¿Decrecimiento o Postcrecimiento? Debates en tiempo de recesión

Galde 30, 2020/otoño. Koldo Unceta.-

A lo largo de los últimos meses, y al calor de la recesión económica provocada por la crisis del Covid19, han proliferado textos, manifiestos y documentos diversos en los que se apunta a dicha recesión como una oportunidad para organizar la economía de otra manera, en línea con la idea o propuesta del decrecimiento. Ello fue especialmente visible durante el pasado mes de mayo, momento en el que la crisis se extendía por todo el continente europeo, sembrando la incertidumbre y temor entre la mayoría de la población.

Así, a principios de ese mes, académicos holandeses firmaron un manifiesto a favor de cambios radicales en el escenario económico que distintos medios de prensa calificaron como “manifiesto a favor del decrecimiento”. Otro tanto ocurría con otro manifiesto, suscrito esta vez por varias decenas de profesores universitarios aquí en Euskadi. La semana siguiente, el 15 de mayo, la revista Ctxt publicaba un texto titulado “Decrecimiento, nuevas raíces para la economía” promovido en diversos países por el colectivo Degrowth New Roots, y poco después, el 26 de ese mismo mes, Giorgios Kallis, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y coautor de un libro titulado The case of degrowth, escribía un artículo en elDiario.es que reivindicaba “la necesidad del decrecimiento en tiempos de pandemia”. Con posterioridad, los pronunciamientos y artículos en favor del decrecimiento han continuado sucediéndose, si bien con menos presencia que durante la pasada primavera.

Como ocurre con otras ideas que se presentan como alternativa, la noción de decrecimiento suscita numerosas adhesiones en algunos sectores sociales. Sin embargo, se trata en mi opinión de un concepto confuso, que no sólo no aporta nada nuevo, sino que confunde y distorsiona el debate sobre las alternativas al sistema económico vigente.

¿Qué significa realmente el decrecimiento?

La noción de decrecimiento fue acuñada en Francia a comienzos de este siglo, para posteriormente ir ganando terreno en otros países de Europa en determinados movimientos sociales así como en algunos medios académicos. En sus inicios, el término se forjó como crítica de una concepción de la economía basada en el crecimiento, en el aumento permanente del PIB/hab. La necesidad de decrecer se planteaba como respuesta a la obsesión por crecer, como réplica a la insistencia en fundamentar todas las decisiones políticas en el objetivo de incrementar la producción de bienes y servicios como supuesta garantía del bienestar de la gente. De hecho, la ortodoxia económica -que basa todas sus propuestas en lograr un mayor crecimiento económico- considera que el aumento del PIB/hab. constituye la clave para el logro de un mayor bienestar, argumentando que dicho aumento se traduce en una mayor oferta de bienes y servicios, y en una mayor cantidad de empleos disponibles.

La realidad, sin embargo, es bien distinta. El PIB representa el valor de la producción global de bienes y servicios de un país medida en términos monetarios, es decir, en dólares, en euros o en yuanes. Por lo tanto, mediante el PIB no se mide la producción en función de su utilidad social, sino según su valor de mercado. Ello explica que haya muchas cosas importantes para el bienestar de las personas y para el funcionamiento económico -como una parte importante de los cuidados y de otras actividades que no están monetizadas- que no forman parte del PIB pues no se adquieren en el mercado. Por otro lado, algunas actividades que no aportan nada al bienestar -como la producción de armamentos- se contabilizan como creación de riqueza pasando a formar parte del PIB. Y lo mismo ocurre con actividades fuertemente contaminantes o altamente consumidoras de recursos no renovables, que de hecho destruyen mucho más de lo que aportan. Finalmente, es preciso recordar que el vínculo entre el incremento del PIB y la creación de empleo se ha debilitado considerablemente en los últimos años como consecuencia de las transformaciones tecnológicas y los cambios operados en los procesos productivos, lo que cuestiona en buena medida la defensa del crecimiento económico como garantía de generación de empleo.

