Permiso para menstruar

 

Galde 34, udazkena/2021/otoño. Amaia González Llama.-

El Ayuntamiento de Girona aprobó el pasado 14 de junio la puesta en marcha de un permiso menstrual para las trabajadoras del consistorio, de manera que estas dispondrán de 8 horas al mes para ausentarse del trabajo por molestias o dolores relacionados con la menstruación. Eso sí, esas horas deberán recuperarse en un plazo de tres meses[1]. Es una buena noticia que la menstruación empiece a ser incluida en la agenda pública y laboral. Ahora bien, no todo vale en el camino de la visibilización de los cuerpos femeninos y menstruantes si no queremos caer en un relativismo que obvie las luchas libradas y la ingente cantidad de investigación con perspectiva feminista realizada. Este artículo pretende, mediante una toma de posición basada en un análisis sociológico y feminista, contribuir a un debate imprescindible si queremos continuar avanzando en el camino hacia la auténtica igualdad de derechos laborales.

Decir que las mujeres tenemos la posibilidad de recuperar hasta ocho horas de trabajo en un plazo de tres meses es negarlo que numerosas investigaciones vienen mostrando desde hace décadas: que las mujeres dedicamos mucho más tiempo que los hombres a trabajos no remunerados, sobre todo a las tareas domésticas y de cuidados. Las mujeres hemos accedido al mercado laboral, a la educación y a la vida pública en general (aunque con un sinfín de matices), pero el testigo del cuidado de las hijas y del resto de las personas del entorno cercano no lo han cogido los hombres.

Omitir esta realidad no solo es perjudicial a la hora de pactar medidas que pretendan mejorar nuestras vidas; también muestra que, en efecto, no importa lo alto o claro que lo digamos: seguimos sin tener voz. Por eso seguiremos diciendo y demostrando que las mujeres cargamos con el peso de los cuidados; que somos, con gran diferencia en relación a los hombres, quienes asumimos las tareas de lo que, por otra parte, es imprescindible para el mantenimiento del sistema productivo en el que vivimos; que el problema no es cuidar, que el problema es que no se cuida a las cuidadoras, y que ese descuido se debe al perfil de quienes a ello se dedican: mujeres, mujeres migradas, mujeres de clase trabajadora, mujeres precarizadas.

En este sentido, pensar que podemos recuperar sin mayores dificultades horas de trabajo es obviar las enormes diferencias existentes entre empleos y, por consiguiente, entre clases sociales. No necesitamos salir del propio ayuntamiento en el que se ha aprobado esta medida para encontrar estas diferencias: no es lo mismo tener que recuperar una hora diaria para quien se dedica a tareas administrativas en oficina que para quien limpia la oficina donde se realizan dichas tareas. Cualquiera que haya trabajado siquiera un mes en ocupaciones en las que el cuerpo se ve sometido a grandes esfuerzos (cargar pesos, hacer movimientos repetitivos, estar muchas horas de pie, pasar frío o calor, etc.) sabe que una se piensa dos y tres veces hacer cualquier cambio en su horario si eso supone tener que añadir más tiempo, por poco que sea, a otra jornada laboral.

Por si todo esto fuera poco, parece que se nos escapa que, normalmente, se menstrúa todos los meses. El estrés que arrastramos cada mes, entre otras cosas, por las condiciones laborales, vitales y ambientales, puede hacer que menstruar duela. ¿Por qué? Porque la cotidianidad a la que estamos sometidas la mayoría de las mujeres es incompatible con una buena salud menstrual. La doctora Christiane Northrup en su ya clásico libro Cuerpo de mujer, sabiduría de mujer no deja lugar a dudas: “Comencé a comprender que el síndrome premenstrual, el dolor pelviano, los miomas, la vaginitis crónica y otros problemas que tenían mis pacientes suelen estar relacionados con el contexto de su vida. Enterarme de su dieta, su situación laboral y sus relaciones solía proporcionarme pistas sobre el origen de esos malestares corporales. Valoré los patrones de vida que se ocultan detrás de esas dolencias de una manera que jamás había considerado antes”.

Esto nos aboca a un perverso círculo vicioso: si por el estrés y el cansancio me duele menstruar y para paliar el dolor cojo horas que después tengo que devolver, ocurrirá que las semanas en las que recupero esas horas mi cuerpo va a sufrir las consecuencias de ese cansancio físico y mental extra. Una de esas consecuencias puede ser, de nuevo, dolor menstrual, pues si el motivo del dolor persiste e incluso gana espacio (más horas de sometimiento a las condiciones que lo provocan) parece lógico pensar que el dolor se repita e incluso aumente. Puede también suceder que donde no había patología empiece a haberla.

