Cacerolas y choque ideológico

La radicalización de la derecha española ‘copia’ y adapta al nuevo contexto social el imaginario reaccionario de la contestación del Chile acomodado a Salvador Allende en los años 70

La demonización de Sánchez e Iglesias evoca la deslegitimación que se puso en marcha contra el Gobierno de la Unidad Popular 

Galde 29 uda/2020/verano. Alberto Surio.-

Las caceroladas como expresión de protesta social se inventaron en Chile, El mítico grupo ‘Quilapayún’ creó una canción -‘Las ollitas’- en la que describía este recurso de las cazuelas. “La derecha tiene dos ollitas, una grandecita y otra chiquitita”, decía su pegadiza letra. El modelo comenzó a funcionar en 1971 contra el Gobierno de la Unidad Popular como señal pública de descontento ante los problemas de abastecimiento. Comenzó, sobre todo, en los barrios más acomodados de Santiago, la capital, pero después se extendió como un reguero de pólvora por otras ciudades chilenas.
Las marchas de las mujeres con las cazuelas vacías, que golpeaban mientras coreaban gritos contra el “gobierno marxista”, fueron el retrato de aquel convulso momento. A última hora de la tarde, a partir de las nueve, las caceroladas se convirtieron en el ‘plebiscito’ ruidoso que la derecha social chilena, cada vez más polarizada y radicalizada, imponía para ofrecer la imagen de un país que se ‘sublevaba’ frente al poder popular legítimamente constituido según la legalidad constitucional.

La Democracia Cristiana, principal fuerza de la derecha en la oposición, alentaba las protestas pero, al menos en una primera época, prefirió no convocarlas de forma directa. Las manifestaciones, amplificadas al máximo por unos medios de comunicación mayoritariamente en manos del establishment económico contrario al Ejecutivo de la Unidad Popular, tenía un nexo común. Se trataba de un mensaje de odio frontal contra el presidente Salvador Allende, que había ganado las elecciones presidenciales de finales de 1970. Allende era un veterano de la política chilena, había sido senador durante 25 años, presidente de la Cámara alta en sus últimos años. Médico de profesión, había iniciado su trayectoria como ministro de Salud en los años 40. Defensor de la vía democrática al socialismo, su experimento se truncó trágicamente con el golpe militar del 11 de septiembre de 1973. La cúpula de las Fuerzas Armadas derribó el sistema constitucional con un alzamiento que terminó con la vida democrática en el que él mismo, símbolo de dignidad, se quitó la vida en pleno ataque al Palacio de la Moneda antes de rendirse.

‘Cayetanos’ y ‘pijoflautas’

Es evidente que los contextos sociales, políticos y económicos de Chile y el de España son bien diferentes. La España de 2020 no tiene que ver con aquel Chile ‘colonizado, en la que las reformas de Allende tropezaron con la oposición rabiosa de la oligarquía, con la complicidad de las grandes corporaciones norteamericanas, que controlaban buena parte de los recursos naturales del país andino, y con los planes desestabilizadores de la CIA que todos sabemos cómo terminaron. En la catástrofe de la dictadura.

Siendo honestos, aquella Unidad Popular poco tiene que ver con un Gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos. La apuesta por una ‘socialdemocracia de izquierda’ en el sur de Europa está aún rodeada de incógnitas y ahora tiene que lidiar con los devastadores efectos económicos de la pandemia. Los países son bien  diferentes y sus coyunturas también. Tampoco se deben obviar los errores estratégicos que cometió la Unidad Popular chilena. Los tuvo y la ansiedad en determinados procesos históricos es mala consejera, a pesar de que la impaciencia es, muchas veces, la última válvula de escape de las situaciones más desesperadas. El Gobierno de Allende subestimó la capacidad de las clases medias en su proyecto ambicioso de transformación social y, en ese escenario de abierta polarización social, no supo desactivar la creación de un poderoso sector crítico que deslegitimó su ejercicio del poder. Sobre esa realidad se construyó una trama civil que alentó el golpe de Estado y provocó después la larga noche de una dictadura cruel y asesina.

