El traslado de la colección de patrimonio industrial mueble

 

Una oportunidad para la reflexión

Galde 42, Udazkena 2023 Otoño. Ainara Martínez Matía[1]

¿Es el nuestro un país industrial? Si hacemos caso de los mensajes que, incansablemente, nos llegan a través de los medios de comunicación y las redes sociales la respuesta parece estar cada día más cerca del no: noticias sobre porcentajes de ocupación hotelera, número de visitantes, regulación de las visitas guiadas en ciudades… y, por supuesto, la sempiterna referencia a nuestra gastronomía proyectan una imagen mucho más próxima al sector servicios, con el turismo como buque insignia de la economía vasca. Otras fuentes, como el Eustat, revelan que en la capv el peso específico del sector secundario es un nada desdeñable 24 % de nuestro PIB, superior, desde luego, al 6,5% de las actividades turísticas. Curiosamente, si preguntamos a quienes aquí vivimos y a quienes nos visitan, la impresión general parece ajustarse más a estos datos estadísticos. La mayoría coinciden (coincidimos) en identificar de manera inequívoca País Vasco e industria. Cierto es que también habrá consenso en admitir que el tejido fabril vasco «ya no es lo que era», y que las generaciones más jóvenes parecen estar ya desconectadas de esa identidad asentada sobre el olor de la taladrina, pero existe todavía un imaginario suficiente en el que fundamentar la narración de un pasado, un presente y, qué duda cabe, un futuro industrial.

En cualquier caso, hubo un momento en que la importancia de la industria para los territorios vascos era tan evidente, tan poco discutida, que las instituciones apostaron, incluso, por crear un museo que mostrara lo que había significado por estos lares. En la década de 1980, en un contexto de brutal crisis económica, con cientos de empresas cerrando sus puertas y otras muchas sumergidas en dramáticos procesos de reconversión, el Gobierno Vasco planteó la creación del Museo de la Técnica del País Vasco. La historia de este proyecto frustrado se ha contado en numerosas ocasiones, y no es objeto de estas líneas. Baste decir que estas casi cuatro décadas de azarosa (in)existencia han dado como resultado una colección más de 2.000 piezas (custodiada y gestionada por el Departamento de Cultura del ejecutivo vasco) que podemos merecidamente reivindicar como una de las más relevantes del estado español. No sólo contiene máquinas y herramientas; también cuenta con catálogos, fotografías, maquetas, planos, letreros, documentos, muebles… Una representación tan variada como fascinante de lo que siglo y medio de revolución industrial ha supuesto en nuestro entorno.

A principios del siglo XXI, esta colección (que inicialmente se custodió en las antiguas naves de ferrocarril de la Compañía Orconera, en Lutxana-Barakaldo) había sido trasladada a Bilbao, y ocupaba dos plantas de un edificio industrial ya en desuso:el de la empresa Consonni, en la Ribera de Zorrotzaurre. Allí fue donde, en 2012, cuatro historiadoras miembros de la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial y Obra Pública (María Molinuevo Zaballa, María Romano Vallejo, Amaia Apraiz Sahagún y yo misma) tomamos contacto profesional con aquellos dos millares largos de objetos. Las labores que realizamos hasta 2020 pueden conocerse a través de las intervenciones que las integrantes del equipo hemos realizado en distintos congresos especializados, y en otras publicaciones firmadas por personas ajenas a estos trabajos. Merece la pena destacar que gracias a ellas llegamos a un conocimiento profundo de la colección que nos permitió abordar las etapas sucesivas con la seguridad de contar con criterios bien sustentados. Además, durante los ocho años que dedicamos a estas tareasse produjo un cambio fundamental, quizás el más decisivo en la historia reciente de estos artefactos. Desde el centro de patrimonio cultural vasco se tomó en 2015 la decisión de abrir al público la colección, que hasta entonces sólo había podido ser contemplada parcialmente con motivo de algunas exposiciones temáticas. Eso tuvo dos consecuencias inmediatas. Por un lado,  iniciar un programa de visitas, primero limitadas a grupos escolares y asociaciones culturales y pronto dirigidas al público en general, abriendo la nave un día a la semana. Por otro, recuperar mecánica y funcionalmente algunas de las piezas allí expuestas, para dotar a la colección de mejores recursos interpretativos. Así, desde 2018 se ha intervenido una decena de piezas: la maqueta del convertidor Bessemer, dos cableadoras de la Compañía Franco-Española de Cables y Alambres, un laminador para dientes de horca, un telar para tejidos elásticos, una caramelera, la maquinaria del reloj de las oficinas de Altos Hornos de Vizcaya, una pequeña cordelera, un torno para copiar hormas de zapatos y una cerradora de latas.

