Entrevista a Enrique Bustamante

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“La política cultural se ha ido haciendo cada vez más económica e industrial, perdiendo en paralelo sus señas de identidad: equidad, igualdad en el acceso, apoyo a la creación y participación social”

(Galde 15 – verano/2016). Santiago Burutxaga. Enrique Bustamante es catedrático de Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid. En sus comienzos ejerció el periodismo en diversos medios, entre ellos en la emblemática revista Cuadernos para el Diálogo. Es autor de numerosas obras sobre industrias culturales y medios de comunicación audiovisual. Asimismo es miembro del Comité de Dirección del Observatorio de Cultura y Comunicación de la Fundación Alternativas, para la que ha escrito y coordinado varios informes que destacan por su rigor y profundidad. El último de ellos: Informe sobre el Estado de la Cultura en España 2016. La cultura motor de cambio.

La recesión económica ha afectado de manera particularmente grave a todos los sectores culturales. Se ha definido la situación como la tormenta perfecta: disminución radical de los presupuestos públicos de apoyo, reducción de la demanda cultural e incremento de impuestos. Las consecuencias han sido las previsibles: depauperación, pérdida de empleos y desaparición de numerosas pequeñas empresas. ¿Qué responsabilidad han tenido las políticas públicas en esta destrucción del tejido cultural? ¿Se podían haber hecho las cosas de otra manera?

Enrique Bustamante. El gobierno de Rajoy ha hecho una política de arrasarla cultura, castigando a todos los sectores, si bien a unos en mayor medida que a otros. Hay que decir que también las comunidades autónomas y los municipios, que suponen del orden del 80% de la inversión cultural, han contribuido. Hay comunidades, en su mayoría gobernadas por el PP, en las que los presupuestos de cultura prácticamente han desaparecido.

Los recortes no son solo consecuencia de la crisis y de la presión de Bruselas por el déficit fiscal, sino que responden a razones ideológicas. En otros momentos de cambio, como fueron los de Reagan, Thatcher o Collor de Mello en Brasil, el neoconservadurismo ha tomado la cultura como objetivo de lucha ideológica contra el pensamiento socialdemócrata del Estado de Bienestar, con independencia de cual fuese el gasto en cultura del Estado. El PP no es ajeno a esa corriente internacional, de manera que sus recortes han ido mucho más allá de lo que correspondía al bajo montante presupuestario de la cultura. Nuestro sistema de apoyos era mucho más débil que el de los grandes estados europeos. Ya desde la oposición estuvo en contra de la intervención del Estado en materia cultural y la ridiculizó: “los del pesebre”, “los de la ceja”… Identificó con la izquierda a los artistas y creadores de forma burda y simplista. Recuerdo unas declaraciones del Secretario de Estado para la Cultura,que recién nombrado dijo que había que “quebrar el monopolio que el Estado detenta sobre la cultura”. Es un plagio de un famoso texto francés que acusaba al Estado de dirigir la cultura. En Francia se podría discutir, pero en España, con inversiones que nunca han superado el 0,4 % del presupuesto, o el 0,2% del PIB, resulta ridículo.

Los recortes se pueden interpretar como una vendetta de un PP que se ha sentido abandonado por la gente del arte y la cultura, o como una afirmación ideológica contra la cultura y lo que representa. Lo paradójico es que las medidas han ido también contra el mercado de productos y servicios culturales que dice defender. La subida del IVA al 21%, uno de los más altos en Europa, ha penalizado a las familias en su peor momento, además de crear una discriminación arbitraria entre sectores, ya que la industria del libro y de la prensa escrita se ha mantenido en el IVA reducido. El mensaje implícito sería: “solo es cultura el mensaje escrito, no el audiovisual ni las otras artes”.

Las cosas se podían haber hecho de otra manera, más coordinada y ajustada, sin recortes brutales. Subyace la mentalidad de la derecha que ve la cultura como enemiga, y tal vez tenga razón, no porque sea de izquierdas, sino porque es creativa, moviliza la participación social y se resiste al pensamiento mercantilista neocon.

