Las razones del no a la “gestación subrogada”

Galde 19 (verano/2017). Alicia Miyares. 
La constitución española declara como derechos fundamentales el derecho a la dignidad y el derecho a la integridad física y moral por lo que las personas no pueden ser sometidas, entre otras cosas, a tratos degradantes. Nuestro Código Civil, a su vez, abunda en estas cuestiones cuando determina qué puede ser objeto de contrato en nuestra sociedad imponiendo un límite que no acepta interpretación posible: las personas no pueden ser objeto de comercio o transacción contractual. ¿Cómo hemos llegado, entonces, a la situación actual en la cual algunas personas se muestran favorables a introducir la práctica de la “gestación subrogada? Esta práctica se resume en un “contrato de subrogación” por el cual una mujer se compromete a gestar un embrión para luego entregar la criatura a terceras personas, renunciado así al derecho de filiación, en definitiva a la patria potestad. Parece, pues, evidente que este “contrato de subrogación” vulnera el Código Civil, ya que la criatura recién nacida es objeto de una transacción contractual. Vulnera, además, de acuerdo a la Constitución, el derecho a la integridad física y moral de las mujeres.

La manipulación emocional y el recurso a eufemismos

Algunas personas que desean un hijo, genético en la mayoría de los casos, y no pueden plantean como solución a sus anhelos de “ser padres” que se apruebe en este país la práctica y contrato de “gestación subrogada”. Tienden, así pues, a recurrir a la narrativa del deseo y las emociones. No esgrimen argumentos, sino historias personales en la que se nos muestre el dolor o desesperanza inicial por no poder tener “hijos propios”, las vicisitudes que han sufrido a causa de la infertilidad o incapacidad natural de alumbrar hijas/os hasta su desenlace feliz mostrándonos, por fin, la familia al completo gracias a la práctica del alquiler de vientres. La estructura narrativa de cuento de hadas no parece el marco adecuado para abordar un debate ético y jurídicamente complejo, a no ser que se busque manipular a la opinión pública con un “encantamiento emocional”. Quizá se pretende, ante el deseo declarado de algunas personas de ser padres cueste lo que cueste, ofuscar nuestra conciencia cívica y en tal estado de “sortilegio” dar por válidos contratos abusivos, aceptar la falsa analogía con la donación de órganos o convertir la libertad y el consentimiento individual en una parodia, por citar las cuestiones más relevantes del debate.

Es evidente que el recurso a eufemismos como “gestación subrogada”, “gestación por sustitución” o “gestación altruista” contribuyen en muy buena medida a descentrar el debate imprimiéndole un giro de asepsia que nos hace olvidar que estamos debatiendo en torno a la reproducción humana y, más concreto aun, en torno a la concepción que tenemos del embarazo, el parto, la maternidad y por ende de las mujeres que son las únicas que pueden hacer posible la materialización de un hijo. Se muestran, por ello, contrarios a la utilización de palabras como “embarazo”, “maternidad” o “madre”. Describen el embarazo y parto como “proceso gestacional” pretendiendo con ello transformar un hecho biológico irrefutable en una mera técnica cuasi fabril y artificiosa. Y, por último, despojado el embarazo y parto de toda relevancia biológica, social, cultural y simbólica nada les impide considerarlo un contrato de arrendamiento, pero, como puede parecer grosero, prefieren designarlo como “contrato de subrogación” y a los arrendatarios como “padres de intención”.

La “llave de la felicidad” es un contrato abusivo

Considerar que el embrión es independiente de la mujer es un rasgo por el cual se identifica a los grupos ultra católicos en este país. Al afirmar, a su vez, que la vida comienza en el instante de la concepción estos grupos de religiosidad extrema se han mostrado siempre contrarios a cualquier tipo de ley favorable a la interrupción voluntaria del embarazo. Sin embargo, pese a la tremenda influencia de la jerarquía católica en distintos partidos políticos y en variados medios de comunicación, pese a la injerencia constante de la Iglesia en temas de salud, educativos y de jurisprudencia y pese al poder económico eclesiástico sus ideas sobre las mujeres y el embarazo no han logrado imponerse socialmente.

Al menos eso creíamos hasta el momento actual porque las personas y colectivos favorables a regular en este país el “contrato de gestación subrogada” o “contrato de alquiler de vientres”, haciendo gala de una idea de paternidad/maternidad extrema, recuperan, con apariencia de innovación técnica, la misma idea que la de los grupos ultra católicos: el embrión es independiente de la mujer. El modo en el que fundamentan la independencia del embrión del cuerpo de la mujer en el que arraiga va camino de convertirse en la nueva pesadilla para las mujeres del siglo XXI. Los defensores de la “gestación por sustitución” sostienen que la vida comienza en un contrato que se ha de rubricar entre las partes con meses de antelación a cualquier proceso de fecundación y de transferencia embrionaria. La única finalidad del “contrato de gestación subrogada” es asegurar la renuncia de la filiación que corresponde a la madre, garantizando así la patria potestad en exclusiva a los subrogantes o “padres intencionales”. Descrito de otro modo, si la renuncia a la filiación por parte de la mujer embarazada no se hiciera explícita en el contrato, carecería de objeto la “práctica de la gestación subrogada”. Es por ello un contrato abusivo que tiene por objeto sellar el destino de una madre y su hijo, separándolos de modo irrevocable.

