Entrevista a Javier Moreno Luzón

 

 

Resulta difícil exagerar la relevancia de América en la identidad nacional española a lo largo del último siglo

Galde 35 negua 2022 invierno. Rafael Ruzafa entrevista a Javier Moreno Luzón, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense de Madrid, su labor investigadora parte de la historia política de la Restauración (1875-1923) y desemboca en el estudio del nacionalismo español. En la entrevista está muy presente su reciente obra Centenariomanía. Conmemoraciones hispánicas y nacionalismo español (Marcial Pons, 2021), por donde transitan los usos y consumos de las relaciones España-América y del Quijote en procesos que alcanzan la actualidad. Aprovechamos la oportunidad de consultarle sobre las implicaciones políticas de los rituales conmemorativos, sobre su interiorización por la población y sobre el papel que desempeñan los historiadores.

-¿Sufrimos una pandemia conmemorativa? ¿Desde cuándo? ¿Afecta a todos los países?

J.M.L. El historiador Pierre Nora, pionero en el estudio de los lugares de memoria, hablaba ya en 1992 de una cierta bulimia conmemorativa, que se había manifestado con fuerza en el bicentenario de la Revolución Francesa. Desde entonces, la conmemoracionitis no ha dejado de crecer, y en ella se han mezclado varias tendencias culturales y políticas: por un lado, la rememoración de los conflictos violentos del siglo XX y el homenaje a sus víctimas, que han adquirido un gran prestigio social; por otro, la construcción y renovación de identidades colectivas a través de genealogías de grupo, nacionales en su mayor parte pero también de otros tipos (étnicas, de género, de orientación sexual, etcétera). Ha afectado a casi todos los países, dentro de un mundo interconectado, en el que los refugios identitarios sirven de contrapunto a los fenómenos globales.

-El nacionalismo español, objeto de buena parte de tu investigación, se legitima y se celebra a partir de ciertas fiestas y de ciertas efemérides…

J.M.L. Como todos los nacionalismos, el español ha precisado de algunos mitos y símbolos compartidos, que sirven para cohesionar a la comunidad que se trata de construir y preservar. Los nacionalistas, no sólo los gobernantes y los miembros de algún partido o asociación sino también otros agentes culturales, contribuyen a reformularlos y difundirlos. Entre las herramientas que utilizan destaca, en efecto, la celebración de determinadas fechas marcadas con lápiz rojo en el calendario, bien anuales, como las fiestas nacionales, bien con una periodicidad más amplia, como los centenarios y sus variantes. Se trata de un fenómeno que, como los propios movimientos nacionalistas, se consolidó a lo largo del siglo XIX y vivió una edad dorada en sus últimas décadas y en las primeras del XX, y que resurgió a finales del mismo.

-Ejemplos, por favor.

J.M.L. El españolismo decantó algunas efemérides significativas, en torno a epopeyas como la Guerra de la Independencia –el 2 de mayo y el centenario de 1908-1914– o el descubrimiento y conquista de América –el 12 de octubre–, así como a propósito del culto a ciertos iconos, como Miguel de Cervantes y su obra maestra, Don Quijote de la Mancha, consagrados asimismo en sus centenarios, entre 1905 y 1916. Esos elementos, nucleares en el imaginario español, han perdurado, con altibajos, hasta la actualidad.

-¿Calaron estos mensajes en la población general española, se trasladaron a la vida cotidiana?

J.M.L. Mi estudio muestra la complejidad de estas celebraciones, en las que ya a comienzos del siglo XX intervenían múltiples actores: autoridades, intelectuales y creadores, una variopinta sociedad civil y sus medios de prensa. Se multiplicaron las publicaciones, los monumentos y exposiciones, las iniciativas académicas, las funciones teatrales y los desfiles. A mi juicio, la participación de gentes corrientes en estos eventos resultaba muy significativa: por ejemplo, en el centenario del Quijote o en el de la Guerra de la Independencia hubo toda clase de actos para reivindicar la contribución de cada lugar a las glorias patrias. Los protagonistas han cambiado en tiempos recientes, pero el impacto social de las principales conmemoraciones está asegurado.

