Entrevista a Yayo Herrero

Galde 29, uda/2020/verano. Entrevistada por Manu González Baragaña.-

Con formación académica en ingeniería agrícola y antropología, Yayo Herrero compagina su compromiso y larga trayectoria en la lucha y reflexión de movimientos feministas, ecologistas y de defensa de los derechos humanos, con su actividad como profesora, también escribiendo artículos y libros sobre ecología, feminismo… o acudiendo a compartir y conversar en charlas y encuentros ciudadanos. En pleno confinamiento hemos tenido la ocasión de charlar con ella y poder recoger algunas de sus reflexiones sobre el momento histórico que nos está tocando vivir.

La pandemia del coronavirus ha ocasionado una convulsión mundial del sistema global en el que vivimos, ¿cuál es tu percepción personal del momento que estamos viviendo?

De enorme incertidumbre. Quienes trabajamos desde hace tiempo alrededor de la crisis de civilización sabíamos que había grandes probabilidades de que sucediera algo así. Pero cuando llega, golpea fuerte. Yo estaba preparada para la austeridad, para la suficiencia… pero no para el aislamiento físico. El confinamiento, el no poder acompañar a las personas enfermas o despedir a las que se nos han muerto me ha generado una intensa sensación de extrañeza y de distopía.

Ahora, saliendo ya del confinamiento, me preocupa más cómo se va a abordar el desmoronamiento de la economía y el debilitamiento de las instituciones públicas para atender la enorme cantidad de necesidades que quedan sin cubrir, sobre todo para las personas más empobrecidas.

Por otra parte, la violencia de la ofensiva de la ultraderecha es muy preocupante. Las medidas sociales aprobadas por nuestro gobierno, aunque insuficientes, han provocado una verdadera revuelta de las élites y la ofensiva política y mediática – también en cierto modo judicial, con tintes de lawfare que evocan lo sucedido en Brasil. Se evidencia hasta qué punto van a intentar hacer todo lo que sea preciso para garantizar y blindar sus privilegios en un marco económico que colapsa.

En el otro polo, hemos vivido unos días de importante rearme comunitario en el que la visibilización de trabajo ocultos y la valoración de los servicios públicos ocupan la centralidad de muchos análisis. Es una buena noticia, pero su capacidad de hacer frente a las miradas excluyentes y autoritarias, dependerá de la existencia de movimientos emancipadores especialmente fuertes y cohesionados que en mi opinión, aún no tenemos.

Se abre un escenario que agudiza las tensiones y contradicciones que se viene produciendo durante las últimas décadas. Muchas personas e instituciones advierten que el frenazo forzoso y en seco de la crisis del Corona Virus va a causar una crisis peor que la de 2008 y, según se aborde – priorizando a las personas y sus condiciones de vida o poniendo toda la energía en el crecimiento de las tasas de ganancia – las consecuencias serán o no devastadoras.

La escritora y bióloga marina Rachel Carson ya nos alertaba de la capacidad autodestructiva de nuestra civilización, ¿cuáles crees que son los principales factores que nos han llevado hasta aquí?

La cultura occidental se ha desarrollado en contraposición con las bases materiales que permiten sostener la vida humana. Paradójicamente, en una sociedad autodenominada sociedad del conocimiento, mucho de lo aprendido en el terreno de la tecnociencia o la economía no nos pone a salvo de nosotros mismos.

Vivimos ignorando las relaciones de ecodependencia e interdependencia, indispensables para la conservación de la vida. La ausencia de percepción de los límites y la vulnerabilidad hacen que, incluso cuando queremos reparar los daños, corramos el riesgo de agravarlos.

Y lo sabemos desde hace tiempo. Las primeras alertas llegaron en 1972, cuando se publicó el Informe Meadows sobre los límites al crecimiento. La Evaluación de los Ecosistemas del Milenio, el IPCC, la Agencia Internacional de la Energía, el IPBES… La comunidad científica en múltiples universidades y organismos de todo el mundo han ido señalando, cada vez con más exactitud y datos, que atravesamos una crisis causada por el desbordamiento de los límites y la biocapacidad de la Tierra. En el origen del problema está un sistema económico movido por la dinámica expansiva del capital que necesita crecer exponencialmente, consumiendo materiales, energía, agua, territorio o biomasa, pero que ha de hacerlo en un planeta que sí que tiene límites.

