Con-fines escénicos

 

Galde 29, verano/2020/uda. Pello Gutiérrez.-

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He aquí la secuencia génica que hace temible al COVID-19. Disfrutando del hedonismo de la posmodernidad, en aceleración creciente de experiencias entre lo real y lo virtual con las pantallas como mediadoras omnipresentes, bajo el oficio del Supremo Algoritmo esperábamos el ritual iniciático a la robotización que prometían ser las olimpiadas de Tokio. Pues bien, un dispositivo, ni siquiera un ser vivo, sin conciencia ni maldad alguna desencadena su voracidad reproductiva, activa el miedo y frena el mundo. De nuevo se cuestiona el mito del progreso continuo y, para una mayoría, lo de ayer es aspiración de futuro.

Hay un recordatorio ontológico en todo esto: finalmente los cuerpos mandan. Por encima de ingenios digitales, de técnicas y mecánicas, incluso de razones, se impone la fragilidad de los cuerpos: carne, fluidos y sentidos. Es un dominio estricto, absoluto, que establece sus condiciones y aísla a los individuos.

Si el ser humano lo es en tanto que ser social, la pandemia condena a la cultura en vivo al ostracismo. Durante el confinamiento sus gentes rabian. Desaparecido el escenario social, la fisicidad que es su esencia no encuentra modo de contribuir a la conjura común contra la pandemia. El doctor Rieux en La peste de A. Camus aseguraba que “el único medio de luchar contra la peste es la honestidad… no es más que hacer mi oficio”. Inhabilitados para el suyo, muchos artistas han encontrado a través de la fibra óptica formas de concurrir con su palabra o su música o su expresividad propia. La creatividad de la ciudadanía activa también deslumbra en la conversación global de los confinados en red. Pero la escena necesita cuerpos en contacto directo y ceremonia comunitaria. La cultura en vivo y la sociedad se coproducen y se explican entre sí sin mediadores, compartiendo el mismo aire. Cualquier otro canal desnaturaliza el propio acto artístico, lo lleva a lugar ajeno.

El mundo después.

Un elemento singular del confinamiento ha sido el de la hiperconexión. De pasadas experiencias similares, la historiografía y la literatura relatan la lucha del individuo que afronta un miedo vivido en primera persona; tratan de un diálogo interior en soledad. En esta ocasión, las redes se convierten en una grillera sin filtros ni validación más allá del número de reenvíos. Se multiplica el consumo de parlamentos, tanto da si de apodícticos Capitanes Aposteriori, solitarios predicadores supuestamente científicos o si de los habituales intoxicadores profesionales de las redes. Mientras todos nos convertimos en peritos y profetas espontáneos, los medios de comunicación especializan al máximo sus contenidos y urgen de expertos y admirables pensadores un anticipo inmediato de cómo será el mundo después del Covid-19. Aunque interesante, no dejará de ser una especulación, un retorcimiento de la propia etimología de experiri, que apunta hacia un conocimiento a posteriori. No hay expertos en volver a encender esta máquina intrincada e imperfecta de la sociedad tantos años operativa.

Máxima información, escaso conocimiento. Mientras los espacios de la cultura en vivo permanecen vacíos y una luz encendida en los escenarios ahuyenta los fantasmas, ¿cómo distinguir las voces de los ecos, a lo que se paraba Machado? Todo parece dicho y escrito. De la crisis sanitaria cabe esperar su rápida recuperación en v tras un paréntesis de un par de años, o bien su prolongación a la agónica crisis climática. Hay quienes anticipan una sociedad más moral, más focalizada en lo importante que antes. No son menos quienes avanzan lo contrario: frente a la fraternidad y el reconocimiento de la importancia de la cultura, una intensificación del control, de las prácticas individualizadoras del ego frente a lo colectivo y de la automatización productora de desigualdad. ¿Cómo ganar algún espacio de previsibilidad, hallar un claro de certeza en la incertidumbre? ¿Podría realmente la producción artística anticipar el mundo después por si quisiera intervenir en el espíritu de su pueblo? Pregunta necesaria, pues, finalmente, nada está escrito en verdad.