-¿Se hizo un uso político, suscitaron enfrentamientos?

J.M.L. En las conmemoraciones se observan a menudo diversas interpretaciones enfrentadas acerca del pasado, lo cual puede derivar en el rechazo a los festejos de algunos sectores de la población. En el caso español, durante el siglo XX se han cruzado al menos dos líneas de fractura: de una parte, las visiones de la historia sostenidas por conservadores y católicos han chocado con las de sus enemigos, liberales o progresistas; de otra, el nacionalismo español ha tenido que afrontar los desafíos de los movimientos nacionalistas subestatales, que rechazaron las celebraciones españolas. Baste señalar las sucesivas fiestas oficiales más importantes –14 de abril, 18 de julio– y la presencia de fechas rivales, como el 11 de septiembre en Cataluña. Todo ello ha hecho muy difícil encontrar conmemoraciones compartidas por la mayoría, aunque los elementos fundamentales del imaginario español que he citado antes han alcanzado una continuidad y un consenso notables.

-¿Qué papel jugó América en la especificidad española?

J.M.L. La vertiente transnacional de las identidades nacionales tiene una importancia indudable, y los historiadores hemos aprendido a verla hace bien poco, al calor de los enfoques transnacionales y globales que se imponen en el ámbito académico. A partir del último decenio del siglo XIX, las celebraciones nacionalistas, y hasta la propia definición de la españolidad, dieron un peso cada vez mayor a América, más aún cuando la pérdida de las colonias ultramarinas en 1898 impulsó un proyecto más retórico que práctico, una especie de imperio de sustitución, que obtuvo una acogida entusiasta al otro lado del Atlántico. España no representaba ya una amenaza imperialista, sino un referente cultural, mientras que el verdadero peligro procedía de Estados Unidos, por lo que cundió el acercamiento a la madre patria. A la vez, el flujo de emigrantes españoles formó comunidades deseosas de mostrar su valor. Todo eso explica el protagonismo de las delegaciones que envió España a los centenarios de las independencias americanas de 1910-1911, algo paradójico e inimaginable hasta entonces. Las conmemoraciones españolistas se empaparon de americanismo.

-¿Puede hablarse de una relación especial sostenida en el tiempo?

J.M.L. En la esfera pública española ganaron terreno las asociaciones hispanoamericanistas, que consiguieron convertir el 12 de octubre en una fiesta nacional permanente en 1918, después de su oficialización en Argentina. Bautizado como día de la Raza –entendida, por lo general, como una civilización, más que como un organismo étnico-biológico– se expandió por España y otros países. Lo justificaba la celebración de las gestas españolas y se podía declinar en sentido progresivo, enfatizando los lazos culturales y las posibilidades de futuro, o conservador, como herencia de la monarquía y de la evangelización. De hecho, la fiesta ha seguido en vigor hasta la actualidad, con distintos nombres (de la Raza, de la Hispanidad, fiesta nacional a secas) y se convirtió en 1987, en vísperas del quinto centenario del descubrimiento, en la fecha más destacada del calendario oficial español. Hasta se celebró por parte de ambos bandos durante la Guerra Civil. En mi opinión, resulta difícil exagerar la relevancia de América en la identidad nacional española a lo largo del último siglo. Hay en ese factor una querencia imperial, una vocación misionera que da sentido a la política exterior y un orgullo no ya de pertenecer a, sino de encabezar, una comunidad global caracterizada, según sus partidarios, por una lengua, por una religión y hasta por una psicología colectiva común.

-¿Percibes colisión con discursos de rechazo de la presencia española, como los del presidente mexicano con motivo del bicentenario de aquella independencia?

