Entrevista: Mikel Aizpuru.

(Galde 17, invierno/2016). Entrevista realizada por Soledad Frías.

“En el País Vasco, como en la mayor parte de los países de nuestro entorno, hay una distancia significativa entre las preocupaciones y la producción de la historiografía académica y la visión “popular” de la Historia”. Mikel Aizpuru.

Director del Departamento de Historia Contemporánea de la UPV/EHU, su labor investigadora atiende objetos diversos de los dos últimos siglos. Dedicó su tesis doctoral a la formación del nacionalismo vasco en Guipúzcoa, y luego ha trabajado entre otros temas sobre las nociones de la extranjería en la España contemporánea. Aprovechamos su conocimiento de aspectos de la guerra civil y de la represión del primer franquismo para profundizar en el alcance de la difusión de los saberes históricos fuera del ámbito académico. Por la entrevista planean los usos de la historia y la diferencia, que él relativiza, entre historia y memoria.

¿Hasta qué punto considera problemáticas las relaciones entre historia y memoria?

M.A.- El punto de partida clásico sobre la dicotomía entre historia y memoria es meridianamente claro y yo lo comparto en gran medida. La Memoria es el resultado de un ejercicio y una experiencia básicamente individuales o si se apura, familiares o de los círculos más próximos y se transmite por vía oral. La Historia es un producto que trata de responder a una serie de cuestiones relevantes para la comunidad historiográfica a través de un método que se pretende científico, en el que la verificación y las fuentes tienen un papel preponderante y que encuentra su ámbito natural en el terreno escrito. Cuando desaparecen los creadores/protagonistas de la Memoria, esta se transmite fundamentalmente gracias a la Historia. Por eso buena parte de lo que hoy se difunde como memoria procede de la investigación histórica.

¿Hay algún punto de encuentro entre ambos tratamientos del pasado?

M.A.- Cuando hoy se habla de memoria histórica, parece que se contraponen conceptos que son de hecho complementarios. Por un lado, la memoria histórica es otra forma de llamar a la Historia, porque los que reivindican y trabajan la memoria histórica son, al fin y al cabo, historiadores, ya que, mejor o peor, recurren al método histórico. Por otro lado, es una forma de denunciar el escaso interés que los historiadores hemos dedicado a algunos aspectos de nuestro pasado reciente y también es una llamada de atención contra una Historia estructuralista o realizada desde “arriba” en la que la vida y sufrimiento de los seres humanos concretos no ha tenido la atención que debiera.

¿No hay choque, entonces?

M.A.- En la medida en que la historiografía académica sea capaz de solventar esos déficits, no tiene porqué existir ningún choque. Los enfrentamientos que se están produciendo sobre las interpretaciones de determinadas esferas del pasado no son producto de la confrontación entre memoria e historia, sino entre la buena y la mala Historia. Esto es, entre la Historia que ofrece pruebas de sus afirmaciones, trata de ofrecer una visión global y plantea hipótesis explicativas de lo sucedido y aquella Historia que pretende más vindicar que interpretar y que sólo presta atención a “su” verdad.

¿Le interesan, como historiador profesional, los materiales que ofrece el cultivo de la memoria? Denos algún ejemplo de utilidad.

M.A.- El despertar de la llamada Memoria Histórica en torno a la Asociación del mismo nombre creada en Priaranza del Bierzo el año 2000 ha dado un nuevo impulso al estudio de la Guerra Civil española y, por extensión, del franquismo. El estudio sistemático de la represión que se ha llevado a cabo en los últimos años no hubiese sido posible sin la campaña de concienciación promovida por dicho grupo. Esta campaña ha impulsado, además, que muchos testigos o víctimas de aquella época se animen a compartir sus experiencias e incluso a donar documentos que han facilitado las investigaciones de los historiadores

¿Deben las instituciones públicas ofrecer un mínimo memorial a la ciudadanía?

M.A.- Es muy difícil contestar de forma sintética. La mayor parte de los estados modernos han intentado, desde el siglo XVIII, controlar la visión del pasado que se ofrecía a sus súbditos o ciudadanos a través de los centros educativos, los museos, las academias, las exposiciones y los medios de comunicación. Lo hizo el estado liberal decimonónico, lo hizo el franquista y lo hace, a su manera, el estado actual. Pese a las críticas realizadas por muchos historiadores a lo parcial de dichas visiones, la verdad es que esos intentos han tenido bastante éxito a medio y a largo plazo. También en el caso español, con la excepción parcial de Cataluña y Vasconia. Pero todo intento de ofrecer una visión oficial del pasado será contestado por aquellos que consideran que la imagen que se ofrece de ellos o de sus antecesores no se corresponde con la realidad.

¿Cuáles pueden ser en nuestros días los cauces más adecuados?

