¿El turismo te molesta? Es la economía, estúpido

 

(Galde 23, 2019/invierno). Pedro Bravo.-

Hay una metáfora que explica bastante bien lo que está pasando con la masificación turística, una basada en hechos reales. En verano de 2017, una cría de delfín listado llega a una playa de Mojácar y es divisada por un bañista que, al señalarla, la descubre al resto de los veraneantes allí presentes. Todos aman a la pequeña, todos quieren tener la oportunidad de estar con ese mamífero tan inteligente y tan simpático. Todos quieren tocar al delfín, hacerse una foto con el delfín, compartir la experiencia de encuentro con el delfín. Muchos lo consiguen. Y consiguen de paso otra cosa. Logran que el delfín muera agitado por el estrés.

En este lado de la metáfora, el delfín representa los derechos de los habitantes de los territorios visitados por el turismo industrial (derecho a la vivienda, al espacio público, al descanso, a la ciudad misma), los derechos laborales y sociales de los trabajadores del sector y los derechos de la Tierra y el medioambiente general. Los veraneantes somos nosotros, la gente que viajamos con afán de disfrutar y conocer, pero también sin la conciencia de lo que puede llegar a suponer esta forma de consumo si no se hace lo más responsablemente posible. Faltaría por saber, para redondear el funcionamiento del ejemplo, quién es el causante de que un delfín lactante haya llegado hasta esa playa lejos de su familia para ser consumido por los devoradores de experiencias turísticas.

No se suele, ni quizás se deba, empezar un texto como éste por su conclusión. Y menos si ésta supone un reto tan enorme que parezca irresoluble y lleve al lector a dejar la revista y salir a tomarse unos vinos. Pero, qué demonios, allá voy. No tiene sentido hablar de turismo, de qué es, cómo se pone en práctica y qué consecuencias tiene, sin hablar de la forma de hacer economía. Nuestro modelo turístico es nuestro modelo económico; si se pretende cambiar el primero para tratar de aliviar los problemas que genera, hay que enfrentarse al propósito de cambiar el segundo. Dicho queda ya en el tercer párrafo, por si alguien prefiere optar por la opción de olvidar en el bar.

El turismo es el cuarto negocio del mundo y el que más crece (más del 3% al año), supone el 10,2% del PIB planetario y emplea a casi el mismo porcentaje de la población ocupada. El año pasado hubo, según la Organización Mundial de Turismo (OMT), 1.322 millones de llegadas internacionales con pernoctación, el 7% más que el año precedente. La curva es ascendente —en 1960 fueron 25 millones; en 1995, 536 millones; y en 2008, 922 millones— y mucho más que lo será: para 2030, la misma OMT prevé que sean 1.800 millones.

Estos datos incluyen viajes de ocio, pero también de trabajo y a ellos habría que sumar los movimientos internos. El turismo es un negocio difícil de medir, no es un producto que se diseña en un estudio, se fabrica en una nave, se distribuye en barcos y camiones y se vende luego en comercios. El turismo es una actividad transversal que toca todos los ámbitos de la economía y, por eso, de lo político y lo social. De hecho, el turismo como producto fue y sigue siendo una de las herramientas más útiles para la expansión de este modelo económico. Así nació y así sigue creciendo.

En esencia, no hay mucha diferencia entre las estrategias turísticas que se llevan los últimos años en países presuntamente pintados de rojo como China, Cuba o incluso Corea del Norte, con las que hubo la España de camisa azul a partir de 1957. Ese año se instauró nuestro lema, Spain is different —en realidad, un resumen del creado en 1948: Spains is beautiful and different— y en los dos siguientes, el país entró en la OECE (precursora de la OCDE) y puso en marcha el Plan de Estabilización Económica y Liberalización. Es decir, España, siguiendo presiones del mundo capitalista, se abrió a la inversión extranjera y entró en la economía de mercado, un juego que, para que funcione, tiene que ser cuanto más grande y global mejor. Y el turismo fue (y es) una de las herramientas principales para conseguirlo. En 1959, la llegada de visitantes a España creció un 15%. El año siguiente, un 57%.

