Con luces largas: Los jóvenes comunistas y la izquierda soberanista

Gazte Asanblada en la Plaza Trinidad de Donostia.

 

Los nuevos jóvenes comunistas sacuden el tablero de la izquierda soberanista

Galde 37, ura 2022 verano. Alberto Surio.-

El auge de GKS en la juventud de tradición rupturista complica la apuesta de EH Bildu por un ‘frente amplio’ y rompe los esquemas de un discurso electoral de escaso voltaje ideológico

El choque registrado en la últimas semanas entre Alderdi Zaharreko Gazte Asanblada y Gazte Abertzale Sozialistak deja al descubierto una marejada de fondo que se ha ido gestando en los últimos años. Una colisión inédita, que ha estallado en la cara a EH Bildu y a Sortu en un momento aparentemente dulce para su estrategia política de apertura a nuevos sectores sociales y políticos, que tiene su primer objetivo en las elecciones municipales y forales de 2023 y que se plantea como horizonte la constitución de una nueva mayoría desde la izquierda soberanista a la tradicional hegemonía del PNV. Las pretensiones desde EH Bildu de rebajar el voltaje ideológico a la dinámica electoral han saltado por los aires.

El ‘Frente Amplio’ que preconiza Arnaldo Otegi, para unir a todos los soberanistas de izquierda -a los socialdemócratas, a los socialistas y a los comunistas- en un nuevo bloque histórico se ha topado con el principio de realidad y con una serie de contradicciones que han ido fraguándose entre bambalinas. El sector más ideologizado de los jóvenes curtidos en el universo rupturista se ha desligado de la apuesta pragmática y posibilista iniciada por la izquierda abertzale con el cambio de estrategia que supuso hace más diez años el fin de la violencia de ETA y su inserción en el juego institucional.

El desmarque no implica un riesgo de involución que amenace con una vuelta atrás o con el riesgo de la aparición de una ETA auténtica, similar a la fractura que se registró en su momento en el seno del IRA entre quienes defendían el abandono de las armas y los que propugnaban la vuelta a la violencia. El pulso no se sitúa en esas coordenadas. Tampoco tiene que ver con la escisión de ATA, planteada como una disidencia en el colectivo de presos de ETA, que se envuelve en la bandera de la amnistía, que ha cuestionado desde un principio el cambio de estrategia en relación con los beneficios penitenciarios, y que no ha conseguido cambiar la actual relación de fuerzas entre los reclusos condenado por delitos de terrorismo. Pero la disputa por la rivalidad juvenil es visible y se escenifica con crudeza en los últimos meses en determinados municipios de Gipuzkoa. Un fenómeno nuevo que, por otra parte, concede inesperadamente al PNV una baza muy valiosa a la hora de hurgar en las contradicciones internas de su principal adversario electoral y político.

La disputa ideológica.- Se trata, en esencia, de una disyuntiva de tipo ideológico y político por la hegemonía en el espacio de la juventud vasca de corte radical. Gazte Koordinadora Sozialista, y el Movimiento Socialista en el que se engloba, enarbola la bandera del comunismo, adaptado, dicen sus promotores, a las condiciones sociales, culturales y económicas del siglo XXI. Una sociedad sin clases ante un fenómeno de precarización y desempleo entre los jóvenes que les lleva a esgrimir algunos principios históricos de la izquierda revolucionaria, que denuncia el sistema burgués y el Estado, que practica la lucha ideológica, que es hábil en la propaganda de agitación. Un clásico en las fuerzas que suelen integrar los denomiandos ‘frentes obreros’.

GKS se ha convertido en un fenómeno novedoso aunque hunde sus raíces en un determinado contexto social e histórico, y también en un humus de frustración que aún debe ser analizado con cierta precisión desde la sociología. El embrión en el que nace es Ikasle Abertzaleak, la antigua organización estudiantil de la izquierda abertzale, que se alejó de ella por entender que su evolución hacia el reformismo y su implicación en el juego institucional eran incompatibles con su posición en favor de la impugnación del modelo socioeconómico y político. La izquierda abertzale optó por Ikama para contrarrestar el desmarque de Ikasle, pero estos últimos mantienen su fuerza y parece que se afianzan en su hegemonía en el ámbito universitario.

Paradójicamente GKS empieza a adueñarse del espacio juvenil, y ganar la batalla por la mayoría a otras organizaciones como Ernai, de la línea oficial, con ese discurso de dureza y exigencia ‘revolucionaria’, que algunos recuerda la retórica del izquierdismo en los años 60.