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¿Qué parte ha tenido la propia fragilidad de las estructuras del tejido cultural, formado en su mayoría por autónomos y pequeñas empresas dependientes en muchos casos de los proyectos de las administraciones públicas? 

E. B.Creo que es más complejo que eso. Me molestan esas lecturas economicistas de la cultura que dicen que es débil porque está atomizada en muchas pymes y creadores autónomos. La cultura debe ser así: plural, socializada, con muchos creadores. No debe identificarse como otro sector económico moderno en el que los grandes grupos controlan el mercado. Pensar que los grandes grupos que se han ido creando en España y en otros países, dan fortaleza al tejido cultural, es erróneo y la realidad lo demuestra.

El modelo para el pensamiento neoliberal era tener grandes grupos de comunicación y cultura para competir en la arena internacional con las multinacionales norteamericanas en régimen de igualdad. Pues bien, eso no se verifica en ningún país periférico, cuyas empresas solo pueden aspirar a operar en aquellos espacios donde no encuentren la competencia de las multinacionales. Es más, se convierten en las grandes importadoras de los productos culturales globales. No compiten, por ejemplo, en cinematografía, en manos de las majors, y se centran en producir series que ocupen los intersticios que dejan las multinacionales. El modelo es falso también porque se ha visto la enorme debilidad de los grandes grupos de comunicación europeos, que acumulan una larga lista de fracasos. Sin ir más lejos, Prisa, el mayor grupo multimedia español que nunca haya existido, se ha hundido y desmantelado. El campeón de nuestra cultura se ha evaporado, y hoy su cartera de autores, el gran portafolio de la cultura española, está en manos de multinacionales y grupos de capital riesgo que operan en la bolsa de Nueva York.

Las razones del desplome de las empresas culturales hay que buscarlo en otro sitio distinto al de su reducido tamaño. El mercado español es modesto, incluso en el contexto europeo, y también es modesta la capacidad de amortización y de plusvalía. El consumo cultural, escrito o audiovisual, no tiene unas grandes dimensiones. Nunca ha representado más del 8% del total europeo. La crisis ha penalizado el consumo cultural de las familias porque, lógicamente, va detrás de la alimentación, la vivienda y otros gastos vitales. Las medidas del gobierno lo han agravado más. Sus presupuestos eran bajos, por ejemplo en el cine, pero vitales porque suponían una prefinanciación. Sin esa red protectora, los efectos negativos se han sumado a los propios de la crisis económica.

¿No estamos también ante un cambio de época en que se percibe un desinterés por la cultura, salvo en sus expresiones más banales; como si la ideología neoliberal que identifica cultura con ocio y consumo estuviese incrustada también en la propia sociedad? ¿Porqué, salvo en los propios sectores culturales, no ha habido una mayor movilización en defensa de la cultura?

E. B.Separaría ambos aspectos. Creo que las ciencias sociales se muestran incapaces de explicar bien los fenómenos que están ocurriendo. Tienen todavía una concepción elitista de la cultura que hace que, por ejemplo, los índices de lectura se midan solo por la venta de libros, sin considerar la lectura en redes digitales. La salud del audiovisual se mide por el consumo cinematográfico y no por la televisión, que es todavía el vehículo hegemónico de transmisión de cultura en nuestra sociedad. Nos guste o no, buena parte de los valores culturales llegan por medio de la televisión, la radio y la prensa, que no son solo aparatos de difusión, sino de creación de cultura y de promoción masiva de la misma.

