Renta Básica y feminismo, un camino común

Arndís Hrönn en fotograma del film islandés “Oro blanco”.

 

Galde 30, 2020/otoño. Sarah Babiker.-
2020 no está siendo un buen año para nadie. O al menos no para las grandes mayorías. Y cuando hablamos de crisis, pobreza y desempleo, las mujeres suelen llevarse la peor parte. Esta vez no es distinto: mayor pérdida de empleo, incremento de la brecha salarial de género, exposición a la pobreza. Más allá de los índices están las experiencias personales de la debacle: la ansiedad por tener que asumir en mayor medida la carga de los cuidados, el estrés por jornadas de trabajo remunerado y no remunerado que no terminan, la intemperie económica para quienes tenían empleos temporales, jornadas reducidas, condiciones precarias, o trabajaban sin contrato, la incapacidad de hacer frente a imprevistos por contar con menos ahorros o escasas pensiones, resultado de peores salarios.

Este año disruptivo está contribuyendo a poner sobre la mesa, de una manera dramática, la fragilidad del sistema económico, incapaz de detenerse ni, aunque sea imprescindible para proteger la vida, e incapaz de garantizar la seguridad vital de las personas aún en estados ricos que cuentan con recursos más que suficientes para el bienestar de su población. En este contexto cada vez más voces se sustraen a la velocidad y el sentido común que avalan este sistema como algo inevitable y nos recuerdan que hay otras formas de entender la economía, y otras formas de redistribuir la riqueza.

Si hablamos de otras formas de entender la economía y otras formas de redistribuir la riqueza, es imprescindible rescatar dos perspectivas críticas que llevan años batallando contra la economía hegemónica, principalmente en dos frentes. La economía feminista, que lucha por una economía que ponga en el centro no la reproducción del capital sino la reproducción de la vida, con todo lo que ello implica, y la lucha por la renta básica universal como una herramienta para redistribuir la riqueza, la herencia común de la humanidad, garantizando un piso material entendido como un derecho universal, incondicional e individual al margen del acceso al empleo.

Si bien la mirada feminista de la economía, y la defensa de la renta básica universal no siempre han ido de la mano, en los últimos años, cada vez somos más las feministas que pensamos que dicha mirada y dicha defensa no solo no entran en conflicto, sino que encuentran mutuo encaje y que, además, una renta básica universal puede ser una herramienta feminista urgente a implementar. En este año 2020 que tan cruel está siendo con las mayorías sociales y, como decíamos, se ensaña con las mujeres, oímos más hablar de renta básica universal que de economía feminista. Creo que de ello se podría extraer alguna reflexión estratégica: apostar “feministamente” por la renta básica y encontrar así un objetivo común que saque a los feminismos de una cierta parálisis propositiva en la que se encuentra. Nuestro esfuerzo contribuiría a que la renta básica sea la herramienta feminista que puede ser, que deseamos que sea.

Para ello, entiendo que sería necesario, vencer, o al menos, cuestionar, ciertos reparos. La crítica feminista hacia la renta básica se ha articulado frecuentemente en dos ámbitos: El primero, las luchas universales invisibilizan la desigualdad de género, se corre así el riesgo de que la reproduzcan o consoliden: pueden por tanto acabar siendo contraproducentes para la agenda feminista. El segundo gran pero reposa en el eje de los cuidados: una renta básica universal no pone en cuestión la división sexual del trabajo ni valora el trabajo reproductivo, sino que, más bien, alertan algunas feministas, podría facilitar que muchas mujeres abandonaran el mercado laboral para recluirse en el ámbito doméstico. Una última crítica se sale del eje de los cuidados para dudar del potencial transformador de la renta básica, al considerar que ni se opone al capitalismo ni supone un avance hacia esa economía feminista que lo subvierta todo.

Las críticas feministas a la renta básica tienen fundamento y son necesarias. Muchas nos preguntamos, sin embargo, si esa mirada crítica no podría sumar en la lucha por una renta básica universal, actuar como un dispositivo necesario en la disputa por definir qué renta básica universal queremos, en lugar de ejercer como un freno a la hora de empujar por una herramienta que a corto plazo transformaría la vida de muchas mujeres y a largo plazo, podría asentar las bases materiales para introducir los cambios sociales y culturales por los que tantas mujeres han luchado y seguimos luchando.

Empecemos por el corto plazo: La emergencia sanitaria y las medidas posteriores han señalado cristalinamente desigualdades de género que en tiempos prepandémicos se podrían quizás disimular, una escala de vulnerabilidades que dejan su particular huella en cada estrato social de abajo a arriba. En el extremo inferior: trabajadoras domésticas con salarios paupérrimos, sin derecho a paro, cuyas ayudas no llegan, en medio, trabajadoras de servicios obligadas a asistir a sus puestos de trabajo, madres de familias monomarentales forzadas a saltarse el confinamiento y contar con abuelos o amigos para no perder el único salario que entra en casa, mujeres teletrabajando mientras se encargaban de hijos e hijas, viéndose obligadas en muchos casos a reducir sus horarios y por tanto sus ingresos.

