A vueltas con los cuidados… Tras el confinamiento.

Galde 29, uda/2020/verano. Clara Murguialday.-

Es común, entre las feministas, considerar que la «crisis de cuidados» que tuvo lugar a finales del siglo pasado -tras la masiva incorporación de las mujeres al mercado de empleo, entre otros factores demográficos y económicos«se cerró en falso» gracias, sobre todo, a la llegada de miles de mujeres migradas dispuestas a llenar los huecos que las mujeres autóctonas iban dejando en el trabajo doméstico y de cuidar. Así nos encontró la crisis financiera que arrancó en 2008.

Durante la última década, y como consecuencia de las privatizaciones y recortes realizados por las políticas neoliberales de los gobiernos de turno, los servicios públicos de atención a colectivos vulnerables fueron perdiendo presupuesto, cobertura y calidad, pero el trabajo -invisible o precariode las mujeres y el mercado llenaron los espacios abandonados por unas políticas públicas que, al calor de la Ley de Dependencia, dieron carta legal a la «familiarización» de los cuidados, mientras abrían gustosamente la puerta a los fondos de inversión que una década después, como hemos podido constatar, serían propietarios de la mayoría de las grandes empresas de la dependencia. También contribuyeron a la desidia institucional las sucesivas oleadas de mujeres migradas, forzadas por el «mercado de la irregularidad» a buscar empleo en los hogares en condiciones cada año más precarias.

Así nos encontró el confinamiento obligado por la Covid-19. Con un modelo de cuidados feminizados, donde mayoritariamente mujeres trabajan sin remuneraciónpara familiares dependientes, pero también a adultos «no dependientes»; son contratadas para limpiar y cuidar en hogares ajenos; brindan atención profesional en casas, escuelas infantiles, residencias de mayores e instalaciones sanitarias, pero también limpian oficinas y tiendas… En contextos culturales en los que el papel de los hombres en los cuidados y la crítica de la «natural vocación» de las mujeres a cuidar a otros no reciben suficiente atención.

Un modelo donde los cuidados han ido quedando privatizados, a cargo de hogares que deben resolverlos con sus propios medios, sea mediante el trabajo invisible de las mujeres de la familia o mal pagándolos a otras mujeres, sin que las instituciones hayan puesto en marcha políticas públicas que garanticen el acceso a cuidados dignos o medidas de conciliación que promuevan la redistribución de los tiempos de cuidar entre mujeres y hombres.

Un modelo de cuidados remunerados crecientemente precarizados, a medida que han ido proliferando agencias y plataformas digitales para la contratación de trabajadoras de hogar sometidas a un régimen especial que no las protege de empleadores abusadores ni les reconoce sus derechos laborales; ha aumentado la precariedad en que trabajan las mujeres migradas, gracias a una ley de Extranjería empeñada, al parecer, en facilitar el acceso de los hogares a «ayuda barata»; y han ganado mayores cuotas de mercado las residencias privadas orientadas al lucro, estimuladas por la falta de sanción a la precariedad de condiciones en que viven las personas residentes y trabaja el personal cuidador.

Llegó la pandemia y, de la noche a la mañana, (quienes pudimos) tuvimos que resguardarnos en la casa. Necesitamos pocas semanas de encierro doméstico para entrever que el modelo de cuidados vigente tenía grietas importantes y que sus debilidades, anteriores al impacto de la pandemia, se agravaban con el confinamiento y mostraban tendencias preocupantes, como las siguientes.