Sin embargo, a pesar de esas diferencias, las caceroladas de esta primavera de confinamiento en los barrios más pudientes de Madrid -después extendidas a otras capitales de provincia-. contra el Gobierno de Pedro Sánchez nos han evocado a veces aquel inquietante imaginario de los años 70. Gritos contra el Gobierno ‘socialcomunista’ de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, y una demonización hacia el extremo de las figuras de Pedro Sánchez y su vicepresidente segundo, Pablo Iglesias, destilan el radicalismo de una nueva derecha; envalentonada y rabiosa, que busca conectar con el malestar social tras una situación tan excepcional y que ha construido un discurso sobre la “falta de libertad” que resuena tras las cazuelas con algunos preocupantes paralelismos.
Sería una caricatura limitarnos a constatar esta rebelión de los ‘pijoflautas’ o los ‘cayetanos’ que golpean las señales de tráfico con sus palos de golf. Hay algo mucho más profundo. De entrada, un intento de los sectores más reaccionarios por replicar entre las nuevas generaciones el movimiento del 15M, pero desde la otra orilla. Los adolescentes que en Madrid cerraban en los últimos meses sus noches de discoteca con el himno español a todo volumen acompañado de taquitos de jamón, son el perfecto caldo de cultivo.

Es evidente que detrás de esta historia se encuentra la ultraderecha de Vox, necesitada de altavoces que amplíen el eco de sus mensajes simplistas y populistas, con una apuesta por la deslegitimación democrática de la izquierda española que recuerda a la derecha republicana más intransigente en los años 30. La misma que construyó la idea de la ‘Antiespaña’ antes de la Guerra Civil de 1936, negadora de la pluralidad ideológica. Y también alejada de los valores de la Transición que Manuel Vázquez Montalbán definió una vez como una ‘correlación de debilidades’, en alusión al pacto que se produjo entre unos aperturistas del franquismo que eran conscientes de sus límites y unos sectores democráticos antifranquistas que también asumian los suyos.

“En los tiempos duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva”, escribía en su día Antonio Machado. “Lo mejor de España es su pueblo, siempre ha sido lo mismo”, añadía. La vigencia de aquellas palabras es demoledora. Lo hacía en una carta en la que se refería a la “heroica y abnegada defensa de Madrid” frente al cerco franquista “que me conmueve, pero no me sorprende”.

‘Fuerzas negras’

Por eso el nervio más preocupante de los episodios de estos últimos meses es que hunden sus raíces en los fantasmas de intolerancia de nuestra historia, en las “fuerzas negras” a las que aludía Machado en su carta. El peligro de que la derecha parlamentaria convencional se vea engullida por esa dinámica que promueve el ultranacionalismo reaccionario español es bien real porque implica una cultura basada en la negación del adversario. Cuando la presidente de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, amenazaba al Gobierno con prender la mecha de la revuelta civil y alentaba la protesta no se limitaba a promover el legítimo y democrático ejercicio de la libertad de expresión y de la crítica al poder. Exhibía el manual que ha diseñado el periodista Miguel Angel Rodríguez, su director de gabinete y hombre de plena confianza de José María Aznar. Y aplica el programa doctrinal de FAES. Choque ideológico contra el Gobierno del coalición de centro-izquierda. Una operación inspirada en las tesis de Steve Bannon, que considera que los partidos centristas europeos han muerto, y que la necesaria clarificación pasa por reconstruir una derecha muy dura y sin complejos, que vaya a degüello contra la izquierda socialdemócrata y le arrebate las banderas populares sin escrúpulos. Bien sea mediante el simplismo sobre la inmigración o bien retorciendo la realidad. Por ejemplo, ni una palabra sobre las nefastas políticas de recortes en la sanidad pública de los gobiernos conservadores en la Comunidad de Madrid. Un doble rasero en la vara de medir que se intenta camuflar con la fácil explotación de los chivos expiatorios y de los agravios emocionales.
Entre 1971 y 2020 han pasado casi 50 años. Una vez permitidas las terrazas en Madrid, la revuelta de las cacerolas se ha apagado por ahora. Pero, sin embargo, hay palabras que se siguen convirtiendo en puños dialécticos.

 

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