J.M.L. Ya en los años noventa del siglo XX, con ocasión del quinto centenario, hubo polémicas sobre el significado de la efeméride y sus connotaciones violentas, e incluso genocidas, subrayadas por las fuerzas indigenistas. A comienzos del XXI, estas críticas se vieron avaladas por varios gobiernos de izquierdas en América Latina, y las declaraciones de López Obrador no son sino la continuación de esas tendencias. En el caso de México, además, hay que comprender que su propio nacionalismo, en la versión que salió reforzada de la revolución de 1910, tuvo un carácter antiespañol muy marcado, al tiempo que tendía a identificar a la nación mexicana con el mundo precolombino y los pueblos indígenas.

-Lecturas enfrentadas del pasado que nos alcanzan hoy mismo…

J.M.L. Sí: en contraste con ese refuerzo de los nacionalismos populistas latinoamericanos, en nuestros días se levanta un españolismo que, como reacción interna al procés independentista catalán, ha esgrimido los mitos españoles tradicionales, en una versión neoconservadora y neoimperial. Así se explica que, en la tercera década del siglo XXI, algunos círculos intelectuales y las derechas reivindiquen, como hace cien años, la obra civilizadora de España en sus dominios ultramarinos, frente a la llamada leyenda negra. La nación española, que como muchas otras naciones surgió como sujeto de soberanía en la época contemporánea, se confunde con la monarquía hispánica de los siglos XVI-XVIII, y a los españoles de hoy se les considera herederos de descubridores y conquistadores. Todo esto coincide, además, con una ola antirracista y anti-imperialista que derriba estatuas en las ciudades americanas y europeas. Unos piensan que los españoles deben pedir perdón, otros que han de enorgullecerse de lo realizado por sus ancestros.

-Cervantes y el Quijote también han sido piezas muy utilizadas en el tablero de la centenariomanía…

J.M.L. El culto cervantino comparte la predilección de los nacionalismos culturales por los grandes escritores o genios que encarnan el Volksgeist, el espíritu nacional. Como Shakespeare, Goethe o Dante. Cervantes se convirtió, en los años interseculares de la centenariomanía, en el mejor representante de la cultura española y, también, de la comunidad hispanoamericana. En torno a 1905 –el tercer centenario de la primera parte del Quijote– y a 1916 –el de la muerte de Cervantes– se buscaron en ambos, el personaje y su creador, las claves del ser nacional e hispánico, que solían encontrarse en la hidalguía. Más aún, esa forma de ser y entender el mundo, generosa e idealista, se contraponía con el materialismo y la vulgaridad del mundo anglosajón, ejemplificado por Estados Unidos. Y de esa manera Miguel de Cervantes, que nunca pisó América, se erigió en el genio de la Raza. En aquellos centenarios se orquestaron grandes celebraciones en América. A ambos lados del Océano se levantaron monumentos y el Quijote entró en las escuelas. Como ocurría con otros grandes mitos, también los cervantinos podían entenderse de varias maneras: para los conservadores, defendían los valores de la monarquía católica; para los progresistas, el anhelo de justicia frente a la tiranía. Pero, al igual que las del descubrimiento, estas celebraciones sobrevivieron a los vaivenes políticos y se reprodujeron en 1947 -centenario del nacimiento de Cervantes-, en 2005 y en 2016. Además, se consolidaron liturgias como las del día del Libro, festejado desde la década de los treinta cada 23 de abril, supuesta fecha del fallecimiento del escritor, que se prolongó hasta adquirir, en los últimos treinta años, un carácter cuasi-religioso, con la lectura pública del Quijote, la biblia nacional española. Son, seguramente, el emblema y la fiesta menos conflictivos de nuestro calendario.

-Háblanos, por favor, del debate académico sobre la memoria colectiva, y de dónde te ubicas al respecto.