Es lógico por tanto que, en base a todo lo anterior, no tenga mucho sentido seguir defendiendo el crecimiento económico a cualquier precio y se abran camino alternativas basadas en otros presupuestos. Ciertamente, es preciso razonar más allá del crecimiento a la hora de plantear nuevas formas de entender y organizar los procesos económicos en clave de bienestar, equidad y sostenibilidad. Ahora bien, superar la trampa del crecimiento económico ¿supone estar a favor del decrecimiento? En mi opinión, no. Es más, creo que, en las actuales circunstancias, la defensa del decrecimiento constituye una importante rémora para movilizar energías sociales en favor de una alternativa económica realmente emancipatoria.

Para comprender esto, es preciso tener en cuenta que el crecimiento económico es un concepto que no admite demasiadas interpretaciones. Se trata de un término muy preciso, que se refiere expresamente al incremento del PIB/hab. Por consiguiente, en primera instancia, hablar de decrecimiento supondría reclamar una disminución de dicho PIB/hab. Ahora bien ¿tiene sentido pensar que una reducción del valor monetario de los bienes y servicios producidos represente por sí mismo algo necesariamente positivo? Parece evidente que no, y a los hechos me remito. Existen numerosos ejemplos de países y territorios cuya economía ha decrecido -en los que ha disminuido el PIB/Hab.- y en los que, sin embargo, no ha disminuido la pobreza, ni la desigualdad, ni la destrucción de recursos naturales. Y es que, siendo necesario superar el falso vínculo entre crecimiento y prosperidad, la clave está en abordar aquellos retos que están detrás de la crisis sistémica en la que nos encontramos sumidos. ¿Cuáles serían entonces esos retos?

Dadas las limitaciones de espacio de un artículo como éste, me limitaré a señalar algunos asuntos principales. El primero y más importante es sin duda el reto de la desmercantilización. A lo largo de las últimas décadas hemos asistido a un proceso de mercantilización de todos los aspectos de la vida como nunca antes se había producido. Si, bajo la hegemonía del pensamiento keynesiano, el mercado había estado sujeto a diversos controles y regulaciones desde las instituciones, en la nueva época marcada por la lógica y las políticas neoliberales iniciada desde los años 80, el mercado pasó a erigirse en el centro y en la referencia absoluta de todo, convirtiéndose la desregulación en objetivo expreso de las políticas y condicionando por completo la vida económica y la toma de decisiones de agentes tanto públicos como privados.

El mercado, como institución, ha existido siempre. Pero como bien señaló en su día Polanyi, su papel en la vida social ha ido evolucionando con el tiempo. En efecto, a lo largo de la historia, las relaciones económicas establecidas por las personas para satisfacer sus anhelos y necesidades habían venido descansando sobre el intercambio mercantil, pero también sobre otros dos tipos de relación: la redistribución (sobre la base de un tercero con capacidad recaudatoria y proveedora de bienes y servicios públicos) y la reciprocidad (en base a la colaboración, el trabajo voluntario de carácter colectivo, el intercambio no monetario y otras formas de satisfacer las necesidades humanas desde una racionalidad distinta a la utilitarista convencional). Sin embargo, en las últimas décadas, estas otras formas de relación económica han ido perdiendo terreno frente a la acelerada mercantilización, que ha afectado tanto a las relaciones entre las personas, como a las que se establecen entre éstas y el resto de la naturaleza, operando como un fenómeno socialmente desintegrador y ambientalmente depredador, además de antidemocrático en el plano político e ineficiente en el económico. De ahí que la desmercantilización constituya un desafío ineludible, de manera que pueda recuperarse el espacio de lo público y de lo comunitario como elementos importantes para la relación entre las personas y la satisfacción de las necesidades humanas. ¿Puede esa desmercantilización representar una disminución del valor del PIB/hab.? Sin duda. Ahora bien, ¿representa la disminución del PIB/hab. una reducción de la esfera de lo mercantil? Pues no necesariamente.