Si así fuera, el estupor de los días ofrece un buen territorio donde hacer crecer la utilidad del arte escénico para su tiempo. Lejos de su uso narcotizante como entretenimiento, las artes escénicas tienen la oportunidad de producir nuevos sentidos para elementos principales de lo humano. Pueden explicar nuevas y viejas vivencias como la soledad o el mundo exterior que se torna amenaza; explorar sutiles narrativas de lo que pasa, de lo que somos. Ojalá que reclamarse como lugar de resistencia, como espacio de luz crítica, como ejercicio de cuidados entre las personas frágiles y comunitarias que somos. También buscar problemas que nos reten, que narren el conflicto, que reformulen, que propongan razones para nuestro sentir furioso. Quizás sanar, devolvernos la fisicidad perdida. Alentarnos a perder el miedo y ofrecernos la mano para caminar por el alambre y no precipitarnos entre la incertidumbre y la esperanza. El dramaturgo pakistaní Shahid Nadeem en su discurso del Día Mundial del Teatro este año afirma: “El teatro tiene un papel, un papel noble, el de energizar y movilizar a la humanidad para levantarse de su descenso al abismo”.

Más que nunca, como sugiere Byung-Chul Han en La desaparición de los rituales, hoy, cuando prevalece la comunicación sin comunidad, “debemos inventar nuevas formas de acción y juego colectivo que se realicen más allá del ego, el deseo y el consumo, y creen comunidad”. Éste es en verdad el desafío y la oportunidad que tiene ante sí el arte escénico: su compromiso ante el rito y la creación de sentidos fértiles para la comunidad humana. Un buen desafío a la altura del mundo después.

Reconstruir los principios, regenerar los sistemas.

Andrés Lima y otras buenas gentes diseñan el proyecto “Servicio de urgencia escénica”. Razones sobran si pensamos en el derrumbe de toda la trama profesional de los oficios de la escena, ya antes precarios en grado alarmante. A la vez, esa misma trama ha reivindicado del arte escénico su cualidad terapéutica para abordar el estrés traumático de lo vivido.

Si la producción escénica puede aportar sus virtudes y el mercado escénico su imperfecta mano invisible (a falta de otro mecanismo), ¿qué puede esperarse del estado protector? En medio de la duda sobre si el estado nos falló, cabe reclamar una nueva responsabilidad de lo público, nuevas políticas para nuevos retos también con las artes escénicas.

En el inicio del confinamiento, el estado prioriza la salud sobre todo lo demás. Vivir. Al filo, la economía se impone en un segundo momento. Con qué vivir. Pero el círculo no se cierra sin responder al ¿por qué vivir? Los principios del estado de bienestar situaron el cultivo cultural en el centro de la pregunta desde la segunda mitad del siglo XX, y han recorrido todo este periodo fecundo entre la altiva “democratización cultural” y la expresión furiosamente capitalista de la “culturización del mercado”. Hoy es necesaria una intervención estatal que hile esta continuidad “vivir – con qué – por qué” con la intención civilizadora que un día tuvo. Subrogado su valor económico, quizás pueda así apreciar la influencia sutil e innovadora de los saberes inútiles y su aportación a la vida buena. Y esto debe hacerse a partir de la regeneración de modelos y sistemas burocráticos para que den cabida a la deslumbrante creatividad de nuestro tiempo, pleno de talento personal, herramientas, discursos e hibridaciones. El mayor riesgo será ser demasiado conservador.

Ojalá si, tras el paréntesis Covid, se pudiera optar entre volver a lo de ayer o afrontar una suerte de Stunde null, la hora cero alemana tras el fin de la II Guerra. Los menos, en medio de la desolación, soñaríamos por un momento con aquel espíritu del “nuevo comienzo radical”. No hay peligro, ya lo ilustra El Roto. Una esfinge egipcia con mascarilla mira al futuro y dice: -Cuando todo esto pase nada volverá a ser igual… ¡menos lo de siempre, claro!

Pello Gutiérrez. Promotor cultural.

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