Por tanto, cuando en 2021 la colección volvió a ser trasladada, para regresar, curiosa y quizás paradójicamente, a las naves en que estuvo previsto crear aquel museo industrial todavía no materializado, la situación era muy diferente a la de dos décadas antes. Cuando las piezas abandonaron Orconera, no existía ninguna previsión de que fueran a ser mostradas, más allá de algún préstamo puntual. Ahora, de vuelta en las mismas instalaciones, nos encontrábamos con una colección parcialmente abierta al público, con un programa estable de visitas y una mejora sistemática de sus contenidos. Lo que es más: este segundo traslado ha ido acompañado de un proyecto expositivo, pues el edificio sur se ha concebido como almacén visitable, algo que ni siquiera se había planteado en las etapas anteriores.

Todo ello nos da una ocasión inmejorable para la reflexión, para resituar el papel que este excelente elenco de objetos industriales tiene en la sociedad vasca actual y para reevaluar su capacidad de transmitir significados en pleno siglo xxi. ¿Qué sentido tiene un depósito de patrimonio mueble industrial (pues eso es hoy Orconera) en una sociedad que, como indicábamos al arrancar este artículo, parece haber interés en encaminar hacia la economía de servicios? ¿Puede reducirse este espacio (casi 1.500 m2 distribuidos en dos naves, de los cuales la mitad son accesibles al público) a un recurso turístico que ciertas personas elegirán si es que tienen tiempo después de cumplir con las visitas obligadas? No parece que deba ser esa su vocación, sino, más bien, la de dirigirse a transmitir significados relevantes sobre nuestro pasado, presente y futuro industrial. Pues, si bien todos los objetos custodiados están ya en desuso (muchos de ellos han llegado allí precisamente por obsolescencia, ajenos ya a la práctica productiva actual), la interpretación que se les da se hace desde el presente, y pretende dar herramientas para imaginar el futuro. Una colección así es mucho más que su valor testimonial, que es enorme; y si por algo destaca, es por sus muchas capacidades: despertar vocaciones, conectar experiencias intergeneracionales, fomentar valores como la igualdad, cuestionar modelos económicos y sistemas de trabajo, concienciar sobre el papel de los modelos productivos en el cambio climático…

En definitiva, debemos actuar con ambición, y no aspirar únicamente a contar la historia de la industrialización vasca a través de una recopilación de objetos de diferentes épocas, testimonio de tecnologías diversas. La recopilación, por la propia intrahistoria de la colección, siempre generará disonancias y contará con vacíos difíciles de soslayar. La reflexión que debemos iniciar a partir de aquí, con la colección de patrimonio industrial mueble ya trasladada a Orconera y abierta regularmente al público, es cómo vamos a lograr que la sociedad conecte con esta realidad industrial y en qué medida la interpretación de aquellos objetos puede resultar útil en este propósito. Pues el patrimonio cultural, también el industrial, sólo tiene sentido si cuenta con una comunidad que lo respalda, lo salvaguarda y tiene vocación de transmitirlo.

  1. Presidenta de la sección española del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial (ticcih-España).
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