El embarazo, que dura en el tiempo nueve meses, es un proceso por el cual una mujer va transformando sus expectativas, va adaptándose a una nueva realidad hasta el punto que puede determinar que esa mujer que, en principio, aceptó gestar para terceros decida, por el contrario y posteriormente, hacer valer sus derechos de filiación. Como los tiempos de espera de un embarazo no se pueden acortar, como el ámbito de la libertad individual acepta la reversibilidad de nuestras elecciones, sino no sería libertad, es por lo que el contrato de alquiler de vientres sólo busca blindar a una de las partes, los “padres intencionales” y mantener a las mujeres, por el contrario, en una indefensión jurídica absoluta. A tal fin se construye la invención jurídica de “padres intencionales”. El virus jurídico de la “filiación intencional” se encuentra presente en todo contrato de alquiler de vientres. Es la condición por la cual se transfiere un embrión al útero de una mujer y a cambio los potenciales padres receptan un menor. Por ello, regular favorablemente la práctica del alquiler de vientres implica la aceptación de la “filiación intencional” que colisiona frontalmente con la filiación determinada por el parto para las mujeres: La práctica del alquiler de vientres exige de manera univoca que el reconocimiento de filiación para unos, los padres subrogantes, conlleve la impugnación de los derechos de filiación de otras, las madres. Así pues, cuando el deseo de reproducirse se antepone a derechos fundamentales da lugar a un combinado explosivo que produce situaciones de abuso a terceras personas, las mujeres y a que los menores sean considerados meras propiedades.

La falsa analogía con la donación de órganos

Los defensores de la paternidad/ maternidad extrema mediante “gestación subrogada” han ido cambiando sus planteamientos según se les iba desmontando argumentativamente su cuento de hadas. Su último intento de edulcorar lo que realmente significa la práctica y contrato de alquilar el útero de una mujer consiste en establecer una falsa comparación entre esa práctica y la donación de órganos. La primera evidencia que derruye esta analogía es de hecho: una donación consiste en hacer entrega de una parte separable de tu cuerpo que dependiendo del órgano afectado solo es aceptable en aquellos casos en los que esté comprometida la vida del receptor, donar un riñón o una porción del hígado, por ejemplo; es evidente que el deseo de tener un hijo y no poder no compromete la vida de una persona, si así lo fuera debería ser una cuestión más bien de salud mental para combatir la frustración que no propiamente de clínica ginecológica o de fertilidad; es además innegable que la mujer que acepta la transferencia embrionaria no se desgaja de su útero, sino que el proceso de embarazo y parto ocurre en el seno de su cuerpo; de hecho lo único separable de su cuerpo es la criatura que nace, pero nadie con un mínimo de sentido ético o jurídico defendería que los seres humanos se pueden donar o ceder, a no ser que tuviera en alta consideración la esclavitud humana.

La segunda evidencia por la cual el maridaje entre gestación subrogada y donación de órganos es de todo punto artificial tiene que ver con los derechos fundamentales: cuando las personas donan una parte de sí, no se les exige además que renuncien a sus derechos. Semejante planteamiento excede el marco del “altruismo” para ser una cruda “apropiación”. Los defensores de la gestación subrogada, arguyen, que la donación de la capacidad reproductiva de las mujeres sería equiparable a la donación de gametos, pero comparar la donación de semen con el embarazo y parto resulta de todo punto esperpéntico. De hecho, si en sus planteamientos hubiera algún principio de coherencia no acudirían a la fórmula de la donación, ya que de igual modo que la donación de gametos no determina la filiación, la aportación de los gametos en los casos de gestación subrogada no podría ser causa determinante para establecer la filiación.

La tercera evidencia que desmonta la ilusoria semejanza entre gestación subrogada y donación de órganos es de carácter conceptual: las capacidades humanas son, como muy bien fundamentó M. Nussbaum, intransferibles. Así pues, la capacidad reproductiva de las mujeres es un todo indivisible que no se puede trocear a gusto del consumidor, el útero, por un lado y aquello que genera, una criatura, por el otro. Ello no obsta para que algunos, sobre todo los inasequibles a cualquier conceptualización que da sentido a nuestra humanidad, puedan considerar a las mujeres como seres fragmentados y como tales creerse en el derecho de apropiarse de aquellas partes del cuerpo de las mujeres que les permitan satisfacer sus deseos, sean de carácter reproductivo o sexual. Creer que el cuerpo de las mujeres y su identidad se pueden atomizar convirtiéndolas en “úteros” o “vaginas” son certeros indicadores de manifiesta “ginofobia”.

La parodia de la libertad.

Enmarcar el debate de la gestación subrogada o práctica del alquiler de vientres en el contexto de la libertad individual suele producir debates estériles. Lo cierto es que el principio de libertad ha de conjugarse siempre con otros principios del mismo rango como “igualdad”, “dignidad” o “integridad física y moral”. El ejercicio lícito de la libertad no puede poner en riesgo, por ejemplo, la integridad física o moral de terceras personas. Por lo tanto, la libertad no es un genérico derecho a hacer lo que a uno le venga en gana y menos aún se puede invocar la libertad para anunciar que es liberador renunciar a tus derechos. En lo que atañe a los derechos fundamentales como la filiación no podemos disponer de ellos a nuestra voluntad. En definitiva, la invocación a la “libertad individual” no puede avalar una práctica contraria a los derechos humanos. Los límites de la libertad han sido establecidos desde la modernidad: no se puede usar a las personas como medio ni tampoco nadie puede o debe prestarse a ser medio para que terceras personas satisfagan sus deseos. Los derechos no se pueden ceder ni vender, son inalienables. Sin embargo, imagino que a los defensores de la paternidad/maternidad extrema por “subrogación” las razones morales y jurídicas no les convenzan en absoluto, pero quizá puedan hacer un esfuerzo y proyectarse a sí mismos en un hipotético futuro en el que la relaciones sociales no estén determinadas por los derechos, sino por contratos privados de renuncia al ejercicio de los mismos: supongo, pues, que los defensores actuales de este uso ilícito y negativo de la libertad serían los primeros, sin dudarlo, en formar parte del primer contingente de “felices” esclavos.

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