Actos reversibles y acciones irreversibles

 

Galde 44, Udaberria 2024 Primavera. Santiago Eraso Beloki.-

Hace unos días, en el Museo del Louvre, dos activistas climáticas de Riposte Alimentaire (Respuesta Alimentaria) arrojaron sopa sobre los cristales que protegen La Gioconda, la obra más icónica de Leonardo da Vinci y foco principal de las miradas de los visitantes. Pocos días después, varias personas de Greenpeace y Unmute Gaza se encaramaron a la fachada del Museo Reina Sofia para colgar una gran pancarta con la que pretendían reclamar más atención sobre los graves acontecimientos que están ocurriendo en Palestina.

Podemos estar más o menos de acuerdo en apoyar o rechazar determinados actos que militantes ecologistas están llevando a cabo en espacios e instituciones públicas y privadas. Podemos sentirnos cómplices o desligados de las formas de desobediencia civil ocurridas a lo largo de la historia; sin embargo, es difícil negar la importancia que estos hechos tuvieron para significar y representar las revueltas sociales en favor de los derechos humanos, siempre limitados y en constante proceso instituyente. Por ejemplo, a mediados del siglo XIX, el mismo Henry David Thoreau, autor de Desobediencia civil, se negó a pagar impuestos como protesta contra el exterminio de los nativos americanos, para reclamar el fin de la esclavitud o, pocos años antes de que falleciera, dar testimonio contra la guerra que EE.UU. mantenía entonces con México.

El movimiento ecologista siempre ha sido proclive a llevar a cabo actuaciones mediáticas para subrayar con más eficacia el sentido reivindicativo de sus mensajes políticos. Se pueden rastrear a lo largo de la historia contemporánea desde las históricas acciones antinucleares que se iniciaron en la década de los setenta y ochenta del siglo pasado, como las realizadas por Greenpace en el primer Raibow Warrior, barco que en 1985 fue bombardeado y hundido, causando además la muerte del fotógrafo Fernando Pereira. También son muy conocidas las acciones del segundo buque y actualmente del Rainbow Warrior III en defensa de los océanos y otras causas. Se podrían citar también muchas otras históricas del activismo indígena en Latinoamérica. Sirva la mención a Berta Cáceres, asesinada precisamente por su labor militante, junto a activistas del COPINH, en defensa del territorio, de los bienes comunes de la naturaleza y el proyecto emancipatorio y autonómico de la cultura Lenca en Honduras, que hoy continúan sus hijas Bertha y Laura Zúñiga; hasta las sentadas de Greta Thunberg, imitadas por numerosos jóvenes; las llevadas a cabo por Rebelión Científica el año pasado ante el Congreso de Diputados o las más recientes de activistas de “Futuro Vegetal” en la sala del Museo del Prado donde se encuentran las dos célebres Majas de Goya. También, por citar algunas, se han llevado a cabo acciones de desobediencia ante El Grito de Münch, Los Girasoles de Van Gogh, La Carreta de Heno de Constable, La Joven de la Perla de Vermeer, La Primavera de Botticelli, Masacre en Corea de Picasso o Latas de Sopa Campbell de Warhol. Todas obras de sobra conocidas por el imaginario popular.

No deja de ser curioso que hayan sido estas acciones contra obras de arte, precisamente, las que más rechazo han provocado en la opinión pública o, por lo menos, en una parte significativa de personas relacionadas con el arte y la cultura. Quizás – me atrevo a sugerir- la razón de ese malestar se deba a que, a través de la historia de la cultura, tan disgregada de la historia material de la naturaleza, hemos aprendido que las obras de arte son parte fundamental de las manifestaciones sublimes del espíritu del ser humano. Por tanto, en cierto sentido, también son sagradas e intocables. La naturaleza y la tierra, por el contrario, son siempre susceptibles de ser explotadas sin límites razonables sin que, al parecer, nos produzca tanto desasosiego.