Los cuidados han sido re-familiarizados. En tanto que actividades imprescindibles para que la vida funcione en el día a día, los cuidados han sido considerados un «recurso esencial» durante el confinamiento y han sido garantizados sobre todo en los hogares y mayormente por las mujeres. Algunas interrogantes obvias: si las mujeres ya hacían, antes de la pandemia, el triple de trabajo no remunerado que los hombres en la casa, ¿cuánto habrá aumentado esta brecha durante el confinamiento? Si en 2017 las mujeres representaban en la CAV el 75% del empleo a jornada parcial y el 93% de quienes solicitaron excedencias para cuidar a sus criaturas 1 , ¿cuántas habrán logrado convencer a sus maridos o padres de que reduzcan su jornada para cuidar a los menores confinados? Si la razón última de que el trabajo dentro del hogar permanezca invisibilizado es que los cuidados son entendidos como una «cuestión de afectos», ¿qué efectos habrá tenido la reclusión hogareña en alejarlos aún más del imaginario de la responsabilidad colectiva y/o del intercambio mercantil?

Las mujeres (que han podido) han teletrabajado al mismo tiempo que cuidaban. Sabemos, por crisis económicas anteriores, que el trabajo de las mujeres es un mecanismo de amortiguación de las crisis. Esta vez, la novedad ha estado en que el teletrabajo ha sido el «recurso esencial para conciliar empleo y cuidados», aunque esta conciliación la han hecho, de nuevo y sobre todo, las mujeres, como muestran las investigaciones realizadas durante el confinamiento 2 : las mujeres teletrabajadoras han soportado la mayor parte de la carga del trabajo doméstico y, por tanto, del estrés del confinamiento. Y aunque no nos extraña que, como empieza a quedar probado, a más ingresos en el hogar, mayor recurso al teletrabajo, tampoco puede extrañarnos que la productividad de las mujeres científicas haya disminuido durante el confinamiento mientras ha aumentado la de los hombres…, por más que Margarita del Val dirija la plataforma del CSIC que reúne a 200 grupos de investigación sobre la pandemia.

Pero también son millones quienes han estado trabajando presencialmente porque sus trabajos han sido considerados «esenciales», y haciendo trabajo invisible en sus casas: cuidadoras en residencias, limpiadoras y cocineras en recintos sanitarios, cajeras de supermercados y también empleadas de hogar: alrededor de 600.000 en el Estado, un tercio de ellas en situación administrativa irregular. ¿Qué ha pasado durante el confinamiento con estas miles de cuidadoras «sin papeles»? ¿Cuántas han perdido sus horas de trabajo doméstico cuando sus empleadoras se han confinado o la familia de la persona cuidada ha tenido más miedo al contagio que preocupación por la sobrevivencia de la cuidadora? ¿Cuántas han tenido que trabajar internas y/o atendiendo a más integrantes de la familia por el mismo pago?

«El rol de cuidar es un factor de riesgo de contagio» 3 . Las mujeres constituyen el 84% del personal que trabaja en instituciones sanitarias y de atención a mayores, pero también las que en mayor proporción han cuidado a las personas contagiadas que han pasado la cuarentena en sus casas; ambas circunstancias han puesto a las mujeres en la primera fila del riesgo de contagio. Y como consecuencia de que más mujeres que hombres han asumido los cuidados, durante más tiempo y con más intensidad, dice García-Calvente que «la proporción de mujeres contagiadas ha ido en aumento a medida que transcurría el confinamiento, hasta el punto de que a finales de mayo eran más las mujeres contagiadas que los hombres, aunque estos eran mayoría entre las personas que han fallecido».

Un análisis interseccional más preciso seguramente nos mostraría que las mujeres que han estado tres meses encerradas con su maltratador, las jefas de hogares monomarentales, las ancianas que viven solas, las que están en situación de exclusión y extrema pobreza, las que han tenido que hacer en soledad el duelo de la pérdida de familiares… han salido aún peor paradas del confinamiento. Pero datos tan pormenorizados aún no están disponibles, entre otras razones porque, tampoco durante la pandemia, registrar los «dolores invisibles» de las mujeres ha sido prioridad para las instituciones responsables de las políticas de igualdad.

