El 68 y el surgimiento del “Tercer Mundo

MNOAL

En aquellos años, el Movimiento de Países No Alineados vino a representar el surgimiento de nuevos actores y nuevas ideas en la escena internacional.

(Galde 21 primavera/2018). Koldo Unceta.
Es un lugar común reconocer que, más allá de lo ocurrido en París en la primavera de aquél año, mayo del 68 representó la expresión de múltiples descontentos y aglutinó distintas preocupaciones y energías que modificaron en algunos casos, y ampliaron en otros, las visiones de la izquierda política y social sobre la naturaleza de diversos conflictos de clase, de género, generacionales, o de carácter internacional. En ese contexto, una de las cuestiones que influyeron en los acontecimientos de aquél año, fue la referida al nuevo papel adoptado en la esfera internacional por los denominados movimientos de liberación del Tercer Mundo y, de manera muy especial, las repercusiones y ecos de la guerra de Vietnam. Hay quien llegó a afirmar que, en parte, mayo del 68 empezó en febrero de aquél año, con la ofensiva del Tet por parte de las fuerzas del Vietcong. Pero, sin necesidad de ir tan lejos, sí resulta interesante analizar algunos aspectos de la relación que se estableció entre estos asuntos.

Ya en la década anterior, en pleno auge del proceso de descolonización, había comenzado a percibirse la pujanza de ese mundo conformado por realidades diversas pero al que le unía un anhelo común: la construcción de sociedades más justas e igualitarias, unidas por la aspiración de lograr su propio desarrollo, aunque ello tuviera que darse por oposición a la política de las antiguas metrópolis, interesadas en perpetuar su influencia y/o dominación en esos territorios bajo nuevas fórmulas de relación. En 1955 se había celebrado en Indonesia, bajo la presidencia de Sukarno –cuyo régimen sería derribado años después por un golpe auspiciado por los EE.UU.-, y el impulso de otros líderes como el Nerhu de la India o Nasser de Egipto, la conocida como Conferencia de Bandung, en la que se reunieron representantes de 27 países de Africa y Asia que habían accedido poco tiempo antes a la independencia. Dicha conferencia, que sería el germen del Movimiento de Países No Alineados (NOAL), marcaría el inicio de una época de confrontación Norte-Sur, y de luchas de carácter antiimperialista, que tendrían una notable influencia en el pensamiento de la izquierda y en su práctica política.

Si bien gran parte de la juventud europea y occidental se sintió interesada por -y solidarizada con- dicha ola antiimperialista, la sociedad francesa resultó especialmente interpelada por toda esa secuencia de acontecimientos. Por una parte, no puede perderse de vista que uno de los focos principales de confrontación en aquellos años –la antigua Indochina y concretamente Vietnam- había sido colonia francesa tiempo atrás. Por otro lado, la huella dejada por la guerra de Argelia estaba aún fresca en la sociedad francesa. Incluso la confrontación antiimperialista en América Latina, encarnada simbólicamente en la figura del Che Guevara, había tenido un eco propio en Francia como consecuencia de la campaña de solidaridad propugnada por distintos intelectuales franceses tras la detención de Regis Debray en Bolivia en 1967.

No es extraño pues que, en aquél contexto, la intelectualidad francesa tuviera un papel protagonista en el análisis de estas cuestiones y en el intento de conceptualización de los nuevos conflictos que se estaban planteando en el mundo. En ese marco hay que entender que fuera en Francia donde surgió la idea de Tercer Mundo –intentando plantear una analogía con entre las luchas de esos países y las reivindicaciones del Tercer Estado en vísperas de la revolución francesa- , idea planteada inicialmente por Alfred Sauvy, y posteriormente difundida también por Georges Balandier o Yves Lacoste. Un nuevo concepto que pretendía subrayar la importancia que estaba adquiriendo la emergencia de un mundo nuevo, opuesto a las antiguas potencias coloniales occidentales, pero que deseaba mantener también su independencia respecto al bloque que se estaba conformando en torno a la Unión Soviética. Un mundo joven en términos demográficos, potente y diverso culturalmente, y cuyas luchas aparecían por entonces como esperanza para buena parte de la izquierda en Europa y en el conjunto de occidente. En ese marco hay que entender asimismo el eco alcanzado en aquellos años por el libro de Franz Fanon –“Los condenados de la tierra”– y por el prólogo de dicho libro –que estuvo prohibido en Francia- realizado por Jean Paul Sartre, que constituyó toda una declaración de principios sobre el papel que debería adoptar la izquierda europea ante la confrontación que se estaba fraguando entre antiguas colonias y metrópolis.

