Trans* en el punto de mira

Galde 32 udaberria/2021/primavera. Josebe Iturrioz.-

Mi objetivo no es realizar una disquisición sobre leyes, no quiero estar todo el rato perdida en el dato, citando una y otra vez las mismas cosas. Se trata de señalar un conflicto político, social y humano. Están pasando tantas cosas en los últimos años que es difícil reaccionar, pensar con calma. La fuerza que ha tomado el feminismo desborda las propias estructuras del movimiento feminista y se han introducido voces del poder hegemónico -voces que no conocen las estructuras, ni la historia del propio feminismo autónomo y autóctono- hasta tal punto, que podemos empezar a hablar ya de un feminismo eminentemente blanco, heterosexual y burgués cuya única lucha se centra en dos cuestiones: la transexualidad y la prostitución. Estos son ahora los problemas de la agenda política feminista, todo lo demás, la violencia machista, la violencia sexual en la infancia, las violaciones, la explotación, la trata y la economía giran en torno a estos dos pilares. Reduce el prisma desde donde se puede hablar: en este momento el cuerpo violador, pedófilo, maltratador, es el trans y no la masculinidad hegemónica. Es una feminidad bastarda, una mujer trans la que es violador, agresor; es el cuerpo peligroso. No se quiere ver como un cuerpo especialmente enviolentado y vulnerabilizado, no importa las violaciones o la violencia que haya padecido, de eso no se quiere hablar.

A los trans masculinos ni se les ve, ni se les espera. Tan sólo son leídos como hombres para desacreditar su experiencia y su voz política. Aunque hayamos sido muchos los que hemos crecido en el feminismo, ahora se nos expulsa porque somos el enemigo. Mientras las trans femeninas son peligrosas por no tener vagina, los trans masculinos, aunque tengan vagina, son el enemigo. Mientras tanto, poco hablamos de la masculinidad hegemónica y su violencia. Sectores del feminismo pactan con la ultraderecha y ahora la pelea está insertada en nuestro bando; ya no nos atacan los fundamentalistas católicos, ahora se nos dispara en nombre del feminismo. El bloqueo de la ley trans es un tiro en la nuca al colectivo trans.

La bronca se ha instalado en el seno del feminismo, las redes sociales desvirtúan los debates y al mismo tiempo intensifican la violencia. Y casi sin tiempo para respirar somos muchas las que nos preguntamos ¿Qué ha pasado? ¿Cuándo nos hemos convertido en el enemigo? Durante años han sido muchas las activistas y militantes feministas que han intentado complejizar la mirada, tratando de comprender hasta dónde hunde sus raíces la violencia machista. Y ahora nos enfrentamos a un movimiento reduccionista y esencialista que caricaturiza los conceptos y las posiciones políticas.

Reducir la identidad a una marca biológica, tratar de dividir la sociedad en machos y hembras es tirar a la basura los últimos cien años de historia del pensamiento feminista. Una de las estrategias políticas del feminismo de los 60, 70 y 80 del siglo pasado consistía en combatir el determinismo biológico rebatiendo que las mujeres, por el mero hecho de nacer con coño, no podían ser predeterminadas a una posición social. Un coño no te hace más débil, ni más vulnerable, no te prepara para la maternidad, ni hace que debas vender tu vida por amor. Todo esto tiene que ver con las relaciones de poder establecidas por un régimen que instaura unas relaciones jerárquicas concretas y define a las mujeres como hembras, procreadoras y cuidadoras silenciadas.

Este sistema machista es el mismo que naturaliza la heterosexualidad y necesita para funcionar hombres y mujeres identificables. Se trata de una estructura que sostiene la producción social y condena a los cuerpos diagnosticados como mujeres a una posición de subordinación, es decir, de productoras y cuidadoras de la especie humana. Así nos lo explicaba Wittig en su Pensamiento Heterosexual (1992): “La continua presencia de los esclavos y los amos proviene de la misma creencia. Como no existen esclavos sin amos, no existen mujeres sin hombres” y añadía: “La categoría de sexo es una categoría política que funda la sociedad en cuanto heterosexual”.

