La paz es esto que tenemos ahora

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Kepa Aulestia Urrutia, (Dossier Galde 08, otoño 2014). La percepción social de lo que significa la palabra paz se describe siempre en negativo: la paz es la ausencia de violencia. Las definiciones de la filosofía política tampoco consiguen ir mucho más allá. Cada vez que se intenta definir la paz con exactitud se vuelve la mirada hacia la violencia, sus causas y orígenes, su naturaleza y efectos. Hasta el punto de que el esfuerzo por caracterizar con precisión la paz tiende a recrear el tiempo de la violencia, reescribiendo su historia y el cuadro de responsabilidades concurrentes. Por eso, cuando se trata de definir ‘qué es la paz’el interrogante se desliza hacia ‘qué debería ser la paz’, remitiendo la cuestión al ámbito político; al terreno de las mayorías, del consenso y del disenso.

El argumentario de la violencia presenta la paz como algo más que su ausencia, porque reclama algo a cambio: paz por territorios, paz con justicia, paz con derechos, etc. La ‘ética de la violencia’ se niega a poner en cuestión el uso de la fuerza como un problema en sí mismo, por lo que tampoco está dispuesta a admitir que su ausencia se convierta en un fin en sí mismo para la sociedad. Cuando ETA y la izquierda abertzale han hablado de la “irreversibilidad del proceso” sugieren que éste no se basa únicamente en la renuncia a la violencia, sino que contempla también sus contraprestaciones. ETA pasó de presentar la violencia como justiciera a justificarla como necesaria y más tarde como inevitable, sin que a día de hoy –ni de mañana- sus activistas estén autorizados a tacharla como injusta.Hasta la fecha no se ha hecho público un pronunciamiento tan autocrítico como el que Sortuintrodujo en sus estatutos de legalización, cuando a 31 de enero de 2011 se desentendía de quienes “fueron ilegalizados y disueltos por razón de su connivencia” con la violencia.

A medida que la sociedad vasca daba por amortizada la violencia de ETA, antes de que ésta procediera a hacer público su “cese definitivo de actividades armadas”, afloraron otrasdos corrientes reacias a admitir que el silencio definitivo de las armas pudiera identificarse con la paz como concepto asimilado a la convivencia. Una estaría representada con especial fidelidad por la mayoría de las asociaciones de víctimas del terrorismo etarra, que cuentan conpoderosas razones para temer que una ausencia de violencia sin reconocimiento del daño causado y sin admitir su naturaleza injusta sería agraviante para la memoria de los asesinados. La otra aparece consignada en el Plan de Paz y Convivencia del Gobierno vasco, que desgrana un sinfín de iniciativas, que podrían multiplicarse por otras tantas, describiendo toda una ingeniería polemológica con pretensiones normativas no jurídicas.

A primera vista la idea de paz está sujeta a la tensión entre 1) quienes insisten en justificar el uso pretérito de la violencia desde un discurso victimista -ligado a la suerte de los presos, etc.-insistiendo en que la paz no es tal cuando persiste la “violencia estructural”, 2) quienes reclaman un resarcimiento moral expreso por parte de los victimarios de ETA, reconociendo su culpa y cumpliendo íntegramente las condenas dictadas o que dicten los tribunales y 3) la deconstrucción/reconstrucción del país de los vascos siguiendo pautas y protocolos que parecen moverse entre el exorcismo de la metodología infalible –por cuanto apela a un estándar universal en la resolución de conflictos-y la menudencia de ‘microacuerdos’ que se harían realidad con solo firmarse.

La paz es un estado de cosas que pivota en torno a la ausencia de violencia física y de la coacción derivada de ella. Ese estado de cosas ha de ofrecer una razonable certeza de que la violencia física no volverá a darse, confirmando además que la eventualidad de que volviera en el futuro no sea utilizada como argumento de coerción en el presente. Junto a ello la paz es también una sensación, porque sería imposible certificar su existencia si las personas que forman parte de la comunidad de referencia no se ven en paz -es decir, en convivencia- o albergan –latente- alguna proclividad al uso de la fuerza.