Dicho lo anterior, es evidente que en España ha existido siempre un bajo consumo de cultura escrita. Yo he defendido en mis textos que la alfabetización de la cultura escrita no llegó a tiempo, como sí ocurrió en otros países europeos, y la televisión ocupó su espacio y se convirtió en la cultura masiva de los pobres. La crisis, como ha hecho en América Latina, ha ahondado la fractura social, que es grave porque crea desigualdad entre quienes tienen acceso a la cultura de pago, -libros y el abono a plataformas-, y quienes se refugian en la cultura gratuita, básicamente la televisión. La audiencia ha aumentado en esta época hasta niveles casi record en Europa: más de 4,5 horas diarias por persona. Ningún medio puede competir con esto. Lo grave no es que haya un consumo masivo de televisión, sino la calidad degradada de los medios públicos y privados, y que una parte de la población no pueda pagar el acceso a una información más selectiva y con más garantías de calidad. No puedo compartir la visión deformada elitista europea según la cual solo la cultura escrita es digna de atención. Hay excelentes obras audiovisuales. Lo grave no es que la cultura escrita se debilite, sino que las desigualdades socioeconómicas aumenten la desigualdad y la fragmentación en el acceso a una cultura de calidad.

Respecto a la segunda parte de la pregunta, la desafección ciudadana, que también se da por la política y la democracia, es claramente perceptible. No es tanto una falta de aprecio por la cultura, incluso por la legitimada, sino una consecuencia de la estructura de las políticas culturales. Hablábamos antes de que la política respecto a la cultura se ha ido haciendo cada vez más económica e industrial, exigiendo resultados inmediatos en términos de beneficios y empleos, como en cualquier otro sector económico. Ha ido perdiendo, paralelamente, sus señas de identidad en equidad, igualdad en el acceso, apoyo a la creatividad y participación social.El ejemplo podría ser, nuevamente, el apoyo al cine. Si en la época de Pilar Miró, con sus deficiencias, se apoyó a los creadores, el desarrollo de proyectos, la opera prima, creación de guiones, es decir, la creatividad desde la base social, hoy el sistema se ha invertido, y el 70% de la ayuda va a primar la taquilla, a los productos de éxito. La estructura es perversa porque cinco películas se llevan el 82% de la taquilla, mientras que hay más de treinta películas apoyadas por el Estado que no llegan a estrenarse en ninguna sala. Es una política que no funciona: no estimula la creación, no garantiza la igualdad de acceso y crea una desigualdad brutal. Es generalizable a otros sectores. Hay una confusión en los gobiernos conservadores, pero también en los socialdemócratas, entre política cultural y política industrial. En la monografía que publiqué en 2013 con la Fundación Alternativas,España:La cultura en tiempos de crisis, proponía distinguir y separar la gestión de la cultura “como derecho y como industria”, articulándolas con políticas y mecanismos de intervención diferentes.

A nivel autonómico este proceso economicista también se ha dado de manera confusa, mezclando en la misma cartera competencias de cultura, de turismo, de deportes…En Madrid se han pagado con dinero de cultura buena parte de los parques temáticos de las majors. La entrada del concepto de moda de las “industrias creativas” ha creado una confusión brutal. Regiones que nunca se habían preocupado de la cultura, adoptaron la “economía creativa” por ganar legitimidad política. Para ello, valía lo mismo un costoso museo de arte contemporáneo que el diseño de objetos de lujo.

En este contexto, ¿por qué extrañarse de que la población no tenga afecto por la política cultural? Ha habido mareas en defensa de la sanidad, de la educación, pero no de la cultura. Cuando ha habido algún intento movilizador, no ha arraigado en la población y los creadores más reconocidos tampoco se han sumado a él. Están demasiado alejados de la sociedad como para creer que esta se va a movilizar por ellos. Se ha ido creando una fractura entre las estrellas, que son muy pocas, la base social e incluso, la gran mayoría de creadores depauperados que no pueden vivir de su obra.

Por eso planteo una revisión total de la política cultural. No se trata de mirar hacia atrás. Aquí no hemos tenido un Malraux, ni un Jack Lang. No tenemos ninguna edad de oro que perseguir. Hay que pensar el futuro y no anhelar la recuperación del pasado.

La cultura ha vuelto a ocupar cierto espacio en los programas electorales. ¿Cómo valoras las propuestas que han surgido: Pacto por la Cultura, Ley de acceso, Estatuto del creador..?

