El movimiento feminista más allá del Mayo francés del 68

En Place Edmond Rostand, cerca del Jardín de Luxemburgo, 13 de mayo Caroline de Bendern, sobre los hombros de su amigo el pintor Jean-Jacques Lebel, el instigador de la ocupación del Teatro Odeon. La Marianne del M68 de la célebre pintura Liberté guidant le peuple de Delacroix.

(Galde 21 primavera/2018). Patricia Badenes Salazar.
Este 2018 se cumplen cincuenta años del famoso Mayo francés del 68. Un aniversario con un gran valor en sí mismo y con el suficiente tiempo transcurrido para permitir una reflexión más objetiva. Los hechos que se produjeron en aquel atípico mes de mayo se han convertido en todo un símbolo, no sólo de un año, sino de una década. ¿Por qué el Mayo francés es uno de los primeros acontecimientos que acuden a nuestra memoria en el momento en que oímos hablar de este año mítico? Porque en poco más de treinta días un país próspero y democrático se tambaleó. Porque los estudiantes rebeldes habían conseguido sumar a su causa a millones de obreros que parecían salir de un dilatado aletargamiento y juntos habían logrado paralizar una nación. Pero el Mayo francés, además de todo eso y de mucho más, fue un acelerador de una serie de dinámicas de cambio precedentes que se iban a prolongar en el tiempo, entre ellas, el papel de la mujer en la sociedad.

La batalla de las mujeres por equipararse a los hombres viene de muy lejos, especialmente en Occidente. Las hazañas individuales son innumerables y recorren casi toda la Historia, pero el surgimiento de un movimiento feminista potente y bien articulado es mucho más reciente. Desde las sufragistas anglosajonas, la lucha feminista no ha dejado de crecer y de ganar visibilidad. Aunque también ha conocido extensos períodos de estancamiento. El camino es largo y parece que nunca se alcanza la meta. Pero todo apunta a que se está dando un nuevo paso… Efectivamente, los movimientos Me Too (Yo también) y Time’s Up (Se acabó el tiempo) y la reciente huelga feminista española son una prueba de ello.

A raíz del movimiento Me Too, desde Francia, han surgido algunas voces femeninas discrepantes. Para unos, se trata de una reacción conservadora y antifeminista; para otros, expresa un enfoque diferente que también se debe respetar. Alrededor de un centenar de francesas, muchas de ellas artistas o conocidas del mundo del espectáculo, han firmado un manifiesto en el que critican algunos aspectos del Me Too. En el texto, que se publicó en Le Monde el pasado 9 de enero, dejan claro que apoyan las denuncias de los casos graves de acoso, pero, al mismo tiempo, atacan lo que para las firmantes es un exceso de puritanismo y sostienen que el coqueteo y la galantería no son reprochables siempre que sean de mutuo acuerdo. Asimismo, advierten de que esta nueva caza de brujas da alas al extremismo y vuelve a nuestras sociedades más totalitarias, así como, victimiza e infantiliza a la mujer. Una de las firmantes más conocida es Catherine Deneuve, a quien, desde las insidiosas redes sociales, le recuerdan su supuesto giro copernicano, desde que firmara el Manifiesto de las 343 hasta este documento actual.

El 5 de abril de 1971 apareció publicado en la revista Le Nouvel Observateur el llamado Manifeste des 343 salopes (Manifiesto de las 343 puercas), en el que todas estas mujeres reconocían haber abortado. En efecto, entre ellas estaba Deneuve, pero también una de las más importantes feministas de todos los tiempos: Simone de Beauvoir. El revuelo que se generó alcanzó proporciones colosales. Las firmantes ponían sobre la mesa el espinoso asunto del aborto y a partir de entonces la lucha por su legalización no se detendría. Habría que esperar hasta la promulgación de la ley Veil en 1975 para que en Francia el aborto fuera legal.

