“Ocho apellidos vascos”: claves psicosociales para el análisis de su éxito

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 “El humor refleja las percepciones culturales más profundas ofreciéndonos un poderoso instrumento para entender las formas de pensar y sentir que la cultura ha modelado”. (Driessen, 1999, p.227. En J. Bremmer y H. Roodenburg, coords., Una historia cultural del humor: desde la antigüedad hasta nuestros días. Madrid: Sequitur).

(Galde 06, primavera/2014). Las cifras de la película “Ocho apellidos vascos” son, sin duda, espectaculares. Una estudiada campaña de distribución y lanzamiento, aportaron las mimbres iniciales del éxito. Pero indudablemente factores adicionales deben haber concurrido. En la búsqueda de esos otros factores no mediáticos, nos gustaría compartir algunas reflexiones desde la teoría psicosocial que, en la pretensión de encontrar explicaciones, quizás sólo generen nuevos interrogantes. Desde este punto de vista, “Ocho apellidos vascos” es una película que juega fundamentalmente con el humor y los estereotipos, más algún ingrediente adicional que comentaremos a continuación.

La película incorpora el humor como elemento nuclear definitorio, un humor que construye a partir del contenido de los estereotipos de andaluces y vascos. Los estereotipos habitualmente se entienden como un conjunto de creencias compartidas acerca de los atributos personales que poseen los miembros de un grupo. El contenido de estos estereotipos es importante porque influye en la percepción social, en la interpretación de la realidad, en la realización de juicios, así como en los sentimientos experimentados respecto a los miembros de los grupos estereotipados y en las conductas que hacia ellos se dirigen. En los últimos años, la teoría psicosocial más influyente sobre el contenido de los estereotipos ha sido la propuesta por Susan Fiske, que viene a sostener que los estereotipos se construyen principalmente sobre la base de dos dimensiones: competencia y sociabilidad (calidez). ¿Cómo se perciben andaluces y vascos en estas dos dimensiones estereotípicas? Sin duda, de manera bastante desigual: según investigaciones realizadas en nuestro país, los andaluces suelen ser vistos como personas con alta sociabilidad pero media/baja competencia, lo que se vincula a su vez con percepción de bajo estatus, mientras que los vascos–al igual que catalanes y madrileños- como competentes (alto estatus) pero nada sociables.

“Ocho apellidos vascos” juega con el contenido de estos estereotipos, pero sólo en la dimensión de sociabilidad, la que es favorable a los andaluces. Insiste sobre la idea recurrente del choque entre la alta sociabilidad andaluza, representada por Rafa/Antxon, con la baja sociabilidad vasca, encarnada por Amaia y su aita Koldo. En la exageración de este contenido estereotípico, la película desata las risas del público en numerosos pasajes, en una suerte de “victoria” repetida de la “alta sociabilidad andaluza” sobre la “baja sociabilidad vasca” o de la sociabilidad sobre la competencia.

Pero ¿por qué si presenta una visión estereotipada de ambas sociedades ha cosechado un éxito importante en Andalucía y Euskadi? ¿Por qué ha tenido también una gran acogida en el resto del Estado Español?

En el caso de Andalucía, quizás porque la película destaca la vertiente positiva de nuestro estereotipo, la sociabilidad, con la que nos sentimos cómodos y además constituye un elemento de identificación con nuestro endogrupo. De hecho forma parte de nuestro auto-estereotipo, de cómo nos vemos a nosotros mismos.

En el resto del Estado Español, el éxito quizás pueda explicarse por la mayor simpatía e identificación con los andaluces como grupo –algo también encontrado en las investigaciones realizadas sobre el tema- que con los sectores de la sociedad vasca visibilizados en la película. En cualquier caso, otra de las claves también radique en haber sabido colocar en el terreno humorístico temas que durante mucho tiempo han sido tabú en el país, generando así una norma de levedad sobre mensajes que de haber sido expuestos en formato no humorístico, quizás habrían despertado mayores suspicacias. Esa norma de levedad que introduce el humor constituye, no obstante, un arma de doble filo: por un lado, el humor puede utilizarse como vehículo de transmisión social sutil de prejuicios (caso del humor sexista), tal como recuerda la teoría de la norma prejuiciosa; pero por otro, permite abordar de manera más sosegada y engrasada aspectos que se nos enquistan en la vía no humorística. La valoración de la película como exponente de la primera o segunda función del humor dependerá fundamentalmente de los esquemas mentales interpretativos del espectador.

Estos últimos argumentos también podrían explicar el éxito de la película en Euskadi, donde a la vez se han producido algunas reacciones negativas. La percepción o apreciación del humor no depende solo del contenido del mensaje, sino también de quién es el emisor y quién es el receptor. En ese sentido, las reacciones positivas o negativas habidas en Euskadi quizás reflejen el grado de identificación con los personajes vascos que presenta la película (izquierda abertzale y representantes del Rh, según algunos críticos de la cinta) y sus sentimientos hacia ellos. Según la teoría disposicional del humor, la intensidad de la respuesta a una presentación humorística depende críticamente de la disposición afectiva del receptor hacia el protagonista implicado. Específicamente, esta teoría propone que el humor se facilita cuando el receptor siente antipatía o resentimiento hacia quien es objeto de humor y en cambio se dificulta cuando siente simpatía por él. También, el conocimiento intuitivo de la gente sobre la norma de levedad que introduce el humor (esto es, que resulta más difícil defenderse de una crítica o ataque cuando viene en un envoltorio humorístico) puede haber favorecido la reacción negativa de algunos sectores de Euskadi.

Utiliza la película también un recurso interesante desde un punto de vista emocional, que mejora notablemente su capacidad para generar diversión. La mayoría de sus situaciones humorísticas siguen el mismo patrón: Rafa/Antxon es sometido a historias de conflicto, incongruencia, que generan tensión/activación en el espectador,  pero que se resuelven favorablemente con un golpe de humor. Se produciría en estos casos lo que conocemos como transferencia de excitación, esto es, la activación generada en el espectador por la situación inmediatamente anterior al contenido humorístico que quedaría residual cuando se produce el chiste, se sumaría a la excitación generada por él para provocar así una experiencia subjetiva de mayor intensidad.

Y por último, aunque nos resistimos a creer que haya tenido que ver con su éxito, no quisiéramos prescindir de un breve comentario sobre la relación afectiva de pareja entre sus protagonistas principales (Rafa/Antxon y Amaia). Aquí “Ocho apellidos vascos” reproduce de nuevo estereotipos, en este caso estereotipos de género bien conocidos. Una vez más, nos encontramos con una adscripción de roles de género muy tradicional, donde el hombre es el que lleva la iniciativa de la relación y la mujer la que niega, niega, niega… para finalmente ceder ante la insistencia del esforzado andaluz, dando pábulo al peligroso mito de la “falsa resistencia” (token resistance), la falsa creencia de que cuando una mujer dice “no” en el fondo quiere decir “sí”.

En cualquier caso, reconozcamos que “Euskadi tiene un color especial…”

Jesús L. Megías y Miguel Moya.

Profesores de la Facultad de Psicología de la Universidad de Granada.

Categorized | Cultura, Sociedad

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