E. B.En la monografía que antes citaba, decía que la cultura juega un papelcentral en épocas de cambio social y político, actuando como un factor de legitimación. En el 82, el PSOE tenía un gran programa cultural. También en 2004, cuando llega Zapatero, había un programa bien construido por un amplio equipo de colaboradores. En las siguientes elecciones esto desapareció. Ahora, nuevamente, ha habido buenos programas, tanto en el Partido Socialista como en Unidad Popular y en Podemos. Había coincidencia de grandes objetivos, y elementos para llegar a un acuerdo de Pacto de Estado para un gobierno progresista de cambio. Sin embargo, en todos estos programas no había una visión de regeneración democrática de las políticas culturales y de comunicación. Flotaba, sobre todo en el PSOE, la idea de volver a la “edad de oro” de Zapatero. Tal vez, algunas de las medidas de participación que se planteaban hubiesen posibilitado esa revisión global necesaria.

¿Cómo se puede revertir la situación actual? ¿Son posibles otras formas de gobernanza basadas en la participación e implicación social?

E. B.La política cultural, como decimos, se hizo económica, industrial, pero sin indicadores que midiesen su efectividad. Se hizo clientelar, primando a las estrellas y a los grandes grupos, favoreciendo las corruptelas. Hay que revisar todo esto, buscando una base más activa de creadores, desde los pueblos y ciudades, desde los territorios que están hoy en los márgenes, como ya se hizo en Francia en los años 80. Las instituciones no han de ser quienes mantengan los proyectos, sino  quien los incentive para que salgan de su ghetto local y tengan visibilidad.

Si a lo anterior sumamos la influencia que está teniendo el gran cambio digital, la conclusión es que hay que repensar las políticas.Las plataformas digitales, las grandes webs, las redes sociales, tienen una capacidad de difusión y promoción de la cultura desde la base social, con costes baratos, que es absurdo que no se esté estimulando. No solo para la gente joven, sino para el conjunto de la población. Puede haber una cultura más barata, más accesible, más universalizada, más socializada y con más capacidad de sostener un tejido creativo amplio que no se limite a unas pocas figuras de cada sector. Hay experiencias que llevamos años estudiando, como los pontos de cultura de Brasil. Son lugares de participación y encuentro de los creadores con la ciudadanía. El vale cultura1, también en Brasil, que tiene un notable valor simbólico puesto que incentiva y subvenciona, pero deja en manos de la ciudadanía la decisión sobre lo que quiere adquirir. Existe allí también un portal (www.overmundo.com.br) con más de 1,5 millones de afiliados, cuya misión es difundir la cultura que no tiene visibilidad en los grandes medios. Se financia mediante el 1% que las grandes corporaciones están obligadas por ley a invertir en cultura. Los creadores pueden colgar allí su obra y venderla en determinadas condiciones, y son los usuarios, mediante su voto, quienes refrendan la permanencia de la información.

Todo esto va en la dirección contraria de la creación de grandes artefactos, que es otra de las grandes lacras de la política cultural española y europea; infraestructuras que pudieron tener sentido en la Transición, cuando España era un páramo, pero no ahora. Todas las comunidades han creado infraestructuras enormes para albergar, en muchos casos, actividades que ya existían. Se hipotecaron los presupuestos durante décadas. Cuando llegó la crisis todavía había más de veinte proyectos de museos pendientes de ejecución, mientras que los existentes no podían pagar los contenidos y a duras penas, el coste del personal.

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Da la impresión muchas veces que cada administración trabaja para sí, cuando no rivalizando con otras. ¿Qué mejoras habría que introducir en la gestión territorial de la cultura?

E. B.La política cultural descentralizada que se implantó a partir de los años 80 ha sido muy importante y todavía se cita como ejemplo junto con la alemana. La centralización anterior era terrible. Hay estudios de la SGAE de finales de los 80 que indican que todavía del orden del 90% de la industria cultural se repartía entre Madrid y Barcelona. El resto era un desierto sin capacidad de supervivencia. La descentralización del gasto ha sido importante, pero el problema es que muchas autonomías han copiado a escala los peores vicios del gobierno central, tanto en cultura como en comunicación: radios y televisiones sin objetivos culturales y políticas clientelares al servicio del partido del gobierno de turno. Como en algunos casos respondía a gobiernos de distinto signo, la descoordinación daba pie a la picaresca y así, la misma película podía ser cine español en Madrid, gallego en Galicia y valenciano en Valencia, consiguiendo financiar más del 100% de los costes.

