Diez años del fin de la violencia de ETA: una conmemoración frustrada.

 

 

Galde 35 negua 2022 invierno. Luis Castells[1] 

Un lamento.- Hace unas semanas vivimos el décimo aniversario del fin de la “actividad armada” de ETA, preámbulo dilatado de su desaparición ocho después. Debería haber sido un hito de conmemoración y recuerdo compartido, de haber reflexionando serenamente sobre lo que supuso la violencia terrorista, partiendo de que aun cuando hubo varios terrorismos el que condicionó y marcó la vida del país fue el de ETA.

Es una fecha así que marca el triunfo de la democracia sobre el terrorismo, el momento en el que un proyecto totalitario como el de ETA, que ejerció a través de la violencia la limpieza étnica y cuyo propósito era la homogeneización nacional de la ciudadanía, debió abandonar las armas como consecuencia de la fortaleza del Estado de Derecho. No obstante, esta conmemoración se ha visto empañada por la lucha partidista, por la invasión de posturas radicales animadas por un exclusivismo cognitivo conforme a la polarización política que vivimos y frustrante para el que reclama visiones ponderadas elaboradas bajo la luz del candil académico. Muy posiblemente este tratamiento tan condicionado por el presente del fin de la violencia de ETA resulte lógico dado que es un fenómeno reciente (estamos todavía en el duelo, que dice Imanol Zubero), que sigue, quiérase o no, formando parte de nuestras vidas, más aún cuando la marca civil heredera de lo que fue ETA, Sortu, continúa siendo un agente político de primera importancia en el panorama español. Hace unos días, el filósofo José Luis Pardo nos aleccionaba acerca de cómo la polarización de las formaciones políticas se ha proyectado como un foco deslumbrante y cegador a la sociedad, inundando los espacios y anulando ámbitos de neutralidad o imparcialidad civil. Así, en este contexto, el recuerdo del fin de la violencia de ETA ha sido el escenario para alimentar otra confrontación entre el PP y el PSOE, formaciones que en su momento fueron objeto del terrorismo de la banda. Conviene subrayar este hecho porque tal circunstancia provocó que, en Euskadi, en aquel tiempo, llegaran a establecerse estrechos lazos de afectividad entre militantes y simpatizantes de ambos partidos debido a la común persecución que padecían. Ahora el discurso que predomina es el de que unos echan en cara a los otros que ETA no ha sido derrotada porque sigue muy activa a través de Sortu (ETA está más presente que nunca, Mayor Oreja dixit), en tanto que algunos de los que reciben ese reproche resaltan su protagonismo en el fin de la banda y conforme a ello destacan la incidencia de la vía negociadora impulsada bajo el gobierno Zapatero (la palabra venció a las pistolas. Rodríguez Zapatero).

Este juego de rivalidades políticas, esquivo con los matices y a los argumentos complejos, ha sumido este aniversario en un cruce de reproches entre fuerzas que, sin embargo, fueron actores activos para que ETA tuviera que abandonar las armas. Y es que el simple hecho de que los militantes del PP y del PSE de Euskadi no desistieran frente el acoso de ETA, siguieran desempeñando la actividad política con el riesgo de sus vidas, motiva que esas hornadas de miembros de ambas formaciones merezcan un reconocimiento público, sin distinciones partidistas. Los ciudadanos de Euskadi les debemos a ellos una enorme gratitud. Quizá si se hubiera pensado más en las personas que sostuvieron la democracia en Euskadi en aquellos años y no en los intereses de grupo de ahora, la conmemoración hubiera tenido otro carácter.

El gorrón (veáse Mancur Olson).- En medio de esta ceremonia de debates se coló el gorrón, que aprovechando que los focos mediáticos estaban dispuestos y encendidos logró introducirse para desplazar a los protagonistas. Este gorrón es, claro, Sortu. Podía haber sido una buena fecha para haberse desvinculado de ETA, pero tal cosa todavía no está en su universo y a cambio hizo una representación con la que consiguió dos cosas: situarse en el centro del escenario y cambiar los términos del debate. El foco mediático no se centró en ETA y el mal que hizo a la sociedad española, sino en lo que melifluamente los dirigentes de Sortu Otegi-Rodríguez (¿dónde está Bildu?) denominaron “Declaración del 18 de octubre” y en el estudio cuasi hermenéutico que a continuación se desató en torno a la frase del “pesar y dolor” por la “violencia de ETA” que contenía esa exposición. Como señalara el propio Otegi esa misma tarde con los suyos, el objeto de esa declaración era poner un cebo que centrara la atención y que el debate girara en torno a la izquierda abertzale y sus hipotéticos avances a la hora de considerar su pasado.