El problema es que la dinámica expansiva del modelo económico capitalista es incompatible con la conservación de la vida en el tiempo. La lógica económica, basada en el crecimiento, que no observa ni comprende los límites se ha instalado también en los imaginarios sociales, que han interiorizado una especie de lógica sacrificial: todo merece la pena ser sacrificado con tal de que la economía crezca. A causa, entre otras cosas de la superación de los límites planetarios, la economía global cada vez tiene más problemas para crecer satisfaciendo las necesidades de todos y todas. Cada vez hay más gente arrojada a los márgenes de la vida.

A mi juicio, esta situación paradójica desvela la contradicción esencial de nuestro tiempo. La mejora de los indicadores bursátiles, el crecimiento del PIB y, sobre todo, las cuentas de resultados de fondos de inversión y el reparto de dividendos exigen sacrificios. La sacralidad del crecimiento económico, la concepción de la economía actual como la única posible se ha transformado en una verdadera religión civil. Merece la pena sacrificarlo todo con tal de que los beneficios crezcan. Solo las ocasiones en las que la economía fracasa, los indicadores biofísicos mejoran.

Reafirmando la vulnerabilidad y la interdependencia de sociedades complejas como la nuestra ¿qué aspectos resaltarías al respecto? ¿Qué cuestiones deberíamos repensar? ¿Qué nuevas preguntas cabe formularnos?

Reconocernos como naturaleza y seres ecodependientes y ser conscientes de nuestra vulnerabilidad y de la imposibilidad de mantener la vida en solitario es el paso previo para reconstruir otra forma de vivir.

Queramos o no queramos, la humanidad vivirá con menos energía y menos minerales, y además lo hará en medio del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el riesgo de enfermedades y pandemias. Prepararnos para lo que viene requiere anticipación, y asumir estilos de vida guiados por tres principios: el de suficiencia, el del reparto (de la riqueza y de las obligaciones que comporta tener cuerpo y ser especie) y el del cuidado y lo común como guías orientadoras de la política. La palabra clave es comunidad. La supervivencia digna nos va en reinventar nuevas formas de organizarnos colectivamente bajo esos tres principios.

Debemos plantearnos muchas preguntas… No son nuevas, pero aún no se han abordado con seriedad.

¿Cómo hacer para garantizar las condiciones de vida para todas las personas? ¿Qué producciones y sectores son los socialmente necesarios? ¿Cómo afrontar la reducción del tamaño material de la economía de la forma menos dolorosa? ¿Qué modelo de producción y consumo es viable para no expulsar masivamente seres vivos? ¿Cómo abordar las transformaciones que el cambio climático va a causar en nuestros territorios? ¿Cómo mantener vínculos de solidaridad y apoyo mutuo que frenen las guerras entre pobres, vacunen de la xenofobia y del repliegue patriarcal? ¿Cuál es la escala adecuada de actuación? ¿Qué papel juega la autoorganización, el municipalismo, el estado-nación y las alianzas internacionales? ¿Qué tipo de servicios público y sociocomunitarios necesitamos?

La seguridad humana, su percepción, es algo complejo y poliédrico y en las discusiones actuales se interrelaciona a su vez con el debate sobre la libertad en un sentido amplio, incluyendo la hasta ahora irrestricta libertad de mercado. ¿Cuál es tu visión al respecto?

Construir seguridad es la primera y principal razón de la vida social. Franz De Waal nos recuerda que cuanto más vulnerable es una especie, más gregaria es.

La vida de un ser humano no es una certeza abstracta y aislada, no se mantiene sin que se dé una importante cadena de mediaciones entre las personas y con la naturaleza. La naturaleza humana individual está siempre enmarcada en la incertidumbre radical y ante ella, las sociedades han desarrollado conocimientos, instituciones y prácticas para establecer una mínima seguridad que permitiese sentirse a salvo.

Hasta qué punto las sociedades están dispuestas a asumir los riesgos que suponen forzar el agotamiento y los cambios en la autoorganización de la naturaleza, así como dificultar y debilitar las capacidades de reproducción cotidiana de la vida, tiene mucho que ver con las visiones hegemónicas del poder político y económico, que son patriarcales y priorizan la obtención de beneficios. Y también con el analfabetismo ecológico y biológico de las mayorías sociales que han interiorizado en sus esquemas mentales una inviable noción de progreso, de bienestar o de riqueza que resulta enormemente funcional para el sostén del sistema dominante.

En las sociedades actuales, aumenta de forma rápida la sensación de sentirse expuesto: personas sin refugio, precariedad laboral, crisis climática, exclusión, violencia machista, terrorismo… La retórica de la seguridad como prioridad se centra en el discurso dominante en la defensa nacional, en el blindaje de fronteras o en la criminalización de quienes son diferentes.

