayamos consumido todas las otras fuentes de energía y contaminado, de forma irreversible, nuestro planeta. Si tal fuera el caso, la humanidad podría retroceder a estados de civilización primitivos y tener que esperar millones de años para volver a disponer de suficientes combustibles fósiles, que permitieran, por así decirlo, empezar a evolucionar desde cero. Este asunto de la posibilidad de una catástrofe que obligue al hombre a volver a un arcaico punto de arranque, es algo más que una mera conjetura y de hecho atraviesa tanto la literatura científica como la filosófica, a veces en forma de mito, y con un rasgo común: la catástrofe, expresión de la violenta tensión interna que es motor de los cambios naturales, sería para el hombre una ocasión de enfrentarse a sí mismo, asumiendo la faz violenta del orden natural, empezando por conocer sus causas.

Sálvese quien pueda versus acercarse al núcleo que explica la catástrofe.

Unos se apiadaban de sí mismos, otros de la suerte de sus próximos. Algunos imploraban la muerte por temor a la misma muerte. Muchos elevaban los brazos rogando a los dioses; los más sentían que no había ya dioses en parte alguna, que esta noche era eterna y la última”. Así describe el hombre de leyes y escritor romano Cayo Plinio, conocido como Plinio el Joven, el terror de la población ante la amenaza que se cierne sobre la bahía de Nápoles por causa de la erupción de la montaña. Ignorando que el Vesubio era un volcán, aquellos sorprendentes fenómenos sólo podían ser interpretados como una suerte de castigo. El narrador nos dice que, en el desconcierto, los fugitivos se empujaban sin pudor, preocupados tan sólo por escapar de la nube inquietante. Hay sin embargo un comportamiento que hace excepción, el del mismo tío del narrador, Plinio el Viejo quien, lejos de huir, parece atraído por el fenómeno, como si fuera menos una amenaza que un reto, y mira de frente la nube grisácea, pronto claramente negra, que se extiende por la bahía y que no parece ser una mera acumulación de partículas, consecuencia por ejemplo del incendio de un bosque.

Desvelar la naturaleza en los momentos en los que esta provoca estupor fue siempre el objetivo de Plinio. Por ello, a diferencia de aquellos en los que el miedo incrementaba el miedo, Plinio no escapó ante la calima, sino que quiso ver qué había detrás. Quiero creer que consiguió su objetivo, ciertamente a un alto precio, que estaba dispuesto a asumir. Plinio muere en su intento de explicar la catástrofe. Otras veces la catástrofe será más bien recurso último de explicación.

Catástrofe como matriz de explicación. Cuando en 1831 Darwin se embarca en misión de naturalista para el viaje alrededor del mundo que le conduciría al descubrimiento de fósiles de especies desconocidas, la teoría oficial seguía siendo todavía que las especies, una vez surgidas (en un acto que sólo podía ser considerado como creación), permanecen sin cambios. Sin embargo los naturalistas sabían y sostenían públicamente que ciertas especies habían desaparecido. ¿Cómo hacer compatibles ambas cosas? La hipótesis de las catástrofes, defendida concretamente por el naturalista francés Georges Cuvier, era uno de los recursos: a intervalos un cierto número de especies eran aniquiladas como resultado de un violento cataclismo, pero la diversidad de la vida se mantenía en razón de que, como resultado de un nuevo acto de creación, otras especies las sustituían. Así, mediante la tesis de las creaciones sucesivas tras las correspondientes catástrofes, se intentaba conciliar el creacionismo y la evidencia de la extinción y aparición de nuevas especies

Entre los “catastrofistas” contaba Charles Lyell, mentor de Darwin en Cambridge, cuyos “Principios de Geología” tenían para muchos un carácter subversivo, en razón sobre todo de que desafiaba un dogma, a saber, que la configuración actual de la Tierra era fiel, en grandes rasgos, a lo contemplado por Noé en la calma que supuso la retirada de las aguas. En realidad el debate era de alguna manera una competencia entre teorías de catástrofes. Por un lado: lluvias torrenciales, erupciones volcánicas, temblores de tierra, etcétera, habían determinado a lo largo de los siglos la actual repartición entre mares y continentes, la forma de las cadenas montañosas, el trazado de los grandes ríos o la ubicación de sus fuentes. Por otro la causa de la configuración no era sino esa catástrofe que había supuesto el gran diluvio. Mito desde luego cargado de enorme fuerza.