M.A.- Si nos atenemos a la diferenciación que planteaba anteriormente entre Memoria e Historia parece contradictorio que cualquier institución, sea pública o privada, ofrezca “Memoria” a los ciudadanos. Hay que tener en cuenta, asimismo, que las instituciones públicas no son entes neutrales, sino que tienen un origen histórico determinado. Sería una ingenuidad pretender que hiciesen abstracción del pasado y un error político y cultural que un estado democrático no reivindicase aquellas personas y organismos que han contribuido a construirlo. Pero, por eso mismo, esa reivindicación debe ser necesariamente plural y diversa. Los organismos públicos deben ofrecer los medios para realizar una investigación histórica con garantías y sin impedimentos. El paso más evidente es la apertura de los archivos, algo que en el caso español se está haciendo de forma lenta e incompleta. Es preocupante que los organismos estatales ofrezcan tanta resistencia a que se consulten documentos y expedientes elaborados hace 80, 70 ó 60 años. La ley de archivos española es una de las más restrictivas de nuestro entorno y la Ley de Protección de Datos empeoró aún más la situación.

Se ha perdido tiempo…

M.A.- Más que memoria, lo que el Estado español debe ofrecer a sus ciudadanos es la posibilidad de conocer lo que ha sucedido en el pasado, incluyendo los aspectos más controvertidos, de la forma más científica posible. En referencia a la guerra civil y al primer franquismo, tiene que poner los medios para conocer donde están los muertos de aquella época que continúan desaparecidos, desenterrarlos, entregarlos a sus familiares y ofrecerles reparación por la dejación que ha tenido en este campo durante demasiado tiempo.

¿Compite en el País Vasco la memoria en algún terreno con el conocimiento que ofrecen los historiadores de, digamos, formación académica?

M.A.- Hay que distinguir campos. En el País Vasco, como en la mayor parte de los países de nuestro entorno, hay una distancia significativa entre las preocupaciones y la producción de la historiografía académica por una parte, y la visión “popular” de la Historia. Esta última es resultado de la combinación de la historia adquirida en la escuela, la aportada por los medios de comunicación y la transmitida de forma oral y necesita un largo periodo de tiempo para ir absorbiendo las novedades que produce la investigación historiográfica. De hecho, resulta muy común escuchar que la historia no es más que una sucesión de batallas, guerras y reyes, pese a las decenas de años que llevamos desarrollando una historia social, económica y cultural. En segundo lugar, tendríamos el caso específico de la memoria. En España la aparición y desarrollo de la memoria histórica está muy vinculada a la Guerra Civil y al Franquismo, aunque ahora empieza a desarrollarse cierto memorialismo sobre la Transición por parte de la generación que militó en la extrema izquierda a partir de 1968.

Inevitablemente, la singularidad…

M.A.- En el caso vasco existen dos problemas específicos. Por un lado, en la medida de la confrontación entre proyectos nacionales opuestos, ese enfrentamiento también se traslada al campo historiográfico; no tanto al terreno académico como al “popular”, donde la mezcla de memoria e informaciones poco contrastadas hace pervivir opiniones y creencias poco fundamentadas desde el punto de vista histórico. Por otro lado, determinados colectivos “memorialísticos” están incidiendo en la segunda etapa franquista por dos razones. En primer lugar, y esto es una autocrítica que debemos hacernos los historiadores profesionales, porque no nos hemos ocupado hasta hace muy poco de lo que sucedió en ese periodo y en la medida en que dicha generación empieza a desaparecer, existe un sentimiento muy lógico de querer ver registrada en los libros de Historia su activismo y, en muchos casos, la opresión que sufrieron en su vida cotidiana o por efecto de la violencia ejercida por el franquismo contra cualquier grupo o movimiento que pusiera en cuestión su monopolio de la acción política. En segundo lugar, el periodo 1959-1977 se ha convertido en el espacio privilegiado del “relato” sobre la violencia política. Nadie, o casi nadie, puede justificar la actividad de ETA en el periodo democrático, pero la Izquierda Abertzale cree que contraponer las cifras de la represión franquista y las de las acciones de ETA en dicho periodo le permite construir un discurso que manifieste una continuidad lógica entre ambos periodos históricos. En cualquier caso, vuelvo a subrayar que no se trata de una contraposición de Historia y Memoria, ya que las personas y colectivos que están construyendo ese relato en su inmensa mayoría no han conocido, por edad, dicho periodo y recurren, por lo tanto, a fuentes archivísticas, hemerográficas u orales para elaborar su discurso.

¿Sufre, aprecia, una guerra de relatos?

