Ciencia ciudadana: Democratizar la ciencia más allá de la divulgación

 

Galde 44, Udaberria 2024 Primavera. Francisco Castejón.-

1.- Ciencia y sociedad

Los avances científicos y tecnológicos a menudo tienen un gran impacto sobre nuestras formas de vida y también sobre nuestra manera de entender el universo. Estos avances son a menudo ambivalentes y tienen efectos positivos y negativos sobre nuestras vidas.

En la vertiente más clásica, se puede decir que las tecnologías que se despliegan tienen multitud de impactos. Afectan al medio ambiente, como sucede con la quema de combustibles fósiles y el cambio climático; modifican las relaciones de producción, como ocurre con la automatización en la industria; impactan sobre nuestra intimidad y minan la creatividad, como hace la inteligencia artificial; cambian el esquema de nuestras comunicaciones, como lo hizo internet; dan ventajas en la guerra, como hace la bomba atómica,…

Es decir, las tecnologías desplegadas en los últimos 200 años han cambiado la faz de la tierra. Y, desde luego, parece mentira que todo esto haya ocurrido al margen de la voluntad de la mayoría de la población.

Pero no solo eso, los avances científicos tienen también influencia filosófica y han sido capaces de cambiar nuestra imagen del universo y de la vida en varias ocasiones. Varias revoluciones científicas, que se han producido desde los estudios astronómicos de Galileo, pasando por la Mecánica Clásica de Newton hasta la Mecánica Cuántica de Schrödinger o la Relatividad de Einstein, han generado cambios muy profundos en la visión del universo. O el descubrimiento del ADN y de los genes, junto con otros avances en la biología, ha modificado radicalmente nuestro entendimiento de la vida.

Sin embargo, la mayor parte del conocimiento científico no es accesible a la mayoría de la ciudadanía. A pesar de todos estos importantes efectos de la ciencia y la tecnología, el control y el conocimiento de la ciudadanía sobre la actividad científica es más que limitado. Por ello la ciudadanía en general raramente puede influir sobre qué actividades científicas se realizan y cuáles no, así como tampoco tiene acceso a buena parte del conocimiento que produce la ciencia. En buena medida nos encontramos con que la ciudadanía en general no está capacitada para entender el complejo lenguaje que usa la comunidad científica, que se asemeja a los brujos de la tribu que manejan enormes fuerzas fuera del alcance de los mortales.

Y esto es grave porque, además de los grandes efectos sobre la sociedad, una buena parte de la actividad científica se financia con fondos públicos, que provienen de los impuestos pagados por la ciudadanía, que debería darles más derecho a tener un control democrático sobre la actividad científica.

En nuestro país, por ejemplo, la fracción de la investigación científico-tecnológica realizada por el sector privado es minoritaria. Dado que el dinero que se gasta es mayoritariamente público, es simplemente democrático que la opinión de la sociedad pueda tenerse en cuenta a la hora de decidir el destino de las inversiones en ciencia y tecnología.

El problema, como se ha dicho, es que los conceptos y el lenguaje de la ciencia son lejanos y, a menudo, difíciles de entender por la mayoría de la población. Esta barrera entre la ciencia y la sociedad es una de las grandes dificultades para realizar esa necesaria conexión democrática entre la comunidad científico-tecnológica y la ciudadanía para que el impacto de las actividades científicas pueda ser controlado y elegido en alguna medida por la población.

2.- Democratizar y difundir la ciencia

Para vencer este desafío, para superar la distancia que la separa la ciencia de la ciudadanía, es necesario cambiar las actitudes de la comunidad científica, pero también de los actores sociales.

La sociedad tiene derecho a conocer las actividades de los científicos y a disfrutar del conocimiento que la ciencia produce, sea por motivos prácticos o por mero disfrute, especialmente si hablamos de ciencia desarrollada por organismos públicos.

El conocimiento ciudadano de los resultados científicos tiene la ventaja para los científicos de que dichos resultados serán apreciados por la sociedad, haciendo que ésta preste atención al bienestar y a los recursos de sus científicos y, por tanto, a la financiación de la ciencia. Además, de esta forma los hallazgos científicos pasen a formar parte del acervo de la cultura, porque la cultura no son solo las bellas artes, el teatro o la música. También es el conocimiento de la genética, del universo o la mecánica cuántica, por poner algunos ejemplos.

La comprensión de todos estos resultados requiere un esfuerzo por parte de la comunicad científica para hacerse entender por la ciudadanía. La divulgación científica es, sin duda, un instrumento de primera línea para acercar la ciencia a los profanos. Existen muchas experiencias interesantes en el mundo de la divulgación científica. Hay cómicos, documentales, publicaciones,… y una comunidad de buenos científicos capaces de explicar sus actividades de forma inteligible para la mayor parte de la población. En los proyectos de investigación financiados se va extendiendo la obligación de realizar esfuerzos de divulgación de los resultados cara al público.

Así y todo, la divulgación no siempre revela cabalmente los resultados científicos y el público ha de confiar en los divulgadores. Por eso es necesaria una pluralidad y una mayor cercanía entre la comunidad científica y la ciudadanía.

Sin embargo, cuando se produce una división entre la comunidad científica sobre un tema dado, como por ejemplo la energía nuclear o la tecnología de los transgénicos, los ciudadanos han de buscar expertos de su confianza que puedan traducir el lenguaje científico y no tienen más remedio que fiarse de que los divulgadores han “traducido” correctamente.

Pero existe la posibilidad de dar un paso más para acercar la ciencia a la sociedad y viceversa. Se trata de poner los medios para que la ciudadanía contribuya a elaborar resultados científicos: estamos hablando de ciencia ciudadana. La ciencia ciudadana permite a la sociedad contribuir a producir los resultados, a compartirlos y, por tanto, a comprenderlos mejor.

