Ibiltari baten egunkaritik. Se acabaron las fiestas

 

Galde 28, udaberria/2020/primavera. Lourdes Oñederra.-

Me ocurre con Edna O’Brien (1930-) que casi todo lo que le leo me llega muy adentro, toca algún punto esencial de mi estructura. Agradezco sinceramente su humor inteligente (“Lo bueno de envejecer es superar el amor ardiente. Es un alivio”). Aprecio como refugio de lujo sus observaciones sobre la escritura (“Es un trabajo masoquista, pero cuando una consigue un párrafo, una simple frase perfecta, entonces, ¡qué felicidad!”). Me conmueve su elegante capacidad de retratar la complejidad de las personas, sus relaciones, la manera de gestionar la vida.

Edna O’Brien publicó en 1960 la novela Country girls (2013, Las chicas de campo) de la que el párroco de su pueblo quemó públicamente varios ejemplares. Sus seis primeros libros fueron prohibido en Irlanda. Vive en Londres desde 1954 siempre que no la aparta de allí algún viaje, como los dos que hizo (de tres y ocho semanas respectivamente) a Nigeria para conocer de cerca el drama de las niñas capturadas por Boko Haram y así poder escribir su última novela, Girl, publicada en 2019 (publicada el mismo año en español, La chica, y en catalán, La noia).

En estos días tan extraños que nos está tocando vivir he vuelto al último de los once relatos del libro que publicó en 2011, Saints and sinners (‘Santos y pecadores’). La historia se titula “Viejas heridas” y trata de una familia dividida por algo que alguna vez ocurrió. Los miembros de las dos facciones no se dirigían la palabra y evitaban la mirada cuando se encontraban en funerales. Cuando los mayores fueron desapareciendo, la narradora y su primo Edward, ambos pasada su mediana edad, inician una reconciliación. Se saludan por primera vez en un centro de jardinería y empiezan a ir juntos de vez en cuando a visitar el panteón familiar, que está en una isla en medio del río Shannon. Entre visita y visita, como ella vive fuera, se escriben cartas. Él le va contando la cotidianeidad de su vida: el campo, las visitas al oculista en Dublín, la mala salud de su mujer Moira. Entretanto ella nos cuenta sus recuerdos de infancia, de juventud, de las novias de su primo (doce años mayor que ella). Cuando cada verano ella vuelve a Irlanda, hacen excursiones. Un año, después de prometérselo en sus cartas una y otra vez, él le enseña a disparar. Había aprendido a escondidas de su madre y le gustaba cazar. Hablan de perros, de sus nombres, de distintas anécdotas. Pero nunca hablan de la familia… Luego empiezan a hablar por teléfono como una vez al mes. Un día de verano, el primo le dice que su mujer no quiere que la entierren en el panteón familiar, sino en un cementerio junto a la ciudad. Él no lo entendía. Ellos dos, primos, descansarían juntos en la isla.

La mujer de él muere y ella, la prima, manda flores por Interflora. En la siguiente llamada telefónica ya no hay rastro del calor de la amistad. Había ido mucha gente al entierro, “buena gente”, le dice el primo. A la isla: la habían enterrado en la isla… La siguiente vez que se ven, él está hospitalizado y de mal humor. Ella no le ha podido comprar flores. Sabe que él va a morir. La tensión es insoportable. Ella piensa que podría abrazarlo, pero le es imposible. El primo le dice que ya han cincelado el nombre de él en la lápida, junto al de Moira… Sin embargo, cuando unos meses más tarde ella va a su entierro, ninguno de los dos nombres está.

Tras un tiempo de activa vida social, Edna O’Brien soñó que les echaba grasa de oca encima a los invitados que tenía sentados alrededor de la mesa de su cocina. En el sueño la cocina de su casa era reconocible, pero había signos y campanillas, como si fuera la cocina de un hospital. Al despertarse decidió que se había terminado la época de las fiestas. Había leído a Yeats decir que en los sueños empiezan las responsabilidades. No sé quién soñaría hace unos meses con este virus que ha echado a los invitados de nuestras mesas. Ahora que se nos han acabado las fiestas, ojalá los sueños nos responsabilicen y nos renueven: ojalá seamos capaces de librarnos del veneno de las viejas heridas y de valorar, sobre todo, la amistad.

Atalak | Kultura

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