Barcelona: turismo masivo y respuestas políticas y sociales

Egilea: Albert Recio

 

(Galde 23, 2019/invierno). Albert Recio.-

Barcelona es una ciudad de éxito. Al menos si se mide en los parámetros convencionales. Ha conseguido transformarse desde una ciudad industrial a una urbe global. El turismo es uno de los componentes de este éxito. Un turismo masivo que tiene muchos componentes: vacacional, de congresos, sanitario, de juerga de fin de semana, deportivo. Un éxito basado en los atractivos de la ciudad. Y alimentado por el transporte aéreo “low-cost” que favorece la llegada masiva de visitantes. El auge turístico de la ciudad empezó a gestarse con las Olimpiadas de 1992 que fueron un escaparate de la ciudad al mundo entero. Pero siempre me ha parecido exagerado pensar que aquello formaba parte de una estrategia elaborada para convertir la ciudad en un monocultivo turístico. Más bien la ayudaron a posicionarse en lo que ya era una tendencia global.

Pero lo que desde un punto de vista es un éxito -actividad económica, empleo, imagen- tiene su cara inversa en forma de costes sociales. Los ganadores tienden siempre a minimizar estos costes, a ignorarlos. Pero existen. Puestos a centrar el problema cabe aclarar que el problema principal es de volumen. El problema no son los turistas es el tamaño que ha tomado la actividad y sus impactos sobre la vida cotidiana de la población local, sobre el uso del espacio y los servicios. Un impacto que se distribuye de forma desigual entre barrios.

Los costes sociales que genera el turismo en Barcelona son diversos y están bien detectados:

  • Impacto sobre el acceso a la vivienda debido a la competencia entre vivienda y equipamientos turísticos. La cuestión se ha agudizado con la proliferación de apartamentos turísticos que utilizan edificios de vivienda en pseudo hoteles. La rentabilidad económica de los apartamentos es muy superior al alquiler para vivienda y ello ha generado procesos de expulsión de residentes en diversos barrios, especialmente en Ciutat Vella. Se acaba generando un encarecimiento general de alquileres y una nueva burbuja inmobiliaria. Hay que reconocer que no todos los problemas de vivienda son achacables al turismo. Barcelona también recibe un flujo migratorio de personas que vienen a trabajar, personal técnico con salarios superiores a la media, dispuestos a aceptar altos alquileres para residir en un entorno agradable. Y recibe a inversores de todo el mundo que compran para especular o para tener una segunda residencia en la ciudad. Son estos dos sectores los principales responsables de la dinámica gentrificadora de algunos barrios. En cambio las áreas de predominio de apartamentos turísticos tienden a convertirse en zonas de monocultivo de restaurantes y tiendas turísticas.
  • Problemas de aglomeración y uso del espacio. De concentración de personas y de usos mercantiles del espacio. Especialmente por la proliferación de terrazas de restaurantes y bares que ocupan espacio público y generan ruidos. Y por la introducción de nuevos adminículos de transporte (bicicletas, patinetes eléctricos etc.) que constituyen una grave molestia para los peatones. También colapsos de tráfico por la enorme concentración de buses turísticos en algunas zonas (Sagrada Familia, Parque Güell). E incluso problemas de acceso al autobús en los barrios de montaña cercanos al Parque Güell
  • Cambio del modelo comercial que prácticamente ha convertido el centro de la ciudad un espacio controlado por las grandes cadenas de distribución y tiendas para turistas (souvenirs y compras de alimentos básicos). La transformación más espectacular es quizás la del Mercat de la Boquería, convertido actualmente en un espacio turístico. También en este caso el turismo no es el único responsable del cambio del modelo comercial. Los grandes centros comerciales y el comercio electrónico constituyen un peligro para el tejido comercial y urbano. Las sucesivas reformas de las leyes de arrendamiento urbano han dado la puntilla a muchos de los comercios tradicionales que daban personalidad a la ciudad
  • Aumento de la contaminación. En este caso atribuible al turismo de cruceros. Estos necesitan quemar continuamente gasóleo para garantizar el funcionamiento de sus navíos- hotel. Y contribuyen con ello a agravar los graves problemas de contaminación de la ciudad.
  • Problemas de seguridad y convivencia. La geografía del pequeño delito en Barcelona es la geografía del turismo. En muchos casos se confunde con los problemas de convivencia que se generan en algunos barrios (Barceloneta es el ejemplo más claro) especialmente asociados a “segmentos” particulares de la actividad: tenemos un turismo de jarana de fin de semana, un turismo de consumo de drogas ilegales. Y también un turismo de prostitución, especialmente conectado con la celebración de grandes ferias comerciales. En los últimos meses estamos asistiendo en el Raval a una plaga de ocupaciones de vivienda vacía por parte de narcotraficantes que generan un gravísimo problema de convivencia en la ciudad. Ocupaciones que posiblemente están alimentadas por un sector de propietarios que ven en ello una oportunidad para vaciar los barrios y remodelarlo.
  • Malas condiciones laborales. No achacables al turismo “per se” sino a las prácticas de los operadores locales. Destaca en este caso la creciente externalización de las camareras de piso en muchos hoteles de la ciudad y el incumplimiento de la jornada laboral en la restauración

