Republicana es la luna

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Republicana es la luna,
republicano es el sol,
republicano es el aire,
republicano soy yo.
Rafael Alberti. La arboleda perdida

Antonio Rivera. (Galde 07, uda-verano/2014). Rafael Alberti aprendió esa copla en el Cádiz republicano de marzo de 1931. Dice que parecía venir de los tiempos de la Iª República, pero lo cierto es que se hacía hueco en los de la decadencia de un rey ensuciado con la dictadura. No estaban de moda, ni Alfonso XIII ni la monarquía. La república sin republicanos llegó por la dimisión de los monárquicos y por el hartazgo del pueblo. Algo de esa misma mecánica se aprecia hoy.

Cuando después de las elecciones de noviembre de 1933 la República pasó a ser gobernada por partidos de derechas –no necesariamente antirrepublicanos; estaba Lerroux-, muchos extremistas republicanos e izquierdistas manifestaron que aquella debiera haber venido gracias a la guillotina y no por los votos. La República parecía tener para ellos una semántica precisa y exclusiva, solo de izquierdas, radical en los procedimientos, incluso desbordando a Azaña y a los hombres y mujeres de su bienio reformista.

Al cabo de los decenios, en esto también se aprecia repetición. La reivindicación de república se acompaña de una estética y de unos supuestos ideológicos que no tiene por qué tener, y que creo que operan en su contra como oportunidad. Señalemos solo dos aspectos de esta cuestión. La república no es la luna, a pesar de lo que dijera el poeta. Es solo una forma de gobierno que en el mundo presenta todo el abanico de posibilidades de felicidad: de las ordenadas y atractivas repúblicas de la monárquica Commonwealth (Canadá, Australia, Nueva Zelanda…) a las caóticas y frustrantes de tantos lugares de África. (Con las monarquías se podría hacer un juego similar). La república no asegura por sí sola una sociedad mejor; ni siquiera su carácter democrático frente a la antigualla de lo monárquico es suficiente argumento en la práctica.

Otra cosa es que de la mano de la república pueda llegar una realidad mejor. Efectivamente, en el contexto de una transformación social acelerada –revolución, que decíamos antes-, muchos cambios positivos se verían coronados (sic) por la llegada de la solución republicana. Lo que pasa es que mientras no exista soporte social para ello, la república es vestida con ropajes izquierdistas que, por un lado, la hacen exclusiva de determinadas culturas políticas –más exclusivistas cuanto más se le exija- y, por otro, espantan a la mayoría necesaria para auparla. Una bandera republicana con una estrella de cinco puntas en medio es muy simpática, pero anuncia al respetable que tal forma de Estado vendrá de la mano solo del izquierdismo. La posibilidad de que la gobierne en el futuro quien no lo es parece negada de previo, lo que reduce sus posibilidades de éxito. Es normal, al menos en sociedades democráticas cambiantes. De hecho, esa imagen, bastante obsoleta y que remite a un pasado no dichoso, por mucho que algunos digan –el de la última experiencia republicana-, es lo que esgrime con gran satisfacción la derecha monárquica (que no es toda ella) para desautorizar a sus oponentes.

Y eso remite a la segunda de las cuestiones: la referencia histórica. Ser republicano hoy parece que consiste también en glosar acríticamente las excelencias del régimen que operó en España en los años treinta. Pues también es ese un argumento muy endeble. La Segunda República fue el instante de vivencia democrática más sólido y de mayor continuidad de toda la historia de nuestro país… hasta llegar a los años ochenta posteriores. Pero, por razones internas y externas –vg. la propia percepción exclusivista de la República o el momento extremo mundial de la década de los treinta, con su enorme conflictividad y el impacto de la crisis económica-, los años republicanos no fueron ni de dicha ni de paz. Los gobiernos del primer bienio trataron de abordar a la vez todos los problemas que acumulaba históricamente el país; un intento que se demostró pronto imposible. Ello hizo que la penuria de recursos y, en paralelo, el incremento de la confrontación social y política, llegándose a la violencia, fuera evidente. Tal cosa ni justifica ni explica el golpe del 36 y la guerra civil que le siguió, pero no puede ocultarse tratando de obviar que una parte importante del país, amante del orden aunque fuera injusto –“antes la injusticia que el desorden”, aquel tópico conservador de Goethe-, se sentía seriamente amenazada y era susceptible de recurrir a procedimientos no civiles, antidemocráticos, como de hecho hizo. Desde nuestro presente, la nostalgia por aquellos años republicanos es un ejercicio mucho menos respetable y sensato de lo que parece.

Pero, claro, si se pretende como alternativa a la actual monarquía, la república ha de llenarse de algún contenido y tiene que ser estimulante para alguna parte del cuerpo social; no puede ser solo “otra forma de gobierno”. Es cierto, porque de lo contrario regresaría a nuestro país como vino las anteriores dos veces: por la crisis de su inversa más que por el entusiasmo y fuerza de sus promotores. Pero, ¿qué semántica integradora? Descarto, como he dicho, la izquierdista, por inconveniente e irreal en condiciones de normalidad. Solo veo otra muy distinta de corte democrático, civilista, incluso regeneracionista hasta lo debido y refundadora del marco político y social actual. Algo de eso hay entre quienes reclaman La Tercera, pero tales argumentos no operan en exclusividad ni con protagonismo.

La república, si llega por sí misma (por los republicanos), solo lo puede hacer mediante contenidos amplios y no exclusivistas, donde pueda ubicarse con comodidad una ciudadanía sin exclusión, que hoy vota a la izquierda y mañana a la derecha, o al revés. Vamos, claramente, una república traída con los votos y la convicción, y no resultante de la guillotina o de una crisis irresoluble.

Me repito porque lo escribí todavía hace poco tiempo (El DiarioNorte, 16.6.2014): la república de los furibundos republicanos tiene poco que hacer hoy aquí porque su contagio argumental duro espanta a la mayoría. Por el contrario, los republicanos accidentalistas, sin entusiasmo, solo cansados de tanto “error monárquico” (dispendios, dislates, sablazos, elefantes, mentiras a la vista, hipocresía, gasto inútil, negocios privados…), son la única masa social que podría traer La Tercera. Una república de ciudadanos, democrática, nueva, moderna y liberal, que sirviera de colofón a una refundación positiva de nuestra democracia y que permitiera en el futuro gobernar a quienes respetaran sus preceptos inaugurales: transparencia, participación, igualdad de trato, dinamismo social, etcétera. Preceptos que en sí mismos no son ni republicanos ni monárquicos, sino democráticos, pero a los que la forma republicana de gobierno podía servir de marco renovador en el supuesto de acumular tanta fuerza política ciudadana como para imponerlos.

Quizás esa tenue semántica pudiera estimular a muchos más, aunque sin la fe y el entusiasmo de una minoría apasionada que, hoy por hoy, inevitablemente, constituye el mejor argumento de continuidad de la monarquía de Felipe VI. Quiérase o no, el cuché resulta todavía hoy más atractivo que el sepia.

Antonio Rivera es Profesor de Historia Contemporánea en la UPV/EHU

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