El turismo trajo algo de intercambio cultural y ciertos aires de libertinaje en forma de bikinis y cigarrillos de la risa. Pero, además, arrastró costumbres económicas que acabamos adquiriendo como propias: el ventajismo para capitales internacionales, la inmobiliaria sin freno (y sin licencia), la construcción como industria principal y esperanza laboral casi única, la corrupción y el dislate ecológico. Algo que está pasando tal cual ahora mismo en los países comunistas antes citados y en muchos otros. Y que no ocurre por casualidad.

La Segunda Guerra Mundial dejó una Europa en ruinas y a Estados Unidos con hambre de más. Para saciarla, el país más poderoso necesitaba la urgente recuperación de nuestro continente. El plan Marshall, además de enfocar hacia los sectores industrial y agrícola, vio en el turismo una forma perfecta de desarrollar y extender el modelo económico capitalista. Desde que el Frente Popular instaurase en Francia las vacaciones pagadas en 1936, ese derecho se fue extendiendo por muchos países. Sólo había que convertir el tiempo de descanso en tiempo de consumo para ganar productividad y aumentar los beneficios. El plan Marshall facilitó la inversión en el sector, fomentó la promoción turística y cambió muchas costumbres locales para adaptarlas a las necesidades globales. Un ejemplo: se organizaron excursiones de representantes de distintos países europeos a Estados Unidos para aprender los gustos de su público objetivo y, a partir de ahí, las habitaciones de los hoteles se ampliaron y tuvieron baño privado, nacieron las tiendas de souvenirs y los restaurantes empezaron a ofrecer menús con varios platos a elegir y un precio fijo. ¿Resultado? Si en 1950 hubo 25 millones de viajes internacionales, en 1975 ya fueron 222. Como hemos visto antes, casi nada comparado con lo de hoy y lo que se prevé para mañana.

Para explicar el crecimiento exponencial se puede acudir a la tecnología. Si antes para organizar un viaje había que pillar guías y/o revistas y acudir a una agencia, bien para comprar el billete de avión, bien para reservar el viaje completo, hoy basta con abrir el ordenador o el móvil para tener todo el mundo al alcance del dedo y la tarjeta de crédito. Sí, la tecnología ha hecho el planeta más pequeño y accesible y ha puesto a disposición de nuestras ansias de consumo una especie de Valhala online al que ir de vacaciones y a gastar. Pero, además, ha hecho posible que compartamos esa vida y que, así, la fomentemos. Antes teníamos que perseguir a nuestros familiares y amigos para que viesen las fotos de nuestros viajes, ahora las compartimos inmediatamente en redes y generamos así nuevas necesidades de consumo viajero en nuestro entorno, que generará a su vez otras que harán lo propio y así hasta el infinito.

El turismo es una forma de acumulación de capital social, un tractor de un prestigio que, en estos tiempos en los que los humanos nos medimos por alcances e interacciones, tiene mucha importancia en nuestro relato de marca personal. La clave está en conocer qué se esconde debajo de ese prestigio y para eso hay que mirar y contar el relato desde lo colectivo. Y con esto volvemos a la economía.

Se dice, y no se suele discutir, que el turismo es empleo y dinero para los territorios a los que llega y donde opera. ¿Es así? En mi libro, Exceso de equipaje (Debate, 2018), cito una investigación realizada en Amsterdam por una plataforma de periodismo de investigación, Investico, y la revista De Groene Amsterdammer. El lugar es ahora mismo uno de los que tiene más alto número de visitantes por habitante. La penetración de Airbnb es enorme en una ciudad que cuenta también con unas 70.000 plazas hoteleras (10.000 menos que Madrid, cuatro veces más poblada), con una tasa de ocupación de más del 80% y un tráfico de cruceros que deja cada año más de 700.000 personas por sus calles. Allí, como en todas partes, el relato habitual celebra estos números, pero este informe corta la fiesta de raíz.

El calculo tiene en cuenta los ingresos por la tasa turística (que allí sí hay, no como en buena parte de los territorios de España) y por el impuesto a los cruceros. Y también lo que genera el gasto turístico, pero fijándose bien a dónde va ese dinero (spoiler: no a la economía local). En la parte de gastos, mete la promoción, las subvenciones a museos y demás atracciones y los correspondientes a limpieza, vigilancia, transporte público y otros. El resultado es que la ciudad pierde cada año seis millones de euros.