Pese a todo, en estas últimas semanas han emergido otras formas de ofrecer solidaridad y cuidados a colectivos vulnerables. «Organizarse para sostener las vidas en colectivo» ha sido el llamado al que han respondido miles de vecinas y vecinos, que han impulsado redes de apoyo a personas mayores confinadas, han realizado recolectas y distribución de alimentos y de dinero para ayudar a pagar el alquiler de quienes, de la noche a la mañana, se han visto despedidas del trabajo doméstico o sin poder vender en la calle. Formas de resolver los cuidados que visibilizan una «lógica social-comunitaria» a la hora de resolver necesidades básicas de la vida diaria, en disputa con la lógica de la búsqueda de lucro que permea los asocios público-privados.

La pregunta de cómo saldremos de esta nueva crisis de cuidados tiene tres posibles respuestas:

· Yendo hacia atrás en los derechos conquistados por las mujeres, escenario posible si se asienta la tendencia a re-familiarizar los cuidados y más mujeres «retornan al hogar» a medida que la crisis económica, que ya se vislumbra grave, arroja a más mujeres al desempleo; a medida que la «doble jornada» se refuerza para aquellas que teletrabajen de manera permanente; que empeoran las condiciones laborales de las trabajadoras de hogar en general, y de las mujeres migradas en particular o que el mercado le gana la batalla a los servicios públicos en la atención a colectivos vulnerables.

· Con reformas mínimas al modelo actual de cuidados, que resuelvan algunos de sus problemas más urgentes pero dejen intacta la esencia del modelo, logrando más control público de las residencias privadas o incluso más presencia de los servicios públicos en la atención a mayores y dependientes, mejorando las condiciones laborales de las trabajadoras de hogar (lo que pasa por ratificar el convenio 189 de la OIT y regularizar la situación de las mujeres migradas), apelando a empresas y administraciones para que implementen incentivos y normativas para la conciliación, prestaciones por cuidados de menores, horarios flexibles y reducción de jornada para que las madres no tengan que renunciar a sus empleos.

· Poniendo el cuidado colectivo de la vida en el centro, como reclamamos las feministas desde hace décadas y, tras el confinamiento, sectores sociales cada vez más amplios que han comprendido cuáles son los «trabajos esenciales para la vida». Para avanzar hacia este escenario tendremos que asumir que el derecho a «recibir cuidados dignos y a brindarlos libremente» es un derecho universal de todas las personas, como seres vulnerables e interdependientes que somos; que es urgente construir un sistema estatal de cuidados que no sólo los proteja del afán de lucro sino que, además, los oriente a promover la autonomía personal de mayores y el envejecimiento activo, incluyendo alternativas como los proyectos de cohousing. También hará falta que los hombres cambien su actitud hacia los cuidados y, de una vez por todas, hagan su parte en los hogares; potenciar alternativas de cuidado colectivo en barrios y comunidades de proximidad; profesionalizar los cuidados y convertirlos en un eje de inserción laboral digna tanto para mujeres como para hombres, en el camino de poner la economía del cuidado en el centro de las políticas públicas y las dinámicas económicas…

No está definido qué modelo de cuidados cuajará en la «nueva normalidad». Cual sea dependerá de las lecciones que hayamos aprendido durante el confinamiento, pero también de los esfuerzos que mujeres y hombres, instituciones públicas y organizaciones sociales, seamos capaces de hacer para cambiar los valores sexistas y neoliberales que, hoy por hoy, todavía rigen la organización social de los cuidados.

 

 

Notes:

  1. Emakunde: «Cifras 2018. Mujeres y hombres en Euskadi».
  2. Las mujeres han sido las principales responsables de la limpieza de la casa (29 puntos por encima de los hombres), la colada (39 puntos), el cuidado de los hijos (24) y la elaboración de la comida, en tanto que hacer la compra es la única actividad de la que los hombres han sido los principales responsables. Noelia Ramírez: «Teletrabajo de madrugada porque no llego a todo en casa: la nueva normalidad machaca a las mujeres». elpaís.com. 27-05-2020.
  3. María del Mar García-Calvente. «COVID-19 y su impacto en la salud de las mujeres: aprendizajes y propuestas». Emakunde: Notas para pasar a limpio. 28-05-2020.

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