El gobierno más feminista de la historia ha dejado bastante que desear en términos feministas: ha parecido olvidarse de los cuidados. Mientras avanzaba medidas trabajo-céntricas de compensación a las personas empleadas, o planes de salvamento para las empresas, consideraba el teletrabajo como una forma de conciliación y habilitaba permisos de cuidados no retribuidos. Y eso, con un Ministerio de Igualdad. En la inercia trabajo-céntrica en la que vivimos parece casi misión imposible abordar los postulados de la economía feminista. Mientras, quienes no tienen acceso a trabajo remunerado fueron relegadas hasta el último momento: el Ingreso Mínimo Vital no hace más que probar que las formas de redistribución previstas fuera del empleo no hacen más que repartir miseria estigmatizando a quienes recurren a ellas porque no tienen otra alternativa, sometiendo a la gente a la violencia institucional que ejerce una burocracia construida contra los pobres. Así, en lo inmediato, una renta básica es urgente y es la manera más rápida de cambiar la vida de millones de mujeres. Un feminismo que no tenga en cuenta las dimensiones materiales de la existencia, la experiencia situada de no tener dinero para dejar un hogar violento, para alimentarse o alimentar a la familia, para poder decir no a empleadores que abusan, es un feminismo que está alejándose de las mujeres.

Si en el corto plazo una renta básica universal es necesaria, en el largo plazo puede ser una base material imprescindible para avanzar en el reparto de cuidados, la consecución de una mayor autonomía de las mujeres, y la capacidad de sentarnos a pensar en una economía feminista. Además, la renta básica ataca a la desigualdad no solo de género sino también entre las mujeres. Mujeres de distinta clase, de distinta raza, de distinto origen. Obviar las desigualdades dentro del género nos ha llevado a propuestas feministas que no solo no cuestionaban las lógicas hegemónicas de poder más allá del género, sino que desplazaban la desigualdad del género a la clase, posibilitando la conciliación no a través de una mayor implicación de los varones sino por la externalización de los cuidados a otras mujeres con menos recursos. Así, la universalidad de la renta básica a la hora de garantizar un piso común material tiene un potencial interseccional que pocas medidas tienen, y no es incompatible con apuntar a un mayor reparto de cuidados entre géneros o a nivel de sociedad, sino que en muchos casos podría suponer una base sobre la que facilitar un mejor pago a los cuidados como servicio, y un mejor reparto en las familias al posibilitar jornadas laborales menos extensas.

Una renta básica también actuaría en el ámbito de la libertad y la autonomía, en todos los casos, pero especialmente entre las mujeres: como ya han expresado muchos defensores y defensoras de la renta básica, daría poder de negociación frente a la pareja, el patrón y el estado. Los discursos de autonomía, empoderamiento e independencia femenina tendrían respaldo material sobre los que sustentarse. No solo desde una mirada individual: Ese dinero podría ser caja de resistencia para las luchas laborales, fondo común para cooperativas, comunidades políticas o de convivencia que planteen otros modelos. Es muy difícil mirar a lo lejos sin dinero, es muy difícil construir a largo plazo cuando la precariedad no te deja tiempo.

Por último, la lucha por la renta básica nos ayudaría no a resolver, pero si a ganar tiempo, en debates centrales que atraviesan los feminismos: permite que lleguen recursos a aquellas personas que se ocupan de los cuidados, sin que estas se tengan que especializar como “cuidadoras” riesgo que se ha señalado acertadamente desde los feminismos cada vez que se ha planteado la opción de remunerar el trabajo reproductivo que se ejerce en las familias. También permitiría encontrar un terreno común entre quienes quieren abolir la prostitución y quienes quieren dotarla de derechos laborales: dar una herramienta a las mujeres para que puedan abandonar la prostitución o dejar de ejercerla en condiciones denigrantes, mientras persiste el debate.

En el año 2020, con un paradigma del empleo insostenible, una catástrofe económica que se ensaña con las mujeres, una crisis de los cuidados descomunal, y los feminismos desgarrados internamente, sería esperanzador, potente, que tantas mujeres, colectivos, organizaciones feministas, con la mirada necesaria para no permitir derivas en esta lucha por la seguridad vital y la autonomía que es la renta básica universal, caminásemos juntas por una herramienta que puede mejorar la vida de todas ahora, y darnos tiempo, serenidad y autonomía para seguir luchando por cambiarlo todo.

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