Agresión de Rusia a Ucrania: La izquierda en el diván

Egilea: Koldo Unceta

Edificio residencial bombardeado en Maríupol

 

Galde 36 – primavera/2022. Koldo Unceta.-

Agresión de Rusia a Ucrania: La izquierda en el diván. Koldo Unceta

La invasión rusa de Ucrania ha sumido a algunos sectores de la izquierda en un cierto estado de confusión, lo que les ha llevado a adoptar posiciones, a veces incoherentes, y otras veces difícilmente comprensibles. En estas líneas se pretende abordar algunas de estas cuestiones.

UCRANIA, LA GEOPOLÍTICA Y LA GUERRA. El primer elemento de confusión que, en mi opinión, introduce en el debate una parte de la izquierda es el de considerar la guerra de Ucrania en una clave casi exclusivamente geopolítica, como simple expresión de una confrontación interimperialista, entre Rusia y la OTAN, cuyas causas últimas tendrían que ver, además, con la ampliación de la alianza hacia el Este de Europa. Una confrontación entre dos expresiones del mal, frente a las cuales sería preciso mantener una cierta equidistancia y quedarse al margen, reclamando únicamente el fin de la guerra.

Examinemos la cuestión con cuidado. ¿Es Ucrania escenario de una confrontación soterrada entre EE.UU. y sus aliados de un lado, y Rusia de otro? Podría interpretarse así, si aceptamos la versión según la cual la ampliación de la OTAN a varios países del Este fue una decisión impuesta y unilateral por parte de los EE. UU. y sus aliados europeos. Sin embargo, sabemos que no fue así y que, en esa decisión influyó también, de manera notable, la presión ejercida por los propios países del este y sus opiniones públicas. En todo caso, aceptemos como hipótesis válida la del desaire hacia Rusia provocado por dicha ampliación de la OTAN hasta sus propias fronteras.

En ese caso, ¿sería la invasión rusa de Ucrania la expresión de una guerra interimperialista, ante la que la izquierda no debe tomar un partido claro? Pues no. El hecho de que las potencias occidentales pudieran tener intereses en Ucrania y en otros países no significa que la invasión de Putin sea una guerra interimperialista. En efecto, por más que en suelo ucraniano se diriman también cuestiones que afectan a distintas potencias, la guerra de Ucrania no es sino la injustificable invasión de un país soberano.

Tratar de explicar la invasión rusa de Ucrania como la simple expresión de una confrontación entre la OTAN y Rusia carece de sentido. Dicha posición deja fuera del análisis, o sitúa en un lugar secundario, lo que constituye la esencia del problema: la naturaleza ultranacionalista y dictatorial del régimen de Putin y su decidida voluntad expansionista. Por ello, puestos a hacer analogías, y salvando todas las distancias y la diferencia de contexto histórico, lo que está ocurriendo tiene más que ver con los inicios de la segunda guerra mundial -especialmente la anexión de Austria y de los Sudetes y la posterior invasión de Polonia-, que con la confrontación interimperialista que representó la primera guerra mundial.

Hay una cuestión fundamental a tener en cuenta que a algunos se les pasa de largo a la hora de posicionarse en la guerra de Ucrania: En las guerras interimperialistas las clases populares no tienen intereses propios. Son, simple carne de cañón obligada a tomar las armas para defender los intereses de otros. Sin embargo, en esta guerra sí tenemos intereses propios. Los tiene la población ucraniana, y los tenemos también nosotros, el resto de los europeos: nos jugamos mucho en este envite, nos jugamos nada menos que el futuro de la democracia y del respeto a los derechos humanos, ya gravemente en retroceso en Europa durante los últimos años. La invasión de Putin en Ucrania, junto la cruel represión que está ejerciendo en la propia Rusia contra oposición a la guerra (con cerca de 20.000 detenidos), muestran a las claras una voluntad totalitaria y expansionista que desprecia la soberanía de otros Estados y que pretende acabar con la democracia.