Creemos que las perspectivas ecofeministas pueden ayudar a repensar qué significa estar a salvo, qué es una sociedad que refugia, cómo construimos espacios seguros. La cuestión central es hacerse cargo de los límites y la vulnerabilidad de lo vivo. En este sentido, es interesante la aportación analítica que realiza Kate Raworth en La Economía del Donut. Raworth señala que los seres humanos tenemos un suelo mínimo de necesidades que garantizan poder tener una vida digna y también un techo ecológico que no es razonable superar si no queremos correr importantes riesgos ecológicos. Entre ese techo ecológico – marcado por los nueve límites planetarios a los que aludíamos anteriormente – y ese suelo mínimo de necesidades – de refugio, alimentación, afecto, seguridad o participación – es donde existe un espacio en el que es posible construir vida segura para todas las personas. Articular la economía entre las necesidades y los límites es clave.

Además de la pandemia vírica, como venimos hablando, estamos inmersos en una emergencia climática y una crisis global donde las relaciones internacionales, el modelo económico, los estados, sistemas políticos y movimientos sociales, pujan por el relato a extraer de esta experiencia histórica. ¿Cuáles serían para ti las principales cuestiones en las que deberíamos fijarnos?

Pocas semanas antes de la declaración de estado de alarma, el relator sobre extrema pobreza y derechos humanos de la ONU Philip Alston, advertía de la preocupante situación social que se vivía en nuestro país y concluía que había visto barrios “en peores condiciones que campos de refugiados”. Quiero señalar al decir esto que en los momentos previos a la llegada del Corona Virus, la precariedad, la fragilización el derecho del trabajo, la pobreza habitacional o energética eran ya estructurales.

Pero además, la situación de alarma por el Corona Virus, se inserta en un estado de emergencia ecológica y climática. Las proyecciones que establece la comunidad científica para nuestro país hablan de cómo el cambio climático va a afectar gravemente a nuestras economías, a nuestros lugares de residencia, o a nuestros puestos de trabajo. Igualmente, la crisis de energía y materiales, van a tensionar de forma aún más fuerte el mantenimiento de las economías globalizadas.

En paralelo, en estos días de frenazo económico, la calidad del aire ha mejorado ostensiblemente, las emisiones de gases de efecto invernadero disminuyeron en China, al igual que el transporte aéreo. Hemos visto que se han prohibido los despidos, los desahucios y los cortes de luz y agua; e incluso se ha aprobado un ingreso mínimo vital que garantice la satisfacción de las necesidades básicas para todas las personas. Es decir, durante el período de excepción, se han producido situaciones y se han aprobado medidas inimaginables en período de normalidad.

El Corona Virus hubiese sido una catástrofe, incluso con servicios públicos más robustos, pero evidentemente el desmantelamiento y privatización que ha sufrido la sanidad o la atención a las personas más mayores agudiza y hace mucho más complicado afrontar situaciones de emergencia que van a ser más frecuentes de aquí en adelante.

El hecho de que el abordaje de la crisis del 2008 se hubiese saldado con un empeoramiento de las condiciones laborales y un aumento de los niveles de precariedad, obviamente, no ayuda.

Por otro lado, ha emergido también con fuerza la revalorización social de los servicios públicos. Después del desmantelamiento y privatización de una buena parte de ellos, muchas personas se han hecho conscientes de lo importante que es poder ir un hospital independientemente de si tienes o no regularizada tu situación administrativa o de que tengas o no dinero; o de la necesidad de un sistema de solidaridad colectiva que permita canalizar los despidos a ERTES o garantizar un ingreso mínimo para poder subsistir. Después del virus, el pensar y acelerar el debate e implantación de propuestas como la de la renta básica y la revisión de los servicios sociocomunitarios se hace mucho más evidente y perentorio.

Lo que hemos vivido estos días ha permitido visibilizar a aquellos sujetos y tareas imprescindibles que habitualmente permanecen ocultos. Resulta que los trabajos esenciales, los que no se podían dejar de hacer, eran los que peor se pagaban, en los que se daban unos niveles mayores de parcialidad y temporalidad y, en la mayoría de los casos, eran trabajos feminizados. Los hogares, de nuevo, se han perfilado como los lugares en los que se sostiene la vida. Fue en ellos en los que se cuidó a la mayor parte de la gente que enfermó y no requería ingreso hospitalario, y en donde se ha atendido, con enormes dificultades en muchos casos, a los menores que requería seguimiento y apoyo para poder seguir las clases virtuales o a las personas mayores confinadas que requerían atención y cuidados.

