Un cuento: el impacto laboral de la pandemia

Hay un holandés en nuestro baño, o un cuento distópico sobre el impacto laboral de la pandemia.

Galde 29, uda/2020/verano. Pablo López Calle.-

Acaba de amanecer, hay un holandés en nuestro baño. Sander llegó ayer por la mañana con su mujer, Brenda. Son un matrimonio de jubilados que han venido a pasar unos días a Madrid. Nosotros, mi compañera, yo y la pequeña, nos hemos metido en nuestra habitación para dejarles espacio. Son algo así como nuestros huéspedes. Han recalado aquí a través de una plataforma digital llamada Holidays with Spaniards (HwS) que les ofrece pasar unos días en una vivienda de «middle class» del centro de Madrid con una familia que hable inglés y que además ofrezca algún servicio de hosting: provea de información cultural, recomiende sitios donde comer y salir, qué barrios visitar…

El portal ofrece casas con el sello «Home COVID Free». Ya hace dos años del inicio de la pandemia y todavía hay algunas restricciones. Nosotros, los tres, tenemos los anticuerpos, y un certificado de la Agencia Europea de la Salud válido por un año. El sello, del Ministerio de Industria, lo conseguimos hace un mes, y lo gestionó la propia cooperativa HwS. Estamos relativamente contentos, pues enseguida hemos empezado a recibir visitas. Estos ingresos extra –25 euros persona/noche– nos vienen realmente bien.

Estos «invitados» –así se les llama en la jerga de la aplicación por temas fiscales– son los primeros que tenemos. Nos eligieron por el barrio (vivimos cerca de Atocha) y porque en la llamada telefónica les dijimos «algunas palabras en Dutch». Chapurreamos algo de holandés gracias a que hace tres años estuvimos viajando bastante a los Países Bajos para hacer una investigación sobre emigrantes españoles en el sector de la logística. Después de la crisis de 2007 muchos jóvenes españoles sin empleo empezaron a ser reclutados por diferentes agencias de trabajo temporal, holandesas y polacas, para trabajar en el área portuaria de Rotterdam. Son los nuevos flexworkers de los Hubs logísticos holandeses, unos 50.000, muchos de ellos y ellas con estudios universitarios. En muchas ocasiones fueron las propias oficinas del SEPE las que, a través del programa EURES, gestionaron estas salidas. Al menos hasta que se empezaron a conocer sus condiciones reales de vida y trabajo: contratos de cero horas, nóminas negativas, hacinamiento en barracones, violencia sexual y física, accidentes, abusos patronales… Condiciones muy parecidas, por ejemplo, a las de los y las emigrantes marroquíes de la agroindustria mediterránea.

Cenando ayer con Sander y Brenda en una terraza del barrio tuvimos una conversación un pelín conflictiva al respecto, pues se quejaban de que esos «abusos y malas prácticas puntuales» se usaban a menudo para negar el esfuerzo de transformación del modelo productivo que habían hecho sus compatriotas en las últimas décadas: «importantes reconversiones industriales; reformas laborales y construcción de infraestructuras…». Brenda buscó en el móvil una noticia reciente sobre el tema. Países Bajos había conseguido en diez años construir el sexto puerto más grande del mundo y el primero de Europa, y ello había permitido llegar a gestionar el flujo de más de la mitad de todos los bienes de consumo privado que llegan a Europa… Les parecía exagerado asociar el «milagro económico holandés» (los años fuertes de la pandemia supusieron un enorme impulso de estas prácticas de consumo) con la explotación de trabajadores españoles, que realmente es lo que más o menos vinimos a decir cuando explicábamos que esos españoles a los que ella, como agente inmobiliaria, se negaba a alquilar pisos porque se «quedaban demasiado poco tiempo», eran sólo la punta del iceberg de un sistema más amplio de división internacional del trabajo. Pues la mayor parte de los ítems que empaquetan y envían estos trabajadores diariamente son bienes de consumo de gamas medias y bajas cuya producción ha sido deslocalizada hacia países emergentes durante los últimos treinta años. Pertenecen, muchas de aquéllas fábricas, a los mismos grupos multinacionales que adquirieron empresas locales españolas desde los años 60-70, y luego con ocasión de la integración de nuestro país en la Unión Europea y las reconversiones industriales. Primero se fue la industria de electrodomésticos; luego la moda, la ropa deportiva, el calzado…, más tarde incluso algunas fases finales de la industria alimentaria, y en los últimos años la industria del automóvil, inicialmente deslocalizando parte de la fabricación de componentes y subconjuntos, y actualmente también algunas plantas de montaje. Hace ya dos años que cerró la planta de Nissan en Barcelona, después vino PSA en Vigo, estos días se habla de que Volkswagen-Navarra no ensamblará ya los dos módulos que mantenía del nuevo Polo eléctrico que se monta en Bratislava.