Pero volvamos atrás. Para entender el resurgir del feminismo francés de los años setenta se hace imprescindible hablar del Mayo del 68. Según numerosos expertos, la verdadera razón por la que comenzó este movimiento estudiantil fue la pervivencia de la prohibición de realizar visitas a las residencias del sexo contrario. No dudamos del peso de esta circunstancia, pero evidentemente no fue el único motivo, ni siquiera el más importante. El malestar de los estudiantes hundía sus raíces en una casuística mucho más compleja y enquistada.

Los situacionistas –recordemos su influencia y su participación directa en los hechos de mayo y junio del 68– abordaron en profundidad el tema de la desazón juvenil. En algunos de sus textos las referencias a aspectos de índole sexual son habituales. En el famoso panfleto De la misère en milieu étudiant considérée sous ses aspects économique, politique, psychologique, sexuel et notamment intellectuel et de quelques moyens pour y remédier,[1] Mustapha Khayati pasaba revista a la penosa situación de los estudiantes franceses, quienes vivían en un estado de miseria total en todos los órdenes y, cómo no, en el sexual. Según el autor, estos jóvenes perpetuaban los comportamientos erótico-amorosos más tradicionales y reproducían en sus relaciones intersexuales las relaciones de clase. Por lo tanto, la necesidad de cambio se imponía. En este sentido, la última frase de este panfleto, que se convirtió en uno de los lemas indiscutibles del Mayo, invita a revolucionar la vida cotidiana en el aspecto sexual −«jouir» tiene esta connotación− y, por ende, en el afectivo: «Vivre sans temps mort et jouir sans entraves».[2] Para los situacionistas, en general, el amor tenía la capacidad de hacer la vida apasionante y ésta era una de sus grandes aspiraciones.

Durante el Mayo francés, a pesar de que ningún nombre de mujer ha trascendido como protagonista de la revuelta estudiantil, la participación y el peso de éstas en la misma están fuera de toda duda. Aunque también es cierto que sus principales tareas se circunscribían a cuestiones de manteamiento y de logística. A esta falta de liderazgo, se unía una ausencia destacada de reivindicaciones encaminadas a mejorar la situación femenina, especialmente en el ámbito laboral. No obstante, encontramos algún testimonio de mujer que pone de manifiesto el intento de suplir este vacío. Así, por ejemplo, la activista feminista Anne Zelinski se dedicó a empapelar los muros de la Sorbona con frases sobre mujeres de autores célebres como Charles Fourier.

Con la vuelta al «orden», llegó el momento de hacer balance. A corto plazo, el Mayo sí que repercutió favorablemente en la situación de las mujeres. Por ejemplo, se reconoció la autoridad conjunta de los padres sobre los hijos y la posibilidad para las mujeres de abrir una cuenta bancaria sin la previa autorización del marido. Sin embargo, los cambios más profundos se iban a producir a largo plazo y gracias a la semilla de lucha que el Mayo sembró en las mujeres y que las indujo a crear su propio movimiento reivindicativo, pero ya iniciados los setenta.

Si bien antes del Mayo ya existían en Francia diversos grupos feministas, a raíz de éste el movimiento feminista adquiere una mayor presencia pública y goza de una mejor organización. El acto inaugural del Mouvement de libération des femmes (Movimiento de liberación de las mujeres) tuvo lugar el 26 de agosto de 1970 en París. Nueve militantes feministas depositaron, bajo el Arco de Triunfo, un ramo de flores en honor a la Mujer del soldado desconocido. Acto cargado de simbología y que entroncaba con un gesto similar llevado a cabo dos años antes, en pleno Mayo, por un grupo de contestatarios y que provocó una fuerte conmoción social y política.

En este sentido, la conexión entre el Mayo francés y el renacer del movimiento feminista quedaba establecida. Las acciones rápidas y provocativas del 68 fueron su fuente de inspiración. Además, las reuniones de mujeres para reflexionar sobre su experiencia en la revuelta crearon el caldo de cultivo para su futuro relanzamiento. Asimismo, muchas de las feministas históricas se formaron ideológicamente en los grupos de extrema izquierda, omnipresentes en las movilizaciones del 68. El problema era que estos grupos anteponían a cualquier reivindicación específica el triunfo de la Revolución, que traería consigo el germen de la igualdad entre ambos sexos. Pero la Revolución política no triunfó y las feministas llegaron a la conclusión de que sólo ellas podían cambiar su condición. Su lucha era igual de importante que la lucha de clases.

