Clase turista. «No trabajad nunca»

 

(Galde 23, 2019/invierno). Begoña Pernás Riaño.-
(Clase Turista 1)

“No trabajad nunca.” El lema de la Internacional Situacionista (Paris, 1953), menos conocido que aquel otro de Mayo del 68 que prometía la playa bajo los adoquines, inaugura una nueva era. Conscientes de la proletarización del mundo, los que escriben la exhortación en las paredes recuerdan el carácter subversivo de la pereza y del tiempo libre frente a las disciplinas del trabajo. Se oponen así a los cientos de discursos moralizantes, presiones y normas que desde el siglo XIX han logrado lo que parecía inconcebible: que voluntariamente y sin mediar violencia, millones de personas se levanten al mismo tiempo, acudan a fábricas y oficinas, realicen un trabajo pesado, rutinario o penoso, y todo por un sueldo que les permite sostener la maquinaria que ellos mismos engrasan diariamente, pero nunca liberarse del trabajo.

Por lo tanto, hacer el vago se percibe como una actividad revolucionaria. Sabiéndolo, el negocio, en busca de nuevas vetas, ha ido apropiándose del tiempo libre y transformándolo en una nueva esfera para la disciplina de los cuerpos y las mentes, colonizando las horas y los días que quedaban libres. La promesa de una vida liberada del trabajo ha ido modelando poco a poco la nueva “civilización del turismo” que se sustenta en el aumento de la productividad, el alargamiento de la vida y la existencia, en lugares remotos, de nuevas masas obreras dispuestas a entrar en las fábricas.

¿Por qué no suele hablarse de una civilización del turismo? Nadie duda, y menos en España, de la importancia del turismo como sector económico. Pero resulta sorprendente, al mismo tiempo, que hasta tiempos recientes haya estado ausente de la curiosidad académica o artística, dejando el turismo en manos de los ayuntamientos, hoteleros y agentes del sector. Al igual que sucede con otros grandes inventos de la modernidad, como la televisión, muchos intelectuales parecen no apreciar el producto mientras que las masas lo consumen con fruición. Diferenciarse del consumidor parece más importante que entenderlo. Y como sucede con la televisión, todos somos expertos: hemos aprendido las formas de viajar y de mirar el mundo, nos hemos situado en el mercado y en el espacio como turistas, buscando nuestro lugar con la naturalidad con la que se aprende en la infancia un nuevo lenguaje.

Esto nos hace pensar que el turismo es algo más que un sector o un conjunto de actividades y que bajo su modesta apariencia se ocultan muchos dilemas contemporáneos. Así lo creen geógrafos, antropólogos, sociólogos y economistas, que han comenzado recientemente a realizar estudios regionales y a proponer teorías generales desde sus disciplinas. En nuestro caso, hemos abordado el turismo como se abordan las civilizaciones, intentando comprender las grandes relaciones que lo describen.

¿Por qué entonces una civilización del turismo? Una civilización puede caracterizarse por el modo de producción, las relaciones sociales o las creaciones culturales. Desde cualquiera de estos puntos de vista, el turismo se ha convertido en eje de nuestro mundo y en una de sus principales actividades. Aunque merezca una definición concreta, que lo diferencie de otros movimientos demográficos o prácticas de ocio, se extiende más allá del hecho concreto de desplazarse a un lugar diferente con fines de recreo o conocimiento. Como veremos, la práctica turística ha hecho nacer una nueva manera de imaginar el mundo, de transformar la naturaleza, de relacionarnos con las ciudades, de buscar la compañía de otros o de explotarlos.

El turismo como industria

Se estima que el turismo es la primera industria mundial en volumen de negocio y participación en el producto global. Dado que sus límites con el ocio, la información, las compras, etc., son cada vez menos claros, resulta muy difícil valorar dicha estimación. Pero no hay duda de su peso e importancia en el empleo, el gasto de las familias y otros indicadores económicos. La visibilidad de la producción de bienes frente a los servicios ha hecho que el periodo de posguerra se asocie más con los medios –el automóvil, el avión- que con los servicios aparentemente intangibles que acompañan y, sobre todo, explican el uso de dichos medios. Fascinados aún por la revolución industrial, nos ha parecido que nuestro mundo se centraba en el trabajo, percibiendo el ocio y su gestión como una compensación o un exceso. Ha hecho falta que gran parte de la economía se desplazara a ese terreno nuevo –el tiempo libre y sus prácticas- para que nos diésemos cuenta de su importancia.

Si el turismo es, en volumen de negocio, la primera industria mundial, por delante del petróleo, por ejemplo, podríamos hablar de una civilización del turismo. Pero, además, es la actividad que mejor caracteriza el desplazamiento de la producción al consumo, del bien físico al intangible, y del espacio del trabajo al del ocio, que son rasgos de nuestras economías.

