La crisis sanitaria y la Crisis Climática

Afrontando una crisis para salir de otra

Galde 29, uda/2020/verano. Maria José Sanz.-

La pandemia global que estamos sufriendo nos ha demostrado que es extremadamente difícil anticipar la magnitud de los riesgos que nos aguardan. Llevamos décadas diciendo que el cambio climático es uno de los mayores retos que la humanidad debe afrontar en los próximos años. Y si de algo estamos cada vez más seguros es que los riesgos para nuestra sociedad van en incremento. ¿Qué podemos aprender de todo esto? ¿Aprenderemos para tomarnos en serio el cambio climático? ¿Nos servirá la salida de esta crisis sanitaria para acelerar nuestros esfuerzos en la lucha y adaptación al cambio climático?

Los retos de esta crisis sanitaria tienen algunas similitudes con la protección del medioambiente y el cambio climático. Hemos visto cómo un evento global nos une y cómo las advertencias de la comunidad científica, que llevaban tiempo avisando de que una situación como esta podía producirse, se han cumplido. Lo mismo sucede con las alertas sobre el clima y el medioambiente.

La ciencia lleva varias décadas alertando de los efectos del cambio climático, de los impactos catastróficos sobre la biodiversidad, el deterioro cada vez más rápido de las funciones de nuestros ecosistemas. Algunos tenemos la esperanza que esta pandemia y sus consecuencias nos ayude a repensar nuestra relación con la naturaleza, y a cambiar para mejor.

Tenemos que cambiar nuestra forma de funcionar para que sea más respetuosa con el medioambiente si queremos seguir disfrutando de sus servicios

La crisis ambiental por la que atravesamos tiene varios elementos distintivos al igual de la sanitaria: La globalidad, de problemas ambientales que afectan a todo el planeta, como el cambio climático o la reducción de ozono estratosférico; La rapidez de los cambios; Y finalmente, la persistencia de algunos de los problemas, el hecho de que una vez generados los impactos producidos se prolongan largos periodos de tiempo e incluso pueden ser irreversibles en algunos casos.

Es indudable que desde los años noventa se ha producido un aumento sin precedentes de la innovación tecnológica, tanto a nivel mundial como históricamente, lo que ha traído consigo innumerables beneficios para la vida de las personas, pero también ha tenido algunas consecuencias negativas. El creciente ritmo del consumo y las actividades relacionadas (extractivas, producción, uso y desperdicios) ha incrementado la explotación de los recursos más allá de la capacidad de recuperación de los sistemas ecológicos.

Por tanto, es «ineludible y necesario» incorporar consideraciones ambientales en las decisiones económicas y sociales a todos los niveles, en consonancia con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODSs). Tenemos evidencias de que las cuestiones ambientales se abordan mejor si esto se hace teniendo en cuenta o de forma sinérgica con aspectos económicos y sociales de relevancia, especialmente tomando en consideración las dimensiones de equidad y de género. Nos debemos de concienciar de que para alcanzar los ODSs es preciso desvincular la degradación ambiental y el uso de los recursos del crecimiento económico y las modalidades de producción y consumo relacionadas con él.

Algunas de las medidas esenciales que cabe adoptar no nos son ajenas y son comunes para abordar ambas crisis, ya que son objeto de debate en todos los ámbitos de nuestra sociedad, aunque no siempre se adoptan de forma coherente y sinérgica. Entre ellas se deberían considerar: reducir la degradación de la tierra, luchar contra la pérdida de biodiversidad y la contaminación del aire, la tierra y las aguas; mejorar la gestión del agua y de los recursos; mitigar el cambio climático (abordando la descarbonización de nuestra economía como prioridad) y adaptarse a él; y usar los recursos más de una forma más razonable. Todas esas medidas precisan de políticas más ambiciosas y eficaces, entre otros, en los siguientes ámbitos: consumo y producción sostenibles, uso y gestión más eficiente de los recursos, gestión integrada de los ecosistemas y reducción de los desechos.

En esta tesitura, la colaboración entre las ciencias sociales y las ciencias «duras» son clave para la proposición de soluciones climáticas efectivas, así como para abordar los retos que los impactos que inevitablemente se puedan producir suponen. Y esta colaboración debe generarse desde el respeto, las diferentes capacidades y perspectivas que la multi-disciplinariedad nos aporta, el coraje de abordar la complejidad de los sistemas físicos y socio-ecológicos, y la necesidad de co-producir conocimiento con los diferentes agentes sociales.

En principio, los científicos e ingenieros podrían implementar cualquiera de estas soluciones. ¿Pero deberían ser ellos? Para responder a esta pregunta, la sociedad necesita humanistas y sus tecnologías «blandas», herramientas intangibles para resolver problemas basados en el conocimiento no científico. Los estudiosos y filósofos culturales pueden inyectar principios éticos en la formulación de políticas. En relación con la reducción de emisiones, los costosos esquemas de adaptación tienen menos probabilidades de beneficiar a las poblaciones indígenas, las generaciones futuras y los pobres, los grupos que son más vulnerables al cambio climático.

Los humanistas también pueden ayudar a los tomadores de decisiones a ver cómo la historia y la cultura afectan las opciones de política. Los planes para mejorar la economía de combustible deberán abordar el vínculo histórico entre el petróleo y la libertad personal. Alternativamente, la humanidad podría seguir quemando combustibles fósiles mientras intenta capturar las emisiones. Sin embargo, algunas sociedades pueden oponerse a los altos costos de las tecnologías de captura de carbono relativamente no probadas.

El cambio climático es más importante cuando afecta a los hogares, los medios de vida y las creencias espirituales de las personas. Al aprovechar lo que mueve a las personas, el campo emergente de las humanidades ambientales puede ayudar a estimular la acción climática. Los estudiosos de historia, filosofía, estudios religiosos, literatura y medios de comunicación están explorando muchos aspectos de la relación de los humanos con la Tierra. Los científicos sociales han resuelto cómo las civilizaciones como los antiguos mayas y los islandeses medievales lidiaron con los choques climáticos. Junto con los científicos, los humanistas ambientales están reformando los escenarios utilizados en el modelado climático. Los escenarios se originaron como una forma de teatro de improvisación, y los humanistas los reclaman como un espacio de ensayo para los cambios sociales masivos necesarios para evitar el cambio climático peligroso.

Creemos que colaboraciones más fuertes entre las humanidades y las ciencias son clave para soluciones climáticas efectivas. Aun así, hay obstáculos que superar. Los humanistas han sido criticados por no aplicar su experiencia a problemas ambientales fuera de los círculos académicos. Por su parte, los científicos deben respetar a los humanistas como académicos por derecho propio, no solo traductores inteligentes de la ciencia dura.

En nuestra opinión, es hora de que los científicos, ingenieros y humanistas rompan estas barreras y aprecien el elemento humano del cambio climático global, y colaboren entre ellos y con los actores sociales en la coproducción de las soluciones y transformaciones necesarias para reconducir el tren de la insostenibilidad en el que estamos montados.

María José Sanz

BC3. Basque Centre for Climate Change-Klima Aldaketa Ikergai

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