Para empezar, necesitaban asentar definitivamente una premisa por la que llevaban mucho tiempo combatiendo: la libre disposición de su cuerpo. No sólo se trataba de impedir los abusos sexuales, sino de reconocer su derecho al propio disfrute sexual. La liberación de las costumbres que representó el Mayo tuvo mucho que ver en esto. Otro aspecto que la sociedad, si se pretendía libre y democrática, debía tener en cuenta era que los que se consideraban como problemas personales de la mujer concernían, en realidad, a toda la sociedad, basada en una organización patriarcal, opresiva y machista.

El Mayo del 68 potenció la liberación sexual que llevaba tiempo amenazando con estallar. Por una parte, muchos tabús se vinieron abajo, sobre todo los relacionados con la sexualidad femenina. Por otra, algo tan sencillo como el derecho a decidir sobre la propia maternidad comenzó a considerarse incuestionable. En este sentido, la contracepción y el aborto iban a facilitarlo. Desde aquel año legendario, se intuye que muchos aspectos han mejorado en la vida de las mujeres, más en Occidente, claro está; pero, sin duda, queda mucho por hacer. Esperemos que el impulso de este nuevo feminismo que ha despertado en los últimos tiempos no se apague y conlleve cambios tan importantes como los que propició el Mayo francés hace ya cinco décadas.

Patricia Badenes Salazar.
Seminari d’Investigació Feminista. Universitat Jaume I

  1. Sobre la miseria en el medio estudiantil considerada en sus aspectos económico, político, psicológico, sexual y especialmente intelectual y sobre los medios para remediarlo. Consultar en: Viénet, René et al. (1998): Enragés et situationnistes dans le mouvement des occupations. París: Éditions Gallimard, pp. 219-243.
  2. «Vivir sin tiempo muerto y disfrutar sin límites».

Categorized | Dossier, Política

Copia de El movimiento feminista más allá del Mayo francés del 68

En Place Edmond Rostand, cerca del Jardín de Luxemburgo, 13 de mayo Caroline de Bendern, sobre los hombros de su amigo el pintor Jean-Jacques Lebel, el instigador de la ocupación del Teatro Odeon. La Marianne del M68 de la célebre pintura Liberté guidant le peuple de Delacroix.

(Galde 21 primavera/2018). Patricia Badenes Salazar.
Este 2018 se cumplen cincuenta años del famoso Mayo francés del 68. Un aniversario con un gran valor en sí mismo y con el suficiente tiempo transcurrido para permitir una reflexión más objetiva. Los hechos que se produjeron en aquel atípico mes de mayo se han convertido en todo un símbolo, no sólo de un año, sino de una década. ¿Por qué el Mayo francés es uno de los primeros acontecimientos que acuden a nuestra memoria en el momento en que oímos hablar de este año mítico? Porque en poco más de treinta días un país próspero y democrático se tambaleó. Porque los estudiantes rebeldes habían conseguido sumar a su causa a millones de obreros que parecían salir de un dilatado aletargamiento y juntos habían logrado paralizar una nación. Pero el Mayo francés, además de todo eso y de mucho más, fue un acelerador de una serie de dinámicas de cambio precedentes que se iban a prolongar en el tiempo, entre ellas, el papel de la mujer en la sociedad.

La batalla de las mujeres por equipararse a los hombres viene de muy lejos, especialmente en Occidente. Las hazañas individuales son innumerables y recorren casi toda la Historia, pero el surgimiento de un movimiento feminista potente y bien articulado es mucho más reciente. Desde las sufragistas anglosajonas, la lucha feminista no ha dejado de crecer y de ganar visibilidad. Aunque también ha conocido extensos períodos de estancamiento. El camino es largo y parece que nunca se alcanza la meta. Pero todo apunta a que se está dando un nuevo paso… Efectivamente, los movimientos Me Too (Yo también) y Time’s Up (Se acabó el tiempo) y la reciente huelga feminista española son una prueba de ello.