Incluso en las formas del empleo, el sector refleja fielmente la pauta general: empleos muy poco tecnificados, de baja cualificación y fácil entrada, temporales, con grandes exigencias de carácter cultural y emocional, por un lado, y por otros empleos de gestión y creativos, bien pagados y exigentes en formación. Y en paralelo, un gran número de empleos autónomos, pequeños negocios formales e informales, oportunidades de una gran variedad en los sectores más punteros y más tradicionales. Camareros y propietarios de pensiones, taxistas, animadores y cocineras, guías licenciados y espontáneos, carteristas, publicistas, vendedores de baratijas o de productos de lujo, funcionarios, agentes de viajes, directores de hoteles, masajistas, diseñadores de parques temáticos, inversores, creadores de páginas de internet, propietarios de fincas convertidas al turismo rural, un sinfín de actores públicos y privados pueblan el mundo del turismo.

También en las relaciones internacionales, el turismo es un sector clave. Abierto aparentemente a los países en vías de desarrollo, que incluso parecen particularmente preparados para éste, la realidad es que el turismo se parece mucho al resto de la economía, incluso en sus rasgos más coloniales. Los centros de poder son a la vez emisores y receptores –París, Londres, Tokio, Nueva York- y las áreas turísticas preferentes son las periferias soleadas de estos centros de emisión: islas del Pacífico, Caribe y Mediterráneo, con España como pieza clave.

El turismo exige fuertes inversiones, intensivas en capital, aeropuertos, carreteras, sistemas tecnológicamente complejos. Necesita sobre todo control de los medios de comunicación y del marketing; es decir, control de los clientes y los flujos. Como sucede en muchos sectores económicos, los países que poseen los bienes primarios -paisajes, ruinas, costumbres exóticas, mano de obra barata y paz social a menudo forzada por regímenes autoritarios, etc.- carecen de la información y el capital necesarios para negociar el reparto de los beneficios con los grandes empresarios de la industria. En ciertas condiciones, el turismo puede ser el motor de desarrollo de una región, mientras que en otras las inversiones precisas para crear un producto al gusto del visitante y competir con un centenar de destinos similares, pueden suponer una carga y una dependencia enormes.

Como en otros sectores clave de la economía, el carácter intangible del turismo no es más que una ilusión. En realidad, el turismo realiza desplazamientos de masas, movimientos demográficos de una intensidad sin igual, como demuestra cada verano la costa española. Precisa medios específicos, flotas de aviones y cruceros, hoteles, apartamentos, restaurantes, bares, piscinas, discotecas… Es un sector que, al igual que otras industrias, cambia los paisajes naturales y urbanos, genera impactos, contamina y transforma. Incluso cuando pretende “conservar”, rasgo del turismo actual, está interviniendo de forma drástica en los paisajes, obligando a una gestión de la naturaleza “para el disfrute” de los visitantes.

La Clase Turista

El turismo, como las vacaciones, se expandió en respuesta a una necesidad social, el descanso de la clase obrera. Los trabajadores hicieron suya una costumbre de las clases medias, dejar la ciudad para tomar las aguas, pero subvirtiendo los valores propios de dicha clase y rompiendo las jerarquías que gobernaban el ocio. De forma autogestionada, en masa, eligieron lugares donde reunirse, con diversiones y atracciones de feria, comida y bebida baratas, como Blackpool en la costa inglesa. Reinventaron la playa como un lugar emblemático donde no existen las clases sociales y la fraternidad de los cuerpos sustituye a las marcas de clase de la vida cotidiana. Retomaron la higiene y el bienestar que les eran negados en el trabajo, el sol y el aire ausentes de las ciudades industriales. Llevaron las antiguas fiestas a nuevos lugares construidos para ese fin, y en cierto modo, aún lo hacen en sitios como Benidorm.

Como tantas veces durante el asombroso siglo XX, lo que era un enfrentamiento entre dos formas de disfrutar y de relacionarse, las diversiones populares y las elitistas, se fundieron para dar lugar a otra cosa, uno de los productos más originales del siglo: el Turista. Figura que a su vez empezó a dividirse en sutiles diferencias de clase. El veraneante del Cantábrico o el que vuelve a su pueblo en vacaciones; el amante de la bulla en el apartamento a pie de playa o el que persigue un viaje literario por regiones poco frecuentadas; el que viaja organizado y con los tiempos medidos y el que se lanza al tren sin conocer el final del recorrido.

Como toda clase social, la Clase Turista está llena de tensiones internas, juegos de prestigio y soterradas luchas. A diferencia de otras clases sociales de la historia, el turista no logra diferenciase y por más que corra, las masas le siguen y acorralan en los lugares más alejados del planeta. Aún puede hablarse de un turismo popular y un turismo de élite, de una Clase Business, pero su mismo nombre indica que los que así viajan no están dedicados a la simple actividad del turismo, sino a propósitos más elevados. Por supuesto, el precio del viaje diferencia enormemente a los que lo emprenden, pero las jerarquías de los hoteles, de los transportes y de los destinos no consiguen engañar a nadie: los turistas se acaban pareciendo a los turistas.