Algo parecido muestra Miquel Puig, economista y autor de La gran estafa (Pasado y presente, 2015). Puig suele comparar la provincia de Lérida con las Baleares y explicar que hace treinta años las islas tenían la renta per cápita más alta de España y ahora la provincia catalana, con la industria agroalimentaria como principal sostén, está muy por encima. Otra pista para saber que la cosa turística no es el gran invento que se nos cuenta desde los tiempos de Míster Marshall.

Entonces, ¿por qué este relato a favor? Si la Historia la cuentan los ganadores, habrá que mirar quién se lo lleva. Mientras escribo esto, hay una huelga de trabajadores de la cadena hotelera Marriott en ocho ciudades norteamericanas. En sus pancartas se puede leer el siguiente lema: One job should be enough. Un empleo debería bastar para que los trabajadores de esa empresa pudieran tener suficiente para vivir. Pero no. Estamos hablando de un trabajo en la cadena hotelera más grande del mundo, valorada en 49.000 millones de dólares, con 460.000 habitaciones (sólo en 2017 abrió 470 hoteles), el 7% de la oferta mundial, y cuyos beneficios por acción aumentaron un 30%. Lo mismo podríamos decir de muchas otras.

Según el Índice de Precios Hoteleros, los precios subieron el año pasado un 7,2% en España. Según el Instituto Nacional de Estadística, la rentabilidad creció un 10%. ¿Y los salarios? Las Kellys llevan años protestando porque, por eso de las externalizaciones, una camarera de piso cobra en torno a dos euros por poner a punto una habitación, una tarea que suele hacer en solitario y que le lleva entre media y una hora. Necesitan hacer quince por jornada para llegar a un sueldo mensual que no pasa de los 700 euros. Y el modelo va mucho más allá de los hoteles.

Según el Ministerio de Empleo, el 12,5% de los veinte millones de contratos que se firmaron en 2016 y 2017 fueron de camarero, el doble que hace una década. Detrás de ese dato más o menos inocente se esconde la temporalidad —el 52% de esos contratos fueron de menos de siete días—, las jornadas parciales —el 61,7%— y la precariedad —un 42% por debajo del promedio—. Pero es que, además, el dato no es tan inocente. España es un país dedicado al sector servicios (más del 75% del PIB) y en el que el turismo es la locomotora de un modelo económico y de empleo que tiende a incrementar los índices de desigualdad. Y Europa nos está mirando… para imitarnos.

De todo el mundo, el continente que más crece en visitas es el viejo, una región que ya casi no puede deslocalizar más producción y que por eso debe venderse como parque temático. Si Marx levantase la cabeza, puede que no siguiese la pista del humo de las chimeneas y se fijara en las maletas con ruedas.

Por nuestra parte, los consumidores, los turistas, los viajeros, creemos que, en este contexto de empeoramiento generalizado del nivel de vida, al menos podemos seguir living la vida low cost para darnos nuestros merecidos homenajes. Como si no tuviese que ver una cosa con la otra. Detrás de cada tarifa barata hay sueldos precarios que, si no lo son ya, serán los nuestros. Y ahora también la gig economy, esa suerte de economía informal al servicio del capital y con la excusa de la modernidad. Como con un trabajo no es suficiente, debemos comerciar con nuestras habitaciones, nuestro tiempo libre y nuestras bicicletas para que la cosa siga dando esos estupendos resultados que tanto lucen. ¿A quién?

Detrás del modelo turístico están los mismos que están detrás del modelo económico. Blackstone, el fondo que maneja un gran trozo de la inmobiliaria en el mundo, es el mayor propietario de suelo hotelero en España. Los fondos y los inversores también están detrás de buena parte de la propiedad de lo que se alquila vía Airbnb y similares. Al mismo tiempo, las cadenas hoteleras se están metiendo en ese negocio que, presuntamente, iba a acabar con ellas. Los beneficios del turismo, en realidad, no se quedan en los territorios donde el turismo opera, sino que acaban en las cuentas (muchas veces en paraísos fiscales) del capital inmobiliario y financiero. La misma historia de siempre, por mucho que nos la muestren en una postal.

 

Categorized | Dossier, Economía, Política

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