Por todas estas razones, no es tampoco extraño que la juventud francesa se viera específicamente interpelada por todos esos acontecimientos, y que la solidaridad con las luchas de liberación de ese naciente Tercer Mundo –unido a la emergencia de China y la creciente tensión entre este país y la Unión Soviética que desembocaría en un conflicto abierto en 1969- comenzara a fraguar una nueva forma de ver la realidad internacional desde la izquierda, más allá de la visión surgida tras la revolución rusa y las dos guerras mundiales. Y todo ello, lógicamente, no podía estar –ni estuvo- ausente de los debates planteados en la primavera de 1968.

Sin embargo, el fenómeno de la solidaridad con los movimientos de liberación del entonces pujante Tercer Mundo fue mucho más allá de Francia, y afectó a las luchas de la izquierda y a las protestas estudiantiles en muy diversos países. Ello fue especialmente importante y visible en relación con la guerra de Vietnam y la oposición a la misma en Europa, en Japón y, sobre todo, en EE.UU. En el caso de este último país puede constatarse la influencia de las protestas contra la guerra de Vietnam en los movimientos estudiantiles de 1968 en Berkeley y otras universidades californianas. También fue visible el vínculo de todo ello con los movimientos de defensa de los derechos civiles, como pudo verse en las marchas contra la guerra encabezadas por líderes como Martin Luther King, quien por otra parte sería asesinado en vísperas del mayo francés. Personajes como Angela Davis –tan cercana a Marcuse, una de las personas con mayor influencia en el mayo del 68- encarnarían ese doble símbolo de solidaridad con algunas luchas de liberación del emergente Tercer Mundo –como Cuba- y de defensa de los derechos de la población negra en los EE.UU. Una simbiosis que, de algún modo, se volvería a repetir en octubre del 68 en México tras la matanza de Tlatelolco, donde parte de las protestas estudiantiles -que venían ya desde julio- había tenido que ver con la solidaridad con la revolución cubana en el XV aniversario del asalto al cuartel Moncada

Pero, más allá de los sucesos acaecidos en unos y otros lugares, y de la mayor o menor conexión que pueda establecerse entre ellos, lo cierto es que las protestas del 68 y las ideas que de allí emergieron, estuvieron impregnadas de una nueva forma de ver el mundo y la solidaridad internacionalista. Una perspectiva ahora diversa en la que, junto a las tradicionales visiones de la izquierda, otras comenzaban a depositar las esperanzas emancipadoras de la humanidad en una -por aquél entonces- estimulante y sugerente amalgama de energías revolucionarias que surgían desde los NOAL, desde las luchas de oposición a la guerra de Vietnam, o desde el propio proceso chino y la simpatía que, en algunos sectores, planteaba su oposición al burocratismo soviético. Todas estas cuestiones, presentes en diverso grado en los distintos escenarios del 68, alimentaron, además, gran parte de los debates de la izquierda durante toda la década siguiente, al menos hasta la llegada d los procesos revolucionarios centroamericanos de fines de los 70 y principios de los 80, considerados por muchos como la última expresión de aquellos movimientos de liberación que tanto influyeron, durante años y en no pocos lugares, en los debates y en la práctica de la izquierda.

Categorized | Dossier, Política

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