Insisto en señalar tres asuntos a los que prestar atención. El primero colocar la vida en el centro de la reflexión y de la experiencia. Me refiero a recuperar racional y afectivamente la consciencia de ecodependencia e interdependencia. El segundo sería el trabajo en torno a la cultura de la suficiencia, el reparto y el cuidado. Y el tercero será trabajar entorno al alumbramiento de utopías cotidianas. Tenemos un exceso de distopía. La distopía es necesaria, pero podemos llegar a normalizarla y entonces se convierte en una visión conservadora. Necesitamos trabajar para crear horizontes de deseo que puedan ser compatibles con las condiciones materiales que pueden hacerlos factibles. El papel de la educación, la cultura, la autoorganización y la puesta en marcha de laboratorios de experiencias son fundamentales para poder vislumbrarlos.

De la mano de la primera ministra islandesa Katrín Jakobsdóttir y otras 40 personas como Naomi Klein, Elizabeth Gómez Alcorta, Yanis Varoufakis, Arundhati Roy, Noam Chomsky, etc. lanzaron el 11 de mayo pasado una propuesta de Internacional Progresista que tiene como objetivo fomentar la unión, coordinación y movilización de activistas, asociaciones, sindicatos, movimientos sociales y partidos en defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad. ¿Qué valoración realizas de esta iniciativa internacional?

La valoro positivamente. Son muchas las iniciativas que se están poniendo en marcha en los últimos días: una declaración de personas pertenecientes al ámbito universitario y académico del País Vasco, una carta al Presidente del Gobierno promovida por el Foro de Transiciones, ésta de la que hablas… Bienvenidos sean todos los intentos de llamar la atención sobre la necesidad de cambios estructurales y profundos. Necesitamos todos los que se puedan hacer.

El asunto es que, además de estas llamadas, necesitamos, sobre todo, creo yo, la dinamización de un movimiento social que por abajo se mueva para promover, defender y sostener los cambios que es preciso hacer.

Parece evidente que para hacer frente a los enormes retos que se plantean se necesitan gobiernos fuertes y responsables, así como una ciudadanía activa y comprometida. ¿Lo ves posible en nuestro país? ¿qué cabría hacer para conseguirlo?

Ojalá tuviera alguna receta. Solo tengo una convicción. Hace falta un gran movimiento, compuesto por la alianza de muchas luchas. La clave es saber qué es lo que nos jugamos: la vida digna e incluso la propia vida física. Creo que, con frecuencia, los movimientos y las personas que los componemos no somos conscientes de la gravedad de lo que está en juego. Si lo fuésemos, no invertiríamos tanta energía en la pelea interna, en el insulto… Nos enfocaríamos en la autodefensa colectiva y en la reconstrucción.

Se escucha con frecuencia que esta crisis nos ha hecho reflexionar sobre nuestros estilos de vida. Seguramente ha sido así, pero esto no garantiza en sí mismo torcer el rumbo hacia el colapso de nuestra civilización. Solamente con un fuerte movimiento y presión social podemos transformar las prioridades que orientan las políticas.

Es importante, recordar otra vez que hasta llegar aquí, en cada hito, en cada punto de bifurcación se pudo elegir entre el freno y el acelerador del desastre, y que sistemáticamente se eligió acelerar sabiendo cuáles eran los riesgos, cuales podían ser las consecuencias, quiénes eran los potenciales perjudicados…

Y es importante comprender que es esta coyuntura de emergencias ecosocial va a haber que seguir escogiendo, cada vez con menos margen de maniobra, entre el acelerador y el freno. Si se continúa actuando solo con la mirada extraviada de la razón contable, el resultado será el agravamiento de las heridas, del dolor, la precariedad en todos los aspectos de la existencia, la violencia y la muerte.

Se escucha con frecuencia que esta crisis nos ha hecho reflexionar sobre nuestros estilos de vida. Seguramente ha sido así, pero esto no garantiza en sí mismo torcer el rumbo hacia el colapso de nuestra civilización. Solamente con un fuerte movimiento y presión social podemos transformar las prioridades que orientan la política.

¿Hay condiciones para que emerja un movimiento alrededor del cuidado, el freno, la precaución, la contención, el diálogo, la desobediencia, el reparto y justicia? ¿Es posible apostar por herramientas políticas, económicas y culturales que, más allá de la oportunidad o el cálculo, afronten la emergencia civilizatoria? Yo creo que sí y en cualquier caso creo tenemos que involucrarnos en la construcción de las alternativas, independientemente de si nos dan o nos permiso para construirlas.

Txema García
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