Hay también otros retos importantes como son la desmaterialización de la producción (acompañada de la reducción del consumo superfluo), la descentralización de las actividades económicas, o la democratización en la toma de decisiones. Pero lo cierto es que ninguna de estas cuestiones depende directamente de una disminución del PIB/hab. que, como se ha insistido, es un indicador meramente monetario, que no representa en modo alguno la magnitud de los flujos de energía y materiales, ni da cuenta de la eficiencia social. Ahora bien, si está claro que la disminución del PIB/hab. no está expresa y directamente relacionada con la necesaria e impostergable reestructuración de la vida económica. ¿Porqué insistir en la consigna del decrecimiento?

Algunos defensores del decrecimiento señalan que, en realidad, ellos no están proponiendo estrictamente una disminución del PIB/hab. sino un cambio global en la forma de organizar dicha vida económica. Desde estos sectores se viene a decir que con la idea del decrecimiento no se pretende hacer una propuesta específica, que pueda traducirse en políticas e indicadores espcíficos. Que se trata más bien de una “palabra-obús”, de provocar un terremoto que obligue a “repensar sobre el crecimiento”.

Ahora bien, la crítica del la crítica del crecimiento como fundamento del sistema económico no es en absoluto algo novedoso, sino que viene de largo, concretamente desde que Stuart Mill cuestionó el crecimiento económico y defendió el estado estacionario, nada menos que en 1848, hace la friolera de 170 años. Y desde entonces, la idea de un crecimiento económico ilimitado ha sido cuestionada por numerosos economistas y científicos sociales en cantidad de trabajos y propuestas. ¿Cuál es entonces la novedad, qué aporta de nuevo esta noción de decrecimiento, planteada en términos difusos? En mi opinión, no demasiado. Porque llamar decrecimiento a una propuesta genérica que –según ese argumento- no reclama expresamente la disminución del PIB/hab. –es decir, que no reclama la reversión del crecimiento- no parece tener mucho sentido y sólo conduce a la confusión.

Además, la noción de decrecimiento no sólo es confusa y ambigua, sino que, en momentos como éste, de clara recesión económica –llevamos ya dos trimestres seguidos con cañísad del PIB/hab.- , de pérdida de miles y miles de empleos, su uso es bastante problemático, por decirlo suavemente. De ahí probablemente la escasa incidencia social que han tenido algunos manifiestos y declaraciones como las comentadas al comienzo de este artículo. O de ahí probablemente el silencio que otros sectores decrecentistas han mantenido en muchos países ante los efectos de la recesión provocada por la pandemia.

Más allá del crecimiento y el decrecimiento: pensar en una clave postcrecimiento.

Como ya he señalado al principio, es imprescindible plantear alternativas económicas que no descansen en el logro de un mayor crecimiento económico. Pero creo que es preciso ir más lejos: hacen falta propuestas que pongan el centro de atención en los cambios estructurales necesarios, algunos de los cuales he apuntado más arriba, sin que las variaciones en el PIB –en un sentido o en otro- sean la referencia. Ciertamente, está fuera de toda discusión que la necesaria desmercantilización de algunas actividades económicas es incompatible con la apuesta por el crecimiento. Sin embargo, el debate no puede descansar en torno al aumento o la disminución del PIB/hab., siendo necesarias propuestas que vayan más allá de dicho indicador, planteando la cuestión desde una perspectiva de post-crecimiento.

Es importante superar una visión trasnochada de la economía según la cual hay que producir más y más para mejorar la vida de la gente. Pero, frente a ello, el decrecimiento constituye una noción cuya ambigüedad y confuso significado desaconsejan su utilización. Tomada en un sentido estricto -como disminución del PIB/hab.- carece por completo de rigor. Y si se adopta un enfoque abierto sobre el concepto, nos encontramos con una propuesta de perfiles difusos, sin apenas alcance explicativo, y de dudoso interés en el plano normativo. Creo, además, que su uso no contribuye, sino al revés, al necesario avance de una crítica rigurosa del crecimiento económico como actual referencia básica de la organización económica y social. Las dolorosas circunstancias de la crisis provocada por la pandemia –con la recesión instalada en un buen número de países- han puesto de manifiesto, de nuevo, su escasa utilidad.

Koldo Unceta. Catedrático de Economía Aplicada de la UPV/EHU.

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