Ya en los orígenes de la filosofía occidental, Platón estableció una profunda distancia entre el mundo de las ideas, inmateriales, eternas e indestructibles y el de las cosas, materiales, como la tierra y los cuerpos, sometidas al cambio y a la destrucción. Ese dualismo platónico ha sido constitutivo de gran parte de la historia del pensamiento occidental. Siglos después, el racionalismo moderno profundizó en ese visón. Un modelo de pensamiento que ha impregnado la construcción de la modernidad en la que se inscribe nuestro modelo ilustrado de conocimiento y el modo de vida capitalista que como dicen Yayo Herrero y Verónica Gago en Ecofeminismos. La sostenibilidad de la vida (Icaria, 2023) además se ha construido a partir del dominio del “hombre” sobre la naturaleza y las mujeres. Un paradigma que ha servido también para sustentar el proyecto civilizatorio eurocéntrico y la superioridad de nuestras formas de arte y cultura,

En el siglo XVIII, el idealismo estético, enunciado primero por Baumgarten en Aesthetica  (1750) y después por Kant en Crítica del juicio estético (1790), convirtió las capacidades sensibles del hombre y la categoría del “gusto” en facultades superiores que establecieron las claves de lo “bello” y lo “sublime”, esto es, las formas que contienen en sí factores de autotrascendencia (evidentemente, esta suma de afirmaciones es una simplificación que me atrevo a enunciar para este artículo porque el asunto de la “belleza” es mucho más complejo y se han escrito ríos de tinta sobre esa cuestión (Giorgio Agamben, precisamente en su libro titulado Gusto (Adriana Hidalgo, 2017) ya nos previene de que la cultura occidental ha fijado el ideal del concepto de “gusto” como un saber que se presenta como el más pleno, precisamente, en el instante mismo en el cual se subraya su imposibilidad).  Al fin y al cabo, nuestro gusto no deja de ser un proceso de subjetivación que se inscribe en las relaciones de poder históricas, a partir de las cuales se constituye la percepción del sentido de belleza.

En aquel contexto histórico idealista y romántico, aparece en la sociedad euro­pea lo que, también de una manera reduccionista, se ha venido denominado “el arte por el arte”, que hace del artista un genio autónomo y de sus obras algo esencialmente distintivo; y a su lado, la figura del “hombre de gusto”, dotado de una particular facultad, casi de un sexto sentido —como empezó a decirse entonces— que le permitía percibir la “perfección” característica de cualquier obra de arte.

La historia del arte y de la estética hicieron el resto. De manera que, en nuestros manuales de aprendizaje de la hegemonía cultural occidental, tan anclada en la subjetividad patriarcal, capitalista, nacional, imperial y colonial, hemos asumido, con muy poca voluntad crítica, una determinada categorización de objetos artísticos “bellos” y, en consecuencia, la excepcional relevancia histórica de sus “autores”, casi siempre individuos blancos. Aparecen así las enumeraciones de obras de arte más relevantes que, hasta no hace demasiadas décadas, excluían otras representaciones objetuales y formales, individuales y colectivas, generadas fuera de ese marco histórico.

Por lo tanto, parafraseando a Max Jorge Hinderer Cruz, citado por Marcelo Expósito en Allpa mamakama-chikman Rimayachay. Oratorio para una constitución de la tierra (2023) no hay duda de que mantenemos una deuda epistemológica con el concepto de “belleza” y, sobre todo, con la lucha por la igualdad de condiciones de vida para todas las personas excluidas de su experiencia. Si no comprendemos los silencios o las voces y las formas ausentes – añade Hinderer- tampoco podremos entender nunca la belleza. Hoy esa concepción de “belleza” y, por supuesto de “arte”, resulta insuficiente.

Por eso es importante que la museología piense su función a partir de lo que queda por hacer, no únicamente en perpetuar que el museo siga siendo el escenario idealizado para la fetichización de la historia, tampoco para que nos organiza el recorrido histórico en las salas de los museos insistiendo en clasificaciones convencionales.