En este sentido, los estrechos vínculos de Putin con toda la extrema derecha europea deberían abrir los ojos de algunos y comprender que Ucrania es sólo la primera víctima pero que después pueden ir otras. Por ello, resulta incomprensible que algunos sectores de izquierda no se estén dando cuenta de lo que está ocurriendo y de las consecuencias que puede tener no oponer una fuerte resistencia a la invasión rusa, quedándose en una mera declaración «contra la guerra» en la que no se sabe muy bien donde están las responsabilidades de lo que está ocurriendo.

LA GUERRA, EL «ANTIMILITARISMO», Y EL APOYO A LA RESISTENCIA UCRANIANA. La segunda aproximación que realizan algunos sectores de la izquierda al análisis de la invasión de Ucrania es la de posicionarse ante ella con un enfoque pretendidamente antimilitarista. Según este enfoque, como las guerras son intrínsecamente malas, pues sólo generan destrucción y sufrimiento para la población, lo suyo es posicionarse contra ellas en general y reclamar el fin de los combates como si se tratara de una plegaria. Una expresión de ello es la postura adoptada por algunos de que «la guerra no se va a frenar con más guerra», sugiriendo que cuanto antes acabe todo esto, mejor.

Un argumento complementario que, en esa misma dirección, ha sido enarbolado estos días es el de los intereses que las industrias de armamentos tienen en la perpetuación de las guerras. Obvio. ¿Quién discute tal asunto? Probablemente nadie, pues es de una lógica aplastante. Si no hay carreteras, los coches no sirven para nada y la industria automovilística no gana dinero. Y si no hay guerras, las armas no valen para nada, y la industria armamentística no gana dinero. ¿Quiere eso decir que la guerra en Ucrania es la consecuencia de los intereses de las industrias de armamentos y que son ellas las que la han inspirado? El razonamiento sería de una simpleza y una falta de realismo tremendos

La consecuencia de esta postura genéricamente antimilitarista es la incoherencia de esos sectores de la izquierda ante la legítima defensa que Ucrania está ejerciendo frente a la invasión rusa. En efecto, el razonamiento expuesto de que «la guerra no se va a frenar con más guerra» implica que, por pura lógica, la resistencia ucraniana debería haber depuesto las armas, rindiéndose ante las tropas rusas, dejando que se adueñen del país e impongan su voluntad sobre el futuro de Ucrania.

Como evidentemente resulta un poco duro decir que, para que no haya más guerra, la resistencia ucraniana debe deponer las armas, entonces algunos de esos mismos sectores incurren en la incoherencia de reconocer el derecho de los ucranianos a defenderse de lo que, a todas luces, es una invasión rusa de su país. Pero sólo hasta ahí, sin que ese teórico derecho de los ucranianos a defenderse implique obligación alguna de ayuda por parte del resto. Esta postura recuerda a la defensa que algunos suelen hacer de algunos derechos de la gente que luego, en la práctica, no pueden ejercerse. Por ejemplo, cuando se habla del derecho a la vivienda, o del derecho al trabajo. ¿De qué sirve su reconocimiento si los gobiernos no toman las medidas necesarias para garantizar su efectivo ejercicio? Imaginemos por un momento que el derecho a una sanidad gratuita y universal no estuviera acompañado de la obligación de sufragarla mediante los impuestos. ¿De qué serviría ese reconocimiento? Lo mismo pasa con el derecho a la legitima defensa de la resistencia ucraniana. Aunque con la boca pequeña, se reconoce ese derecho, pero luego se les niega la posibilidad de ejercerlo al tratar de impedir que les lleguen armas para defenderse.

Lo cierto es que, con esa posición, algunos sectores de la izquierda incurren en la misma posición que algunas potencias occidentales -como Francia e Inglaterra adoptaron frente al gobierno legítimo de la República española, negándose a prestarle ayuda armamentística como expresión de una aparente «neutralidad» en el conflicto. Una posición que sólo muy poco tiempo después lamentarían, al comprobar cómo Hitler se hacía cada vez más fuerte ante tales muestras de inacción por parte de esos países europeos.