3.- Ciencia ciudadana

La Ciencia Ciudadana es aquella que se produce con la participación de voluntarios no pertenecientes a la comunidad científica, que obtienen resultados científicos, o contribuyen de alguna manera a su obtención. Para contribuir eficazmente, la ciudadanía se debe imbuir de la capacidad de comprensión de los desarrollos científicos, lo que le confiere, desde luego, la capacidad para opinar sobre ellos.

La ciencia ciudadana es ante todo ciencia. Los resultados han de ser rigurosos y suponer un avance en el conocimiento, como en cualquier otro descubrimiento o desarrollo científico. Pero su carácter ciudadano permite, además, un acercamiento de la ciudadanía y supone un avance democrático puesto que permite a los ciudadanos decidir en qué proyectos participan y cuáles no.

Existen ejemplos importantes de desarrollos científicos realizados por contribución de la ciudadanía. Uno muy célebre, que fue pionero en la ciencia ciudadana, fue el descubrimiento de la estructura fina de las mareas en el Atlántico por William Whewell en 1835. Whewell colocó a miles de voluntarios en nueve países en ambas orillas del Atlántico, que tomaron casi un millón de registros sobre las dinámicas del océano. La descripción detallada de la complejidad de la mareas en las costas era importantísima para la navegación de la época, especialmente para un imperio marítimo como el británico. Estos trabajos le valieron a Whewell la medalla de la Royal Society de Londres, que era una de las mayores distinciones en la época (Darwin la ganó dos veces). De paso que contribuían al conocimiento científico, aquellos voluntarios aprendieron mucho sobre la estructura de las mareas y su importancia para la navegación costera. Hoy en día la NASA sigue usando medidas de los ciudadanos para hacer un seguimiento de las mareas y poder predecir catástrofes.

Las observaciones meteorológicas actuales se basan también en miles de voluntarios en todo el mundo que miden la temperatura, la humedad, la velocidad del viento, las precipitaciones,…y las transmiten a agencias meteorológicas. De esta manera se cuenta con una red muy tupida de mediciones en buena parte del mundo.

Según avanza la ciencia ciudadana, se ponen en marcha todo tipo de interesantes proyectos de investigación, muchos de los cuales tienen impacto directo sobre nuestras condiciones de vida: calidad del agua, calidad del aire, proyectos de historia, de biología,…

La ciencia ciudadana se ha convertido en un instrumento de la población para la protección del medio ambiente.Tal es así, que también tenemos proyectos de medida de la radiactividad ambiental.

La radiactividad natural ambiental, sea de origen cósmico o de origen geológico, nos rodea y nos afecta. Pero además existen numerosas fuentes de radiactividad artificial, como instalaciones industriales o científicas, como sistemas médicos de radioterapia y radiodiagnóstico en hospitales, o las propias centrales nucleares, cuyas emisiones están controladas.

El conocimiento de la radiactividad, de sus efectos, de los niveles admisibles para la ciudadanía y los ecosistemas es un derecho al que no deberíamos renunciar. Asimismo, también lo es conocer la radiactividad a que estamos sometidos. Debemos familiarizarnos con las dosis típicas que recibimos solo por habitar nuestro planeta y ser conscientes de cuando las dosis son peligrosas y cuando no los son.

Existen múltiples aplicaciones de teléfonos móviles que permiten medir la radiactividad gamma. Y aún más recientemente han aparecido aplicaciones que calculan la dosis efectiva. Sería sencillo conseguir una población de ciudadanos comprometidos que instalen estas aplicaciones en sus móviles y usen estos para medir la radiactividad ambiental.

Como ya se ha dicho, para realizar ciencia ciudadana las actividades han de ser rigurosas. En este caso, los métodos de medida deben ser homologados y las medidas deben ser certificadas.

4.- Conclusiones y limitaciones de la ciencia ciudadana.

Cuando se producen los proyectos de ciencia ciudadana, nos encontramos con que el interés público por la ciencia aumenta, lo cual favorece su gestión democrática. Si además los ciudadanos son los garantes de su propio bienestar, como en muchos de los proyectos que se han puesto en marcha, todavía tiene más sentido y utilidad.

Muchas de las reticencias que encontramos a esta forma de hacer ciencia vienen de una postura de superioridad de parte de las comunidades científica y técnica. Muchos científicos se ven a sí mismos como los modernos brujos, dueños de una oculta sabiduría que no puede ser dejada en manos de la mayoría de la gente, porque si se hiciera así, perderían el poder.

No pretendo, desde luego, que a corto plazo todos los ámbitos de la ciencia se abran a la participación de personas ajenas a la comunidad científica, pues todavía existen disciplinas de muy difícil popularización, con una carga necesaria de saber muy especializado. Pero existen numerosas experiencias exitosas que muestran que no es una excentricidad el permitir que los profanos contribuyan también al avance científico.

Y esto es positivo, aun sabiendo que, con toda seguridad, quedarán aspectos de la ciencia en que la ciudadanía no podrá participar por ser la investigación inseparable del complejo lenguaje de la ciencia. Tal sería el caso de algunos problemas de ciencia básica que requieran del uso de complejas matemáticas.

Además, ya se ha abierto la espita y van aumentando los proyectos y los experimentos de ciencia ciudadana de diversa índole, incidiendo incluso sobre ciencia básica. Si esta tendencia sigue avanzando, si la ciudadanía participa más y más, quién sabe dónde estará el límite.

Francisco Castejón
Doctor en Físicas. Miembro de Acción en Red.

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