Lamentablemente, en el último capítulo de la espectacularización del arte, la industria del turismo también ha contribuido a esa simplificación epistemológica, de manera que nuestras vidas, atrapadas entre el tiempo de trabajo y los breves descansos vacacionales, se dejan llevar por las rutas de la costumbre, más fáciles y cómodas de consumir. Por otro lado, afortunadamente, cada vez es más habitual encontrar en los programas de algunos museos, líneas de investigación y trabajo aplicado que proponen otras miradas colaterales y más complejas. A pesar de todo, queda mucho camino por recorrer, porque parece más fácil perpetuar los cánones que hacerse preguntas sobre sus fundamentos históricos. No hay más que darse una vuelta por La Galería de las Colecciones Reales, recién inaugurada en la capital del reino España, al son de patrióticos relatos monárquicos.

La última vez que estuve en el Museo del Louvre de París, me quedé sorprendido de la parafernalia que la institución había organizado para contemplar La Gioconda de Leonardo da Vinci: un dispositivo de circulación muy parecido a los que se organizan en los aeropuertos para pasar por los aparatos de seguridad. Además, el cuadro está protegido por una urna de cristal que se sustenta en una especie de altar -nunca mejor dicho-, circunvalado por una barra de protección que rodea toda la estructura. Las decenas de espectadores de la cola accedían de uno en uno o de dos en dos a la altura frontal del cuadro. Nosotras, sin hacer la cola, pasamos por el lateral derecho del cuadro, y lo contemplamos desde una posición lindante. Unos minutos antes, en la sala contigua, habíamos contemplado prácticamente solas el San Juan Bautista, a su lado La virgen de la Rocas, a su derecha, La bella Ferroniere y, cerrando el conjunto La Bella, el niño Jesús y Santa Ana; todas piezas notables, también del mismo artista.

Estas son las paradojas del espectáculo a partir de las cuales activistas ecologistas sacan rendimiento mediático. Por otro lado, a pesar de los lamentos, es evidente que todos los daños causados han sido reversibles. Los niveles de iconoclastia formal, más ruidosos que dañinos, han sido gestos políticos estratégicos para poner el foco de atención, precisamente, donde se evidencian las contradicciones de un sistema de valores que defiende la trascendencia del arte para la vida y, con demasiada frecuencia, olvida que esa vida se fundamente en nuestra relación con la tierra.

Sin embargo, lo que sin duda son mucho más irreversibles, son las acciones humanas que están provocando el calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la paulatina desaparición de los glaciares, el aumento de la temperatura y del nivel de mar, etc., más sus consecuencias sociales y humanitarias que afectan a millones de personas. En el citado libro de Herrero y Gago se puede leer: “[…] el poder económico mundializado ha «perfeccionado» los mecanismos de apropiación de tierra, agua, energía, animales, minerales, urbanización masiva, privatizaciones y explotación de trabajo humano. Los instrumentos financieros, la deuda, las compañías aseguradoras, y toda una pléyade de leyes, tratados internacionales y acuerdos constituyen una arquitectura de la impunidad que allana el camino para que complejos entramados económicos transnacionales, apoyados en gobiernos a diferentes escalas, despojen a los pueblos, destruyan los territorios, desmantelen la red de protección pública y comunitaria que pudiese existir y criminalicen y repriman las resistencias que surjan”.

Aquí radican los auténticos problemas que debemos abordar y no empeñarse, con sospechosa intención política, en connivencia con intereses económicos, saña policial, capaz de acusar a les activistas de “conformar una estructura criminal”, y alevosía judicial, en perseguir y criminalizar a ecologistas que se pegan a los marcos de un cuadro famoso o arrojan pintura a sus cristales protectores,  pintan las paredes de los museos, arrojan agua coloreada en edificios públicos o incluso, en momentos determinados, se manifiestan interrumpiendo la circulación en carreteras.

Si se exacerban estas peligrosas tácticas de criminalización contra la resistencia crítica, por escribir un texto como este o manifestarse pacíficamente, cualquiera podría ser considerado cómplice de “estructuras criminales” o “organizaciones terroristas”. No hay que perseguir a las personas que con sus actos de desobediencia trasmiten los mensajes, sino atreverse a tener una perspectiva política mucho más valiente para abordar los auténticos problemas. El problema no está en el mensajero. No hay que apuntar al dedo que nos impedir ver el cielo.

Publicado el 3 febrero, 2024 en https://santieraso.com/2024/02/03/actos-reversibles-y-acciones-irreversibles

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