Consiguió su objetivo, pero, además, de rondón, coló también el discurso de la izquierda abertzale sobre el fin de ETA y su versión en la confrontación sobre el pasado. Lo hizo ya en el propio enunciado de la declaración pues esta se produjo no porque ETA depusiera las armas forzada por el Estado democrático, sino con motivo del décimo aniversario de la Conferencia Internacional de Aiete y el fin de la violencia armada de ETA, de manera que el cese de su actividad se contempla a través de un sintagma no negativo y polisémico (violencia armada) y, sobre todo, se traslada a una conferencia, a una negociación, en definitiva. Se apuntala así la visión que ofrece este mundo que gira básicamente en torno a: a) ETA no fue derrotada, luego no hay vencedores ni vencidos, b) el fin de su actividad fue una decisión de la organización, c) consecuencia de un proceso negociador propiciado por el impulso vasco y, por último y, para disipar cualquier atisbo de desánimo, d) tal proceso se consumó obteniendo una victoria pues se quebró el bloqueo del Gobierno del PP[2]. La conclusión presentista y de consumo interno que se extrae es que al final el único derrotado ha sido el PP. Una interpretación delirante pero que responde a esa lógica de Groucho Marx cuando decía “a quién va a creer, a mí o a sus propios ojos”.

Coda. La resaca­.– A juzgar por las reacciones entusiastas iniciales de las dos grandes formaciones de la izquierda española, el PSOE y Unidas Podemos, habría que convenir que Aiete ha sido un hito histórico en la trayectoria de la izquierda abertzale, un punto de inflexión al decir del portavoz de la ejecutiva del PSOE o un punto sin precedentes según la ministra Belarra. La misma declaración leída en su totalidad y hechos posteriores (véase la declaración del Parlamento Vasco del 21-10-21 con la excepción de Bildu) dan pie a pensar que es un entusiasmo impostado en algunos y utilitario en otros, y que obedece a un propósito: dar por buenos los pactos y alianzas con Bildu presentes y los que han de llegar. Como señalaba un titular de un periódico reflejando el deseo de PSE y Podemos: Aiete abre una nueva etapa de acuerdos.

No extraña tal postura en Podemos pues Bildu-Sortu es parte integrante de su plan estratégico de conformar la nueva dirección de Estado, lo que le lleva a obviar la exigencia del foco histórico que reclama para el franquismo y sus crímenes, para aplicar, en cambio, la idea de la naturaleza muerta con la trayectoria histórica de la formación de la izquierda abertzale. En la lógica de Podemos el pasado del franquismo está muy vivo. El de ETA y su brazo civil, por el contrario, está fenecido y no debe ser tenido en cuenta. Personalmente, sin embargo, lo que me ha llamado la atención es la resaca que ha dejado en algunos dirigentes del PSE la declaración de Aiete, que les ha servido para enfatizar un término-compendio: la normalidad de Bildu, que debe ser considerada como una formación más, un partido normal, incluso ya sin herencias del pasado (Egiguren dixit). Lo que en Podemos es ya una consideración que ha tomado cuerpo (Bildu es una formación próxima, de izquierdas y al parecer con label democrático), en el PSOE aún se plantea como tentación, aunque ello no le ha impedido ya “normalizarla” por la vía de los pactos acordados. Es un juego con riesgos pues abre una vía cuyo desarrollo implica confundir legalidad con las exigencias democráticas que se deben plantear con toda formación política con la que se buscan alianzas, a la par que primar el tacticismo, los intereses inmediatos relacionados con el poder, sobre la necesaria lectura ética del pasado. En esa encrucijada se encuentran.

  1. Profesor Emérito de la UPV/EHU.
  2. Ramón Sola, “Diez años de Aiete y la decisión de ETA”, Gara, 15 de octubre de 2021.

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