J.M.L. Los estudios sobre la memoria han proliferado desde el último decenio del siglo XX y abarcan no sólo las conmemoraciones nacionalistas sino también las relaciones entre historia y memoria, los testimonios de las víctimas, la museificación del pasado o la justicia transicional, por mencionar tan sólo algunos campos relevantes. Se ha hablado de un giro mnemónico en las ciencias sociales. A mi juicio, el debate académico se ha centrado en distinciones conceptuales poco productivas y a veces oscuras, sobre memoria social, cultural, colectiva, histórica, etcétera; y el grueso de los trabajos depende de un enfoque de raigambre durkheimiana, que piensa tan sólo en términos de cohesión ritual y que anula a los agentes individuales, aplastados por memorias comunes que se conciben como objetos y no como procesos. Yo practico la historia cultural de la política, pendiente de los actores que dan sentido a sus acciones y de los conflictos entre ellos. La conmemoración, creo, puede entenderse como parte de la vida pública, una arena en la que se encuentran y pugnan diversos individuos y organizaciones. Como mi maestro Santos Juliá, frente al predominio de Durkheim, prefiero recurrir a Max Weber.

-¿Entró este debate en la academia española de forma paralela al conjunto de la academia occidental, o internacional?

J.M.L. En España hubo excelentes trabajos tempranos, como los de Paloma Aguilar, y el grueso de la atención se la ha llevado la memoria de la Guerra Civil y los primeros años de la dictadura franquista. De hecho, hoy se entiende como memoria histórica o memoria democrática la reivindicación de los vencidos por Franco, y, más allá de las políticas reparadoras, se buscan entre ellos héroes inspiradores de las causas políticas del presente. Se abre paso además la investigación sobre la memoria del terrorismo y, desde luego, el análisis de las conmemoraciones nacionalistas ha dado lugar a una literatura bastante nutrida. De una manera o de otra, con cierto retraso pero con bastante fuerza, la academia española se ha incorporado a las tendencias internacionales.

-¿Tienen, o tenemos, los historiadores un papel de sostenedores/cuestionadores de la memoria colectiva en su dimensión institucional? ¿Debemos permanecer “mansos” o “críticos” ante las diversas políticas que se ponen en marcha a partir de la definición consensuada de qué hay que recordar y qué olvidar, por seguir con el aserto de Renan?

J.M.L. Los historiadores, desde los mismos inicios de la profesión contemporánea, han participado en las conmemoraciones políticas, las han alimentado y se han beneficiado de ellas. Sigue siendo así, y no es raro encontrarse con colegas que se ponen al servicio de proyectos gubernamentales o partidistas, aún a riesgo de tergiversar nuestro conocimiento del pasado. En el choque entre nacionalismos que hemos vivido en España durante la década pasada, este fenómeno ha alcanzado niveles bochornosos. A mi juicio, la historiografía es otra cosa, una disciplina en contacto con las preocupaciones ciudadanas pero sustentada por el rigor en la investigación, que puede aprovechar las conmemoraciones para poner de relieve sus hallazgos y debates en la discusión pública. En este sentido, rebelarse contra los mitos y la propaganda forma parte de nuestras obligaciones.

Recomiéndanos lecturas sobre estos temas, tanto clásicas como actuales.

J.M.L. Para iniciarse en el tema, hay que recurrir a Maurice Halbwachs, La mémoire collective (1950); Eric Hobsbawm y Terence Ranger (eds.), The Invention of Tradition (1983); y Pierre Nora (ed.), Les lieux de mémoire (1992). También a George Mosse, John Gillis, Michael Geisler, Jay Winter, Maurizio Ridolfi o Margaret MacMillan. Para el caso español, recomendaría dos libros muy útiles, aunque haya discrepancias entre sus autores, uno de Paloma Aguilar, Políticas de la memoria y memorias de la política (2008); y otro de Santos Juliá, Elogio de la Historia en tiempo de Memoria (2011). Asimismo, deben leerse los de José Álvarez Junco, Carlos Serrano, David Marcilhacy, Marcela García Sebastiani o Gustavo Alares.

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