La mano que mece la cuna en el Golfo

 

Galde 19 (verano/2017). Víctor Amado.
A principios de junio una serie de países del Golfo Pérsico decidieron romper relaciones diplomáticas con Qatar, una de las denominadas petromonarquías del Golfo. Los estados que tomaron esta resolución fueron Emiratos Árabes Unidos, Yemen, Bahréin, Egipto y Arabia Saudí. En el ámbito internacional es conocido que esta decisión ha sido impulsada y liderada por Arabia Saudí, convertida en auténtica potencia regional suní en la zona, rol reforzado tras las denominadas primaveras árabes. Tan importante como abordar las razones de esta jugada geopolítica en un tablero siempre convulso como el Medio Oriente, conviene echar una somera mirada atrás para entender cómo ha sido el proceso histórico por el cual Riad se ha convertido en la potencia regional.

Arabia Saudí nació en 1932 y el origen y desarrollo de este país desértico siempre ha estado ligado a tres elementos básicos: la familia Saud que reina en el país desde antes de su creación, los ulemas o clérigos suníes inscritos en una de las corrientes más rigoristas de islam (wahabismo) y, por último, el petróleo. De hecho en la creación del país tuvieron mucho que ver el imperio británico, por aquel entonces con intereses muy importantes en la región, y también los Estados Unidos, ambos con una necesidad creciente de garantizarse el suministro de petróleo. El país se fue desarrollando muy lentamente, pero sobre todo fue tras el final de la Segunda Guerra Mundial, y de manera singular a partir de la década de los sesenta del siglo pasado, cuando se convirtió en uno de los de mayor renta per cápita del mundo, al albur de un modelo de desarrollo mundial dependiente del oro negro. Otra consecuencia de la trasformación económica, consecuencia de sus ingentes ingresos -petrodólares- fue que Riad comenzó a jugar un papel cada más relevante en la geopolítica regional. En este sentido y como miembro de la OPEP, fue uno de los valedores de la denominada crisis del petróleo de 1973, en contestación al papel que las potencias occidentales habían jugado en la guerra del Yom Kippur de aquel año contra Israel.

Pero el papel más relevante que Arabia Saudí había comenzado a desempeñar en el Golfo fue el de crear una alternativa política al panarabismo, ya de capa caída en Medio Oriente especialmente tras la guerra de junio de 1967. De esta manera y bajo el eslogan “el islam es la solución”, Riad comenzó a desplegar una acción diplomática en la región encaminada a lograr tres objetivos. Primero la superación del panarabismo cuyo modelo de gobierno era lo que dirigentes como Nasser denominaban Estado civil (que no laico), es decir no tutelado por el islam. La alternativa de Arabia Saudí al modelo nasserista y baadista fue lo que hoy se conoce como islam político, es decir la preeminencia de la sharia como modelo jurídico-organizativo de los países islámicos. En segundo término, Riad optó por convertirse en referente del sunismo, para lo cual puso en marcha un proceso de proselitismo religioso de la mano de los ulemas wahabíes (en este contexto habría que entender la financiación de mezquitas como la madrileña de la M-30 dirigidas siempre por ulemas wahabíes). El tercer objetivo de Riad era por supuesto minar la expansión de chiismo, corriente reforzada tras la revolución iraní de 1979, que fue visto por Riad y por otras petromonarquías como una amenaza a sus modelos absolutistas. En este contexto Arabia Saudí comenzó también a jugar un rol más importante en el contexto de guerra fría, especialmente en el conflicto afgano. Junto a Islamabad, Riad apoyó la lucha de los muyahidines contra la ocupación soviética y muy especialmente aportó financiación a una facción de éstos denominada los tailb, estudiantes de las madrassas. A partir de aquí, la influencia saudí no hizo más que aumentar y tan solo pasó por horas relativamente bajas tras los atentados del 11-S, ya que se le acusó de al menos una cierta equidistancia respecto al terrorismo yihadista, cuando no directamente de financiarlo. Esta crisis quedó superada porque entre otras cosas, ni los Estados Unidos de Bush, ni en general el mundo occidental quisieron presionar más a Riad. Así, el último elemento geopolítico que ha hecho que el poder de Riad se asiente todavía más fueron las primaveras árabes, en las que Riad siempre estuvo del lado del orden establecido. Y es en este contexto de liderazgo regional saudí donde habría que entender e interpretar la decisión que han tomado estos países con respecto a Doha.