Hay un foro de coordinación, la Conferencia Sectorial de Cultura, que no ha funcionado. Sin embargo, hay que recuperar un espacio de coordinación entre el Estado Central y las autonomías, y de estas entre sí, para poder clarificar el sentido de cada presupuesto y promover la cultura socializada democrática que nos interesa. Fijados estos objetivos, son necesarias comisiones de valoración independientes que estén libres de sospecha y se sitúen por encima de los intereses; con indicadores democráticos, precisos y de dominio público para valorar la cultura y también los resultados de las industrias. Todo lo contrario de lo que se ha venido haciendo.

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En diversos foros cuando se plantean alternativas a la difícil supervivencia de creadores y pequeñas estructuras culturales, las instituciones proponen, junto con la micro-financiación, la salida al exterior, la internacionalización. ¿Es esto una alternativa real, o tan solo una manera de desviar la atención?

E. B.Está muy claro que la cultura es cada vez más global, y también muy claro que la cultura mainstream está en manos de los grupos norteamericanos con alguno europeo y japonés. Esto es difícilmente reversible a corto plazo. La cultura europea debe ser más específica, debe mantener sus raíces nacionales y locales para hacerse sus pequeños huecos y atraer lo que la cultura global no atrae. La lucha frontal contra las majors ha sido un desastre para el audiovisual europeo.

En España, siendo tras la crisis un 6,5% del mercado europeo, no podemos pretender ser protagonistas. Así y todo, se recibe menos dinero que el que corresponde por aportación y peso en la UE. Faltan redes de cooperación, de captación de proyectos y trabajo de lobbyen Bruselas para que los creadores lleguen a los programas europeos.

Por otro lado, hay 500 millones de hispanohablantes, pero hay que construir un espacio en términos igualitarios de cooperación, haciendo coproducción y distribución conjunta. La retórica de la cooperación cultural española ha sido cómo venderle productos a América Latina, y eso no funciona. Hay experiencias muy buenas, como el programa Ibermedia, y también se cuenta con una gran potencia en el terreno editorial, pero hay que cambiar de mentalidad y pensar que el diálogo es cosa de dos y que comporta obligaciones hacia el otro. Y, por supuesto, la ayuda del Estado, sin la cual las pequeñas y medianas empresas no pueden llegar solas. Se tarda años en crear un tejido de cooperación, y la política del gobierno ha destruido una realidad que era importante antes de la crisis. La AECID (Agencia Española de Cooperación  Internacional para el Desarrollo) no tiene presupuesto más que para pagar a sus funcionarios. La Marca España refleja muy bien el papel que el PP asigna a la cultura: ser una mercancía complementaria a las multinacionales españolas. Si se visita su web, se puede ver la extraña amalgama de creadores junto con muestras de la alta cocina, marcas de lujo, tauromaquia y las empresas del IBEX.

Para finalizar, como experto en medios, ¿Qué crees que pueden y deben aportar los medios de comunicación públicos en relación con un cambio social que suponga un mayor aprecio a la producción y al valor de la cultura por parte del conjunto de la población?

E. B.Uno de los grandes errores de la política cultural es la separación entre comunicación y cultura. Es irreal, no se puede separar la televisión y la radio de la cultura. Junto con Internet, tienen que integrarse en una política cultural pública para que sean motores de la industria cultural. Un servicio público bien gobernado y financiado, independiente de los gobiernos, que cree, promueva y difunda cultura. No se puede tener una cultura potente sin un motor público que actúe como promotor a nivel de redes sociales, portales etc. No tenemos otro resorte que el servicio público para poder hacerlo. Nunca hemos dispuesto de él porque nuestra radio y televisión pública es clientelar, manipulada, gubernativa, está mal financiada y desorientada en sus contenidos. Con matices, pero esa es la regla general.

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