La consecuencia es que el pretendido enfoque antimilitarista a la hora de analizar lo que está sucediendo en Ucrania, hablando sólo de los males de la guerra y del negocio que supone para las industrias armamentísticas, deja fuera del análisis la voluntad de defender se expresada por la resistencia ucraniana y las consiguientes peticiones de auxilio lanzadas. Ello deriva en una posición paternalista que pretende evitar a la población ucraniana los sufrimientos de la guerra, pero no tiene en cuenta su propia opinión ni su decidida voluntad de defenderse. Una voluntad que, por cierto, representa mucho más que la mera defensa de su territorio pues constituye al mismo tiempo la resistencia a la voluntad de Putin de acabar con la soberanía de otros países y con la libertad en el conjunto de Europa.

EL MANTRA DE LA «SOLUCIÓN DIPLOMÁTICA» Y LAS CONDICIONES DE UNA POSIBLE NEGOCIACIÓN. El tercer error en el que, desde mi punto de vista, incurren algunos sectores de la izquierda es el de plantear una solución diplomática a la guerra como bálsamo de fierabrás, como si de una poción mágica se tratara, proponiéndola en abstracto y al margen de las condiciones específicas que pueden propiciar o dificultar una posible negociación. Veamos.

A la hora de proponer una salida diplomática, o negociada, al conflicto desatado, lo lógico sería plantear un marco, unas condiciones, y unas propuestas concretas. Sin embargo, quienes insisten en el mantra de las soluciones diplomáticas en abstracto, no hacen nada de eso, limitándose a defender las bondades de la negociación frente a las maldades de la guerra. ¡Claro que todos preferimos la negociación a la guerra! Plantear lo contrario, sugiriendo, como se ha hecho, la existencia entre nosotros de dos bandos, de unos partidarios de la negociación -los buenos y otros partidarios de ayudar a la resistencia ucraniana y por lo tanto de perpetuar la guerra los malos, constituye un insulto a la inteligencia.

Hasta el momento se han realizado muy diversos intentos para buscar una salida diplomática: hablar directamente con Putin, plantear iniciativas diplomáticas ente el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que han sido vetadas por Rusia, buscar la mediación de terceros países como China o Turquía, y hasta la apertura de corredores humanitarios que, en la mayoría de los casos, luego no han sido respetados por Rusia.

¿Cuál ha sido la respuesta de Putin ante los numerosos intentos de negociación planteados tanto desde Ucrania como desde los países occidentales? Más guerra y más agresiones a la población ucraniana. Como ejemplo, baste observar lo sucedido con uno de los últimos intentos diplomáticos llevado a cabo por Macron. El presidente francés planteó a su homólogo ruso «la importancia de una solución negociada, plenamente aceptable para los ucranianos». ¿Cuál fue la respuesta de Putin? Señalar, para que no hubiera dudas, que «conseguiré mis objetivos en Ucrania ya sea por la negociación o por la guerra». Dicho de otra forma: si no se aceptan mis condiciones por las buenas, las tendrán que aceptar por las malas.

Llama la atención que la cerrada resistencia rusa a aceptar cualquier solución diplomática que no se base en la imposición de sus postulados no haga reflexionar a los defensores de la diplomacia en abstracto sobre las condiciones que pueden hacer viable o no una salida diplomática. Ante lo que está ocurriendo, lo lógico es preguntarse ¿qué puede hacer que Putin cambie de opinión y acepte sentarse a negociar una salida diplomática pactada? O, dicho de otra manera ¿es posible una negociación seria con Putin si no se ve necesitado de ella, como consecuencia de las sanciones y/o de la resistencia arma-da de la población ucraniana? ¿Alguien piensa seriamente que Putin iba a sentarse a negociar si la invasión de Ucrania hubiera sido un paseo militar, sin encontrar oposición armada en el país y fuertes sanciones por parte de otros países? ¿Se puede realmente ser tan ingenuo por parte de alguien que se dedica profesionalmente a la política?