A raíz del movimiento Me Too, desde Francia, han surgido algunas voces femeninas discrepantes. Para unos, se trata de una reacción conservadora y antifeminista; para otros, expresa un enfoque diferente que también se debe respetar. Alrededor de un centenar de francesas, muchas de ellas artistas o conocidas del mundo del espectáculo, han firmado un manifiesto en el que critican algunos aspectos del Me Too. En el texto, que se publicó en Le Monde el pasado 9 de enero, dejan claro que apoyan las denuncias de los casos graves de acoso, pero, al mismo tiempo, atacan lo que para las firmantes es un exceso de puritanismo y sostienen que el coqueteo y la galantería no son reprochables siempre que sean de mutuo acuerdo. Asimismo, advierten de que esta nueva caza de brujas da alas al extremismo y vuelve a nuestras sociedades más totalitarias, así como, victimiza e infantiliza a la mujer. Una de las firmantes más conocida es Catherine Deneuve, a quien, desde las insidiosas redes sociales, le recuerdan su supuesto giro copernicano, desde que firmara el Manifiesto de las 343 hasta este documento actual.

El 5 de abril de 1971 apareció publicado en la revista Le Nouvel Observateur el llamado Manifeste des 343 salopes (Manifiesto de las 343 puercas), en el que todas estas mujeres reconocían haber abortado. En efecto, entre ellas estaba Deneuve, pero también una de las más importantes feministas de todos los tiempos: Simone de Beauvoir. El revuelo que se generó alcanzó proporciones colosales. Las firmantes ponían sobre la mesa el espinoso asunto del aborto y a partir de entonces la lucha por su legalización no se detendría. Habría que esperar hasta la promulgación de la ley Veil en 1975 para que en Francia el aborto fuera legal.

Pero volvamos atrás. Para entender el resurgir del feminismo francés de los años setenta se hace imprescindible hablar del Mayo del 68. Según numerosos expertos, la verdadera razón por la que comenzó este movimiento estudiantil fue la pervivencia de la prohibición de realizar visitas a las residencias del sexo contrario. No dudamos del peso de esta circunstancia, pero evidentemente no fue el único motivo, ni siquiera el más importante. El malestar de los estudiantes hundía sus raíces en una casuística mucho más compleja y enquistada.

Los situacionistas –recordemos su influencia y su participación directa en los hechos de mayo y junio del 68– abordaron en profundidad el tema de la desazón juvenil. En algunos de sus textos las referencias a aspectos de índole sexual son habituales. En el famoso panfleto De la misère en milieu étudiant considérée sous ses aspects économique, politique, psychologique, sexuel et notamment intellectuel et de quelques moyens pour y remédier,[1] Mustapha Khayati pasaba revista a la penosa situación de los estudiantes franceses, quienes vivían en un estado de miseria total en todos los órdenes y, cómo no, en el sexual. Según el autor, estos jóvenes perpetuaban los comportamientos erótico-amorosos más tradicionales y reproducían en sus relaciones intersexuales las relaciones de clase. Por lo tanto, la necesidad de cambio se imponía. En este sentido, la última frase de este panfleto, que se convirtió en uno de los lemas indiscutibles del Mayo, invita a revolucionar la vida cotidiana en el aspecto sexual −«jouir» tiene esta connotación− y, por ende, en el afectivo: «Vivre sans temps mort et jouir sans entraves».[2] Para los situacionistas, en general, el amor tenía la capacidad de hacer la vida apasionante y ésta era una de sus grandes aspiraciones.