La paradoja del auge de GKS es surge en un contexto de enorme desmoviilzación de una parte considerable de los jóvenes hacia la política. Las elevadas cifras de abstención son particularmente altas entre los menores de 30 años y la desafección de los jóvenes hacia la política tradicional y hacia los partidos clásicos es una evidencia, más allá de que lo que pervive es el compromiso en determinadas causas sectoriales.

Uno de los pulsos más explícitos gira alrededor del movimiento feminista. Itaia es la organización de mujeres ligada a Mugimendu Sozialista mientras Bilgune Feminista es la que pertenece a la línea oficial mayoritaria. El debate ha alcanzado una notable dimensión en las redes sociales con un cruce frontal de acusaciones en las que las feministas de la izquierda abertzale atribuyen a GKS de un serio retroceso en relación a la ideología de género. Un extremo que Mugimendu Sozialista niega rotundamente, aunque considere que el feminismo no puede disociarse de la reivindicación obrera.

Curiosamente, el mensaje de GKS ha conectado con ese sector de los jóvenes educado en un discurso muy ideologizado por parte de la izquierda abertzale, pero no se plantea en términos identitarios, ni nacionalistas, sino en claves de una readaptación del discurso obrerista. Hijos de clases medias y de los veteranos dirigentes del MLNV se enrolan ahora en este movimiento en favor de una nueva ‘revolución proletaria’ para desconcierto de sus padres. Lo que en el resto del Estado puede suponer Vox como señuelo para atraer a jóvenes desde el ultranacionalismo español, en Euskadi se ha convertido en un polo ‘comunista’ que ha roto los esquemas clásicos, basados sobre todo en la perpetuación del eje nacionalistas-no nacionalistas. Si la victoria electoral de Podemos en 2015 ya comenzó a resquebrajar aquella dicotomía, ahora esta nueva ‘guerra’ -muy agudizada en el espacio de Internet- trastoca también los diagnósticos.

En este momento lo que pide sobre todo GKS es ganar la batalla del reconocimiento frente a la izquierda abertzale, a cuyos dirigentes acusa de negarles el pan y la sal. La batalla por el control de los gaztetxes, en primer lugar, y ahora la disputa por las txosnas de verano ponen de relieve los dos frentes más simbólicos de esa rivalidad creciente. Los últimos enfrentamientos han encendido las luces rojas de alarma y la consigna oficial, ahora, pasa por imponer un hermético código de silencio que intente rebajar la tensión. pero la hostilidad es latente y ese pulso por el espacio juvenil no va a desaparecer, aunque pueda amortiguarse.

La recámara histórica.- El conflicto tiene en la recámara algunas referencias históricas, aunque pueda ser exagerado y descontextualizado realizar algunas comparaciones. En su día, en el seno de ETA, bajo la dictadura, ya alumbró esa colisión entre los sectores más abertzales y el espectro de la órbita más revolucionaria y marxista, que después daría paso a ETA berri y a partidos como LKI y EMK. El choque en aquel momento giraba más en torno al eje abertzalismo-internacionalismo. Posteriormente, en los últimos años, la discusión de las ponencias Mugarri y Zutik en el seno del MLNV sobre el futuro de la estrategia político-militar eclipsó la gestación de esta izqquierda revolucionaria en el seno de una parte de los jóvenes.

En todo caso, el mayor problema surge a la hora de reconducir la crisis. GKS pide a EH Bildu y a Sortu que les reconozcan y que abandonen una estrategia que, consideran, pasa por obviarles. A su vez, las organizaciones afines a la izquierda abertzale les responsabilizan de querer ‘controlar’ el movimiento popular, de hacerse con su propia red de gaztetxes socialistas, y de buscar ahora su financiación en las txosnas de verano con una estrategia agresiva de provocación. Los próximos meses se presentan de alta intensidad y las fiestas del verano van a ser un termómetro revelador de esa pugna.

La contestación -que todos inissten en negar que se trate de una disidencia- va a obligar a EH Bildu y a Sortu a definir una estrategia de respuesta. No es fácil, porque cualquier discurso de dureza puede interpretarse como un reame al victimismo que esgrime GKS. Algunos airean la posibilidad de que en un futuro este movimiento ‘socialista’ fragüe candidaturas electorales alternativas a la izquierda abertzale. Es absolutamente prematuro dibujar este escenario. Los propios aludidos lo descartan en privado de forma tajante. En principio, GKS se sitúa sobre todo en el terreno de la abstención. La sombra hipotética de las CUP queda muy lejos.

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