M.A.- Existe, como he señalado, una confrontación de relatos sobre todo en torno al Tardofranquismo, pero no creo que monopolice ni la actividad historiográfica, ni el debate público. Son fundamentalmente grupos surgidos de la Izquierda Abertzale y del entorno del colectivo de las víctimas los que están desarrollando mayor actividad en ese campo. Los historiadores estamos entrando en este campo, buscando, no una interpretación neutral, pero sí que tenga en cuenta la multiplicidad de factores y de hechos que se han sucedido en Euskadi en los últimos cincuenta años.

¿Padecemos por tanto los ciudadanos vascos una inflación “memorialística”?

M.A.- La sociedad contemporánea vive un exceso de noticias que convierte en obsoleta y amortizada cualquier información a las pocas horas. Este hecho hace reduplicar sus esfuerzos a aquellos que quieren incidir en la elaboración de esa memoria colectiva, lo que, a su vez, contribuye a olvidar lo inmediatamente anterior. Frente a épocas del pasado, incluso reciente, en las que se tendía a ocultar o minimizar el sufrimiento de los protagonistas (pienso, por ejemplo, en la literatura carcelaria sobre la postguerra) o una capa de silencio se instalaba sobre buena parte de la población (la Francia de Vichy o la Alemania nazi), los actores y relatores actuales tienden a incidir en las vivencias y experiencias individuales frente a las visiones más estructurales de la historiografía académica. Son muy conscientes de que este es “su” momento y que si dejan la reconstrucción del pasado a los historiadores académicos, estos desactivarán la carga política de lo sucedido.

¿Hasta dónde modela la política la labor del historiador?

M.A.- La traslación del debate del ámbito político al ámbito historiográfico sería otro espacio para la reflexión. Los sectores más implicados en ese debate piensan que el relato de lo sucedido en las últimas décadas es un elemento clave para diseñar el futuro. Yo soy más escéptico. Como historiador me debo a la verdad y al intento de ofrecer una explicación plausible y veraz del pasado, pero soy consciente, al mismo tiempo, de que las sociedades, las naciones y los Estados se construyen sobre dosis variables de olvido (lo dijo Renan en 1882) y de que una sociedad que ignore su pasado, no está ciertamente condenado a repetirlo, aunque las bases sobre las que se reconstruye sean más endebles. En una contradicción más de la sociedad actual, nuestro conocimiento del pasado será el más completo posible, pero la capacidad de dicho conocimiento de determinar, condicionar o influir el presente se han reducido de forma considerable.

¿Echa de menos en el país algún terreno, algún tema necesitado de profundización?

M.A.- La historiografía vasca ha avanzado de forma espectacular en las últimas décadas, pese a condicionamientos de diverso signo. Ahora bien, los vacíos siguen siendo importantes. Yo creo que a la historiografía académica en general, no solo a la vasca, le falta empatía y capacidad de adaptarse a los debates e intereses del momento. Esto tiene un aspecto positivo, la huida del presentismo, pero también su lado negativo, cual es la dificultad para conectar con un público al que no le interesa, por lo general, la agenda propia de los historiadores profesionales. Antes señalaba, por ejemplo, que no nos hemos ocupado, salvo excepciones, de la época franquista. Ese periodo y el inmediatamente posterior son los que deberían de ocupar nuestra atención si no queremos vernos desbordados por aportaciones poco rigurosas.

A su juicio, ¿están a la altura las instituciones públicas vascas en el suministro de información memorial?

M.A.- Las instituciones públicas vascas han tenido posiciones y actividades distintas a lo largo del tiempo. Frente a una opinión generalizada de que no se hizo nada en los años posteriores a la muerte de Franco, algunos ayuntamientos y partidos realizaron homenajes y concentraciones en recuerdo de los asesinados tras 1936 y también se publicaron algunos libros de memorias. Ciertamente no hubo ninguna sistematicidad en esas acciones y ha habido que esperar hasta el comienzo del siglo XXI para que el gobierno Ibarretxe iniciase una política proactiva en este terreno. Al Gobierno Vasco le han seguido las diputaciones y muchos consistorios, pero todavía existe cierta prevención, como si recordar a aquellos que fueron reprimidos por el régimen franquista fuese algo ajeno a un sistema democrático y no un deber del mismo. Algo semejante se puede señalar sobre las víctimas de la violencia política de los últimos cuarenta años. Frente a la atención y recuerdo que el entorno de ETA ha manifestado respecto a sus fallecidos, las instituciones, y los ciudadanos, hemos desatendido tanto a los familiares, como al recuerdo de las víctimas de las acciones terroristas. Esta dejación se está reparando en los últimos años, pero existe una dispersión de esfuerzos y una multiplicidad de actuaciones y de opiniones sobre lo que hay que hacer y cómo hacerlo, que, en ocasiones, contrarrestan esa necesaria labor de recuerdo.

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