Todos estos problemas han generado respuestas de viejos y nuevos tejidos vecinales. Inicialmente en los barrios donde el problema tiene un impacto mayor. La respuesta ha sido diferente en cada barrio atendiendo al tipo de problema más acuciante al que se enfrentan y a las características del propio tejido social de cada barrio. Una de las experiencias recientes de mayor interés la han protagonizado los vecinos del Raval enfrentados a los narcopisos que han sido capaces de generar una red de pequeños núcleos en diferentes zonas del barrio para enfrentarse a esta “plaga” sin caer en un discurso reaccionario. Hay también intentos de articular las respuestas a escala local, no sólo a través del tejido vecinal clásico sino mediante la creación de campañas donde participan colectivos de barrio y otro tipo de entidades. Tales como la Assemblea de Barris per un Turisme Sostenible, la campaña Barcelona no està en Venda, la Plataforma per la Qualitat de l’Aire (que denuncia la contaminación de los cruceros) o la campaña contra la nueva normativa de terrazas. Tienen una capacidad de acción limitada (las manifestaciones organizadas han agrupado a unas 2000 personas) pero que han permitido abrir un debate público sobre el tema y generar la conciencia de que el turismo genera unos costes intolerables para parte de la población. También para alertar de los peligros que supone optar por un monocultivo turístico.

La llegada de Barcelona en Comú al Ayuntamiento supuso que desde el poder municipal se reconociera la importancia del problema. Y que se tomarán diversas iniciativas para hacerle frente, como el PEUAT (un plan urbanístico para limitar la apertura de hoteles en la ciudad), la lucha abierta contra los apartamentos turísticos ilegales (multando a Airbnb), un nuevo Consell de Turisme que ha dado voz a representantes vecinales, medidas de control sobre el uso de nuevos vehículos. Políticas ciertamente novedosas y atrevidas pero insuficientes. Sobre todo para hacer frente a los poderosos lobbies turísticos de la ciudad, bien organizados, con fuertes conexiones con los partidos tradicionales, con todos los medios de comunicación a su favor. Y que están desarrollando una feroz campaña contra Ada Colau y contra las organizaciones vecinales que luchamos por un modelo diferente. Ya han conseguido un primer éxito, la nueva normativa de terrazas muy permisiva. Pero es solo el primer paso.

Para controlar el turismo desbocado, y sus efectos perniciosos hace falta bastante más que un grupo de activistas concienciados y un Ayuntamiento voluntarioso. Se requieren regulaciones a diversas escalas, pensar no sólo en otro modelo de turismo sino también en otro modelo de economía y de sociedad. Mientras no se avance ciudades como Barcelona seguiremos sumidas en un vendaval que para muchos sectores ciudadanos resulta insoportable.

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