La paz aparece como la superación de un conflicto entre enemigos, de una pugna entre el ‘nosotros’ y el ‘los otros’. La convivencia sería el estadio subsiguiente a esa ‘paz física’. Sin embargo en Euskadi la violencia física se practicaba simultáneamente a la existencia de una convivencia más que apreciable. La inmensa mayoría de la población actuaba tan solo como espectadora de los actos de terror y de las manifestaciones que daban cobertura al mismo. Yese terror se ejercía ante una población integrada confortablemente en muchas facetas de la vida social. Ni siquiera la persecución ideológica desatada a mediados de los 90 acabó con semejante vivencia dual.

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La ausencia de violencia no es suficiente para hablar de paz. La paz no es suficiente para hablar de convivencia. La convivencia no es suficiente para hablar de libertad.Podríamos continuar la secuencia -recordando que la libertad no es suficiente para hablar de justicia, etc- y acabaríamos perdiéndonos del todo. Cuando se devalúa la paz objetiva, entendida como ausencia de violencia, se reclama una paz trascendente, una paz que lo es todo o, en otro caso, una paz vencedora. La paz y la convivencia no pueden ni deben confundirse con cualesquiera otras aspiraciones que alberguen sus actores principales, incluso aunque éstas sean legítimas y formen parte de anhelos casi unánimes. Ni objetivos políticos partidarios, ni pretensiones de imbuir una determinada ética, ni intenciones de alcanzar una visión histórica irrefutable.

Para empezar es necesario distinguir la paz ‘realmente existente’ de eso que se ha dado en llamar “memoria compartida”. Diferenciar el ‘momento’ de la paz del ‘momento’ de la memoria. Las cosas se han precipitado porque los adláteres del terror tienen prisa por preservar su pasado de todo juicio histórico o moral, y tratan de tomar la delantera convirtiendo el presente como resultado triunfal de “50 años de lucha”. Pero es necesario que la sociedad vasca se dé una pausa para la memoria. Porque una peripecia tan reciente no puede relatarse en función de los intereses políticos de hoy o de mañana, sino que ha de ser narrada por historiadores o desde una revisión moral de cinco décadas de pasado. No es imaginable una memoria más falsa que la resultante de una pretendida transacción entre “las cuatro sensibilidades políticas”, a las que el Plan de Paz y Convivencia confunde como  causa y solución al problema de la violencia.

Una cosa es que todo sea perfectible; otra muy distinta es que lo vaya a ser realmente. Es necesario valorar la paz que tenemos ahora porque tampoco se puede descartar que de tanto ‘artificio polemológico’ pudiera empeorar por devaluación. No hasta el punto de que la violencia física se vuelva una amenaza cierta, pero sí dando lugar a una sucesión de equívocos que concedan a la paz protocolizada virtudes supuestas que resten valor a la ausencia de violencia. Si de lo que se trata es de establecer un canon normativo de lo que han de ser la paz y la convivencia, es imprescindible que ello se ciña a la legalidad; a la legalidad vigente y a los cambios que se introduzcan en ella. No puede haber una normativa de paz que dicte sus condiciones y las condiciones de la convivencia si no adquiere una forma jurídica positiva.

Antes de nada es necesario catalogar las carencias e imperfecciones que presenta la paz en sí, la paz entendida como ausencia de violencia, la paz que ahora tenemos. 1) ETA no acaba de desarmarse. Se trata de una patética obstinación por ritualizar la entrega de sus restos. Un asunto meramente simbólico que complicaría judicialmente a quien ose participar en la liturgia. 2) ETA existe y parece que no tiene intención alguna de disolverse formalmente. Sería inadmisible su pretensión de convertirse en un actor político fuera de la ley y de las urnas. Un problema al que sus residuales activistas deberán responder ante los tribunales y la izquierda abertzale tendrá que afrontar políticamente como lastre en su política de alianzas. 3) Hay 218 asesinatos sin esclarecer en cuanto a su autoría material, lo que resulta especialmente lacerante para las víctimas de la violencia reivindicada por ETA mientras las siglas subsistan sin detractarse. Aquí termina la historia de las imperfecciones que presenta la unilateralidad de ETA. Insuficientes para discutir que la paz es esto que tenemos ahora, aunque no sea plenamente satisfactoria.

Categorized | Dossier, Política

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