Aquí encontramos la principal y más perversa paradoja de la medida que estamos comentando: pensada para gestionar mejor el dolor menstrual en el espacio laboral puede acabar agravándolo.

Cuestión de credibilidad

Como señala Rebecca Solnit en Recuerdos de mi inexistencia, tener voz supone “la posibilidad de participar plenamente en las conversaciones que configuran la sociedad, las relaciones con las demás personas y la propia vida”. Esto solo es posible partiendo del principio de “credibilidad”, lo que significa que cuando una persona, en este caso una mujer, dice algo “desafiante”, los demás deben estar “dispuestos a creerla, con lo cual no quiero decir que las mujeres nunca mientan, sino que los relatos deberían evaluarse según sus propios términos y contextos, en vez de por la afirmación patriarcal de que las mujeres no están en absoluto capacitadas para hablar”.

Esta expropiación de la credibilidad es un pilar maestro del patriarcado y de su connivencia con el sistema capitalista y las políticas neoliberales bajo las que transcurren nuestras vidas. Si gozásemos de la credibilidad que merecemos, a la luz de las numerosas investigaciones realizadas, se daría por finalizado este debate de una vez por todas en favor de un rotundo, aceptado y no discutido: La menstruación es un proceso biológico más que necesita su espacio para desarrollarse. No es una patología. Punto. A partir de aquí, comencemos a trabajar para crear ese espacio.

Que nuestro permiso para menstruar sea condicional significa que no se nos cree cuando decimos que menstruar en determinadas condiciones duele. Esta condicionalidad nos obliga a elegir entre sufrir este mes o sufrir más el mes que viene: si se nos creyera, difícilmente se nos colocaría en semejante tesitura.

El derecho a la salud laboral, a que se respeten las necesidades corporales de las trabajadoras y trabajadores, es un éxito de la clase trabajadora que, pese a sus carencias, resulta fundamental. Como todos los derechos sociales debemos concebirlo como algo en continua construcción al servicio de la mejora de la vida de todas las personas, de la sociedad en su conjunto. Aquí entra, entre otras cosas, el debate sobre la menstruación en los espacios laborales.

De la misma forma que tenemos derecho a no respirar sustancias tóxicas en nuestro puesto de trabajo, o a contar con material ergonómico y de seguridad para el desarrollo de nuestra actividad laboral, tenemos derecho a menstruar sin dolor, a que se eviten los elementos y situaciones que hacen que suframos dolores durante la menstruación (y tengamos que medicarnos por ello para continuar trabajando) y que son factor de riesgo en la generación de patologías asociadas al ciclo menstrual.

No podemos conformarnos con un permiso cuyas horas haya que recuperar; debemos aspirar a un derecho a la salud que incluya la menstruación como uno de sus elementos centrales.La conciliación de los ciclos menstruales con el sistema productivo es necesaria si abogamos por sociedades progresistas y feministas.Deben escucharnos y creernos cuando explicamos en qué consisten nuestras molestias; cuando asociamos dolores menstruales a determinados movimientos que requiere nuestro puesto de trabajo o a determinados momentos de la jornada, o cuando describimos nuestros trucos para encontrarnos mejor. Si se diera este paso comprobaríamos que no es tan difícil adaptar los espacios laborales a nuestras necesidades fisiológicas. Escuchémonos y veremos que tenemos conocimientos y recursos de sobra para construir entre todas soluciones más satisfactorias.

La menstruación estará en el centro un día y ese será el día en el que el paradigma productivista y consumista, fundado sobre el maltrato a los seres vivos humanos y no humanos y sobre relaciones de dominación habrá sido vencido. Porque colocar la menstruación en el centro es otorgar credibilidad e importancia a los cuerpos que la viven y, por extensión, a todos los demás. Mientras ese momento llega, cada paso adelante puede ser tan valioso como el resultado final pues, como sabemos las feministas, el binomio teoría y praxis es imprescindible en la construcción no solo de mejores mundos futuros, sino de mejores mundos presentes.

Amaia González Llama.
Activista menstrual y por los derechos sociales. Estudiante de Sociología.

Notas.-

  1. Tal como se indica en la página web del Ayuntamiento de Girona: “A partir de ahora, las mujeres, hombres trans y personas no binarias que trabajen en el Ayuntamiento de Girona podrán tomarse un permiso menstrual por indisposición debido al periodo menstrual. La finalidad de esta medida es que las trabajadoras puedan conciliar el derecho a la salud y su bienestar con el del trabajo. En total dispondrán de 8 horas al mes, o la parte proporcional correspondiente a la jornada reducida. Estas horas disponibles se podrán coger en fracciones mínimas de una hora y se recuperarán en un período máximo de tres meses”. Fuente: https://web.girona.cat/noticies?id=10737640

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