Tampoco hay igualdad entre los que proveen los servicios y los que los compran, sobre todo cuando pertenecen a países con rentas desiguales. Esperar del otro, ciudadano de un país más pobre, no sólo que haga su trabajo, sino que lo haga con mimo, encanto y recreando un mundo para el turista, es uno de los agravios más continuos. Así sucede con el turismo sexual, donde la prostitución, un trabajo común en todos los países, se convierte en otra cosa al mezclarse con el turismo. Cuando el turista occidental confunde su visa con su alma, se permite despreciar a los que le sirven sólo por dinero. Viajar, pagar por lo que se mira y se disfruta, no penetrar en las otras vidas, pretender interferir lo menos posible, regresar luego. Es difícil imaginar un contacto más sutil entre pueblos diferentes.

La Clase Turista avanza sin encontrar resistencia, y aunque minoritaria si nos fijamos en la población del planeta, es hegemónica en los países desarrollados. Existe incluso cuando no estamos viajando. La forma de caminar por las ciudades, mochila al hombro, de mirar el mundo buscando postales de belleza, de concebir el tiempo y su uso, de tratar a los otros, se ha vuelto turística. Nuestras vidas, hiperorganizadas y fragmentadas, nuestra extrañeza y pudor ante los demás, la forma breve y pautada de conocer la realidad, superficial y experta a un tiempo, nuestro amor por los simulacros, las diversiones visuales, los fragmentos, todo nos convierte, nos guste o no, en Clase Turista.

Creaciones culturales

Lo más característico de la Clase Turista es que todos la niegan. El choque entre clases sociales que llevó a la creación de este individuo nuevo, el Turista, y barrió el mundo antiguo, dejó en pie el disgusto ante la igualdad y la aversión por las masas de los intelectuales. De ahí que se anuncie sin cesar la crisis y desaparición de esta civilización. Se supone que los trabajadores europeos se hartarán un día de tumbarse al sol en ciudades litorales, más ruidosas y contaminadas que sus lugares de origen, antiguas ciudades industriales, limpias y ordenadas hoy en día. Ciudades que, por cierto, pretenden, como el resto del mundo, vivir del turismo.

Se espera que los iconos del viaje, los más hermosos lugares de la tierra, cierren por exceso de demanda, o construyan réplicas para evitar el deterioro del original. Que Venecia termine de hundirse, que los pasos de los visitantes desgasten Petra, que Bali pierda de una vez una autenticidad cultural cuya destrucción se anuncia desde la colonización holandesa. Que ya no valga la pena moverse porque no haya nada que ver.

A lo mejor se logra convencer turistas en ciernes de que no merece la pena visitar Venecia, pero algo nuevo habrá que inventar, ya que el viaje ha sido la puerta para que las masas entraran en la modernidad y el tour ha servido para expandir el conocimiento. Las personas se sitúan gracias al viaje organizado en una civilización nueva, donde se permite que los extranjeros invadan otros países sin considerarlo una agresión; donde pueden aprender los rasgos básicos de las culturas, lo que les permite manejarse con más soltura en el mundo global. Del mismo modo que los campesinos aprendieron a habitar en las ciudades, los turistas aprenden a considerar propio el mundo y moverse como iguales entre personas de distinta procedencia.

Es evidente que el turismo transforma las culturas, pero no más que la urbanización o la educación primaria. Si se le culpa más es simplemente porque en su origen hay una contradicción. Mientras que la urbanización o la escuela se proponen explícitamente transformar, el turismo quiere ir a ver lo que estaba antes de que llegaran los turistas. De ahí la insistencia en ir a lugares “no turísticos”, como si tal cosa fuera posible. Lo grave no es esa paradoja, sino que, a veces, el poder de la Clase Turista logra efectivamente detener el cambio social. Lo grave no es que la gente venda baratijas, reinvente artesanías que nunca existieron, pose con disfraces, simule costumbres folclóricas o elimine usos poco adecuados para el paladar del turista; España es un caso emblemático de estas simulaciones y cambios, y ha sobrevivido (¿o no?).

Lo que parece más dramático del turismo es que el negocio de convertirlo todo en visitable expulsa otros usos de las ciudades (que ya no parecen dignos), obliga a poblaciones locales a abandonar la explotación de sus recursos naturales y fomenta las estructuras sociales y políticas más conservadoras. La Clase Turista, como toda clase hegemónica, busca la estabilidad y la inmovilidad de su mundo. Mientras, su civilización, todavía espléndida, sigue avanzando, socavando al hacerlo las bases mismas de su existencia.

Notes:

  1. Clase Turista es el nombre de la exposición que abordó el fenómeno del turismo y que se exhibió en Madrid en la Casa Encendida a finales de 2003 e inicio de 2004. La exposición fue comisariada por Begoña Pernas, Marta Román y Daniel Wagman (Gea21). Este texto procede del catálogo de dicha exposición.

Categorized | Dossier, Economía, Política

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