La soledad de dos en compañía: Cataluña y España

CuerdaNudo

José María Portillo Valdés. (Galde 06, primavera/2014). En los ambientes académicos, tanto en España como fuera de ella, viene siendo común el comentario acerca de lo disparatado de la reciente ofensiva historiográfica del nacionalismo catalán, encarnada sobre todo en esa performance que fue el simposio Espanya contra Catalunya: una mirada histórica (1714-2014). Que tenía este carácter dramático lo demostró su presentación a cargo del director del Centre d’Història Contemporània de Catalunya, Jaume Sobrequés. Dijo entonces que el título del simposio respondía a una “realidad objetiva e indiscutible… que no se discute”, aportando por toda evidencia para ello la propia celebración de esa performance que, indudablemente, logró su propósito que no era otro sino trasladar al escenario, con el adecuado envoltorio científico, un debate político.

Un escenario de ese tipo resulta esencial para alimentar una querella que es mucho más nacionalista que nacional. Por ello, lo importante del simposio promovido por la Generalitat de Cataluña era el título, lo que Sobrequés, obviamente, consideró “incuestionable” e “innegociable”. A pesar del estupor académico, puede sorprender que no haya habido una respuesta desde el análisis histórico ni a este ni a otros despropósitos historiográficos alimentados en Cataluña. No la ha habido, entre otras razones, porque tampoco se esperaba. En un debate nacionalista, como éste, la respuesta que se espera es la que se produce en esa misma clave, es decir, la que apele también al carácter “indiscutible” e “innegociable” de la españolidad de Cataluña. Las contestaciones que llegan desde la historiografía simplemente no importan y se pueden descalificar sin más, así provengan de voces tan autorizadas como la de John Elliot. Más aún, pueden incluso tergiversarse al punto de hacerles decir lo que jamás dijeron, como fue el caso del historiador portugués Pedro Cardim, quien hubo de rectificar en el periódico “Público” unas declaraciones suyas sobre la separación portuguesa de 1640 que la revista catalana Sàpiens presentaba como aval científico de la Espanya contra Catalunya. Es la misma lógica que domina el adorno discursivo del nacionalismo catalán: no importa la historia, importa el ser.

Lo que sí puede tener interés, a mi juicio, es observar este constructo discursivo nacionalista catalán desde el punto de vista historiográfico, es decir, como objeto de estudio. La reciente renuncia de Juan Carlos I a la corona española ha venido a reforzar la sensación de que en España estamos ante un final del ciclo político inaugurado en 1978 cuyos signos más relevantes, sin duda, son el agotamiento constitucional y la crisis del sistema de partidos. Lo primero se puso de manifiesto principalmente en Cataluña con la crisis de la reforma estatutaria (2006-2010) y lo segundo con la sucesión imparable de casos de corrupción que han llevado a un serio cuestionamiento electoral del sistema de partidos nacido al final de la dictadura. Podrían añadirse otros signos, como la intervención del modelo mediático y el surgimiento de una prensa digital alternativa y, por supuesto, la crisis inapelable del modelo de crecimiento económico y de sus consecuencias sociales, incluidas nuevas formas de movilización.

Es en esta España que presenta rasgos de crisis de sistema que la querella catalana se ha encauzado decididamente por la vía nacionalista dejando de lado la perspectiva de la nación. Es una acusada querencia de la España post—imperial que tiende a tratar las identidades mucho más desde posturas nacionalistas y esencialistas que nacionales y ciudadanas. No casualmente es en la España que tiene que pensarse como nación a secas, sin imperio, en las décadas primeras del siglo XX, donde estos usos políticos de la historia tienen su estreno. Un buen ejemplo puede verse en el encuentro entre el texto que Antoni Rovira i Virgili publicó en 1917 para explicar a los “españoles castellanos” los principios del nacionalismo catalán (El nacionalismo catalán)y la respuesta del historiador Rafael Altamira (en Psicología del pueblo español). Rovira utiliza un lenguaje sentimental y amoroso para transmitir la esencia del posicionamiento nacionalista catalán: España intenta “imponer el amor obligatorio”; los “sentimientos de los catalanes” les llevan no al “odio” pero tampoco a “amar”  a España; “el dolor de muchos catalanes es no poder amar esta España triste”. Altamira, por su parte, entendió perfectamente el mensaje y lo reprodujo con el mismo lenguaje señalando que lo relevante del debate no era siquiera la independencia o el federalismo “sino, vuelvo a decirlo, el desamor al resto de la tierra española…”. En estas posiciones es sintomática la conclusión a la que llegaba el propio Rovira después de haber dedicado cientos de páginas a explicar las razones historiográficas del nacionalismo catalán: “Desde el punto de vista político, no se trata ya de una cuestión de doctrina, ni de historia, sino de un hecho.”

Efectivamente, planteada la cuestión en el plano del “separatismo espiritual” que decía Altamira, la historia podía adornar pero no debatirse. La historia, dicho de otro modo, deja de ser relevante para el debate en el momento en que éste se centra en el ser y no en el estar. Algo similar ocurre en la actual querella nacionalista. Al colocar la historia junto a la nación en un limbo intocable, deja de tener sentido entrar en un debate propiamente historiográfico. Este es el motivo por el que la desconcertante conferencia inaugural del simposio antes mencionado, a cargo de Josep Fontana, ha quedado también sin respuesta historiográfica: no la puede haber porque los términos del debate están ya situados en el plano del ser, donde la historia solamente puede confirmar pero no inquietar el discurso.

Un texto del propio Antoni Rovira, pero escrito en un contexto radicalmente distinto, en 1931, puede servir de muestra de las posibilidades de un planteamiento diverso, basado en el estar y no en el ser (Catalunya i la República). Desde que el pacto de San Sebastián y la proclamación de la república en España abrieron de nuevo el campo a las posibilidades de un debate político sobre la forma de estar, el lenguaje y, consecuentemente, el planteamiento cambiaron. Rovira prescinde entonces del lenguaje amoroso y sentimental y se centra en un discurso más historiográfico sobre el republicanismo catalán y sus posibilidades de desenvolvimiento en una España federal. No se trataba entonces tanto de pugnar por el ser de Cataluña cuanto de explorar las posibilidades del estar, de la manera de encontrar acomodo en un espacio político español que se abría también a la discusión sobre los modos de estar.

Es una situación que se repitió durante la Transición con epicentro en el amplio proceso constituyente que lleva desde 1977 hasta 1983 con los últimos estatutos de autonomía (a excepción de los de Ceuta y Melilla, 1995). Fue aquel momento también más del estar que del ser, sobre todo para Cataluña, y momento, no casualmente, de un florecimiento historiográfico muy notable. Da la sensación de que ese escenario se agota durante la crisis estatutaria que remata la sentencia 31/2010 del Tribunal Constitucional señalando precisamente el límite en la interpretación federal de la constitución de 1978. Es una situación –no lo olvidemos— que provoca una reivindicación del ser de España que la derecha española no quiso dejar a la regulación democrática (dos votaciones parlamentarias, en Cataluña y España, y un referéndum, ni más ni menos). Es también un escenario en el que la versión más esencialista del catalanismo se empieza pronto a mover como pez en el agua: al nacionalismo siempre le gustó más el ser y al federalismo el estar. A vueltas con el ser de nuevo, el estar ha quedado relegado y con él la historia civil, la que tiene utilidad para el debate político.

José María Portillo Valdés

Profesor de Historia Contemporanea en la UPV/EHU

Categorized | Dossier, Política

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