Todos los datos apuntan en una misma dirección: Putin no va a sentarse a negociar nada, a menos que la situación se le siga complicando. Tres son los frentes que tiene abiertos: la oposición interna en Rusia, las sanciones internacionales, y el alcance de la resistencia ucraniana. Con respecto a lo primero, reconozco mi ignorancia sobre las claves de la política interna rusa, y sobre las posibilidades reales de que la represión que Putin está ejerciendo contra las protestas pueda volverse en su contra. Tiendo a pensar que el ultranacionalismo y la percepción de que Ucrania es un asunto de una parte de la población rusa, siendo esos sentimientos muy mayoritarios sobre los de la población que se opone a la guerra. Pero no lo sé.

Respecto a lo segundo, las sanciones impuestas desde otros países, todo parece indicar que pueden estar incidiendo en Rusia más de lo que se pensaba y que pueden constituir una importante vía para incrementar el aislamiento de Putin tanto interna como externamente, debilitando así su posición. Sin embargo, algunas fuerzas de izquierda como Anticapitalistas o Bildu se opusieron rotundamente a la imposición de sanciones en el Parlamento Europeo, y otras como IU se abstuvieron en la votación. O sea, que no es que algunos se opongan a la guerra porque cualquier guerra es mala, sino que también se oponen cuando lo que se proponen son otro tipo de medidas -como las sanciones que no tienen que ver con las armas.

Finalmente está el factor de la resistencia ucraniana. Parece evidente que cuanto más le cueste a Putin hacerse con el control del conjunto de Ucrania, más cerca estará una posible mesa de negociación. Si Moscú no hubiera encontrado la resistencia que se está dando, las posibles salidas diplomáticas estarían mucho más lejos de lo que hoy en día están. Sin embargo, como ya se ha dicho, también en este caso esos mismos sectores de la izquierda se oponen a ayudar a la resistencia ucraniana mediante el envío de armamento con el que puedan oponerse a las tropas rusas.

No es contradictorio ayudar a la resistencia ucraniana proporcionándole armas para defenderse y, al mismo tiempo, apostar por la vía diplomática. Porque Putin no se va a sentar a negociar una salida si no ve comprometida su posición, pues lo ha dejado meridianamente claro cuantas veces ha hablado al respecto. Por tanto, resulta de una ingenuidad llamativa defender las salidas diplomáticas como si de una plegaria al cielo se tratara, renunciando a crear las condiciones que hagan viables esas posibles salidas diplomáticas.

CONCLUSIÓN: DESCONCIERTO Y DESMOVILIZACIÓN. Como consecuencia de todo lo anterior, en las últimas semanas hemos podido asistir a la inacción y la desmovilización de la izquierda ante la invasión rusa de Ucrania. En el momento de escribir estas líneas, cuando se va a cumplir un mes desde el comienzo de la misma, las únicas movilizaciones contra dicha invasión han sido convocadas por colectivos de personas ucranianas.

Imaginemos que la agresión rusa contra Ucrania no hubiera suscitado reacción alguna por parte de los países occidentales. Imaginemos que los fuertes intereses económicos occidentales en Rusia y los no menos importantes de la oligarquía rusa en occidente hubieran prevalecido sobre las peticiones de auxilio por parte de Ucrania. Imaginemos que, frente a esas peticiones, los países occidentales se hubieran negado a sancionar a Rusia y a prestar ayuda a la resistencia ucraniana, señalando que Ucrania y Rusia debían resolver sus diferencias únicamente por la vía diplomática para no poner en peligro la paz mundial.

En esas circunstancias ¿Qué habría dicho esa izquierda que hoy se siente tan confusa a la hora de apoyar o no a la resistencia ucraniana, y tan remisa a la hora de movilizarse contra la invasión? Yo no tengo muchas dudas de que los análisis y los enfoques habrían sido otros bien distintos. Que cada cual saque sus conclusiones.

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