Conviene recordar que desde la llegada del emir al-Thani (que reinó desde 1995 hasta su abdicación en 2013) a la monarquía catarí, este país ha intentado fajarse de la férrea dirección diplomática de Riad en la región, institucionalizada por el denominado Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo, creado en 1981 y conformado por Bahréin, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Para ello al-Tahni y su heredero, Tamim bin Hamad al Zani, han utilizado lo que en medios diplomáticos se conoce como soft power o poder blando, y el instrumento básico de esta influencia ha sido Al Jazeera, televisión catarí fundada en 1996, que sin duda es la cadena con más penetración no solo en el mundo islámico, sino en lugares del mundo como el África negra no musulmana. En este sentido el editorial de esta cadena televisiva fue absolutamente favorable a las primaveras árabes, y cuesta pensar que detrás de este posicionamiento editorial no estuviera el propio emir.

En ese contexto, he aquí la primera razón, en el que Riad y en este caso también Cairo reprochan a Qatar su posicionamiento en la primavera árabe, pero sobre todo el apoyo tanto político como financiero que Doha dio a los Hermanos Musulmanes para que estos llegaran al poder, durante la presidencia de Morsi, y su apoyo a este tras su derrocamiento mediante un golpe de estado dirigido por al-Sisi. Por lo tanto, es muy “lógico” que Cairo se uniera al conjunto de países que vetó la señal de la cadena catarí.

Como consecuencia de este posicionamiento, y he aquí la segunda razón, tanto Riad como Cairo y el resto de países han acusado a Doha de apoyar a grupos terroristas. Hay que tener en cuenta que tanto el gobierno de Morsi como el de Riad han calificado a la cofradía de los Hermanos Musulmanes como grupo terrorista. Pero más allá de esta cuestión, la comunidad internacional de inteligencia relaciona a Doha con la financiación y el apoyo al antiguo grupo terrorista frente al-Nusra en Siria que, aunque desde julio de 2016 se autodenomina Jabhat Fatá al Sham y se declara independizado Al Qaeda, fue al menos hasta esa mutación la franquicia del grupo terrorista creado por Bin Laden en el país de los omeya.

La tercera razón deriva también de esta geopolítica post primaveras árabes, y tiene que ver con la situación en Libia. Casi todos los países que han roto relaciones con Doha, sobre todo Arabia Saudí, Egipto y EAU, apoyan, junto a Rusia, al denominado gobierno de Tobruk, uno de los tres que hay en estos momentos en la antigua Tripolitania. Mientras que Qatar apoya al gobierno islamista de Trípoli. Una situación similar se da en Yemen, donde estos países a quienes se une el propio gobierno oficial de Saná, acusan a Doha de apoyar a los rebeldes huties respaldados por Irán, conflicto regional que dura ya varios años y donde las potencias del Golfo están bombardeando sin parar.

Y es esta conexión de Doha-Teherán la razón, cuarta, que estaría detrás de la decisión de estos países de romper relaciones con Qatar. Desde hace varios años esta pequeña petromonarquía es el único país del Golfo que mantiene buenas relaciones con Irán, autentica bestia negra de Riad. Esto se explica porque ambos países comparten uno de los yacimientos de gas licuado más grande del mundo. Sería esta última variable, más allá del terrorismo, la que ha determinado la reacción de estos países, sobre todo tras la decisión del gabinete Obama de levantar las sanciones contra Teherán. Más allá de la deriva que con la administración Trump tomen las relaciones con Irán, aquella decisión de la Casa Blanca ha permitido a Teherán tener una mayor penetración estratégica y económica en la región. Además, es reconocido el papel fundamental que el ejército iraní ha tenido en la recuperación del territorio iraquí y la expulsión del mismo del Estado Islámico. Esta nueva situación geopolítica es la que preocuparía sobremanera a Riad, que vería mermada de manera muy importante su hegemonía en la zona, más aún ante una más que probable chiitización de Irak.

Para terminar, los intentos de mediación tanto de Turquía como de Kuwait no han surgido efecto, lo cual no quiere decir que no se esté dando una negociación entre bambalinas muy típica de la zona. Quizás sea en la región de Oriente Medio donde la pose, los gestos y el simbolismo tengan una importancia como en ninguna otra parte del mundo. De cualquiera de las maneras, esta decisión se atisba sin duda como el final de ese intento de Qatar de librarse de la mano que mece la cuna en el Golfo Pérsico, que sigue siendo Riad.

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