Pero el definitivo desencuentro con nuestros huéspedes, que han decidido cambiar de alojamiento aceptando hoy la invitación de otros «socios colaboradores», acabó de producirse al llegar a casa. Fue a colación de una vieja portada colgada en el comedor de la revista conservadora holandesa Elsevier Weekbland, del 28 de Mayo de 2020. Era la época en la que se estaba negociando en la Comisión Europea el plan de ayudas contra la pandemia y en ella, quizás recuerde el lector, se representaba a los hacendosos ciudadanos de países virtualmente contribuidores netos al plan, frente a los perezosos receptores, con el mensaje: «ni un céntimo más al sur de Europa». Junto a esta representación de las transferencias de dinero del norte al sur, tenemos colgada también otra que habla de las transferencias de valor del sur al norte. Se trata de la réplica que aquel 29 de mayo diseñó un artista portugués, Insónias em Carvão, invirtiendo los papeles, representando a trabajadores y trabajadoras algo más morenos realizando tareas intensivas en trabajo físico y de servicios, para el recreo y disfrute de rubios y rubias tumbados al sol meridional.

«Recuerdo la polémica que suscitó esta ilustración [comentó Sander con un tono más bien incisivo] pero lo que no sé es por qué España ha reaccionado tan mal a la pandemia. Muchos holandeses se siguen preguntando por qué tienen que pagar ellos esa mala gestión».

En fin, que ya sin mucha esperanza de restablecer la cordialidad, le dejamos claro que esa nos parecía una visión algo cínica de la historia, y no se puede desligar el impacto de la crisis que hemos sufrido los países del sur de Europa de los recortes en servicios públicos como la sanidad que ha venido imponiendo el bloque de países del norte de la UE desde el año 2010.

Hoy sabemos que si España fue uno de los países más castigados por el virus no se debió tanto a la tasa de contagios sino porque nos pilló con un déficit enorme de camas de hospital (3 camas por cada mil habitantes, la segunda ratio más baja de Europa, con una media de 5). Por eso fue el país de Europa con más «exceso de muertes» ese año, lo que ha provocado también el práctico stand by de la actividad productiva durante estos años, concretándose en una caída del PIB cercana al 10%. Esto, en un mercado de trabajo extremadamente volátil y estacional (la tasa de temporalidad, 27%, más alta de la UE) nos ha vuelto a situar en niveles de desempleo del 20% y en las tasas negativas de migración de los años sesenta.

Compartirás quizás entonces, amable lector, la indignación que me ha llevado a escribir esta nota durante el insomnio. No dejo de pensar que ese discurso culpabilizador que hemos metido en nuestra propia casa está, de hecho, en el origen último de nuestra precaria situación económica. Pienso que el drástico plan de ajuste que está llevando a cabo la llamada plataforma de partidos por España (PPE) tras la convocatoria anticipada de elecciones el año pasado, es consecuencia directa de las exigencias que, a través de la Troika, impusieron los Halcones del Norte como Rutte, valedor principal de aquel discurso. El programa de bonos condicionó finalmente la ayuda y la refinanciación de la deuda a una profundización de las políticas de ajuste iniciadas en 2012: los recortes del gasto público (que han hecho que nuestros salarios y condiciones como profesores de universidad se hayan visto muy mermados); la profundización de la reforma laboral y la vinculación de las ayudas sociales y el ingreso mínimo vital a planes de activación y programas de desplazamiento temporal de trabajadores en Europa (entre países del sur excedentarios y países deficitarios de mano de obra).

Además, a nivel local, conocemos también cómo los grandes y medianos rentistas, movilizados contra el gobierno durante los meses más duros del confinamiento, lograron imponer reformas fiscales y planes urbanísticos favorecedores del mercado de vivienda para uso turístico. Acabo de constatar en la red que este modelo de capitalismo patrimonial ha llevado a que el índice Gini de desigualdad económica, que se había reducido un punto desde el pico histórico (y récord europeo) de 2016 (36 puntos) se acerque hoy a los 40 puntos. Las rentas altas han seguido creciendo y las bajas disminuyendo. De modo que la congelación salarial y la disponibilidad de fuerza de trabajo barata en sectores como la logística en Holanda, pero también en los cuidados y la hostelería en nuestro país, han profundizado el modelo de desarrollo de low cost basado en el sectores como el turismo, que ya supone un 15% de nuestro PIB, y en un modo de pasar la jubilación muy económico para ese holandés que ahora mismo tenemos en el baño.

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