Cuando llegué al Movimiento Feminista de Euskal Herria con 19 años pensaba que el objetivo del feminismo no era re-esencializar los sexos, sino que más bien se trataba de desdibujarlos; no me imaginaba como parte de un movimiento que necesita mantener la segregación de los baños y los vestuarios. Y mucho menos un feminismo que abogara por un deporte segregado por sexos, naturalizando así la fuerza en el cuerpo masculino y la debilidad en el cuerpo de las mujeres. Pensaba que se trataba de conseguir una sociedad donde triunfara la androginia. Imaginar una sociedad sin patriarcado era soñar con un mundo donde hombres y mujeres no tuvieran sentido, donde la heterosexualidad no fuera la norma y todas las demás no tuviéramos que definirnos en relación a las identidades heteros.

Fijémonos en las siglas del movimiento LGTBIQ+: nótese que ya no entran las letras porque lo que tratamos de nombrar son un sin fin de cuerpos que no caben en las categorías de la identidad heterosexual, aunque estas siglas también son reduccionistas ya que no nombran una identidad, sino más bien visibilizan cuerpos disidentes. Resulta paradójico tener que ordenar todas las identidades en cajones para que las identidades supremacistas subsistan. Así nos encontramos con muchas mujeres que se definen como lesbianas pero que la mayor parte de su vida han estado ancladas a la heterosexualidad, o mujeres que se definen como bixesuales y nunca han estado con un tío, maricas que pueden enrollarse con bolleras y viceversa, y personas asexuales que se entienden fuera del marco de la heterosexualidad. Esta idea de definir a todos los raros no es más que un ejercicio para salvar la normalidad, manteniendo el sentido de los cuerpos que representan las identidades hegemónicas de la sociedad. Ahora nos acusan de “borrar a las mujeres” y atacan al colectivo trans mientras hacen pactos con la masculinidad hegemónica y verdaderamente asesina. Pero si el sujeto del feminismo es la mujer, quiere decir que Margaret Thatcher o Macarena Orona son más sujeto del feminismo que Carla Antonelli o Laura Bughalo. Es lo que tiene encarnar los sujetos políticos en identidades. Y si este concepto -identidad- ya es complicado en filosofía, matemáticas y ciencias naturales, en lo social es una bomba de relojería.

La identidad es cambiante y lo que entendemos como “yo” está siempre cruzado por múltiples ejes de opresión. Así fue como entendimos que el machismo se conecta con otras violencias como el racismo, la lesbofobia, la transfobia, el capacitismo, el especismo… No se trata de generar un movimiento segregado que da carnets a sus integrantes según su marca biológica, sino de entender y luchar contra estas formas de opresión y violencias que operan conectadas. El feminismo y otras formas de lucha no tienen que ver con cuerpos esencializados y bien identificados como las grandes víctimas del patriarcado, sino con generar agencia y capacidad de lucha para muchos cuerpos enviolentados, vulnerabilizados y expropiados por un sistema que entrelaza muy bien las formas de opresión.

Paradójicamente, el feminismo hegemónico coloca en el punto de mira al colectivo menos peligroso de la sociedad: el colectivo trans. Niega la autodeterminación de género, le da miedo que se le desordene la sociedad, teme más que le viole una persona trans que un hombre como dios manda. No cuestiona la heterosexualidad como régimen sexual que define a los géneros como complementarios y por oposición, y contra todo pronóstico, se alía discursivamente con la ultraderecha y deja de darle de lleno al patriarcado para instalar la violencia en el seno del movimiento feminista. Resulta increíble que quien entiende perfectamente que con tu cuerpo hagas lo que quieras en el caso del aborto, después se oponga a la autogestión del género.

Josebe Iturrioz. (Activista Transfeminista).

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