Catástrofe y técnica.

Pues el diluvio, que abolía la diferencia entre el desierto y sus oasis, habría hecho desaparecer toda vida reconocible si Noé, inspirado por su dios pero considerado loco por los hombres, no hubiera construido pacientemente, a lo largo de 120 años, su arca en el desierto y dado cobijo en ella a representantes de especies animales. El mito del diluvio es así un ejemplo emblemático de cómo, a través de los recursos narrativos, se ejemplariza algo esencial, a saber, el enorme peso de esa unidad inextricable de técnica y arte, designada por el término griego techne, por la que el hombre se singulariza entre las especies animales. Noé es un símbolo del hombre como paciente y laborioso technites, condición que, pese a la intensidad de la catástrofe, hará posible la persistencia de una naturaleza vivificada por especies animales.

Pero precisamente porque la técnica es una de los rasgos que hacen la singularidad radical del ser humano es imprescindible saber qué cabe y qué no cabe esperar de la técnica. Una consecuencia indeseada de priorizar la tecnología es que el hombre haya llegado a pensar que su saber puede adelantar a la naturaleza para satisfacer necesidades que la propia tecnología ha creado. Pretender que con la tecnología los humanos podamos vencer a la naturaleza va en contra de la noción misma de técnica que (como ya Aristóteles indicaba) encierra entre sus notas la de tomar como modelo -imitar- a la naturaleza: “Dado que la naturaleza no imita al arte, sino que el arte imita a la naturaleza ( mimeitai gar ou ten technen he physis, all’ aute ten physin). Y es en base a esta prudencia, este saber de nuestras limitaciones que surge como corolario el problema propiamente ético:

La naturaleza se deja desvelar no violentar.

Reconocer la singularidad de lo que supuso la aparición del hombre en la historia evolutiva, exige encontrar criterios para trazar la frontera entre lo que es instrumentalización legítima del marco natural y el maltrato del mismo. Pero insisto: la base del problema es que si la intentamos transgredir la necesidad inherente a la naturaleza, esta nos pondrá en su sitio. La naturaleza se deja desvelar por la ciencia (cuya esencia consiste en la intelección, la platónica visión de un universo de conceptos), pero no se deja violar por artilugio alguno. No hay peligro de que la técnica del hombre ponga en peligro la necesidad natural, pero sí hay peligro de que interrumpa la modalidad de esa necesidad que es necesaria para la existencia humana.

La común devoción por el progreso.

El uso de la tecnología para intentar extraer de la naturaleza más de lo que esta está dispuesta a ofrecer, lejos de ser un paso hacia la verdad es un avance ciego hacia lo imposible. Hay cosas en las que la idea misma de progreso continuo es un desvarío y una amenaza. El conocimiento científico progresa, y es de desear que no deje de hacerlo, por ejemplo a fin de conseguir la energía limpia a la que arriba me refería. Ahora bien: los diferentes ámbitos en los que se desarrolla la sociedad humana ¿han de regirse por el imperativo del progreso continuo? Pasando de la física elemental de Demócrito, a la de Galileo y Newton y de esta a la relatividad restringida, se progresa en el sentido de que se avanza en el conocimiento de la naturaleza. La relatividad restringida y general se adecúan mayormente a la verdad escondida de la naturaleza que la física newtoniana. Sin embargo no hay mayor verdad en la versos de Mallarmé que en los de Homero, ni en la música de Debussy que en la (para nosotros perdida) de la tragedia griega. El interés de los creadores emblemáticos del siglo XX por formas de expresión artística antes consideradas primitivas, es un claro indicio de lo generalizado de esta concepción entre los grandes del arte. El arte sólo avanza a la manera de la espiral de Arquímedes (dónde la recta que el hombre va trazando con sus logros gira a idéntica velocidad que el pincel mismo).

Victor Gómez Pin.
Catedrático Emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona.

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