Con luces largas: “La vuelta a la calle”

 

(Galde 21 primavera/2018). Alberto Surio.
Son los jubilados que hoy se movilizan en las calles de Euskadi por unas pensiones dignas los mismos de 1968? Por generación si, si bien aquella revolución tuvo en el País Vasco, en plena dictadura franquista, otras coordenadas más singulares que rebasaban lo que era una contestación al sistema moral tradicional. O una disputa evidente entre padres e hijos. Entonces, la fractura con el establishment herencia de mayo del 68 encerró también una variable nacional tremendamente paradójica.

Sin embargo, las extraordinarias movilizaciones en Euskadi en las últimas semanas pueden obedecer a dos factores estructurales un tanto novedosos. El primero tiene que ver con la fuerte tradición del movimiento obrero, especialmente en Bizkaia y que explica en buena medida lo que está pasando con aquella generación curtida en mil batallas. Quienes recuerdan las potentes manifestaciones contra la reconversión industrial en los primeros años ochenta en Bilbao o en la Margen Izquierda, con Euskalduna y Altos Hornos como decorado de operaciones, sabe de ese origen. Los trabajadores que en su momento pelearon con ganas, los que lucharon por conquistar sus derechos sociales, los que combatieron la reconversión forman parte de ese ‘ejército’ hoy perfectamente activado que sale a la calle con determinación y sorprende a todos.

Son esos obreros históricos que se sienten protagonistas de la construcción del estado de bienestar que ahora han decidido de que forma parar un patrimonio intocable. Son esos jubilados y jubiladas que alumbraron una nuevas clases medias emergentes, que se alejan voluntariemente del imaginario obrerista de la Margen Izquierda, que incluso se han reconvertido en parte a los caladeros electorales del PNV más pragmatico cuando eran los bastiones clásicos del socialismo. Pues bien, ese bloque social es decisivo en movilizarse cuando percibe que están en peligro algunas de sus conquistas sociales o cuando tiene que digerir un dato tan escandaloso como que el total del volumen de los salarios en el Producto Interior Bruto de España ha retrocedido a las cifras de hace 30 años.

LA ENERGÍA CAUTIVA. Hay un tercer factor que algunos interpretan también que está detrás de la energía de las movilizaciones. Una conversación con el historiador de la Universidad del país Vasco, Pedro Chacón, me ha abierto los ojos a esta realidad. Durante mucho tiempo la persistencia de la violencia de ETA ha bloqueado muchas reivindicaciones en la calle, silenciaba el clamor, era el mundo más radical el que tenía el monopolio del espacio público de la contestación y secuestraba la posible disidencia cuando no conseguía manipularla hacia los intereses del rupturismo histórico.

Desaparecido ese factor cautivo durante tantos años, las energías se han liberado y la sociedad ha ocupado una calle de la que ha estado ausente durante años por temor a que fuera el radicalismo abertzale el que capitalizara la crítica. Este fenómeno es perfectamente compatible con el desconcierto que sienten partidos y sindicatos vascos, tradicionales o de nuevo cuño, ante esta revolución de los bastones. Algo similar ocurrió con la extraordinaria fuerza transversal e intergeneracional del movimiento feminista del 8 de marzo, una dinámica de cambio social y cultural muy profunda que ha sorprendido por su contundencia y que tendrá indiscutibles efectos en el medio y largo plazo porque también desplaza el eje convencional nacionalistas-no nacionalistas. La política democrática tiene que saber gestionar este doble desafío si no quiere verse desbordada por unos movimientos sociales que están marcando ya el rumbo.

EL GIRO A LA DERECHA. La gran paradoja de este regreso a las calles es el giro a la derecha que apuntan las encuestas, con un espectacular crecimiento de Ciudadanos en detrimento del PP, y un estancamiento de las opciones de izquierdas (PSOE y Unidos Podemos). La alianza de los partidos de centro-derecha se afianza. Y es que junto al paisaje vasco no podemos perder de vista estos fuertes claroscuros del cuadro del contexto español, con un PP rivalizando con Ciudadanos por el espacio de la derecha españolista, con un problema de competencia abierto en canal que se irá enconando a medida que se acerquen las elecciones. A su vez, en Cataluña, con un empantanamiento que favorece a los polos más radicalizados, sobre todo tras la detención de Carles Puigddemont y los episodios de amenazas a Ciudadanos y al PSC. La gravedad de estos hechos puede ahora ser utilizada para reforzar una acusación penal contra los cargos independentistas procesados, la de la rebelión, que se sostiene a duras penas y que resulta bastante discutida en sectores jurídicos y políticos. Rajoy necesita la imagen de Puigdemont detenido y entregado a España para salvar su cabeza, frenar la marea de Ciudadanos, apaciguar la fiebre españolista y amortiguar la presión de los pensionistas. Y es que no falta quien piensa que Cataluña se ha convertido en una especie de caso Dreyfus. Salvando las evidentes distancias, claro está, porque aquel asunto ilustraba cómo el antisemitismo se cobraba una víctima en un oficial del ejército francés de origen judío. Pero el caso Dreyfus fue entonces un chivo expiatorio, algo que el sistema necesita para sobrevivir.

 

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