Durante el Mayo francés, a pesar de que ningún nombre de mujer ha trascendido como protagonista de la revuelta estudiantil, la participación y el peso de éstas en la misma están fuera de toda duda. Aunque también es cierto que sus principales tareas se circunscribían a cuestiones de manteamiento y de logística. A esta falta de liderazgo, se unía una ausencia destacada de reivindicaciones encaminadas a mejorar la situación femenina, especialmente en el ámbito laboral. No obstante, encontramos algún testimonio de mujer que pone de manifiesto el intento de suplir este vacío. Así, por ejemplo, la activista feminista Anne Zelinski se dedicó a empapelar los muros de la Sorbona con frases sobre mujeres de autores célebres como Charles Fourier.

Con la vuelta al «orden», llegó el momento de hacer balance. A corto plazo, el Mayo sí que repercutió favorablemente en la situación de las mujeres. Por ejemplo, se reconoció la autoridad conjunta de los padres sobre los hijos y la posibilidad para las mujeres de abrir una cuenta bancaria sin la previa autorización del marido. Sin embargo, los cambios más profundos se iban a producir a largo plazo y gracias a la semilla de lucha que el Mayo sembró en las mujeres y que las indujo a crear su propio movimiento reivindicativo, pero ya iniciados los setenta.

Si bien antes del Mayo ya existían en Francia diversos grupos feministas, a raíz de éste el movimiento feminista adquiere una mayor presencia pública y goza de una mejor organización. El acto inaugural del Mouvement de libération des femmes (Movimiento de liberación de las mujeres) tuvo lugar el 26 de agosto de 1970 en París. Nueve militantes feministas depositaron, bajo el Arco de Triunfo, un ramo de flores en honor a la Mujer del soldado desconocido. Acto cargado de simbología y que entroncaba con un gesto similar llevado a cabo dos años antes, en pleno Mayo, por un grupo de contestatarios y que provocó una fuerte conmoción social y política.

En este sentido, la conexión entre el Mayo francés y el renacer del movimiento feminista quedaba establecida. Las acciones rápidas y provocativas del 68 fueron su fuente de inspiración. Además, las reuniones de mujeres para reflexionar sobre su experiencia en la revuelta crearon el caldo de cultivo para su futuro relanzamiento. Asimismo, muchas de las feministas históricas se formaron ideológicamente en los grupos de extrema izquierda, omnipresentes en las movilizaciones del 68. El problema era que estos grupos anteponían a cualquier reivindicación específica el triunfo de la Revolución, que traería consigo el germen de la igualdad entre ambos sexos. Pero la Revolución política no triunfó y las feministas llegaron a la conclusión de que sólo ellas podían cambiar su condición. Su lucha era igual de importante que la lucha de clases.

Para empezar, necesitaban asentar definitivamente una premisa por la que llevaban mucho tiempo combatiendo: la libre disposición de su cuerpo. No sólo se trataba de impedir los abusos sexuales, sino de reconocer su derecho al propio disfrute sexual. La liberación de las costumbres que representó el Mayo tuvo mucho que ver en esto. Otro aspecto que la sociedad, si se pretendía libre y democrática, debía tener en cuenta era que los que se consideraban como problemas personales de la mujer concernían, en realidad, a toda la sociedad, basada en una organización patriarcal, opresiva y machista.

El Mayo del 68 potenció la liberación sexual que llevaba tiempo amenazando con estallar. Por una parte, muchos tabús se vinieron abajo, sobre todo los relacionados con la sexualidad femenina. Por otra, algo tan sencillo como el derecho a decidir sobre la propia maternidad comenzó a considerarse incuestionable. En este sentido, la contracepción y el aborto iban a facilitarlo. Desde aquel año legendario, se intuye que muchos aspectos han mejorado en la vida de las mujeres, más en Occidente, claro está; pero, sin duda, queda mucho por hacer. Esperemos que el impulso de este nuevo feminismo que ha despertado en los últimos tiempos no se apague y conlleve cambios tan importantes como los que propició el Mayo francés hace ya cinco décadas.

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  1. Sobre la miseria en el medio estudiantil considerada en sus aspectos económico, político, psicológico, sexual y especialmente intelectual y sobre los medios para remediarlo. Consultar en: Viénet, René et al. (1998): Enragés et situationnistes dans le mouvement des occupations. París: Éditions Gallimard, pp. 219-243.
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